Esto es una maravilla, seguramente la mejor historieta de autores brasileros que leí de Banda de Dois para acá. Una de esas novelas gráficas que si se editaran en Europa se cansarían de ganar premios y se traducirían a 15 ó 20 idiomas. El autor es Magno Costa, el hermano gemelo de Marcelo Costa, a quienes vimos el 09/02/14 en la reseña de Oeste Sangriento.
Ahí, un boludo que se las de de grosso decía: “el epílogo, en el que Magno se hace cargo de la faz gráfica, evidencia que el dibujo no es lo suyo”. Bue, me cerraron el orto mal. Acá Magno propone una estética totalmente distinta a la de Oeste Sangriento, en la que los personajes están diseñados como si fueran muñecos de Jim Henson y ese extraño hallazgo le permite lucirse tanto en el dibujo, que es fresco, novedoso y atractivo, como en la narrativa, que es muy clásica, casi siempre sostenida sobre la base de seis viñetas iguales. Marcelo Costa se encarga del color y, como en Oeste Sangriento, la rompe con una paleta, unos climas y unos efectos impecables, siempre pensando en cómo sumar, en cómo agregarle fuerza, profundidad y belleza a lo que nos quiere narrar su hermano. Visualmente, A Vida de Jonas no tiene nada que envidiarle a Oeste Sangriento, que para mi gusto era una de esas historietas que valía la pena ser comprada aunque el guión no te interesara, por la notable calidad de la faz gráfica.
Acá se da eso mismo, con el agregado de que el guión es excelente. Estamos frente a una historia fuerte, conmovedora, muy real, muy honesta. En 56 páginas, Magno logra convencernos de que conocemos de toda la vida a Jonas, este alcohólico que lucha por recuperarse y por reconstruir su vida en el tramo más difícil de la era post-escabio, que es cuando toma conciencia de lo mucho que dañó a la gente que lo quería. Jonas va a tratar de hacer buena letra, y sobre todo de recuperar el amor de Julia, siempre con la guía y el consejo de su amigo Tony. Pero las heridas son profundas y no cicatrizan en el tiempo que a Jonas le gustaría, con lo cual se suceden intentos que fracasan, malos entendidos, desencuentros que le suman ansiedades y angustias a la ya incómoda sensación de haber largado el chupi. Y Jonas no es de fierro.
En las últimas 24 páginas, Magno reparte sacudones tremendos entre los tres personajes principales y ahí es donde la trama gana en intensidad y logra poner realmente tenso al lector. Pero nunca se convierte en un thriller, ni en un “buenos vs. malos”. Desde que empieza hasta que termina, A Vida de Jonas es eso, la vida. El drama, el patetismo, el aguante en la lucha contra fantasmas más jodidos que cualquier villano. El resultado es realmente notable, te engancha a full hasta el final y te deja la sensación de haber leído un comic realmente trascendental, a pesar de su aparente simpleza.
No me quiero extender más, porque de verdad, sólo me queda reiterar elogios. Editada por Zarabatana en 2014, esta es una novela gráfica absolutamente indispensable, un trabajo consagratorio para Magno Costa y una obra que –en un mundo más justo- estaría cosechando una ovación memorable a nivel global. ¿Comic para adultos, profundo, jugado y original con dibujos que parecen muñecos tipo los Muppets o Plaza Sésamo? Sí, se puede.
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domingo, 15 de febrero de 2015
domingo, 9 de febrero de 2014
09/ 02: OESTE SANGRIENTO
Hoy tenemos una vez más comic brasilero, pero con una novedad sumamente bienvenida: comic brasilero publicado en Argentina, traducido a nuestro idioma nada menos que por Eduardo Santillán Marcus, un verdadero pontífice de la religión de las viñetas.
Ahora bien, ¿cómo te das cuenta de que Oeste Sangriento es un comic brasilero? No hay forma. Si nadie te dice que los autores nacieron en Ciudade Gaúcha y viven en San Pablo, no encontrás en la obra ni el menor indicio de que esto está escrito y dibujado en el Coloso de Sudamérica. Esto no está ni bien ni mal per se, pero me llamó la atención, sobre todo porque la otra novela gráfica de autores brazucas que se editó en Argentina (Banda de Dos, reseñada el 13/03/13) exhibía de modo más que conspicuo su documento de identidad.
Y vamos a frenar ahí las comparaciones con Banda de Dos, para que Oeste Sangriento no se nos vaya tan rápido al descenso. La verdad es que el gran atractivo de esta novela de los gemelos Magno y Marcelo Costa (no alcanzaba con Moon y Bá, por eso el comic brazuca tiene... ¡más gemelos!) pasa por el dibujo. El guión, en cambio, es derivativo, obvio, inverosímil... una colección de clichés que sabemos que funcionan, porque ya los vimos 50.000 veces en las películas. Los gemelos Costa se embarcan en un western sórdido, violento, en el que Frank Jones, el sobreviviente de una masacre, irá en busca de los asesinos de su familia y sus amigos para cobrarse una venganza sangrienta y sin piedad.
Es un planteo básico, para nada original, pero bastane ganchero. Sobre todo porque Frank está en una grosera desigualdad de condiciones respecto del perverso Chartreux (a quien secunda una pandilla de malvivientes bastante bien trabajada desde el guión) y uno se pregunta cómo carajo le puede llegar a ganar. La respuesta es poco convincente, como en tantos films de cowboys en los que el pichi le gana al grosso de modos totalmente inverosímiles.
Un detalle que acentúa la desigualdad entre Frank y los malos es que Magno y Marcelo dibujan a los villanos como gatos y a todos los demás como ratones, o sea que físicamente la diferencia es enorme. De todos modos, ambas razas tienen pulgares reversibles y armas pensadas para que cada uno las pueda levantar y utilizar sin mayor esfuerzo. El de los gatos y los ratones es un efecto visualmente lindo (esto mismo, con protagonistas humanos, quizás se confundía con un western del montón) pero que al nivel del guión sólo aporta confusión, porque el conflicto entre buenos y malos termina por ser una mera manifestación de un odio racial. La brutal diferencia ética entre Frank y Chartreux se empequeñece frente a la diferencia de tamaño, de contextura, de apariencia... muy raro.
El dibujo, por suerte, banca los trapos. Salvo por el “epílogo” en el que Magno se hace cargo de la faz gráfica (y evidencia que el dibujo no es lo suyo), el resto del libro es un verdadero deleite visual. Los gemelos desarrollan a lo largo de casi todo el libro una grilla de tres tiras, con tres cuadros por tira. Parecida a la de Watchmen, pero con viñetas más cuadradas, porque el libro es más cuadrado. Y Marcelo rompe la grilla todas las veces que lo cree necesario, para acentuar los momentos más impactantes del guión. Si bien la composición de las viñetas es correctísima, a veces, cuando se yuxtaponen, se evidencian problemas que entorpecen la composición no de la viñeta, si no de la página. Pero en general, esto se lee muy bien, con un ritmo muy fluído, muy atrapante. Los encuadres están bien, hay mucha variación de ángulos, muy buenas secuencias mudas, los globos están ubicados con buen criterio... muy poco para mejorar en la próxima. Y lo más notable, lo que más me gustó fue el uso del color, aplicado con talento y sensibilidad por Marcelo, y fundamental para apuntalar y sumarle dramatismo e intensidad a los climas que sugiere el guión.
Si querés leer un western típico, sin mayores pretensiones, con tiros, piñas y mala leche, animalitos antropomórficos y dibujos de gran calidad, seguro la vas a pasar bien con Oeste Sangriento. Si buscás una historia más profunda, menos trillada o más verosímil, me parece que Magno y Marcelo Costa te van a dejar con gusto a poco.
Ahora bien, ¿cómo te das cuenta de que Oeste Sangriento es un comic brasilero? No hay forma. Si nadie te dice que los autores nacieron en Ciudade Gaúcha y viven en San Pablo, no encontrás en la obra ni el menor indicio de que esto está escrito y dibujado en el Coloso de Sudamérica. Esto no está ni bien ni mal per se, pero me llamó la atención, sobre todo porque la otra novela gráfica de autores brazucas que se editó en Argentina (Banda de Dos, reseñada el 13/03/13) exhibía de modo más que conspicuo su documento de identidad.
Y vamos a frenar ahí las comparaciones con Banda de Dos, para que Oeste Sangriento no se nos vaya tan rápido al descenso. La verdad es que el gran atractivo de esta novela de los gemelos Magno y Marcelo Costa (no alcanzaba con Moon y Bá, por eso el comic brazuca tiene... ¡más gemelos!) pasa por el dibujo. El guión, en cambio, es derivativo, obvio, inverosímil... una colección de clichés que sabemos que funcionan, porque ya los vimos 50.000 veces en las películas. Los gemelos Costa se embarcan en un western sórdido, violento, en el que Frank Jones, el sobreviviente de una masacre, irá en busca de los asesinos de su familia y sus amigos para cobrarse una venganza sangrienta y sin piedad.
Es un planteo básico, para nada original, pero bastane ganchero. Sobre todo porque Frank está en una grosera desigualdad de condiciones respecto del perverso Chartreux (a quien secunda una pandilla de malvivientes bastante bien trabajada desde el guión) y uno se pregunta cómo carajo le puede llegar a ganar. La respuesta es poco convincente, como en tantos films de cowboys en los que el pichi le gana al grosso de modos totalmente inverosímiles.
Un detalle que acentúa la desigualdad entre Frank y los malos es que Magno y Marcelo dibujan a los villanos como gatos y a todos los demás como ratones, o sea que físicamente la diferencia es enorme. De todos modos, ambas razas tienen pulgares reversibles y armas pensadas para que cada uno las pueda levantar y utilizar sin mayor esfuerzo. El de los gatos y los ratones es un efecto visualmente lindo (esto mismo, con protagonistas humanos, quizás se confundía con un western del montón) pero que al nivel del guión sólo aporta confusión, porque el conflicto entre buenos y malos termina por ser una mera manifestación de un odio racial. La brutal diferencia ética entre Frank y Chartreux se empequeñece frente a la diferencia de tamaño, de contextura, de apariencia... muy raro.
El dibujo, por suerte, banca los trapos. Salvo por el “epílogo” en el que Magno se hace cargo de la faz gráfica (y evidencia que el dibujo no es lo suyo), el resto del libro es un verdadero deleite visual. Los gemelos desarrollan a lo largo de casi todo el libro una grilla de tres tiras, con tres cuadros por tira. Parecida a la de Watchmen, pero con viñetas más cuadradas, porque el libro es más cuadrado. Y Marcelo rompe la grilla todas las veces que lo cree necesario, para acentuar los momentos más impactantes del guión. Si bien la composición de las viñetas es correctísima, a veces, cuando se yuxtaponen, se evidencian problemas que entorpecen la composición no de la viñeta, si no de la página. Pero en general, esto se lee muy bien, con un ritmo muy fluído, muy atrapante. Los encuadres están bien, hay mucha variación de ángulos, muy buenas secuencias mudas, los globos están ubicados con buen criterio... muy poco para mejorar en la próxima. Y lo más notable, lo que más me gustó fue el uso del color, aplicado con talento y sensibilidad por Marcelo, y fundamental para apuntalar y sumarle dramatismo e intensidad a los climas que sugiere el guión.
Si querés leer un western típico, sin mayores pretensiones, con tiros, piñas y mala leche, animalitos antropomórficos y dibujos de gran calidad, seguro la vas a pasar bien con Oeste Sangriento. Si buscás una historia más profunda, menos trillada o más verosímil, me parece que Magno y Marcelo Costa te van a dejar con gusto a poco.
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