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martes, 5 de noviembre de 2024
MARTES MÁGICO
Muy zarpada la calidad de los últimos libros que me tocó leer. Veamos.
Empiezo en Japón, año 1974, con La Aprendiz de Geisha, una serie realizada por el magistral Kazuo Kamimura que nos lleva (una vez más) al fascinante mundo de los prostíbulos japoneses en la década del 30. Creo que este es el tercer libro que leí referido a esa temática, y ya está. Ya es suficiente. Es un tema atractivo, pero no como para leer varios miles de páginas de manga siempre en torno a lo mismo. Esta obra está compuesta de 14 episodios autoconclusivos, divididos en dos mitades muy bien marcadas. En los primeros siete, nuestra protagonista, O-Tsoru, es una nena de unos 12 ó 13 años que trabaja en el prostíbulo Matsunoya, como una especie de mucama, que limpia, hace mandados y asiste a las geishas en distintas tareas. Bajo la mirada rigurosa y por momentos despiadada de la madama del establecimiento, O-Tsoru además se entrena para ser, cuando crezca, una geisha de primer nivel. En cada una de las entregas, Kamimura nos va a contar una historia que tiene que ver con las geishas, su trabajo, sus clientes, los estrictos protocolos a los que estaban sujetas, y en general el rol de O-Tsoru va a ser menor, más de testigo que de protagonista. Como en el inmortal Charlie Moon de Carlos Trillo y Horacio Altuna, la pibita va a aportar una mirada tierna, ingenua, a un ámbito donde la sordidez y la violencia están siempre a la vuelta de la esquina, porque lo que hace el prostíbulo es básicamente vender alcohol y sexo.
La segunda mitad de la serie, a partir del episodio 8, nos muestra a una O-Tsoru ya bastante más crecida, lista para su debut como geisha. Ese octavo episodio no solo parte las aguas en el manga de Kamimura, sino que además es el mejor del libro, el más fuerte, el más emotivo (y mirá que hay muchos MUY emotivos), el que más sacude al lector que llegó a querer a esa pendejita traviesa y curiosa que andaba tras bambalinas en los primeros episodios. Pronto la propia O-Tsoru va a tener una aprendiz que la va a asistir, y a acompañar a las fiestas y banquetes donde la contratan como escort para señores que ponen mucha plata. Y la segunda mitad de La Aprendiz de Geisha es eso: historias protagonizadas por O-Tsoru y O-Haru, a veces en Matsunoya y a veces en lugares a los que la geisha y su asistente viajan por trabajo. La mayoría son muy interesantes, con giros impredecibles, con poco énfasis en el acto sexual propiamente dicho, con un gran aprovechamiento del contexto de la época y -como siempre que hablamos de mangas creados por Kazuo Kamimura- con una onda triste, bajonera, melancólica. A veces por las injusticias que padecen estas chicas, a veces por las desgracias ajenas que les toca presenciar, pero siempre está ahí el regusto amargo de los relatos de Kamimura, incluso cuando en esta obra hay algún que otro momento más cercano a la comedia.
Lo único realmente criticable es que el último episodio es uno más: es el último, pero no es un cierre. Podría haber sido el décimo, el undécimo, cualquiera. Me hubiera gustado un capítulo final que funcione precisamente como un final. El resto, muy satisfactorio, y en esto incluyo al dibujo de Kamimura, que me encanta. Tiene personajes expresivos, una reconstrucción de época fascinante, muchos logros en la composición de las viñetas, en la aplicación de los grises, una enorme fluidez en el relato gráfico... Si te gusta el manga dramático, sin chistes ni elementos fantásticos, con poca violencia y una pizca moderada de sexo, no tengo dudas de que La Aprendiz de Geisha te va a seducir.
Nos vamos a España, año 2022, cuando Juan Díaz Canales y Rubén Pellejero unen fuerzas por cuarta vez, para llevarnos de regreso al mundo de Corto Maltés, creado en 1967 por el inolvidable Hugo Pratt. A diferencia de los tres anteriores, Nocturno Berlinés es un álbum 100% urbano, una variante que el propio Pratt introducía cada tanto en la serie que lo consagró a nivel global. Las 70 páginas nos invitan a recorrer Berlín y Praga, en un momento de 1924 en el que Corto volvió hace poco de su viaje por Suiza (narrado por Pratt en Las Helvéticas). Menos exótico y más noir que sus predecesores, Nocturno Berlinés ofrece -como su título lo sugiere- muchas escenas de noche, y una exploración minuciosa de lo que pasaba en esa época en Berlín. Estamos en plena República de Weimar, Adolf Hitler está preso tras un frustrado golpe de estado, la capital de Alemania es un hervidero de poetas y filósofos, mientras triunfan una arquitectura moderna y un cine expresionista, con elementos fantásticos y de terror, que ejercerá una enorme influencia a nivel global. Pero además, laten las amenazas de una inestabilidad económica incontrolable y un antisemitismo que crece de manera sostenida en parte de la comunidad. Ah, y los míticos cabarets, donde cantan y bailan hombres, mujeres y seres andróginos que no se sabe bien qué son. Pareciera que Díaz Canales le preguntó a todos sus amigos con qué asocian la idea de "Berlín, 1924" y no dejó nada afuera. Algunos de estos elementos tienen más peso en la trama, otros menos, pero TODO aparece en el álbum, como si fuera un episodio piloto de una serie extensa que se va a desarrollar 100% en esa ambientación.
El guion es muy bueno, con grandes diálogos y giros impredecibles, y con muchas escenas que parecen escritas por el mismísimo Hugo Pratt. No sé si me gustó más que el anterior, pero están ahí, cabeza a cabeza. Y al nivel de las mejores historias de la etapa clásica de Corto Maltés. Me parece que en esta serie, el 90% del éxito pasa por entender cabalmente al protagonista, su forma de ser y de actuar. Y en ese sentido, lo de Díaz Canales es absolutamente impecable. Pero además hay un misterio bien llevado, buenos villanos, buenos personajes secundarios, mucha consistencia con lo narrado en álbumes anteriores, todo un lujo.
Y por si faltara algo, tenemos al mejor Pellejero desde que llegó a esta serie. Muchos se quedarán con esa secuencia absolutamente prattiana de las páginas 21 y 22... yo me quedo con esos fondos increíbles, a los que Pellejero les incorpora rayitas finitas, desparejas, al estilo Christophe Blain, y le quedan buenísimas. Y también flasheo con esos momentos en los que el pincel del catalán cobra vida propia, y se va de la línea de Pratt para visitar terrenos que uno asocia con Oswal, con José Muñoz, con Gustavo Trigo... y con las obras más personales del propio Pellejero, lógicamente. O sea que acá convive lo mejor de ambos mundos: muchos elementos gráficos y narrativos que nos recuerdan muchísimo a Hugo Pratt y otros que funcionan a modo de pequeñas (y muy bienvenidas) rupturas con la etapa clásica de Corto Maltés. Recomiendo muchísimo Nocturno Berlínés, y ya quiero tener en mis manos el nuevo Corto Maltés de Díaz Canales y Pellejero, que salió el miércoles pasado en Europa.
Gracias totales y nos reencontramos con nuevas reseñas cualquier día de estos, acá en el blog.
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sábado, 3 de abril de 2021
29 de MARZO al 4 de ABRIL
Otra semana de pocas lecturas, porque con el tema de los feriados de Semana Santa me moví poco de casa, y últimamente estoy leyendo más en los viajes en colectivo y subte que en casa.
Empecé con un comic editado simultáneamente en varios países de Europa a fines de 2019: El día de Tarowean, también conocido como el Vol.15 de Corto Maltés, y tercero a cargo de la dupla integrada por los españoles Juan Díaz Canales y Rubén Pellejero. Para esta ocasión a los autores se les ocurrió escribir la previa a La Balada del Mar Salado, es decir, a responder cómo y por qué Corto Maltés llega a esa situación extrema en la que lo encontramos al inicio de aquella mítica historieta realizada por Pratt a partir de 1967 para la revista Sgt. Kirk. Y no sólo lograron empalmar perfectamente con La Balada (y echar luz a aquellos misterios que Pratt se guardaba para explicar andá a saber cuándo) sino que además redondearon una excelente aventura, sin duda la mejor de las tres que publicaron hasta el momento.
El día de Tarowean tiene todo lo que tiene que tener un buen álbum de Corto Maltés: una ambientación exótica, roscas entre garcas de distinta magnitud que se quiere quedar con más poder del que tienen, el incentivo medio etéreo de algún beneficio económico para el protagonista, que siempre se verá eclipsado por otro tipo de valores menos tangibles pero más nobles, un buen conflicto que dé pie a escenas de acción y aventura, algún romance que se insinúa pero no se llega a concretar o se encamina rápidamente al fracaso, diálogos ingeniosos, silencios elocuentes y (una regla con la que en algún momento Pratt se limpió el orto) una trama 100% verosímil, sin elementos fantásticos. Esta además tiene un final horrible, porque desde el principio sabemos que a Corto lo van a cagar y va a terminar en esa situación tan precaria, de la que obviamente va a zafar… en la aventura cronológicamente posterior que (como ya mencioné) es nada menos que Una Ballata del Mare Salato.
No sé si en algún pasaje de El día de Tarowean fui mucho más feliz que en la primera lectura de alguna de las obras de Pratt de su período más glorioso (1967-80) pero la pasé realmente muy, muy bien. La aventura y el clima me envolvieron y los diálogos de Díaz Canales y el dibujo de Pellejero me pusieron el moñito y me dejaron listo para regalo. Visualmente esto es maravilloso. Está todo el tiempo presente el fantasma de Pratt, el hilo conductor de la faz gráfica es (lógicamente) el estilo del Tano, pero además Pellejero mete cosas de su propio estilo, y de otros maestros del claroscuro, como José Muñoz, Oswal o Eduardo Risso. El resultado es una hermosa actualización de la fórmula prattiana, que respeta a muerte la tradición gráfica de esta serie y además se anima a explorar un poquito de esos otros mundos que habitan los pinceles de esos otros monstruos de la historieta. Esta sintonía entre “clonar al Tano” y darnos los frutos de su propia cosecha también es algo que Pellejero ha ido perfeccionando con el correr de los álbumes y que se agradece muchísimo. La verdad que me animo a recomendarle El día de Tarowean a cualquiera que haya leído La Balada del Mar Salado, lo cual es más o menos lo mismo que decir “a cualquiera que sea fan de Corto Maltés”. Si La Balada… no te hace fan del personaje, nada lo hará. Y si cuando la terminás necesitás con urgencia otra dosis, acá Díaz Canales y Pellejero te ofrecen una que complementa de modo magistral la seminal novela de Hugo Pratt.
Me vengo a Argentina, año 2020, para reencontrarme con la dupla integrada por Cristian Blasco y Pablo Burman, un guionista y un dibujante de los que ya vimos otras obras acá en el blog (11/12/16 y 27/08/18, por ejemplo). Esta vez los autores firman una novela de casi 100 páginas llamada La Bruja de Toska, que debe ser su colaboración más extensa. Se trata de una aventura pura y dura, con elementos de misticismo, misterio y (como ya es costumbre en las historias que abordan la caza de brujas) un mensaje muy claro y potente respecto de las distintas formas en las que las sociedades retrógradas ejercen la violencia contra las mujeres. Blasco ofrece un guion de mucha intensidad, que te hace sentir que todo el tiempo están sucediendo cosas grossas, aunque de hecho no sean tantas las cosas que suceden. Pero hay recursos muy logrados para que vos vivas cada página de La Bruja de Toska a flor de piel: la ambientación, la construcción de la protagonista y los secundarios, los diálogos, los momentos que elige el guionista para calzar los flashbacks… Todo eso contribuye a esa sensación de “aventura a todo o nada” que te caza de la garganta en las primeras páginas y te suelta recién al final. Un final que además está muy bien, porque no es ni obvio ni caprichoso, sino producto de una curva dramática muy bien lograda que lleva a la hermana Rita de un punto A muy atractivo hacia un punto B más que satisfactorio.
Con el dibujo de Burman me pasó lo mismo que en las obras anteriores de este autor: me gusta que sea extremo, que se vaya al carajo todo el tiempo, que le cante quiero retruco a los planteos más vanguardistas de Carlos Nine, Philippe Druillet o Ted McKeever, y creo que sus saltos mortales no impiden disfrutar de la trama. Pero también creo que este tipo de guiones más clásicos, más lineales, más “aptos para todo público” van mejor con otro tipo de estéticas, con dibujantes cuyo grafismo no requiera tanta decodificación por parte del lector, sino que se apoye un poco más en lo que éste ya conoce y ya entiende de una, instintivamente. Al lado del dibujo de Burman, el guion de Blasco parece “careta”, fácil, como si le diera la papilla ya masticadita al lector. Y no lo es, ni en pedo. Por eso me parece que hubiese funcionado mejor con otro tipo de dibujo. Por ahí con un claroscuro bien fuerte tipo Mike Mignola, o por ahí con un abordaje más clásico onda Enrique Breccia… No sé, se me ocurren varias alternativas. Pero también me doy cuenta de que Blasco y Burman se entienden muy bien y se saben potenciar el uno al otro. Si no te jode el dibujo barroco, sobrecargado, con varias técnicas de entintado mezcladas y una tendencia descontrolada hacia el expresionismo más grotesco, en La Bruja de Toska vas a encontrar una muy buena lectura, que trasciende la aventura para aportarte algo más.
No mucho más, por hoy. Gracias por el aguante, gracias a todos los que descargan la Comiqueando Digital de https://comiqueandoshop.blogspot.com/ y nos reencontramos el próximo finde con nuevas reseñas, acá en el blog.
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domingo, 4 de agosto de 2019
DOS DE DOMINGO
Aprovecho esta linda tarde
de domingo para clavar un par de reseñas de material que leí en los últimos
días.
Empiezo en 2017 con
Equatoria, la segunda aventura de Corto Maltés a cargo de los maestros españoles
Juan Díaz Canales y Rubén Pellejero (la primera la vimos el 07/09/17). Una vez
más, el dibujo del catalán es increíble, una fusión molecular devastadora entre
su estilo de siempre y la línea de Hugo Pratt. Esta vez Pellejero adopta otro
vicio de Pratt: delegar en un asistente el dibujo de trenes, barcos y
edificios. Pero la tinta está 100% a cargo de Pellejero, y esa instancia, la
del entintado, le alcanza y le sobra al ídolo para darle al libro su impronta
tan personal y que mí tanto me gusta. También colabora con Pellejero su hija
Sonia, que le da una mano en el color, magnífico de punta a punta del tomo.
Como en su debut en esta serie, el dibujante de Dieter Lumpen nos ofrece 72
páginas visualmente exquisitas, tanto para sus fans de siempre como para los
que lo descubrieron cuando heredó al personaje más masivo del inolvidable Hugo
Pratt.
Por el lado del guión, el
trabajo de Díaz Canales me dejó bastante más conforme que la vez pasada. De
nuevo, acá no aparece nada que no hayamos visto en las historietas de Pratt, el
guionista español no pone ni una coma que Pratt no habría puesto jamás, es todo
100% respetuoso de la obra del Tano. Equatoria saca ventaja en el acierto de
Díaz Canales de reproducir la dinámica de las buenas aventuras de Corto, e
incluso de recuperar un tema que Pratt abordó en otras obras suyas, que es la
etapa final del colonialismo europeo en Africa. Entonces tenemos la búsqueda
del tesoro, la bajada de línea, los breves cruces con personajes tomados de la
realidad, los paisajes exóticos, ese truco que le salía tan bien al Tano que
era hacer crecer la tensión sexual entre Corto y alguna mujer pero que nunca
viéramos ningún tipo de “concreción carnal” de esas tensiones, el volantazo en
el que el tesoro resulta ser algo que no esperábamos que fuera, las frases
memorables (esas sentencias que tiraban los personajes de Pratt), el choque de
culturas, una dosis moderada (pero efectiva) de acción y un leve toque de
realismo mágico, sin caer en la trampa de los últimos álbumes de Corto
realizados por Pratt, en los que la abundancia de elementos oníricos y
sobrenaturales empantanaba innecesariamente las tramas.
Obviamente no te pongo a
Equatoria entre las mejores historias de Corto Maltés de todos los tiempos,
pero la recomiendo sin temor a equivocarme y celebro que me haya gustado bastante
más que la primer incursión de Díaz Canales y Pellejero por esta serie icónica
y definitiva del comic europeo.
Me vengo a Argentina, a
2019, cuando la afianzadísima dupla integrada por Alejandro Farías y Leo
Sandler realiza su apuesta más arriesgada hasta la fecha. Raymond es un comic
rarísimo, que corre las fronteras de “lo historietable”. Con un dibujo sintético, plástico, muy
expresivo, y un color sencillamente glorioso, Sandler se dedica a ponerle
imágenes a algunos textos de Farías que no son relatos, sino monólogos de
Carlos Raymond (el poeta maldito fan del escabio y el sexo con mujerzuelas) en
los que este piensa en voz alta acerca de la vida que lleva, su relación con la
gente, con el arte, con el dinero, con el alcohol, con el mundo en general.
Varias de estas historias son secuencias de cuatro páginas en las que no pasa
absolutamente nada, en las que los textos de Farías son reflexiones
existencialistas y los dibujos de Sandler cumplen un rol descriptivo, recorren
lugares, recrean atmósferas, como hacía Darick Robertson cuando tenía que
acompañar con imágenes las columnas de opinión de Spider Jerusalem en
Transmetropolitan, o incluso en el estilo de la famosa “Don't Get Around Much Anymore”,
esa historieta de una sóla página de Art Spiegelman en la que empezaba a
experimentar con el comic no-narrativo.
También hay historias más convencionales, donde Raymond
dialoga con otros personajes e incluso una en la que el protagonismo recae en
una de las putas amigas de Carlos. Las historietas más “narrativas” son breves
anti-aventuras del género slice of life, con una ambientación entre lumpen y
depravada, algunas groserías muy buen puestas (no me lo imaginaba a Farías
hablando de garches y petes) y una mala leche ácida y corrosiva que funciona
como logrado tributo a Boogie el Aceitoso, aunque sin chumbos ni violencia
física.
Farías y Sandler no juzgan a Raymond, no ensalzan ni
destruyen la mascarada de este gordo jodido y vividor. Raymond se ampara en su
talento artístico para salir más o menos bien parado cada vez que su
personalidad arrogante y abusiva lo hace chocar de frente contra la realidad, y
para los autores esto no está ni bien ni mal. A veces me resultó patético,
otras dije “qué capo el gordo, cómo la piloteó”. Si te gusta la poesía, si alguna
vez pensaste cómo sería crear historietas en base a la poesía, o si te atrae el
mundo noctámbulo, alcohólico y a veces sórdido de los “escritores malditos” al
estilo Charles Bukowski pero en la Argentina actual, jugale una ficha a
Raymond. El dibujo de Sandler justifica por sí sólo la compra del libro, y las
historias (y las no-historias) de Farías abren puertas nuevas, como para pensar
y leer la historieta desde otra óptica, lo cual siempre es sano y enriquecedor.
Nada más, por hoy. Nos reencontramos pronto con nuevas
reseñas, acá en el blog.
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jueves, 5 de abril de 2018
EL BUEY SOLO
De casualidad, en estos días me tocó leer dos novelas gráficas en las que debutan como autores integrales dos animalitos a los que ya habíamos visto trabajar en equipo, uno como guionista y otra como dibujante.
Como Viaja el Agua es un delirio. A contramano de la tendencia hegemónica (los autores integrales que se convierten en guionistas), el enorme Juan Díaz Canales, consagrado guionista de Blacksad y Corto Maltés, se convierte en autor integral. ¡Y lo peor es que dibuja muy buen! La base de su estilo tanto gráfico como narrativo es claramente Will Eisner, pero después, hilando más finito, vemos en el entintado ciertos rasgos típicos de Jordi Bernet y de Bernie Wrighston. El laburo titánico en los fondos es apenas uno de los elementos que nos permiten calificar a Díaz Canales como un observador agudo y certero del entorno que lo rodea. Obviamente el dibujo no es perfecto, pero arranca a un nivel más que competente y mejora a lo largo de la novela.
No quiero contar nada de la trama porque es una obra bastante reciente (2016), pero sí decir que el guión es –predeciblemente- muy sólido, con una excelente construcción de los protagonistas, buen uso de los secundarios, muy buenos diálogos, muchísimo cuidado por el verosímil y con un trasfondo jodido, profundo, que nos deja bastante sustancia para pensar y analizar. Como Viaja el Agua tiene unos cuantos puntos en común con Presas Fáciles (el trabajo de Miguelanxo Prado que vimos el 18 de Febrero de este año) y son obras publicadas el mismo año, con lo cual uno infiere que el tema que tocan ambas en algún momento fue, es, o debería ser eje de un debate a fondo en el seno de la sociedad española. O no, quizás sea pura coincidencia. Lo cierto es que está bueno leer ambas novelas juntas, o con poco tiempo de diferencia.
Si te hiciste fan de Díaz Canales con Blacksad, bancalo en esta, que es una gran historia. Y además hay una escena en la que juegan al tute (el mejor juego de cartas de la historia de la Humanidad), lo cual le vale varios puntos extra.
El Pozo (editada en libro en 2017) marca el debut como autora integral de Lauri Fernández, a quien ya habíamos visto colaborar con varios guionistas en otros proyectos. Como tantos dibujantes, Lauri se animó a escribir su propio guión, y además se cantó “quiero retruco” a sí misma. No sólo escribió El Pozo como novela gráfica, sino que además escribió una versión en prosa, como una novela corta, o nouvelle 100% literaria. Lamentablemente, el libro trae ambas versiones, en vez de darnos a los fans de la historieta la oportunidad de pagar sólo por lo que nos interesaba leer, que era la historieta.
En El Pozo, casualmente, pasa algo que también pasa en Como Viaja el Agua: buena parte de la trama gira en torno a un pacto de silencio, a personajes que se comprometen a no blanquear jamás algo violento, dramático, sórdido, que no debe salir a la luz. En la obra de Lauri, los protagonistas son muy jóvenes y la historia está situada en un pueblo chico de alguna provincia argentina, lo cual aleja definitivamente a El Pozo de la novela de Díaz Canales.
El Pozo, además, gana en emotividad. Con un timing narrativo extraordinario, Lauri logra que todo lo que sucede en la novela nos impacte, nos angustie o nos agobie, según los momentos. Acá también hay diálogos magníficos, gran cuidado en el tratamiento de los protagonistas y los (numerosísimos) secundarios, secuencias oníricas cautivantes… Realmente es una historia muy fuerte, muy bien contada, que se disfruta muchísimo, en la que resulta imposible no sentirse involucrado.
La calidad del dibujo no me sorprendió en lo más mínimo. Probablemente sea el mejor trabajo de Fernández como dibujante, aunque acá veo la evolución opuesta a la de Como Viaja el Agua: las primeras páginas parecen estar dibujadas con unas pilas, una polenta, un virtuosismo, que El Pozo gradualmente deja atrás, para darnos en sus últimos pasajes un dibujo muy bueno, sumamente funcional a lo que pide el guión, pero más prosaico, con menos vuelo. El color, bellísimo de punta a punta.
Yo sospechaba que Lauri Fernández no necesitaba guionistas para crear grandes historietas. Ahora lo constaté. Y no me imaginaba que Juan Díaz Canales podría pegarla sin recurrir a un dibujante de primera línea, pero la pegó. Recomiendo fuerte ambas obras y prometo volver pronto con nuevas reseñas.
Como Viaja el Agua es un delirio. A contramano de la tendencia hegemónica (los autores integrales que se convierten en guionistas), el enorme Juan Díaz Canales, consagrado guionista de Blacksad y Corto Maltés, se convierte en autor integral. ¡Y lo peor es que dibuja muy buen! La base de su estilo tanto gráfico como narrativo es claramente Will Eisner, pero después, hilando más finito, vemos en el entintado ciertos rasgos típicos de Jordi Bernet y de Bernie Wrighston. El laburo titánico en los fondos es apenas uno de los elementos que nos permiten calificar a Díaz Canales como un observador agudo y certero del entorno que lo rodea. Obviamente el dibujo no es perfecto, pero arranca a un nivel más que competente y mejora a lo largo de la novela.
No quiero contar nada de la trama porque es una obra bastante reciente (2016), pero sí decir que el guión es –predeciblemente- muy sólido, con una excelente construcción de los protagonistas, buen uso de los secundarios, muy buenos diálogos, muchísimo cuidado por el verosímil y con un trasfondo jodido, profundo, que nos deja bastante sustancia para pensar y analizar. Como Viaja el Agua tiene unos cuantos puntos en común con Presas Fáciles (el trabajo de Miguelanxo Prado que vimos el 18 de Febrero de este año) y son obras publicadas el mismo año, con lo cual uno infiere que el tema que tocan ambas en algún momento fue, es, o debería ser eje de un debate a fondo en el seno de la sociedad española. O no, quizás sea pura coincidencia. Lo cierto es que está bueno leer ambas novelas juntas, o con poco tiempo de diferencia.
Si te hiciste fan de Díaz Canales con Blacksad, bancalo en esta, que es una gran historia. Y además hay una escena en la que juegan al tute (el mejor juego de cartas de la historia de la Humanidad), lo cual le vale varios puntos extra.
El Pozo (editada en libro en 2017) marca el debut como autora integral de Lauri Fernández, a quien ya habíamos visto colaborar con varios guionistas en otros proyectos. Como tantos dibujantes, Lauri se animó a escribir su propio guión, y además se cantó “quiero retruco” a sí misma. No sólo escribió El Pozo como novela gráfica, sino que además escribió una versión en prosa, como una novela corta, o nouvelle 100% literaria. Lamentablemente, el libro trae ambas versiones, en vez de darnos a los fans de la historieta la oportunidad de pagar sólo por lo que nos interesaba leer, que era la historieta.
En El Pozo, casualmente, pasa algo que también pasa en Como Viaja el Agua: buena parte de la trama gira en torno a un pacto de silencio, a personajes que se comprometen a no blanquear jamás algo violento, dramático, sórdido, que no debe salir a la luz. En la obra de Lauri, los protagonistas son muy jóvenes y la historia está situada en un pueblo chico de alguna provincia argentina, lo cual aleja definitivamente a El Pozo de la novela de Díaz Canales.
El Pozo, además, gana en emotividad. Con un timing narrativo extraordinario, Lauri logra que todo lo que sucede en la novela nos impacte, nos angustie o nos agobie, según los momentos. Acá también hay diálogos magníficos, gran cuidado en el tratamiento de los protagonistas y los (numerosísimos) secundarios, secuencias oníricas cautivantes… Realmente es una historia muy fuerte, muy bien contada, que se disfruta muchísimo, en la que resulta imposible no sentirse involucrado.
La calidad del dibujo no me sorprendió en lo más mínimo. Probablemente sea el mejor trabajo de Fernández como dibujante, aunque acá veo la evolución opuesta a la de Como Viaja el Agua: las primeras páginas parecen estar dibujadas con unas pilas, una polenta, un virtuosismo, que El Pozo gradualmente deja atrás, para darnos en sus últimos pasajes un dibujo muy bueno, sumamente funcional a lo que pide el guión, pero más prosaico, con menos vuelo. El color, bellísimo de punta a punta.
Yo sospechaba que Lauri Fernández no necesitaba guionistas para crear grandes historietas. Ahora lo constaté. Y no me imaginaba que Juan Díaz Canales podría pegarla sin recurrir a un dibujante de primera línea, pero la pegó. Recomiendo fuerte ambas obras y prometo volver pronto con nuevas reseñas.
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jueves, 7 de septiembre de 2017
JUEVES AL MEDIODIA
Horario medio bizarro para sentarse a escribir reseñas, pero es lo que hay…
En 2015 se cumplieron 20 años de la muerte de Hugo Pratt, y sus herederos lo festejaron dando luz verde para el regreso de Corto Maltés, su personaje más famoso, que este año cumple 50 años. La nueva etapa está a cargo de un equipo 100% español, con Juan Díaz Canales como guionista y Rubén Pellejero como dibujante. El primer álbum se titula Bajo el Sol de Medianoche y está ambientado poco después de La Balada del Mar Salado, en el extremo noroeste del continente americano, en los mares que rodean a Alaska y los bosques nevados de Canadá.
Díaz Canales capta perfectamente el espíritu de las aventuras de Corto Maltés, para bien y para mal. Como la mayoría de las historias extensas de Pratt, Bajo el Sol… tiene viajes, silencios, momentos en los que la narración se vuelve muy parsimoniosa, personajes que existieron en la realidad mezclados con creaciones ficticias, promesas inquebrantables que explican comportamientos medio extraños, lealtades, traiciones, convicciones que parecen férreas y loables pero finalmente responden a un interés mezquino, personajes que reciben muchísima atención para después morir o desaparecer sorpresivamente, diálogos ingeniosos repletos de ironía, in crescendos en la tensión que aparecen en el momento justo, mujeres que encandilan a los hombres, bajadas de línea acerca de cómo la modernidad mostraba la hilacha desde temprano y amenazaba (allá por 1915) con llevarse todo puesto… No aparece realmente nada en este álbum que no podría haber aparecido en una de las historias del Corto escritas por Pratt. Eso sólo no alcanza para convertir a Bajo el Sol…en una gran aventura del Corto, porque Pratt también escribió algunas bastante flojas. Pero sí para convencernos de que Díaz Canales fue una excelente opción a la hora de buscar un guionista capaz de reflotar esta serie.
Y lo que hace Pellejero con el dibujo es increíble. Es cierto, viene de la misma escuela gráfica que el Tano Pratt, y desde sus primeros trabajos tomó elementos de la narrativa del veneciano… pero eso no hace menos asombrosa la fusión molecularmente perfecta entre los rostros, los paisajes, el lenguaje corporal y el manejo de la mancha típicos de Pellejero con los de Pratt. Por momentos pareciera que Corto y Rasputín están atrapados en una historieta de Pellejero, por momentos parece que los dibujos del catalán se cuelan en una obra del Tano… es una danza visual absolutamente cautivante, y con un trabajo formidable en el color, añadido por el propio Pellejero. Sólo por la faz gráfica, ya no tengo ninguna duda de que me voy a comprar el nuevo álbum del Corto que edita la dupla el mes que viene.
Me vengo a Argentina a 2016, para descubrir una antología de historias cortas titulada Malvinas: el Sur, el Mar, el Frío, obviamente centrada en el conflicto bélico de 1982. En la primera historieta, Mariano Antonelli y un inspiradísimo Oscar Capristo ensayan una especie de remake de la grandiosa Master Race de Bernie Krigstein (ver reseña del 24/09/13) y les sale muy bien. Edu Molina apuesta a la poesía y la emoción en apenas cuatro páginas, muy hermosas. Al alucinante Fer Calvi le toca agregarle dibujos a testimonios reales, y los dibujos son magníficos, pero lamentablemente no hay una historia para narrar, son sólo textos con dibujos. Antonelli forma equipo también con Diego Aballay, para una historia más en clave de aventura oesterheldiana, también muy bien dibujada y con un final desgarrador. Chelo Candia juega con el realismo mágico, con los fantasmas de Malvinas, con la metáfora acerca de la ¿vida? de los ex-combatientes una vez terminada la guerra, en ocho páginas muy emotivas.
Alejandro Aguado opta por contar desde la autobiografía cómo vivieron los días de la guerra los chicos que iban a la escuela en Comodoro Rivadavia, en un tono más distendido, con espacio para que se filtre una cuota de humor. Antonelli se pone la pilcha de autor integral para otra historia de fantasmas, inquietante, de alto impacto, de nuevo ambientada en el presente. Kristian Rossi (excelente dibujante muy influenciado por Marcelo Frusín) tiene apenas cinco páginas y elige narrar una breve historia con los dibujos, mientras que los textos van más para el lado de poesía o la introspección.
Y dejé para el final la mejor historieta del tomo, y una de las mejores historietas vinculadas a Malvinas que leí en mi vida: Hay Cosas que No se te Olvidan Nunca, seis páginas con los bellísimos dibujos de Rodrigo Luján y un guión PERFECTO de una guionista a la que nunca había escuchado nombrar, Sofía Cunha. Si para vos Malvinas significa injusticia, abusos, heridas abiertas y memoria para que no nos vuelva a pasar, esta historieta te va a emocionar profundamente, además de impactarte con sus giros argumentales (sí, hay giros argumentales impactantes en seis páginas). Quiero ver YA más trabajos de la dupla Cunha-Luján.
Volvemos pronto con nuevas reseñas.
En 2015 se cumplieron 20 años de la muerte de Hugo Pratt, y sus herederos lo festejaron dando luz verde para el regreso de Corto Maltés, su personaje más famoso, que este año cumple 50 años. La nueva etapa está a cargo de un equipo 100% español, con Juan Díaz Canales como guionista y Rubén Pellejero como dibujante. El primer álbum se titula Bajo el Sol de Medianoche y está ambientado poco después de La Balada del Mar Salado, en el extremo noroeste del continente americano, en los mares que rodean a Alaska y los bosques nevados de Canadá.
Díaz Canales capta perfectamente el espíritu de las aventuras de Corto Maltés, para bien y para mal. Como la mayoría de las historias extensas de Pratt, Bajo el Sol… tiene viajes, silencios, momentos en los que la narración se vuelve muy parsimoniosa, personajes que existieron en la realidad mezclados con creaciones ficticias, promesas inquebrantables que explican comportamientos medio extraños, lealtades, traiciones, convicciones que parecen férreas y loables pero finalmente responden a un interés mezquino, personajes que reciben muchísima atención para después morir o desaparecer sorpresivamente, diálogos ingeniosos repletos de ironía, in crescendos en la tensión que aparecen en el momento justo, mujeres que encandilan a los hombres, bajadas de línea acerca de cómo la modernidad mostraba la hilacha desde temprano y amenazaba (allá por 1915) con llevarse todo puesto… No aparece realmente nada en este álbum que no podría haber aparecido en una de las historias del Corto escritas por Pratt. Eso sólo no alcanza para convertir a Bajo el Sol…en una gran aventura del Corto, porque Pratt también escribió algunas bastante flojas. Pero sí para convencernos de que Díaz Canales fue una excelente opción a la hora de buscar un guionista capaz de reflotar esta serie.
Y lo que hace Pellejero con el dibujo es increíble. Es cierto, viene de la misma escuela gráfica que el Tano Pratt, y desde sus primeros trabajos tomó elementos de la narrativa del veneciano… pero eso no hace menos asombrosa la fusión molecularmente perfecta entre los rostros, los paisajes, el lenguaje corporal y el manejo de la mancha típicos de Pellejero con los de Pratt. Por momentos pareciera que Corto y Rasputín están atrapados en una historieta de Pellejero, por momentos parece que los dibujos del catalán se cuelan en una obra del Tano… es una danza visual absolutamente cautivante, y con un trabajo formidable en el color, añadido por el propio Pellejero. Sólo por la faz gráfica, ya no tengo ninguna duda de que me voy a comprar el nuevo álbum del Corto que edita la dupla el mes que viene.
Me vengo a Argentina a 2016, para descubrir una antología de historias cortas titulada Malvinas: el Sur, el Mar, el Frío, obviamente centrada en el conflicto bélico de 1982. En la primera historieta, Mariano Antonelli y un inspiradísimo Oscar Capristo ensayan una especie de remake de la grandiosa Master Race de Bernie Krigstein (ver reseña del 24/09/13) y les sale muy bien. Edu Molina apuesta a la poesía y la emoción en apenas cuatro páginas, muy hermosas. Al alucinante Fer Calvi le toca agregarle dibujos a testimonios reales, y los dibujos son magníficos, pero lamentablemente no hay una historia para narrar, son sólo textos con dibujos. Antonelli forma equipo también con Diego Aballay, para una historia más en clave de aventura oesterheldiana, también muy bien dibujada y con un final desgarrador. Chelo Candia juega con el realismo mágico, con los fantasmas de Malvinas, con la metáfora acerca de la ¿vida? de los ex-combatientes una vez terminada la guerra, en ocho páginas muy emotivas.
Alejandro Aguado opta por contar desde la autobiografía cómo vivieron los días de la guerra los chicos que iban a la escuela en Comodoro Rivadavia, en un tono más distendido, con espacio para que se filtre una cuota de humor. Antonelli se pone la pilcha de autor integral para otra historia de fantasmas, inquietante, de alto impacto, de nuevo ambientada en el presente. Kristian Rossi (excelente dibujante muy influenciado por Marcelo Frusín) tiene apenas cinco páginas y elige narrar una breve historia con los dibujos, mientras que los textos van más para el lado de poesía o la introspección.
Y dejé para el final la mejor historieta del tomo, y una de las mejores historietas vinculadas a Malvinas que leí en mi vida: Hay Cosas que No se te Olvidan Nunca, seis páginas con los bellísimos dibujos de Rodrigo Luján y un guión PERFECTO de una guionista a la que nunca había escuchado nombrar, Sofía Cunha. Si para vos Malvinas significa injusticia, abusos, heridas abiertas y memoria para que no nos vuelva a pasar, esta historieta te va a emocionar profundamente, además de impactarte con sus giros argumentales (sí, hay giros argumentales impactantes en seis páginas). Quiero ver YA más trabajos de la dupla Cunha-Luján.
Volvemos pronto con nuevas reseñas.
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viernes, 20 de febrero de 2015
20/ 02: BLACKSAD Vol.5
Desde la primera viñeta hasta la última, este no es un álbum de Blacksad, sino de Chad, el león novelista. Con él empieza la historia, con él termina, e incluso la imagen de la contratapa nos lo muestra sólo a él. Esta vez, el talento de Juan Díaz Canales consistió en escribir un guión en el que John Blacksad fuera un personaje secundario, pero de modo no tan obvio, como para que el lector desprevenido no lo note demasiado.
Y sí, le salió muy bien. Hay una sóla casualidad medio forzada, que es la forma en que Blacksad consigue el cadillac para salir de New Orleans. Después, la historia del detective y la del escritor se entrelazan en forma muy armónica, en un guión trepidante que ofrece vueltas de tuerca impredecibles incluso cuando faltan apenas dos páginas para el final. No te digo que sin Blacksad la trama se podía desarrollar de la misma manera, porque sería una exageración grosera. Pero me queda claro que la historia principal, la que más le interesa contar a Díaz Canales, es la del atormentado Chad; esa novela que por una cosa u otra nunca termina, esa pulsión aventurera que lo lleva a meterse en un brete atrás de otro y que termina por convertirse en el verdadero motor de esta historia.
En el medio, atravesando tanto el periplo de Blacksad como el de Chad, hay otros dos personajes muy interesantes, muy bien trabajados por Díaz Canales: el carismático chanta Neal Beato y la enigmática y bella Luanne. Como en toda road movie, esta acumula personajes circunstanciales que se cruzan con los protagonistas en distintos puntos de sus respectivos viajes. Algunos amagan a ser villanos importantes y se quedan ahí, otros crecen en estos roles antagónicos y finalmente el principal enemigo a vencer (además de la fatalidad, eterna compañera de ruta de nuestro felino favorito) termina por ser un personaje al que ya nos cruzamos en un tomo anterior, que es algo que no sé si hacía falta.
El resultado es una lectura realmente apasionante, muy entretenida, quizás menos visceral, menos violenta, menos hot que las entregas anteriores, pero no por eso menos lograda. Como siempre, Díaz Canales propone diálogos muy afilados y le saca un jugo inmejorable a la decisión de ambientar las historias en los EEUU de los años ´50. Así que si venís enganchado con Blacksad, lo más probable es que sientas que la larga espera entre el tomo anterior y este valió mucho la pena y pongas a Amarillo entre las mejores aventuras de la saga.
Y claro, también habrá fans de Blacksad que ni se molestan en leer los guiones, porque se compran los libros para alucinar con los dibujos (¿qué digo “dibujos”? ¡Recontra-dibujazos!) de Juanjo Guarnido, el creador de la ya muy imitada estética de esta serie. No sé si este es el mejor trabajo de Guarnido. En una de esas, no. Pero está intacta la jerarquía, la decisión de crear un mundo asombroso y a la vez muy real, de maravillarnos con cada fondo, cada expresión facial, cada diseño de cada personaje. Esto último me parece lo más notable. Me fascina ver cómo los personajes de Guarnido ganan cada vez más expresividad, cómo en una escena se los ve perfectamente adecuados a una situación de comedia y en la siguiente resuelven con éxito situaciones tremendamente dramáticas. Todo eso sirve para resaltar la gran versatilidad de este artista, que además no falla nunca a la hora de poner su exquisitas imágenes al servicio del relato.
A esta altura, Blacksad está como más allá de la crítica. Ya cualquiera puede salir a decir cualquier cosa sobre esta serie y nada va a ser suficiente para quitarle o mancharle la chapa de Clásico Contemporáneo. Estos son libros que hay que comprar el día que los ves, sin dudar, sin preguntar si están buenos, si continúan, si son caros o baratos. Díaz Canales y Guarnido lograron darle al comic europeo actual un nuevo (y esperemos que longevo) ícono, pensado para convocar a un público muy amplio, muy diverso, pero sin resignar calidad ni complejidad, sin bajarse nunca los pantalones ni apelar al mínimo denominador común. “And for that, we thank you”, diría Daniel Tosh, el genio del Mal.
Y sí, le salió muy bien. Hay una sóla casualidad medio forzada, que es la forma en que Blacksad consigue el cadillac para salir de New Orleans. Después, la historia del detective y la del escritor se entrelazan en forma muy armónica, en un guión trepidante que ofrece vueltas de tuerca impredecibles incluso cuando faltan apenas dos páginas para el final. No te digo que sin Blacksad la trama se podía desarrollar de la misma manera, porque sería una exageración grosera. Pero me queda claro que la historia principal, la que más le interesa contar a Díaz Canales, es la del atormentado Chad; esa novela que por una cosa u otra nunca termina, esa pulsión aventurera que lo lleva a meterse en un brete atrás de otro y que termina por convertirse en el verdadero motor de esta historia.
En el medio, atravesando tanto el periplo de Blacksad como el de Chad, hay otros dos personajes muy interesantes, muy bien trabajados por Díaz Canales: el carismático chanta Neal Beato y la enigmática y bella Luanne. Como en toda road movie, esta acumula personajes circunstanciales que se cruzan con los protagonistas en distintos puntos de sus respectivos viajes. Algunos amagan a ser villanos importantes y se quedan ahí, otros crecen en estos roles antagónicos y finalmente el principal enemigo a vencer (además de la fatalidad, eterna compañera de ruta de nuestro felino favorito) termina por ser un personaje al que ya nos cruzamos en un tomo anterior, que es algo que no sé si hacía falta.
El resultado es una lectura realmente apasionante, muy entretenida, quizás menos visceral, menos violenta, menos hot que las entregas anteriores, pero no por eso menos lograda. Como siempre, Díaz Canales propone diálogos muy afilados y le saca un jugo inmejorable a la decisión de ambientar las historias en los EEUU de los años ´50. Así que si venís enganchado con Blacksad, lo más probable es que sientas que la larga espera entre el tomo anterior y este valió mucho la pena y pongas a Amarillo entre las mejores aventuras de la saga.
Y claro, también habrá fans de Blacksad que ni se molestan en leer los guiones, porque se compran los libros para alucinar con los dibujos (¿qué digo “dibujos”? ¡Recontra-dibujazos!) de Juanjo Guarnido, el creador de la ya muy imitada estética de esta serie. No sé si este es el mejor trabajo de Guarnido. En una de esas, no. Pero está intacta la jerarquía, la decisión de crear un mundo asombroso y a la vez muy real, de maravillarnos con cada fondo, cada expresión facial, cada diseño de cada personaje. Esto último me parece lo más notable. Me fascina ver cómo los personajes de Guarnido ganan cada vez más expresividad, cómo en una escena se los ve perfectamente adecuados a una situación de comedia y en la siguiente resuelven con éxito situaciones tremendamente dramáticas. Todo eso sirve para resaltar la gran versatilidad de este artista, que además no falla nunca a la hora de poner su exquisitas imágenes al servicio del relato.
A esta altura, Blacksad está como más allá de la crítica. Ya cualquiera puede salir a decir cualquier cosa sobre esta serie y nada va a ser suficiente para quitarle o mancharle la chapa de Clásico Contemporáneo. Estos son libros que hay que comprar el día que los ves, sin dudar, sin preguntar si están buenos, si continúan, si son caros o baratos. Díaz Canales y Guarnido lograron darle al comic europeo actual un nuevo (y esperemos que longevo) ícono, pensado para convocar a un público muy amplio, muy diverso, pero sin resignar calidad ni complejidad, sin bajarse nunca los pantalones ni apelar al mínimo denominador común. “And for that, we thank you”, diría Daniel Tosh, el genio del Mal.
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viernes, 8 de julio de 2011
08/ 07: BLACKSAD Vol.4
¿Te acordás cuando, en los ´80, los autores españoles pelaban clásicos tipo Torpedo o Roco Vargas en las antologías de ese país, de ahí pasaban al álbum de Norma o de Toutain, y después se publicaban en Francia, Italia, EEUU y –con un poco de suerte- Alemania, Brasil o algún país nórdico? Bueno, hoy es al revés: los autores españoles generan clásicos que salen primero en álbum, contratados por las editoriales de Francia, y después se traducen al castellano y se publican –entre otros países- en España. Es bizarro, pero por lo menos no es tan injusto como lo que pasa con los autores argentinos, que en muchos casos jamás se editan en nuesto país, o ni siquiera en nuestro idioma.
El abanderado indiscutido del comic español made for Francia es sin dudas Blacksad, el gato noir de Juanjo Guarnido y Juan Díaz Canales, dos autores a los que, antes de enganchar editor en Francia, en su país no los conocía ni su familia. Pero allá por el 2000, el primer tomo de Blacksad se editó en Francia y de la noche a la mañana, nuestra Madre Patria pudo ostentar con orgullo dos nuevas estrellas en su firmamento comiquero. ¿Hay forma de darse cuenta de que los autores de Blacksad son españoles sin buscar en Wikipedia? No: se trata de una serie “neutra”, ambientada en EEUU y sin la menor referencia a la realidad ni a la idiosincracia española. Le mirás el pasaporte y está en blanco. Es un comic de ningún lugar, sin ningún rasgo de identidad, como lo fueran Torpedo, Roco Vargas o El Mercenario de Vicente Segrelles.
Pero aunque nos cueste considerarla “historieta española”, Blacksad es -ante todo- historieta de gran calidad, y uno de esos casos raros en los que prestigio y popularidad van de la mano. Díaz Canales y Guarnido armaron una alquimia que funciona a varios niveles, capaz de lograr el aplauso unánime de los críticos y la ovación masiva de los fans, incluso de lectores que habitualmente no consumen historieta europea. Buena parte de esa alquimia se basa en los dibujos de Guarnido, una bessstia, un animal, un salvaje, creador de una identidad gráfica fascinante y devastadora que combina realismo documental en los fondos, vehículos y trajes, con el truco (llevado al extremo) de dibujar a las personas con cabezas y rasgos de animales, y con un trabajo de coloreado único, sutil y recontra-expresivo. Si en vez de historietas Guarnido editara art books, no sé si se venderían mucho menos que los tomos de Blacksad.
Y además de este virtuoso del dibujo, el color y la narrativa, el otro elemento que hace funcionar la alquimia es el gran manejo del policial negro que demuestra en cada álbum Juan Díaz Canales. Sin cancherear, sin dárselas de Alan Moore, el guionista arma tramas complejas, casi siempre impredecibles, teñidas de corrupción, enchastradas de mala leche y salpicadas con bastante acción, algo de humor y alguna escenita de sexo medio salvaje.
En este cuarto álbum, el sexo casi ni figura y hay más acción que en otros tomos. Pero lo grosso de la trama se define hablando, cuando los implicados se ven obligados a blanquear, a sacar a la luz oscuros secretos del pasado que les condicionan el presente y les amenazan el futuro. Hay un gran trabajo de los autores para que uno, que es fan de Blacksad (y de Week), se cope también con los personajes creados especialmente para este tomo, todos lejos de los estereotipos y las obviedades, excepto Ted Leeman. Una vez más, Blacksad te da esa horrible sensación de no querer pasar las páginas porque sabés que se está por acabar el tomo y querés que dure el triple de lo que dura. Y encima sabés que faltan como cinco años para que salga el próximo!
Lo más grosso: la historia está ambientada en New Orleans y el zarpado de Guarnido mete en una viñeta a un chancho con los rasgos de Ignatius Reilly (si no sabés quién es, googlealo y llevate Literatura a Octosto, o a Juliembre). Lo más choto: ¿Yo soy un subnormal que no entiende lo que lee, o Díaz Canales nunca nos explica quién es el enmascarado al que persigue Blacksad hasta perderlo en medio del corso?
Climas jodidos, ambientes sórdidos, misterios atrapantes, buenos diálogos y un antihéroe que se juega la vida en cada caso se enfiestan en una orgía visual imposible de explicar (ni de reproducir). Muy difícil ser comiquero y no cebarse con Blacksad…
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