el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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miércoles, 23 de octubre de 2024

RECUPERANDO RITMO

De a poco voy entrando en la sintonía de leer más y a mejor ritmo. Hoy empiezo con un libro de 2018, el team-up entre Batman y The Shadow, dos justicieros nocturnos con muchas décadas de trayectoria que -inevitablemente- en algún momento tenían que tener su aventura conjunta. Esta la co-escriben Scott Snyder y Steve Orlando, y la dibuja Riley Rossmo. A lo largo de estas... 132 páginas de historieta, me cayó la ficha de que Rossmo es mejor en dosis más pequeñas. Una historia corta en una antología, un numerito unitario, a lo sumo un annual o un prestige. En una dosis tan grande, no solo pierde impacto su particular estilo, sino que además le noto inconsistencias. Me gusta mucho su puesta en página, pero por momentos al dibujo le falta fuerza, parece hecho así nomás, y hasta te preguntás qué pasaría si le sacaras los colores de Ivan Plascencia. Probablemente varias de estas páginas quedarían al límite de lo impublicable. ¿Y tiene sentido que la historia se extienda a lo largo de todas esas páginas? No, ni a palos. Todo está jugado al contrapunto entre Batman y The Shadow: uno banca hasta las últimas consecuencias ese dogma de no matar a los villanos (ni siquiera a un psicópata pasado de rosca e irredimible como el Joker) y el otro los quiere hacer boleta a todos. Esa diferencia es la que los guionistas mejor explotan a lo largo de todo el comic. También hay una idea fascinante: The Shadow vigila a Bruce desde que quedó huérfano, y muchos de los maestros que entrenaron al joven Wayne para convertirlo en el justiciero perfecto... ¡eran identidades que asumió The Shadow para estar cerca suyo y guiarlo en su camino!. Eso solo garpa todo. Pero... así como abundan los aciertos en el rubro "interacción entre los personajes", escasean en el aspecto aventurero de la trama. El rol de Joker es patético, el de Jim Gordon también, los clásicos adláteres de The Shadow aparecen metidos con forceps y no aportan nada... y en general todas las peripecias, luchas contra los villanos, etc., son poco atrapantes. Hay excelentes diálogos (para variar, muchos los dice Alfred), está muy bien la caracterización de Renée Montoya (la única policía que parece tener un nivel intelectual superior al de un crustáceo), pero falla la acción, falla el misterio, la amenaza es chota, poco creíble... y ya para cuando aparece todo ese ejército de villanos de Gotham (donde conviven los más grossos con malhechores de cuarta y quinta categoría, algunos con tres o cuatro apariciones, con suerte), cualquier clase de verosímil que hayan construido Orlando y Snyder se va por el inodoro. Básicamente, toda la historia (guion y dibujo) tendría mucha más fuerza si la hubieran resuelto en menos páginas. En 64, por ejemplo, con estas mismas ideas se podría haber hecho casi una obra maestra. Y por ahí nos ahorrábamos momentos bochornosos como esa batalla contra 20 villanos, o esa secuencia en la que Bruce queda a un milímetro de la muerte y al rato sale de nuevo a jugarse la vida, metido adentro de una bati-armadura que le permite moverse como si tres páginas atrás no lo hubiésemos visto hecho mierda, con más agujeros que ventana de bosnio. Siempre quise ver a estos dos personajes juntos, hacía tiempo que quería leer este team-up, y bueno... el resultado final me pareció bastante mejorable, más allá de algunos buenos momentos que me ofrecieron Orlando, Snyder y Rossmo. Es lo que hay.
Hace un tiempito (05/09/24) reseñé por acá el Vol.1 de Gorgona, la antología colombiana en la que distintos dibujantes trabajan sobre guiones de Rodrigo Lucio, y ahora voy por el Vol.2. Esta vez tenemos una entrega más voluminosa, de 88 páginas, que arranca con una portada magistral de nuestro compatriota Carlos Dearmas. Adentro, al haber más historietas, hay también más diversidad de dibujantes, entre ellos la muy correcta Luisa Rojas, la interesante Andrea Lucio y el más que digno Andrés Cruz. Pero claro, ninguno se acerca siquiera al nivel descomunal de los dibujos de Dearmas. Las dos historietas en las que mete mano el entrerriano son, lejos, lo más memorable de la antología. En el resto del tomo, cada tanto aparece la puntita de una idea... que en cuatro páginas no se llega a desarrollar y mucho menos a resolver de manera satisfactoria. No entiendo bien la decisión arbitraria por parte de Rodrigo Lucio de que todas las historietas sean tan breves, porque es obvio que varias de ellas mejorarían mucho si tuvieran más espacio. La única de seis páginas (En el principio existió el vacío, una de las que dibuja Dearmas) es -para mi gusto- la que está mejor escrita, y en parte es porque Lucio tiene más páginas para desarrollar la idea y desplegar la prosa, ambas muy logradas. Lucio es un guionista raro, atípico, que plantea relatos cortos, pero además alejados de las fórmulas tradicionales. Por ahí aparecen géneros de "los de siempre" (ciencia ficción, terror, fantasía épica, peplum) pero Lucio los aborda de un modo muy peculiar, menos aventurero, a veces con más introspección, a veces con un tono más épico, pero siempre extraño, nunca fácil de clasificar. En sus historias no hay chistes, no hay estridencias, no hay conflictos entre malos y buenos... y a veces ni siquiera hay conflictos. Hay ideas, o puntitas de ideas, que la mayoría de las veces no se llegan a desarrollar. Tengo para leer también el Vol.3 de Gorgona (creo que hasta ahora es el último), así que pronto habrá más historieta colombiana acá en el blog. Estoy en medio de la lectura de dos libros extensos, que prometo reseñar a la brevedad. Y para el miércoles 30, les prometo también una nueva emisión en vivo de Agenda Abierta en el canal de YouTube de Comiqueando. En la de Septiembre me cubrió Diego porque yo estaba lejos, pero esta no me la pierdo. Gracias y hasta pronto.

martes, 30 de enero de 2018

COMPLETAMOS EL 11 INICIAL

Termina el primer mes de la novena temporada del blog con 11 entradas. Buen primer paso para llegar a la meta de las 120 durante los 365 días de 2018.
Arranco con The Shadow: Midnight in Moscow, una saga del famoso justiciero de los pulps publicada en 2015, que tiene como principal atractivo contar con guión y dibujos del maestro Howard Chaykin, autor de aquella miniserie del crucial 1986, que reimaginara al personaje para aquellos tiempos post-modernos. Ambientada sobre el final de 1949 y los primeros días de 1950, Midnight in Moscow no contradice nada de lo que vimos en la mini del ´86, pero tampoco es una precuela directa, ni tiene demasiada vinculación con aquel hitazo vanguardista y rupturista.
En la comparación, Midnight in Moscow pierde por goleada. Es una aventura mucho más lineal, menos compleja, sin sexo, ni drogas, ni groserías, con las muertes más escabrosas confinadas al “fuera de cuadro”, con una subtrama política demasiado light, sin la intención de revolucionar nada. La historia va para adelante con prolijidad, explicando todo perfectamente, y al final The Shadow desactiva con excesiva facilidad el plan de los villanos, que también adolesce de cierta falta de sutileza.
Lo más interesante son los bloques de texto que emplea Chaykin para describirnos cómo se vive esta época de pos-guerra (casi prólogo de la Guerra Fría) en las distintas ciudades por las que transitan los personajes: New York, Londres, París, Berlín y Moscú. Ahí el maestro enseña, baja línea y te genera interés como para que quieras saber más sobre cómo se transformaban las urbes y las sociedades en este período histórico puntual. También hay un personaje muy bien construído (la peligrosísima Dixie Teagarden) y no mucho más para rescatar…
Bueno, sí, el dibujo de Chaykin, que es majestuoso. Y la narrativa. Y el gran trabajo del colorista Jesus Aburtov y el letrista Ken Bruzenak (también campeón en el ´86). Esto hay que tenerlo para maravillarse con un trabajo de un equipo que en la faz gráfica te sale a matar en la primera viñeta y no hace más que mejorar a lo largo de los seis episodios. Visualmente, Midnight in Moscow es una joya de altísimo impacto, una cátedra de comic. Lástima el guión que se queda ahí, a medio camino, cuando todos sabemos que Chaykin puede aspirar a mucho más.
Notas al Pie, la primera novela gráfica de Nacha Vollenweider como artista integral, tiene un dibujo exquisito, de engañosa simplicidad, que despliega un notable poder de observación y una gran destreza técnica, ambas virtudes presentes en las obras anteriores de esta argentina hoy radicada en Alemania. Además introduce un recurso narrativo muy interesante, tan conspicuo que le da nombre al libro: Nacha narra con notas al pie, con numeritos que aparecen cuando un personaje (generalmente ella misma) menciona algo al pasar en medio de un diálogo ambientado en el presente, para luego abrir un capítulo aparte, un mini-relato que se desprende del troncal para explorar en detalle eso que originalmente se mencionó al pasar. Así, la trama central se va rodeando de estas acotaciones, a veces más descriptivas o explicativas que narrativas, con una técnica que le permite a la autora saltar del presente al pasado y de Alemania a Argentina de un modo sumamente dinámico y diáfano.
El problema principal de Notas al Pie es que la trama central pasa por una no-historia: un viaje en tren en el que Nacha y su esposa van conversando (de ahí las disgresiones que ameritan las distintas notas al pie) hasta llegar a Hamburgo, la ciudad donde viven, donde se ofrecen hospedar en su casa a una pareja de refugiados sirios, que llegaron a Alemania huyendo de la guerra. Fin. No hay una indagación en esta situación, no vemos a Nacha y Carina interactuar con sus huéspedes, no hay un conflicto para desarrollar ni nada que se le parezca.
Esto -que para algunos quizás no sea un problema pero para mí lo es- sucede también en las mini-historias que Nacha desarrolla en el formato de notas al pie. De estos breves relatos accesorios, el único que cuenta una historia fuerte, el único que me atrapó, es el de la abuela de Nacha, a quien la dictadura cívico-militar le secuestra un hijo y termina convertida en una de las primeras Madres de Plaza de Mayo. El resto son anécdotas muy menores, flashbacks a la época en que Nacha y Carina todavía eran novias, detalles superficiales de la vida en Córdoba o en Alemania, o al revés: la complejísima explicación de una red de parentescos que enlaza a Nacha con hombres y mujeres de origen suizo, algunos de los cuales vivieron también en Argentina.
En varios pasajes de estas mini-historias, Nacha prescinde de los diálogos y narra todo con su propia voz en off. Son casi siempre textos cortos, que podrían ocupar muchísimas menos páginas de las que ocupan, pero la autora decide darle mucho espacio a cada escena. Para esto opta por una grilla de dos viñetas por página, que es la que más se repite a lo largo de todo el libro. Como siempre digo, es la grilla que menos me gusta, la que menos transmite la sensación de estar asistiendo a una secuencia de imágenes, donde más le cuesta al lector hilvanar una viñeta con la siguiente. Mis páginas favoritas del libro son –claramente- las de tres o más cuadros.
Bueno, se hizo larguísimo. La seguimos pronto, con nuevas reseñas.