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domingo, 20 de marzo de 2022
Nightmare Alley
Hacer remakes buenos es cosa difícil, y hacer además un remake de una obra maestra o de culto lo hace un reto gigantesco. Nightmare Alley (1947) de Edmund Goulding es una obra maestra y también una obra de culto, es cine clásico con una historia oscura, rara para la época, una verdadera gema. Se basa en la novela de título homónimo publicada en 1946 por un escritor maldito, William Lindsay Gresham. Guillermo del Toro y Kim Morgan se encargan del guion del filme del 2021. Guillermo dirige y han cambiado cosas, explicado y ocultado otras, le han puesto 40 minutos más al metraje y parecen 2 películas distintas, aun cuando tienen el mismo magma, la novela de Lindsay Gresham. Otra virtud es el protagonismo de Bradley Cooper, se ha convertido en uno de los mejores actores de la actualidad y llena de expresividad la pantalla. Tyrone Power hacía de un huérfano que caía en la correccional y se había vuelto un tipo ambicioso, egocéntrico y egoísta. Hambriento de dinero logra convertirse en brujo o adivino, con cierta reminiscencia al popular escapista Houdini, al ámbito de carnaval, espectáculo y circo en general, era un estafador. Cooper es ese mismo personaje, Stanton Carlisle, pero él es un tipo que oculta su perversidad, tiene secretos, rencores que carga como mochila, lo mismo pero en otro lado en el Carlisle de Power con haber otorgado una bebida a un alcohólico de avanzada enfermedad. En Power surge ambigüedad, se dará un factor presentado novedosamente en lo clásico pero muy recurrente en el cine de hoy en día. Guillermo opta por el realismo con especial maestría en el cine negro clásico pero con la brutalidad del cine moderno. Por todo esto los últimos 40 minutos del filme de Del Toro son sublimes, oro en estado puro, entretenimiento y hedonismo a la vena y una hazaña porque es algo nuevo, tan bueno como lo del pasado que luce por esa parte complejo pero despojado de adorno. Richard Jenkins hace tremenda performance, distinto personaje al filme clásico, éste ahora es un asesino (serial quizá) y jefe mafioso; el anterior era un millonario y empresario, pero ambos tienen un amor que quieren ver por última vez de manera sobrenatural y el estafador Carlisle prepara lograrlo. El plan trae sorpresas, ambas producto de su propia lógica. Jenkins en su rol lanza un devastador y literal: ¡voy a destruirte!, desespera la situación, desencadena la ira dormida, así mismo hace brillar magia cinematográfica. Ahí Guillermo pone dinamita, donde Power luce super clásico, remilgado. Pero no solo ahí el dúo Morgan-Del Toro logran lo imposible, vencer la "perfección" -entre comillas porque descubrimos que ahora le pertenece a otro-. La imagen del monstruo -el cierre de éste círculo perfecto- toma más forma en la última Nightmare Alley; la imagen es más dura, más potente, más dolorosa, más melancólica, más destino, ésta se argumenta más además. Esto hace que Del Toro haga una primera mitad bastante calmada, mucho más sutil en el alcoholismo y desaparición de Pete (que en el clásico es más bello su relato); hace uso de una narrativa en general detallista y lenta a un punto. Pero en la magia del mexicano está que al Carlisle de Cooper siempre se le achaca eso que nunca se le dice al exaltado galán Tyrone Power (salvo por las acciones del genial gigante Mike Mazurki como el bruto y básico Bruno que no se compra nada y parece pura envidia oculta), qué se le nota lo estafador por más que lo disimula o le salen bien las mentiras (mejor explicadas las estafas como adivino en Del Toro, aunque lo de llamar clave es una simplificación ingeniosa en lo práctico y lo empático esencial en la de 1947), que huele mal en realidad, que se nota que es de baja calaña, que es un elemento podrido, poca cosa, un mequetrefe, menosprecio que el Carlisle de Cooper siempre ha luchado por vencer, cosa que tampoco está en la de Goulding que está más centrado en lo esencial, aunque sin obviar que igual así logra ser efectivo y resaltante (o en Goulding parece propio del subconsciente). En la de 1947 la psiquiatra hace un uso esencial lleno de audacia que es tan solo mentir; en la del siglo XXI queda bastante patente lo rata que se anuncia la psiquiatra, con una Cate Blanchett exuberante en comparación a una discreta Helen Walker. Sobreviviré sentencia la del 2021, muy femme fatale. El mexicano deja en el ambiente el olor a sangre, a vísceras, un éxito en todo sentido. Bradley lucha con lo obvio, que su físico lo sindica de galán, y triunfa Del Toro, trabaja muy bien con ello, para hacer algo distinto, romper con imágenes preconcebidas con coherencia y habilidad. Ambos filmes giran en base a la fatalidad del alcoholismo y es ahí que Lindsay Gresham dejó el alma y pisó la gloria.
lunes, 28 de febrero de 2022
Licorice Pizza
Paul Thomas Anderson no es un director fácil, del todo complaciente. Tiene un cine amable en gran parte sí es cierto, pero no convencional. Siempre presenta algunos elementos extraños, pero desde cierta discreción, aunque también puede ser intenso. Puede que muchos no lo noten así. Lo suyo es cine arte con personalidad, aunque sacrifica agradar por completo. Es un director que no es pop convencional, pero tiene de pop y de muy americano. Éste es un retrato de gente joven creciendo, anclado a lugares comunes americanos, pero desde la memoria y biografía de un Paul Thomas Anderson que tiene de tipo curioso, medio especial también. Su cine es sensible, humano, pero con su distinción; es así que mezcla lugar empático con un lugar más de personalidad tradicional y quizá menos atractivo para mucha gente. Plasma empatía general (de hoy en día), como cuando pone el ejemplo del novio gay maltrato por el político, para hacer reflexionar a la protagonista, Alana (Alana Haim), de cómo se viene comportando con Gary (Cooper Hoffman), que es todo el metraje que veremos -aunque hay una justificación-; y algo personal, como con ese despelote en la cena con la familia de Alana -que es la verdadera familia de Haim- y ese novio haciendo de judío original, hippies los llamarían algunos. Ahí queda claro que ser judío es irrenunciable, cójase la religión. Esto puede sonar autoritario, pero esto se percibe como una opinión, aunque también quizá propio de cierta extravagancia artística. El filme es una comedia romántica, con un chico de 15 años lleno de encanto, emprendimiento y atrevimiento, pero desde un chico simpático por personalidad (más común físicamente), pero que puede mostrar imperfección, persiguiendo a una chica de 25 -llena de personalidad; su belleza atípica es secundaria- que lo rechaza por menor de edad, pero que entiende que éste chico le gusta e intuye que él es esa otra mitad de su vida, pero no se puede permitir aceptarlo del todo. Gary no se hace problemas, sufre un poco, pero sigue adelante, aunque no deja nunca de estar cerca de Alana. Los emprendimientos y afinidades los mantienen unidos, como con el trabajo de las camas de agua, que tiene un quehacer cinematográfico sólido trabajando diferentes formas del erotismo, hasta la ironía con ello. Es notable la actuación sensual pero cuidada de una joven morena vendedora de las camas de agua. También es curioso ver al papá de Leonardo DiCaprio haciendo del dueño de ésta empresa de camas, pero George DiCaprio también tiene de showman, en éste su debut como actor, debut también de la pareja protagonista, pero que llevan la actuación en la sangre. Cooper porque es el hijo del querido Philip Seymour Hoffman y Alana porque desde muy joven pertenece a una banda de música compuesta por ella y sus dos hermanas. El filme posee recuerdos curiosos si se quiere, refiriéndome a las aventuras de la pareja. Uno de éstos es cuando vandalizan un auto y se acaba la gasolina del camión de delivery de las camas que manejan y en retroceso peligroso buscan escapar. Hay dos personajes secundarios muy atractivos en particular en el filme. Uno lo interpreta Sean Penn, a quien se le puede criticar de todo, menos de no tener talento como actor; hace un papel breve inspirado en William Holden, un hombre de acción, y llena esos zapatos completamente, cuando no parece fácil. Éste produce una escena romántica donde Gary corre a recoger a su amada -en su mente no hay más ahí que ella-, gesto sano que jamás pasará de época. Correr en ésta propuesta es objeto de transición, de crecimiento. El otro personaje curioso lo interpreta Bradley Cooper como Jon Peters; en la vida real, peluquero convertido en productor y pareja de Barbra Streisand de quien aprendió; en el filme es un mujeriego y tipo violento y medio loco.
lunes, 29 de abril de 2019
La Mula (The Mule)
American Sniper (2014) le bajaba puntos a Clint Eastwood, ya
cansa además que siempre esté retratando nacionalismos y patriotismos de su
país, un héroe americano más a su filmografía. Con The mule (2018) vuelve el
Eastwood que se hace querer, el mismo de la maravillosa Gran Torino (2008), con
el mismo guionista, dígase de paso, Nick Schenk.
Clint Eastwood interpreta a Earl Stone, un hombre que ha
antepuesto el trabajo a su familia, con una hija (Alison Eastwood, su verdadera
hija) y una ex esposa (Dianne Wiest) que no lo aguantan, que mantienen su
distancia y siempre lo critican. Earl toda la vida ha sido un outsider, un
solitario, un hombre de la carretera, alguien que ha vivido siempre su hedonismo,
lo superficial, como horticultor y como viajante. Ha recorrido 41 estados
americanos. Earl además es veterano de la guerra de Corea.
Earl una vez que está arruinado, por las ventas de internet,
se vuelve una mula, lleva cantidad de droga en bolsos a través de los estados
americanos. Lo único que tiene que hacer es llevar la droga en su camioneta sin
que lo descubra la policía. Mientras Earl gana dinero empieza a gastarlo en
todos sus seres queridos, vuelve a ganárselos, pero lo que su familia quiere en
realidad no es dinero, sino que él esté presente con ellos. Eastwood pone de mensaje
que la familia es primero que todo, antes de la fama, el trabajo, el éxito y el
dinero.
Como en Heat (1995), aunque con distancia, Heat es un obra
maestra, al igual que el diálogo entre De Niro y Pacino, entre policía y
criminal, hay diálogos maravillosos entre Earl y el policía que ve casos como
el suyo, el agente Colin Bates (Bradley Cooper), pero sin que Bates sepa que en
realidad Earl es a quien busca, el Tata, la mula que tanta droga ha
transportado.
La mula es ligera, pero hábilmente comercial, es muy
entretenida, de gran ritmo. Eastwood luce maestría en su dirección, sabe hacer
buen cine comercial, cine hollywodeense de primera. Nick Schenk escribe en el estilo
de Gran Torino, aunque sea un filme menor a ese. La mula no es una película
ambiciosa, pero es una para querer a Eastwood, para disfrutar de la cinefilia.
Clint Eastwood ya no se luce con la violencia, pero sí con
las mujeres, con las jóvenes y voluptuosas, con las despampanantes, pero aunque
es pedestre con ellas deja espacio para ser caballero con las mujeres mayores,
las llama bellas, les suelta piropos dulces y las respalda. Es un mujeriego con
las jóvenes y con las mayores es amoroso.
En el filme Earl tiene 90 años, Eastwood tiene 88 años, es pasivo
con la violencia, los narcos mexicanos representan la violencia, Earl no los
enfrentará nunca, de ninguna manera, incluso medio que pasa por amigo de ellos,
por extraño que suene –ya que son criminales consumados, duros, sin medias tintas, expuestos así, casi todos sin background en el filme, o lo mínimo: la pobreza extrema, el ser nadie, lo típico-. Estos lo comprenden, les parece
gracioso, curioso, extraño, Earl es un personaje para ellos, no lo sienten un criminal, parece más una extravagancia, aunque entienden la razón, como la de la mayoría: el tener mucho dinero, simple y llano. El filme cuenta un hecho
real, sacado de un artículo periodístico.
Eastwood se muestra buen actor. A su edad sabe expresarse bastante
bien, ser gestual, y acomodar el cuerpo al requerimiento, que puede ser algo
brusco, primitivo. Igual el reparto mexicano está notable, no tiene fisuras. Bradley
Cooper también luce muy bien. Eastwood agrega algunas bromas sobre
afroamericanos y mexicanos, pero todo ligero y con la confianza que lo
caracteriza, sin tampoco sobrepasarse.
Otra broma recurrente es compararlo con James Stewart, con
esa imagen impoluta y correcta que tenía, de americano modelo e identificador, y suena a lo que
intenta hacer Earl -se le exige- al pasar del criticable outsider lobo solitario –el Eastwood violento de paso- a un hombre familiar -a un viejito, la realidad-, aunque a Earl Stone se le ve
sonreír cuando está preso con sus flores, nuevamente solitario en su mundo, luego de jugársela y apostar por lo criminal -su opuesto- y ser un lobo solitario por última vez, aunque lo sea una y otra vez como una enfermedad o identidad prácticamente inamovible, pero habiendo cumplido con su familia en aquella despedida. De todas formas queda en el aire hasta el final un sutil chascarrillo: no puede con quien es.
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séptimo arte,
thriller
viernes, 6 de febrero de 2015
El Francotirador (American Sniper)
Antes de comenzar éste especie de reto que es
concebir ardua, honesta y coherentemente (mucho, con uno mismo) una crítica
independiente, debo empezar agradeciendo un filme como American sniper, por
todo el debate y entusiasmo cinéfilo que me provoca, por lo que es indudable que
produce en mí suma admiración su director, Clint Eastwood, no solo por la
presente (aunque le halle pesados puntos en contra veo que es un hombre y
cineasta honesto aun siendo cuadriculado, por una parte valiente siendo directo y claro, haciendo un cine de siempre, clásico como saben
todos), sino también por el cariño a su legado cinematográfico como actor, en
especial por íconos como Harry el sucio o del spaghetti western, tanto como por
su performance en sus propias obras, y sobre todo por el talento que tiene como
director, en películas que me parecen de lo mejor que puede ofrecer el séptimo
arte, Unforgiven (1992), Un mundo perfecto (1993), Los puentes de Madison
(1995), Mystic River (2003), Gran Torino (2008).
Pasado éste preámbulo, hay que decir que lo que inmediatamente llama la
atención del filme entre manos es la ideología o política que maneja, de lo que
al respecto muchos dicen que es imposible de abstenerse de dar alguna postura
de algún tipo en un filme, viendo que toda propuesta tiene un mensaje en distinto
grado, y lo pongo/dejo en cierta duda por una parte, ya que muchas veces uno
entiende que perduran más otros elementos, que la supuesta ineludible ideología
pasa a segundo plano, y hasta puede desaparecer, o en todo caso no se llega a
sentir/percibir que uno lo toma como que no existiera (además está claro que no
es necesario compartir el pensamiento de una película, uno puede ver algo "nocivo",
recriminable, discutible, no se trata de lo intachable). Pero sí, todo filme requiere para
concebir el arte más exigente, que halla complejidad argumental, en la puesta
de escena, en el desarrollo conjunto, que exista equilibrio en sus postulados, apreciando
que parte de la riqueza de un tema yace en lo polivante, en distintos estudios
o posibilidades a contrastar, y ese es el máximo error de un Eastwood sumamente
ideológico, obvio, remarcado, exacerbado, unilateral, hasta plano, arguyendo un
nacionalismo patriotero, donde los más machos, bravos, cerrados y fanáticos
soldados, los NAVYS, dan pie a que se diga claramente –encima en un tono
autoritario, intimidante y rústico- que en el mundo existen las ovejas (los débiles
y sumisos), los lobos (los abusivos, los réprobos) y los perros cuidadores (los
que se encargan de contrarrestar a los lobos), bajo un sentir conservador donde la religión,
el nacionalismo y la familia, en un quehacer recalcitrante, encerrado en sí, son
una fuente de pletórica condescendencia con los actos de las fuerzas armadas
angloamericanas desplegadas en Irak.
En la propuesta también se evita asumir alguna autocrítica, o
análisis con posturas en disputa, es siempre unidireccional, sobre el porqué de
la invasión a Irak. Solo se adjudican razones por la influencia de Al Qaeda en
la zona (recordando que el llamado de Kyle, al patriotismo de un cowboy, ¡qué
más claro que eso!, fue el ataque desconocido a una embajada estadounidense)
tras el horror de la caída de las torres gemelas. Esto puede tener de
prevención, aunque sería ingenuo pensar que una guerra se hace de tan poco. También tratamos con una película de acción, de entretenimiento, donde a esa vera no le faltan los efectismos y la banalización. Tal es cuando la lacrimógena,
primaria –salvo en el primer encuentro- y aguantadora Taya (Sienna
Miller), la esposa embarazada de Chris Kyle, del francotirador protagonista
interpretado por un solvente, de expresión mínima por lo rudo pero tratable y
hasta inteligente, o de breve magia circunstancial, Bradley Cooper, llora en el
teléfono encendido sin respuesta mientras su marido y compañeros son atacados; o cuando un terrorista de tipo caricaturesco –igual al cómic/leyenda que hacen ver del
francotirador olímpico sirio, para antagonizar, dar juego, como a su vez no dar
a entender que hay lobos con piel de oveja- tortura/agrede a un niño con un
taladro frente a su padre soplón. No obstante hay asaltos militares de suma
intensidad y cautivante belleza autoral, como uno oscuro, inquietante, caótico,
indeterminado e impredecible que ocurre en medio de una tormenta de arena en el
último viaje y campaña del protagonista, que recuerda a la hazaña del ataque
nocturno final de Zero Dark Thirty (2012).
Los roles modélicos, de los conservadores, bien reflejados
en aquella biblia de ascendencia familiar que guarda Kyle, en lugar de vigilar el
ideal humano, buscan la impunidad, la justificación de atrocidades, la libertad
total, producto del miedo, las condiciones intrínsecas de la guerra de sublevación
paramilitar y el defenestrar cualquier futuro ataque enemigo terrorista. Es así a tal punto que se habla de un heroísmo (casi) incuestionable, al menos en el
protagonista, la esencia del filme, fuera de la sombra del agotamiento y el
quiebre emocional, donde en Kyle hay represalias psicológicas en algunos pasajeros
desequilibrios –intenta agredir/estrangular
a un perro que cree violento, ve la tv. apagada abstraído en sus memorias
bélicas y sobredimensiona histéricamente la falta de ayuda a su bebé que llora en
la maternidad- como a su vez se siente distanciado de su esposa –en un momento
estando de regreso deja de ir a su hogar perdiéndose solitario y deprimido en
un bar- que pone en segundo plano por su vocación absoluta hacia lo militar, la
patria, implicándose en 160 muertes como francotirador, tanto que no se oye
en absoluto de crímenes de guerra.
Kyle en ningún momento da su
brazo a torcer en lo que considera irreprochable, legítimo, su deber, para con
su país, Dios y sus compañeros, por encima de cualquier asunto moral o ético, como
diciendo que en la guerra todo está permitido, hasta la crueldad de un lobo. Pero
eso no lo vemos, porque no hay concesiones ni equilibrio, sino que en todo
momento Kyle actúa como por necesidad, porque no hay salida, aun siendo un tipo
tan rudo y lo que se espera de una leyenda construida con el fanatismo que
alguien tildó de psicopático, como un peón del sistema, orgulloso de defender a
su país, de lo que se le abre cualquier puerta, lo limpia de su consciencia,
aunque tiemble a poco de cargarse a otro niño hijo de puta, como dice entre
dientes, como enviando un mensaje al mundo, que los americanos han sabido
entender en su abundante asistencia a las salas del cine, agradecidos lógicamente
pero no del todo juiciosos por una parte, como diciendo que solo en Estados
Unidos hay héroes de guerra y no corruptos en la lucha contra el terrorismo, en
un alarde de americanización global y alienación perdona vidas, de excepción.
El tipo de soldado que es Kyle, como lo expresa el filme, está por
encima de a quienes se les llama sin asco de salvajes, fantasmas que no han
aceptado evacuar la zona, o sea gente a tratar con toda mano dura y
omnipotencia ante la desconfianza de cualquiera de ellos, que pueden invitar
una cena amigable y luego ocultar un arsenal de armas y ser cómplices
guerrilleros, o que se diga que su territorio huele a defecaciones, lenguaje
real, pero que indica el sentir de quienes lo utilizan, como ven/fomentan el
contexto. Eastwood pone un caso cliché sobre la amenaza del
terrorismo, deshaciéndose de niños y mujeres que intentan matar SEALs, encubiertos
en la sensibilidad de su naturaleza. Esto suena políticamente incorrecto, al mismo tiempo se siente realista,
las consonancias verosímiles de yacer en una guerra, los mismos hechos, pero además osado, sincero y ruin (pensando en nuestra humanidad, en los derechos humanos).
American Sniper es un llamado a enrolarse, y a venerar a sus héroes militares,
el llamado patriotero puro y duro. No estamos frente a esa pequeña joya de la
adrenalina bélica de The Hurt Locker (2008) que imponía un sentir extraño de
existencialismo por encima de la especificación de una guerra. Todo en cambio en
American sniper se mueve producto de un trauma angloamericano como lo es la caída
de las torres gemelas, y el sentir de una inevitable reacción de retorno contra
quienes han dejado de ser seres humanos, son sólo salvajes, aunque se pierdan
en medio de la multitud indistinta, y es que a Eastwood le han tocado el
corazón, es un tema que lo hace sentir demasiado norteamericano, como se puede
apreciar claramente, y puede ser a un punto normal, pero el resultado es un
filme medio propaganda, para rendir honores, como en aquellas finales imágenes de
archivo, donde raya solo el respeto, el silencio, y queda fuera en conjunto lo complejo o equilibrado. La ideología se impone incluso por sobre los elementos, su
cualidad de divertimento, pero sin rehuirle al recurso del convencimiento
primario, en un filme lastrado por todo ello.
lunes, 3 de febrero de 2014
American Hustle
Es notorio que David O. Russell divide a la gente, tiene el
respaldo de los Premios Oscar que por tercera vez le concede abundantes
nominaciones, The fighter (2010) le dio 7 y obtuvo 2 triunfos, en El lado bueno de las cosas (Silver Linings Playbook, 2012) fueron 8 y ganó una
estatuilla dorada, y en ésta oportunidad American Hustle le da 10, y hace
nuevamente pleno en la categoría de nominados a actores. Con lo que se denota
que tiene el aliento de un importante sector del público que es lo que define
la mayoría de candidaturas de la Academia de las Artes y las Ciencias
Cinematográficas Americanas. Pero también hay una corriente que cree que está
sobrevalorado. Y yo en lo personal me ubico dentro de los que lo apoyan, porque
sin ser espectacular, alguien extremadamente original, disfruto de sus filmes.
American Hustle puede verse como que tiene un aire o parece
intentar emular (algo) al idolatrado Martin Scorsese, mucho
teniendo bastante fresco su último ataque de genialidad, El lobo de Wall Street
(2013), de quien no discutimos su mención y la seducción que emana, ya que se
debe a su talento fuera de resultados discutibles, sin embargo creo que en
conjunto es totalmente distinta ésta película a cualquiera preexistente, por el estilo propio que impone finalmente O. Russell, además de que no pienso que sea
restrictivo a un solo autor hacer un tipo de cine.
El tema de los gánsteres, los fraudes, policías en pos de la
celebridad y la corrupción política lo maneja muy bien ésta propuesta, con un
toque –que no completo porque fluye, tiene ritmo y vida- de idónea sequedad,
cierta impuesta ligereza y su infaltable ironía, no dejarse tomar muy a pecho
en lo que exhibe, que se da como subterfugio para permitir no ajustarse a una
trama cuadriculada, aburrida digamos, sino moderna, y poder moldear al gusto el
juego personal, una autoría. Porque no se trata de retomar en absoluto lo
clásico, aun manipulado séptimo arte precedente, como una falsa fachada de otra
década, los 70´s (que invoca referentes de esa época, como el cine de denuncia o policial, el arte de Sidney Lumet),
entendiendo que también depende de hechos verídicos y detalles que “obligan” un
retrato. No obstante, se observa sin dificultad, que David O. Russell pretende
yacer en su libertad de director, y vemos que se caricaturiza intencionalmente un
poco a los personajes, pero sin borrarlos de una película seria, de un drama de
criminales, ya que no es para nada una comedia, sino que quiere destilar una
capa de consabido relajo en cómo nos lo cuenta.
De ahí que todos tengan peinados ridículos, Irving Rosenfeld
(el siempre sacrificado, comprometido hasta la médula y vastamente versátil Christian
Bale) una calvicie mal escondida, aparte de una voluminosa barriga, congruente
con lo que representa, un estafador de suma inteligencia aunque de pequeños
movimientos de engaño. El alcalde de New Jersey Carmine Polito (Jeremy Renner) un
peinado a lo Elvis en medio de una elíptica pesada vida familiar –tiene 5 hijos
y una esposa que nos recuerda a la de los típicos gánsteres italoamericanos que
nos ha dado siempre el cine contemporáneo, mujeres de barrio- y un mal
disimulado pésimo gusto, siendo un hombre capaz de ensuciarse en el desarrollo
de su ciudad, como él mismo dice, hacer todo por ella, en un mandato que
conjuga avance a costa de algunas licencias, poder tratar con mafiosos dueños
de casinos en pos de trabajos e ingresos para su estado. Y por último, el
oficial federal Richie DiMaso (Bradley Cooper, que se esconde en varias capas,
siendo hilarante, un poco tonto o imponente dependiendo las circunstancias) que
ostenta una permanente, rulos, como la cabellera abundante de la compañera de
estafas Sydney Prosser (en una sensual –mención especial de sus escotes- y compleja
en sus emociones Amy Adams); luciendo un aire a sex symbol latino de música
disco, mientras hace todo lo que puede por consagrarse en su profesión de
policía encubierto, hasta manipular los hilos para que congresistas, senadores,
criminales y alcaldes caigan en su red, en un plan sustentado predominantemente
por el anhelo de notoriedad, atraparlos infraganti, aun incitándolos más que
descubriendo y desbaratando negocios ilegales. Algo que juega con la audacia de
quien se desnuda como fabulador y desmitificador, en caso de O. Russell, un
generador de artificios que crea un universo creíble, solvente en sí, lo que hace
todo cineasta. Y nos invita a observar y desentrañar como se fabrica arte, en
una especie de alter-ego en la piel de DiMaso conjugado con Rosenfeld al que se
le instiga para que perpetre un fraude que enmarañe a criminales, aunque no
todos los son pero se verán tentados a ello, y que puede ser visto como un
sutil meta-cine. Una película que mirada detenidamente es bastante inteligente
siendo fácil de entender aunque sacrifique una parte de la cotidiana ilusión y
pueda molestar, como quien nos da la sensación de revelarnos que quiere tomarnos
el pelo o enseñarnos una verdad que no atendemos y nos mantiene “inocentes”,
fieles a nuestra calidad de espectadores.
No obstante, si bien juega a concretar un contexto de forma discretamente
atípica, rompiendo la narración convencional pero como quien pretende
normalidad, provocando el conflicto “arbitrariamente” para luego decirlo, por
si pasaba desapercibido su pequeño toque particular, y hacer una última
jugada en que se sigue explotando la capacidad de fraude, ya como historia
lineal y ordinaria, no deja de asumirse como entretenimiento, es su basa, pero
con su infaltable impronta, y es que David O. Russell puede ser bastante
extravagante, a diferencia de lo que
creemos de su séptimo arte, como se puede ver en I Heart Huckabees (2004).
Es como lanzar al ruedo una chispa de ingenio o algo poco
manipulado, dentro de una trama, más que visto como defecto, un cariz anodino o
una tonta ocurrencia, en donde se falsifica a un jeque árabe para que caigan
los ratones a la trampa, con el que se les llama y entusiasma a los criminales
y a los potenciales delincuentes (lo cual no es que suene descabellado), aunque
incluye meterse con algún peligroso gánster (la historia crece con sus
pormenores, que le catapultan y nos centran para seguir atentos un hilo), el
ejecutor Victor Tellegio (Robert De Niro, en una figura que le persigue eternamente
dado el talento en ello, que domina, aun en una breve caracterización y ya
habiendo hasta bromeado con esos roles) pero sin que por ello atrofie el conjunto, o
sea la historia, más bien la alimenta desde coordenadas personales.
Al final se ve que son pequeños pretextos lo que hacen una
estructura, algo notable en el papel de Rosalyn Rosenfeld (la prodigiosa Jennifer
Lawrence, a la que se le exige roles exigentes de engañosa simplicidad, maduros
pero imperfectos, y siempre da la talla, iluminando un personaje rico en
arrebatos, mucha emotividad, e incongruencias a flor de una personalidad de
vulgar sapiencia que termina ganándose nuestra empatía bajo su carisma
todoterreno), una joven hermosa pero chabacana, voluble y con falta de
autoconsciencia.
Puede que American
Hustle no sea una gran historia como tal, no sea tan cautivante en bruto, siendo
relatos ya muy gastados, una vez visto de que se trata el embrollo en sí (engrandecido
por sus artificios, véase su banda sonora que imprime fuerza y personalidad a las secuencias, con Tom
Jones y la nostálgica Delilah, la estupenda Live and let die de Wings, o las icónicas
I feel love de Donna Summer y -la a su vez dulce- How can you mend a broken heart
de los Bee Gees, entre otras, que imponen una atmósfera en toda plenitud; o sus
escenarios familiares, bendecidos por el aura de lo vintage, donde se citan los personajes modelados dentro de un curioso glamour, el setentero, que no pelea con lo austero por ser propio de su tiempo), sin embargo no desfallece
nunca, genera mucha atención, entretiene mucho más que suficiente, y maneja
perfectamente la temática del fraude, la hace suya, teniendo atributos
innegables de valía, como explotar a sus personajes, revestirlos de disfraces,
matizarlos y hacerlos interactuar con verdadera intensidad, tales son sus dos
protagonistas Irving y Sidney que tienen vidas apasionantes gracias a su rabia
interior (lo dejan ver sus voces en off, cuando describen quienes son, y el flashback
que termina regresando a esa sala privada con el jeque y Polito, que los
justifica de alguna forma, aunque sobrellevarlo canse o intimide), por sobre el
orden de la derrota y la frustración que les ofrece a ellos la cotidianidad, dándose
controlados como ameritan sus farsas –hasta en el acento británico de Sidney que es muy significativo para cambiar su biografía, su pasado de desnudista,
que como dicen uno quiere creer lo quiere, todos mentimos o lo hacemos con
nosotros mismos- en una oculta vehemencia que los motiva. O. Russell es, sin
duda, un director que sabe sacarle sustancia a sus actores, no es banal tanta
nominación al respecto, generando vínculos y panoramas portentosos con ellos,
más allá de lo concreto. Continuos cambios de ánimo o en apariencia, en un buen
manejo variado de conflictos, entre lealtades y deshonestidades. Lo que hacen
del filme una especie de juego de cartas lleno de intenciones y adivinanzas con
sus roles, y a nosotros observadores de ese intercambio de movidas maestras,
siendo las mejores, las más importantes las de torpeza dentro de la atracción del
argumento.
miércoles, 6 de febrero de 2013
Silver Linings Playbook
David O. Russell regresa dos años después de The fighter
(2010) a competir en los Oscar, ostenta 8 nominaciones, 1 más que su
anterior participación en la que su película logró alzarse con 2 estatuillas,
una para Christian Bale y otra para Melissa Leo en actores de reparto. Esta vez
los 4 puestos a interpretaciones están convocados y es una hazaña que se repite
tras treinta años que no sucedía, desde Reds (1983) de Warren Beatty.
El filme es una comedia romántica que no evita serlo desde
luego, y sería una mala crítica decir que trate de no seducirnos con algo de
sencillez, buena onda, algo de comedia ligera y afecto que son los atributos
generales de este subgénero, sin embargo para hacer la diferencia logra no
regodearse en el lugar común mientras es efectiva en su idiosincrasia, es lo
que tiene que ser pero con más ingenio, cierta originalidad, buena estructura y
un valor rescatable de complejidad de lo que se acostumbra y por ello que la
tengamos postulando a los premios de la Academia. Su primera hora está bastante
creativa (desde lo identificable) y atractiva hacia un paso más allá de ser
solo para románticos y asiduos al actual entretenimiento light por antonomasia,
con un tipo al que conocemos como Pat (Bradley Cooper) que es bipolar y
atraviesa ciertos conflictos en su vida, es un perdedor que trata de resarcirse
y tomar camino (en lo más primario e indispensable, pareja, optimismo o amor
por existir y estabilidad emocional), estando desempleado (no es tampoco que
sea un tipo con muchas ambiciones), tratando de manejar problemas mentales de
adaptación social (a los que él mismo parecía no reconocer y estar en un estado
con algunos exabruptos y alteración, pero después vemos que sí, la carta que
escribe al final nos lo confiesa, sobre un tiempo que tiene pensando en su
estabilidad afectiva de la que parten todos sus problemas y desequilibrios, así
lo enfoca y resuelve el filme) y con una orden de restricción de no acercarse a
su esposa a la que hallo teniendo sexo en la ducha con otro hombre al que
golpeó naturalmente enardecido, y eso le llevó a ser recluido por 8 meses en
una institución mental por mandato de un juez.
El filme luego inevitablemente pierde fuelle, no se vuelve
insoportable pero pierde el encanto primigenio y ya no asume el estado bipolar,
lo simplifica bastante, y es que el filme lo ve de forma bastante superable y
es una opción que tampoco resulta desestimable (no es un filme trágico ni
dramático recordemos), al final es algo que se trata de que uno se recomponga
en una introspección personal y asumida, cambie dirección, encuentre nuevos motivos,
se calme y sea más pacífico y vea el lado bueno de las cosas como reza el
título en español. Los miedos psíquicos no son abordados con la profundidad
necesaria –aunque una canción alude idóneamente a ello, solo eso- y la medicación
es superflua –la toma cuando le da la gana-. La salida es el amor, en ello yace
el vínculo con una mujer, Tiffany (Jennifer Lawrence) que también tiene
problemas de sociabilización que la han llevado a recibir pastillas pero en
ella es algo menos conflictivo, muy cool como se luce en el diálogo en la mesa
(parecen dos freakys que se echan el chiste de su extravagancia), y se resuelve
también con bastante sencillez, una muerte muy íntima implica un pequeño
trauma, que le acarrea a ella volverse una
especie de adicta al sexo casual, se
acuesta con 11 hombres de su trabajo, y cuando ve a Pat no parece la excepción (qué
valiente él, resistirse a esta completa belleza, joven pero madura e
inteligente, sumamente guapa, de cuerpo atlético y segura de sí aunque eso no
lo vea aun al tener una obsesión –no tan
lógica vista con detenimiento y eso el filme permite verlo-). Y del rechazo nace
una secreta –y no tanto para el espectador- atracción y una personal reflexión
que también le redirige y le permite salir de su atolladero, una unión en que
se siente pronta a ser valorada (una constante en un mundo donde amplifica lo
sexual), algo que no halla con facilidad. Aparentemente ella parece ser una
mujer del montón, un buen polvo eso sí pero de una noche (o de un par), sin
embargo es su desequilibrio emocional el que oculta lo maravillosa que es como
persona, y en su compenetración y conocerse (tranquilos, mediante trotes
diarios, diálogos punzantes por ambos lados –el por enfermedad, sin la gracia y
el filo audaz de As good as it get (1997) dejemos en claro aunque se viene a
idea, y ella por inteligencia- y el
pretexto de un concurso de baile, no es que tampoco Russell reinvente la
comedia romántica debemos acotar pero pues juega bien sus fichas; junto con lo
importante de que hay química, nada complicado con Jennifer Lawrence que es
extremadamente espontánea y dotada para la película). Todo se va gestando
gracias al buen tacto y visión de Tiffany que sabe lo que quiere una vez que siente el flechazo (el que le digan que no), y es entendible,
la nueva mujer de siglo XXI -si me permiten la falta de pudor en el habla- son
más de acción y practicidad que de otra cosa. Y lo ve como el
príncipe que le va a llenar el vacío que siente, la va a complementar, sin
esfuerzo, muy natural aun no siendo del todo fácil lograrlo, es la otra mitad como espeta el
cliché, aunque no sean los típicos ejemplos al uso, y esa rotunda imperfección
fuera de que sean muy atractivos los dos es la que los acerca –aparte de
la ironía, que no es para tanto y creo que es flagrante en su inocencia, de que
él la ve más loca a ella- y los hace verse en el contrario, ella lo anticipa,
los defectos son como heridas de guerra. Tiffany lo busca pero parece que él la
necesita más, y realmente están a la par.
Es un filme muy simplificador, muy alegre a fin de cuentas,
sí, la bipolaridad ya está presentada y adaptada al contexto (ya es una rasgo
de esa personalidad que relacionamos con el protagonista), que recurrir a ella
continuamente o sobreexplotarla
explícitamente cambiaría el sentido del filme, recordemos siempre el título que
es muy determinante en lo que encontraremos, y se busca movilidad, pero eso de
todas formas hace que pierda el poder de su trama para ir a otra parte (que hay
que decir que yace dentro de su propia coherencia). De llegar a ser golpeado
por su padre tras derribar accidentalmente por una mala reacción a su madre o
de gritar alterado en medio de la madrugada por una nimiedad –que comparto sin
enardecimiento por supuesto, el desenlace de Adiós a las armas de Ernest
Hemingway es lo más ilógico que uno puede imaginar, léase la metáfora del
filme, no estamos para ese tipo de desasosegantes e inesperadas tragedias- pasa
a ser casi invisible a comparación de su primera mala e imprevisible conducta,
a verse como un sujeto bastante estable, capaz de pensar dos veces sobre las
consecuencias de su conducta (algo en
cierta medida razonable pero claramente insuficiente, aunque la existencia es impredecible
por lo que démosle el beneficio de la duda, porque es un caso especial y
ha pasado por mucho, viniendo de un procesamiento mental), y bueno el filme
termina usando momentos menos impresionantes en su segunda parte, el hermano llamándole
perdedor en contraposición de sí como triunfador no es del todo inverosímil
pero parece una carta demasiado abierta, la apuesta que luego se normaliza (y
resulta mejor así) está bien pero va sobre agua muy conocida (pero es tan
perspicaz el director que echa a bromear con el resultado de la calificación, de ese penoso
5, y ahí uno recuerda Pequeña Miss Sunshine (2006), no tan loser y desenfadada en su escena de baile pero igual de limitada en cuanto a sus
cambios de ritmo musical). Russell en algunos momentos claves trata de zafarse de ello y resulta innecesario en parte,
naciendo la pregunta, ¿hasta qué punto la originalidad ataca la naturalidad? y
esa será siempre una lucha eterna, un requerimiento del éxito de que una
película sea vista como obra maestra, y habrá cosas que no se puedan evitar
como otras que transformar. El padre explicando que debe ir por ella o él
diciendo que su amor no es de golpe sino ya lo sentía y lo veía de un tiempo
atrás, como sería en la realidad.
En el filme hay tres tipos de locura, la de Pat que hay que
curar, desde enfocar la vida más que observarla como una enfermedad, que es lo que hace el relato, la de
Tiffany desde la que todos aceptan y quieren hasta emular, y la del personaje de
Robert De Niro, que es la que a él mismo no le importa, que es tal cual, que ni
le pasa por la cabeza algún arreglo, y parece más común de lo que creemos, sus
supersticiones y sus arrebatos de violencia los siente muy justificados, pero el
fanatismo por su equipo es bastante irracional. La escena en que Tiffany
explica con estadísticas que estar en compañía suya es algo que brinda suerte
más que lo contrario es de las más curiosas y audaces que alguien puede darle a
un tipo raro, como jugar con sus propias reglas. Para ello Lawrence es lo mejor
del filme, ella se empapa en su interpretación, resulta fuerte, atrevida y
debajo destila sensibilidad y carisma; lo contiene en repetidas oportunidades. Vuelve
a lograr el mismo nivel superior de actuación precedente en cada
intervención de ésta trama, como si fuera un alarde de contundencia, de asimilación, nada de
migajas ni de contados estados sublimes, ella es fehaciente, y sin duda esa persona de la que se reviste no sería ni
la mitad de encantadora en la vida real sino fuera por su compenetración y su
participación. Su enojo y reacción en el café, otro punto potente del filme, memorable, la colocan como una de las
mejores actrices que Hollywood tiene para ofrecer.
Chris Tucker siempre me ha parecido insoportable, su voz
chillona y su comedia me hacían creer que su mejor actuación era la de Jackie
Brown (1997) donde solo sirve para que
lo metan en la cajuela de un carro y le metan dos tiros, sin embargo parece
reivindicarse con un papel simpático en este filme, y sin dejar de ser
afroamericano pero uno mejorado. En cambio Jacki Weaver a la que como no adorar en Animal
Kingdom (2010), que para quien escribe entregó la mejor actuación de las nominadas en su categoría ese
año, está muy endeble. No entiendo que le ha hecho yacer nuevamente nominada.
No ha hecho nada. De Niro está bastante bien pero mucho menor de lo que se
suele mencionar, tiene un papel secundario peculiar y visible pero nada del
otro mundo en realidad. Y Bradley Cooper está cada vez mejor, más que
cumplidor y si sigue en esa forma se convertirá en un estupendo actor, que
todavía se siente que le falta, aunque definitivamente ya es una estrella.
El filme es típico americano, pero enarbola una cotidianidad
gringa de la que suele convertirnos en cómplices, casi sin darnos cuenta (incluso
habiendo football americano, algo que no ha calado en el mundo, que no se suele
practicar como deporte en general pero que es muy nacionalista). Arte del que
solemos alimentarnos en una cultura universal aprendida desde sus canteras
cinematográficas, porque suele entretenernos ya que lleva todo lo que suele
tocarnos como seres humanos, romance, felicidad, superar problemas, vivir la
familia (algo más latino) y no preocuparnos tanto, y poder ver el lado positivo
de las cosas, ya que ciertamente para males la vida misma.
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