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miércoles, 1 de abril de 2026
EL DILUVIO QUE VIENE
En Buenos Aires se viene la tormenta del siglo. Falta que pase volando el Silver Surfer a anunciar el apocalipsis inminente. Y yo aprovecho un ratito libre para reseñar un par de libros que tengo leídos.
El otro día quedé muy manija con la primera parte de Age of Doom, ese arco argumental en el que Jeff Lemire y Dean Ormston dan vuelta todo lo que sabíamos acerca de Black Hammer y sus protagonistas, así que le entré fuerte a la segunda mitad, que es el Vol.4 de la galardonada serie.
Los dos primeros episodios podrían tranquilamente no estar. Son un metacomic muy entretenido, con personajes queribles y diálogos ingeniosos, pero en el contexto de la saga, sobran por completo. Me cerraría más si fuera un one-shot por fuera de la colección, para que el quiere lo compre y el que no, lo deje pasar. El dibujo de Rich Tomasso (a quien vimos por acá el 19/10/19) está muy logrado, con momentos en los que se nota que dejó la piel, y felizmente lo dejan colorearse a sí mismo. Pero es un chiste largo, que podría tranquilamente no estar incluido en el TPB.
Y después sí, retomamos la historia de Lucy Weber y los superhéroes clonados de los de DC para cinco episodios magníficos en los que pasa de todo. De hecho, es tanto lo que pasa, que la saga de Black Hammer... ¡llega a un final! Un final tan copado, tan redondito, que no tiene sentido seguirla. Obviamente alguien convenció a Lemire de seguirla, y hasta es probable que en los tomos posteriores pasen más cosas geniales y se sumen más personajes, y el universo se haga más rico y más adictivo. Pero para el que se quiere bajar acá, este tomo funciona PERFECTO como cierre del universo Black Hammer.
Bajo la pluma afiladísima de Lemire y el lápiz implacable de Ormston, el tramo final de Age of Doom nos ofrece más volantazos impredecibles, más desarrollo de personajes (sobre todo para Barbalien y Dragonfly), y nos invita a reflexionar acerca de los sacrificios que los superhéroes deben hacer para que no se imponga el Mal. ¿Cuánto sacrificio está bien y cuánto es demasiado? ¿Qué pasa si yo quiero ser un héroe pero no un mártir? Lemire le pone drama y profundidad a esto que ya de por sí es una rareza dentro del comic de superhéroes, simplemente por el escaso protagonismo que tiene la machaca. Acá hay pocas escenas en las que la acción y la violencia le ganan a la reflexión, la introspección y cierto tono melancólico, y eso es parte de lo que hace irresistible a Black Hammer.
Recomiendo muchísimo Black Hammer, y si consigo baratos los tomos posteriores la voy a seguir leyendo. Si no, con lo que leí hasta ahora me voy más que satisfecho, porque acá realmente cierra todo de manera magistral.
Me voy a Francia, año 2021, cuando el maestro Christophe Chabouté convierte en historieta la novela Yellow Cab, de Benoit Cohen. La idea de Cohen es genial. El tipo es un francés que viene del palo del cine y tiene guita, pero le falta motivación. Se va a vivir con su mujer a New York, sigue medio a la deriva, y finalmente se le ocurre hacerse taxista, y convertir todas esas experiencias en una nueva película... que al final terminó por ser una novela. De la mano de Cohen descubrimos el laberinto burocrático que hay que recorrer para que te dan la licencia para manejar taxis en la Gran Manzana, vemos un muestrario de la gente (amplísima mayoría de hombres) que se gana la vida como taxista, acompañamos a Benoit a medida que se vuelve más canchero y aprende las calles, las rutas, los lugares donde es más fácil conseguir pasajeros... Y al mismo tiempo, Benoit nos muestra las notas que toma para la creación de su película: qué anécdotas quiere contar tal cual, cuáles quiere modificar un poquito para darles más efecto dramático, cómo y por qué se le ocurre que la protagonista del film sea mujer y no varón, qué grado de crudeza o de realismo le quiere dar al proyecto... Todo ese proceso creativo que lleva adelante el autor mientras maneja un taxi va a parar también a las páginas de Yellow Cab y nos habla del compromiso de Cohen con el proyecto, y de cómo es para él ese viaje hacia la materialización de una idea.
Además, su recorrida por las calles de la ciudad nos ofrece un retrato muy vívido de la misma, tan preciso y tan real que (acá viene lo que menos me gustó del comic) no hacía falta que lo dibujara una bestia como Chabouté. Para no desentonar con el registro documental que propone la novela de Cohen, el maestro Chabouté recurre a un estilo de dibujo demasiado pendiente del realismo fotográfico lo cual, cuando dibujás al nivel que dibuja este animal, es medio un desperdicio. Los rasgos propios del bellísimo estilo de Chabouté aparecen apenas en los primeros planos de algún personaje. TODO lo demás está copiado de fotos. Por supuesto, con ese trazo fluido y generoso que caracteriza a este gran autor, pero sin esa carga de imaginación y creatividad que vemos en sus otros trabajos. Chabouté no te mezquina nada, deja la vida en cada página, pero tampoco inventa nada. El texto no le pertenece y las imágenes se diferencian de las que cualquiera puede ver en un paseo por New York (o en películas o documentales ambientados en ese lugar) solo porque el comic es en blanco y negro y la realidad no.
La verdad que con un dibujante menos virtuoso, esto se disfrutaba igual. Pero bueno, a Chabouté le gustan este tipo de historias, sin acción, con ritmos pausados, mucho espacio para la contemplación y la introspección, mucha secuencia muda... Yellow Cab es un comic buenísimo, porque la idea de Benoit Cohen es buenísima. El aporte de Chabouté le suma mucho al combo, pero por ahí no hacía falta contar con semejante dios del claroscuro para que el proyecto fuera viable también como historieta.
Y hasta acá llegamos, por hoy. Mil gracias a tod@s l@s que pasaron por los canales de YouTube de La Batea y Comiqueando a ver el nuevo episodio de Opiniones Meméticas, y nos vemos el finde en Quetren (Olazábal 1784, ciudad de Buenos Aires) para compartir dos días a pura historieta en el imperdible evento de los Premios Cinder.
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sábado, 25 de noviembre de 2023
OTRA TANDA DE TRES
Bueno, hoy también tengo varios libritos leídos y un rato para redactar reseñas. Aprovechemos mientras se pueda.
Empiezo con Gravedancer, una extensa novela gráfica a todo color escrita por Juli Lorente (a quien no conocía) y dibujada por Rodolfo Ezequiel (de quien ya vimos otros trabajos, firmados como Ezequiel Rosingana), con una breve secuencia a cargo de Quique Alcatena.
El guion me resultó interesante, me gustó la forma en que Lorente salpica con toques de humor una historia que podía hundirse fácilmente en los pantanos de la solemnidad. Incluso en el momento en que el western picantito (con buenos diálogos y mala leche al estilo Sánchez Abulí) decanta hacia un lugar común más transitado que Plaza Constitución (la guerra entre ángeles y demonios que se va a librar en la Tierra), Gravedancer conserva casi intacto su atractivo, probablemente debido al buen manejo de los personajes, su evolución lógica y hasta en punto creíble, a pesar de lo fantástico de los elementos que pone en juego Lorente. Sin ser una maravilla, la combinación entre western grim ´n gritty, misticismo, acción y ese toque de comedia, funciona como para que en ningún momento se te ocurra colgar la lectura y dedicarte a otra cosa. Para ser la primera vez que leo un trabajo de este guionista, el resultado es bastante notable y bastante esperanzador.
En la faz gráfica, en cambio, veo varios problemas. La portada, ya desde el vamos, no es ganchera. No refleja la intensidad del relato que nos espera "puertas adentro". El color, si bien me gustan las paletas que elige Ezequiel, se ve empastado en casi todo el libro, supongo que por una disociación entre cómo se veían las páginas en el monitor del dibujante y cómo se ve eso mismo impreso en papel. La narrativa y la puesta en página están bien, se nota la destreza de Ezequiel para armar secuencias consistentes incluso cuando el texto es muchísimo. Y lo que me tiró un poco para atrás al dibujo en general es un cierto estatismo: a los personajes les falta un poco de plasticidad, tanto en el lenguaje corporal como en el gestual. No puedo decir que Ezequiel dibuje mal, para nada, pero lo sentí un poco duro a la hora de mover a los personajes. Las cuatro paginitas de Alcatena, una demencia exquisita.
Gravedancer es un entretenimiento sólido, con cosas para mejorar en el aspecto visual, pero más que digno. Estoy atento a los próximos trabajos de Juli Lorente, a ver con qué me sorprende. Y si esta edición se agota y Viajero del Alba reimprime el libro, queda abierta la posibilidad de trabajar mejor el tema del color para que se luzca mucho más que en esta primera edición.
Leí también el tomo que recopila los cuatro episodios de Hyperion, una miniserie a cargo de Guillermo Villarreal y Guido Barsi. En el texto de presentación, Villarreal da a entender que Barsi se sumó al proyecto cuando ya estaba iniciado, así que no sé exactamente si participó o no en la creación de la trama y los personajes, o si simplemente se sumó para aportar textos y diálogos con la historieta ya desarrollada. Lo cierto es que el guion me pareció malísimo. Confuso, retorcido, con unos flashbacks tan extensos y elaborados que ameritaban ser una novela gráfica en sí mismos. Incluso hay errores en los textos, los personajes por momentos se tratan de tú y a veces de vos... Me costó muchísimo engancharme con una historia que -a la larga- cuenta muy poco en 88 páginas.
Por suerte está el dibujo de Villarreal, mejor todavía que en sus trabajos anteriores, en un nivel realmente muy alto, que le permitiría insertarse profesionalmente en casi cualquier mercado. Le queda por mejorar sólo el tema de los enfoques, donde veo una tendencia a la repetición. Si incorpora más variantes, puede crecer aún más. Pero el dibujo en sí, el lápiz, la tinta, la aplicación de los grises, el trabajo en fondos y armaduras, la gestualidad de los personajes... todo eso está muy bien resuelto y puesto al servicio de la aventura.
Una aventura que -repito- para mi gusto hace agua por varios costados y que avanza a un ritmo con el que no pude sintonizar. Pero sospecho que esto no está pensado para que me guste a mí, sino a un lector más joven, más del palo del shonen o de los videojuegos tipo Diablo o God of War. En todo caso me sirvió para ver de cerca la evolución de Guillermo Villarreal, un dibujante que está ahí, a un buen guion de pelar una obra realmente importante.
Me doy cuenta de que llevo varios días leyendo sólo historietas en las que autores argentinos juegan a "cumplir con las reglas" de los clásicos géneros vinculados a la aventura, y se me hace un toque aburrido, por lo cual decidí mechar otra lectura, de algo distinto. Y le entré al Vol.2 de Fables Amères (nunca vi el Vol.1), una recopilación de historias cortas, autoconclusivas y sin personajes recurrentes, del maestro francés Christophe Chabouté. Son once historias de distinta extensión (entre seis y 14 páginas), varias de ellas mudas, todas en el maravilloso blanco y negro con el que asociamos a este autor.
Esto está todo dibujado por el Chabouté del Siglo XXI, es decir, un monstruo ya consolidado en su estilo, con un manejo del claroscuro descomunal, al nivel de José Muñoz, Jacques Tardi o e mejor Alfonso Font. Así que a nivel visual, el deleite está más que garantizado. En cuanto a los guiones, cualquier recopilación de once historietas va a ofrecer ciertos altibajos... y la verdad que acá hay pocos. La mayoría de las historias son brillantes, y en todo caso lo que se puede criticar es que a veces Chabouté se toma demasiadas páginas para llegar al remate, a esa estocada final que le pega un giro (a veces brutal) a lo que el lector venía asimilando como "la trama". Algunos de los recursos que pone en juego Chabouté son los mismos que le vimos a los españoles Tha y TP Bigart en Absurdus Delirium (busquen las reseñas, que ya hablamos de esto en el blog), pero los hermanos liquidaban el "chiste" en una sóla página mientras que el francés se toma unas cuantas para lograr el mismo efecto.
Las Fables Amères son breves secuencias que hablan de lo intrascendente, lo incoherente, lo alienante o lo rutinaria que puede ser la vida normal en las grandes ciudades y en la sociedad actual. Más que a rebelarse o a patear todo a la mierda, Chabouté nos invita a reflexionar, pero de un modo sutil, amable, pleno de imaginación. Hay una bajada de línea socio-política, claro, pero no pasa todo por ahí. El autor sabe combinar esta invitación a la reflexión con una sana cuota de intriga, de sorpresa, de juego con lo que el lector no está espeando encontrarse sobre el final de cada relato. El resultado es sencillamente magnífico y además sirve como demostración cabal de que Chabouté no es sólo un gran autor de novelas gráficas de chotocientas mil páginas. En espacios cortos (que podrían ser incluso más cortos) también puede pelar gemas y sacudir al lector con emociones, sensaciones y reflexiones que nos hacen mejores personas. Creo que este material no está publicado fuera de Francia, pero como varias de las historias son mudas, no es taaaan imprescindible manejar el idioma de Mbappé para disfrutar del librito. Y siempre está la posibilidad de que algún editor del habla hispana se despierte y traduzca las historias que tienen textos en francés.
Hasta acá llegamos. Vuelvo a sumergirme en el océano del nº8 de la Comiqueando Digital, que casi seguro estará disponible durante Enero. Gracias por el aguante.
jueves, 29 de diciembre de 2016
ULTIMAS TRES DEL AÑO
Vamos ya con la última tanda de reseñas de este año.
Me leí las 66 páginas de El Esqueleto, y me queda muy claro por qué Salvador Sanz volvió hace muy poquito a publicar episodios de esta saga en las páginas de Fierro. Es más que evidente que estas 66 páginas NO SON una obra, sino el primer… ¿tercio? de una obra que –narrada a este ritmo- va a necesitar no menos de 100 páginas más para llegar a algo así como un final. Lo que sigo sin entender es por qué OVNI edita en libro una feta (gruesita, pero feta al fin) de una historia, sin aclarar en ningún lado que se trata de una obra por ahora inconclusa. El que se compró el libro pensando que iba a leer una saga completa, fue groseramente estafado.
Vamos a lo importante, que es la historieta en sí. El dibujo de Sanz es devastador, realmente hermoso, potente, inquietante. La narrativa descomprimida (llena de secuencias mudas y con un énfasis en las escenas de acción digno del buen manga) va muy bien de la mano con esta estética de Sanz, cada vez más plástica. Y el guión está muy bien, pero claro, en pocas páginas y con pocas viñetas por página, suceden pocas cosas. La base igual está: el planteo que funciona como disparador de El Esqueleto es muy atractivo y la construcción de personajes por ahora va bien encaminada, también ahí hay buenas ideas. Veremos cómo evoluciona la serie en este segundo tramo que se está publicando ahora. Por ahora, El Esqueleto parece una lectura más liviana, menos ambiciosa que la magnífica Angela Della Morte, pero no deja de ganarse mi ovación gracias a las maravillas visuales que ofrece Salva desde el dibujo en sí y desde la planificación de las secuencias, que son sin duda el punto más alto de esta primera parte.
Me voy a 2004, cuando el sello Atomeka publica un prestige de Mr. Monster con la particularidad de que Michael T. Gilbert (creador del personaje) no dibuja, sino que sólo escribe el guión. Los dibujos corren por cuenta del excelente George Freeman, que está bastante cerca de la estética de Gilbert, pero parece ser menos fan de Will Eisner y de los comics de la E.C., dos obsesiones que Gilbert jamás ocultó en las (no tantas) historietas que dibujó.
Mr. Monster es un personaje raro, que funciona bien siendo muy plano, muy unidimensional. Cuanto menos lo desarrolles y menos trates de explicar por qué hace lo que hace, mejor funciona. Y eso Gilbert lo entiende perfectamente, por eso esta saga es todo un gran chiste (que no sé si en EEUU se entiende, quizás por eso se haya publicado en Inglaterra), que mezcla a los clásicos marcianos invasores de War of the Worlds o Mars Attacks! con los siempre rendidores villanos nazis. Acá hay violencia de todo tipo (incluso de género), siempre mostrada en forma irónica, o exagerada al extremo de que nos cause gracia. O sea que si le sintonizás la onda al personaje, te vas a divertir un montón. Igual, si nunca leíste Mr. Monster, no recomiendo empezar a explorarlo por acá, sino por los episodios “clásicos” de los ´80.
Terminamos el año en Francia, en 2007, cuando Christophe Chabouté adapta al comic Encender una Hoguera, un cuento magistral de Jack London. El animalito agarra un cuento corto y te lo despacha en ¡62 páginas!, lo cual le da muchísimo margen para jugar con lo más interesante que tiene el relato, que es el clima. Si alguna vez leíste a Chabouté, no te tengo que explicar lo importantes que son los climas para este maestro del Noveno Arte. Y bueno, acá desde el dibujo y la narrativa le agrega un montón al cuento de London. Lo hace más crudo, más desesperante, más desgarrador. Sin contarte casi nada del personaje, logra que sientas lo mismo que siente él, mediante un montón de trucos narrativos, principalmente uno tomado del cuento de London: el narrador le habla al protagonista. O sea que todo el texto que hay en la obra está escrito en segunda persona, un recurso que –cuando se lo usa bien- resulta totalmente adictivo.
Si nunca leíste las historietas de Chabouté, este puede ser un muy buen punto de partida, aunque con una salvedad: Encender una Hoguera es a color, y el color está perfecto. Pero el Chabouté definitivo, el jodido de empardar, es el que labura en blanco y negro pleno, el que le apuesta todo al claroscuro y gana siempre. Por suerte cada vez hay más obras de este autorazo publicadas en nuestro idioma.
Y bueno, ni hace falta anunciarlo, pero en 2017 sigue el blog, en este mismo formato, que me resulta muy cómodo. Infinitas gracias (como siempre) a todos los que entran, leen y comentan, a los que nos dieron su Me Gusta en Facebook (casi 2500 homínidos), a las editoriales y/o autores que nos hacen llegar sus libros para que los comentemos y sobre todo a todos los historietistas del mundo, vivos y muertos, porque sin ellos no habría comics para leer y reseñar. ¡Feliz 2017 para todos!
Me leí las 66 páginas de El Esqueleto, y me queda muy claro por qué Salvador Sanz volvió hace muy poquito a publicar episodios de esta saga en las páginas de Fierro. Es más que evidente que estas 66 páginas NO SON una obra, sino el primer… ¿tercio? de una obra que –narrada a este ritmo- va a necesitar no menos de 100 páginas más para llegar a algo así como un final. Lo que sigo sin entender es por qué OVNI edita en libro una feta (gruesita, pero feta al fin) de una historia, sin aclarar en ningún lado que se trata de una obra por ahora inconclusa. El que se compró el libro pensando que iba a leer una saga completa, fue groseramente estafado.
Vamos a lo importante, que es la historieta en sí. El dibujo de Sanz es devastador, realmente hermoso, potente, inquietante. La narrativa descomprimida (llena de secuencias mudas y con un énfasis en las escenas de acción digno del buen manga) va muy bien de la mano con esta estética de Sanz, cada vez más plástica. Y el guión está muy bien, pero claro, en pocas páginas y con pocas viñetas por página, suceden pocas cosas. La base igual está: el planteo que funciona como disparador de El Esqueleto es muy atractivo y la construcción de personajes por ahora va bien encaminada, también ahí hay buenas ideas. Veremos cómo evoluciona la serie en este segundo tramo que se está publicando ahora. Por ahora, El Esqueleto parece una lectura más liviana, menos ambiciosa que la magnífica Angela Della Morte, pero no deja de ganarse mi ovación gracias a las maravillas visuales que ofrece Salva desde el dibujo en sí y desde la planificación de las secuencias, que son sin duda el punto más alto de esta primera parte.
Me voy a 2004, cuando el sello Atomeka publica un prestige de Mr. Monster con la particularidad de que Michael T. Gilbert (creador del personaje) no dibuja, sino que sólo escribe el guión. Los dibujos corren por cuenta del excelente George Freeman, que está bastante cerca de la estética de Gilbert, pero parece ser menos fan de Will Eisner y de los comics de la E.C., dos obsesiones que Gilbert jamás ocultó en las (no tantas) historietas que dibujó.
Mr. Monster es un personaje raro, que funciona bien siendo muy plano, muy unidimensional. Cuanto menos lo desarrolles y menos trates de explicar por qué hace lo que hace, mejor funciona. Y eso Gilbert lo entiende perfectamente, por eso esta saga es todo un gran chiste (que no sé si en EEUU se entiende, quizás por eso se haya publicado en Inglaterra), que mezcla a los clásicos marcianos invasores de War of the Worlds o Mars Attacks! con los siempre rendidores villanos nazis. Acá hay violencia de todo tipo (incluso de género), siempre mostrada en forma irónica, o exagerada al extremo de que nos cause gracia. O sea que si le sintonizás la onda al personaje, te vas a divertir un montón. Igual, si nunca leíste Mr. Monster, no recomiendo empezar a explorarlo por acá, sino por los episodios “clásicos” de los ´80.
Terminamos el año en Francia, en 2007, cuando Christophe Chabouté adapta al comic Encender una Hoguera, un cuento magistral de Jack London. El animalito agarra un cuento corto y te lo despacha en ¡62 páginas!, lo cual le da muchísimo margen para jugar con lo más interesante que tiene el relato, que es el clima. Si alguna vez leíste a Chabouté, no te tengo que explicar lo importantes que son los climas para este maestro del Noveno Arte. Y bueno, acá desde el dibujo y la narrativa le agrega un montón al cuento de London. Lo hace más crudo, más desesperante, más desgarrador. Sin contarte casi nada del personaje, logra que sientas lo mismo que siente él, mediante un montón de trucos narrativos, principalmente uno tomado del cuento de London: el narrador le habla al protagonista. O sea que todo el texto que hay en la obra está escrito en segunda persona, un recurso que –cuando se lo usa bien- resulta totalmente adictivo.
Si nunca leíste las historietas de Chabouté, este puede ser un muy buen punto de partida, aunque con una salvedad: Encender una Hoguera es a color, y el color está perfecto. Pero el Chabouté definitivo, el jodido de empardar, es el que labura en blanco y negro pleno, el que le apuesta todo al claroscuro y gana siempre. Por suerte cada vez hay más obras de este autorazo publicadas en nuestro idioma.
Y bueno, ni hace falta anunciarlo, pero en 2017 sigue el blog, en este mismo formato, que me resulta muy cómodo. Infinitas gracias (como siempre) a todos los que entran, leen y comentan, a los que nos dieron su Me Gusta en Facebook (casi 2500 homínidos), a las editoriales y/o autores que nos hacen llegar sus libros para que los comentemos y sobre todo a todos los historietistas del mundo, vivos y muertos, porque sin ellos no habría comics para leer y reseñar. ¡Feliz 2017 para todos!
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sábado, 18 de diciembre de 2010
18/ 12: ZOÉ
No tengo muy claro por qué, pero a Christophe Chabouté se lo ha editado poco en nuestro idioma. En una de esas es porque empezó a trabajar cuando ya no existían las revistas de antología, y por eso no cosechó una base de fans acostumbrados a seguir sus trabajos. Lo cierto es que este libro es el único de Chabouté que conseguí en castellano y para leer los otros, tuve que hacerlo en francés. Tampoco leí todos; creo que tengo dos o tres más. Pero me parece un autor completísimo, un verdadero maestro, y es una lástima que la gran mayoría de los lectores hispanoparlantes no lo tengan en el mapa.
Chabouté desentona un poco en el panorama actual. Sus historias no quieren ser modernas, su dibujo nos remite al de los maestros de los ´70 y ´80 (Jacques Tardi, Didier Comés, José Muñoz), sus temáticas van más allá de las modas y las coyunturas, y además suele elegir ambientaciones raras, lugares marginales, donde el vértigo del progreso nunca llegó, o se nota poco. Le gusta la narrativa descomprimida, con énfasis en las pausas, en los silencios, en los momentos en los que no pasa nada y el relato se detiene a mirar el vuelo de unos pájaros, o la marcha silenciosa de unas hormigas. Cualquier novela gráfica que Chabouté desarrolla en 100 páginas, encarada de otra manera y por otro autor se podría resolver en 40. Pero se perdería la magia, el laburo sutil y cautivante de construcción de climas, de build-up hacia lo grosso que va a pasar después. Y por supuesto, podríamos disfrutar durante menos páginas del excelente dibujo de Chabouté, capo absoluto del claroscuro y de una destreza con el pincel poco frecuente, un tipo que se mata con los fondos y la documentación y está radicalmente en contra del uso de la informática para la realización de sus comics. La narrativa, además de enfatizar las pausas y los climas, es poco francesa. Chabouté se lee más como comic americano (indie, claro) que como comic francés. La puesta en página, la elección de los planos, el trabajo de las secuencias, todo nos remite más a los autores yankis que a Moebius, Bilal o Tardi.
O sea que hay razones de sobra para dejarse seducir por Chabouté. En el caso puntual de Zoé, la historia es perfecta, redonda, inquietante y llena de sorpresas que estallan sobre el final y que nunca te ves venir. El clima de este extraño pueblito en el medio de la nada (por no decir en la concha de lora, que queda feo) te atrapa, te hipnotiza y ya para el final te asfixia. Para cuando te das cuenta de que esto no es una paja semi-autobiográfica del autor, ni una de terror demasiado sutil, el thriller te tiene agarrado de las bolas y estás esperando que termine el libro para poder respirar.
Así de bien llevado está el misterio, y por supuesto, bien condimentado con un buen desarrollo de personajes (principalmente Zoé y Hugo) y potenciado por la fascinación que crea Chabouté cada vez que se cuelga un par de páginas con detalles (hermosamente dibujados) de la vida en el pueblito de La Goule. Como en todas sus obras, el autor recurre a los diálogos casi cuando no le queda otra (esto llega al extremo en la majestuosa Tout Seul, su obra maestra, de 2008). A Chabouté le gusta muchísimo el cine (francés) y aprendió a mezquinar palabras, a contar siempre que se puede desde la imagen. Así logra que cada diálogo tenga un impacto mucho mayor, porque “rompe” con el status quo, que en este caso es el del silencio, de los animales, de los cementerios, de los que operan en las sombras y no quieren ser vistos ni oídos.
No puedo ahondar mucho más sin spoilear ni revelar detalles de la trama que prefiero que descubras por vos mismo. Zoé es una novela gráfica de enorme atractivo, pensada para engancharte de principio a fin sin el más mínimo recurso pochoclero. Está editada en castellano por La Factoría de Ideas y es anterior en el tiempo a Pleine Lune, La Béte y Tout Seul (sus obras más importantes), así que además sirve como puerta de entrada al apasionante universo de este excelente autor. Dale nomás, con confianza.
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