el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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sábado, 23 de enero de 2021

17 al 23 de ENERO

Llegó ese momento del finde en el que me siento a reseñar los libros que leí durante la semana. Arranqué tranqui, con un masacote de 560 páginas. El Essential X-Men Vol.7, con altas papongas de los años 1986-88. En materia de dibujantes, esta etapa de Uncanny X-Men muestra cómo de a poco Marc Silvestri evoluciona de clon apenitas más moderno de John Buscema hacia un dibujante más personal, más influenciado por Arthur Adams. Se ve que Dan Green (el entintador titular de esta serie) entendía perfectamente a dónde quería ir Silvestri, porque lo complementa muy bien. Y también se ve que la coordinadora (Ann Nocenti, genia y figura) no dejaba que el dibujante se jugara todo a la espectacularidad y dejara en segundo plano la claridad y la fluidez del relato. Además, hay varios números con suplentes de muy buen nivel, como Kerry Gammil, Bret Blevins. Rick Leonardi o Jackson Guice, y un par realmente de lujo, como Alan Davis y Barry Windsor-Smith. El tomo también incluye dos Annuals, uno dibujado por Davis (que se luce infintamente más en blanco y negro) y otro por el ya citado Art Adams, también infernal, con un entintado preciosista de Terry Austin. Y además tenemos los cuatro números de la miniserie Fantastic Four vs. X-Men, donde Austin entinta a Jon Bogdanove. No es un mal combo, pero en el contexto del resto de los dibujantes, queda un poco atrás. Los guiones de Chris Claremont están muy bien, llevan hacia adelante la serie de modo muy armónico, con una dirección clara, en la que no se notan volantazos bizarros. El gran defecto es que, al igual que en el tomo anterior, Claremont ya no cuenta la historia de los X-Men, sino la de Storm, Wolverine y sus amiguitos. Esta es la etapa en la que, tras las bajas sufridas en la Mutant Massacre, el grupo salea buscar refuerzos, y entran casi de golpe cuatro personajes nuevos. Ninguno llega a opacar en lo más mínimo a Logan y Ororo, incluso cuando esta última se aleja del equipo para vivir una extensa aventura que va a terminar con la recuperación de sus poderes, justo a tiempo para Fall of the Mutants. Claremont narra la historia de Storm a modo de un sub-plot de largo aliento, y me da la sensación de que se disfrutaría más si fuera una novela gráfica o un one-shot por afuera de la serie, en vez de diluída, cortada en fetas entre tantos números. Fall of the Mutants es lo más flojo del tomo. El villano no tiene mucha explicación, la resolución es medio frutera (como cada vez que Claremont recurre al personaje de Roma), y por ahí lo más atractivo es ver a Colossus de nuevo en acción. Ah, no, pará: el guión del Annual 11 (el que dibuja Alan Davis) es groseramente peor que el de Fall of the Mutants. Un verdadero delito a mano armada. El resto está muy bien, con algunos momentos sobresalientes. Varios de ellos están en la miniserie con los Fantastic Four, que me volvió a impactar como la primera vez, primero porque casi no hay machaca, y segundo por lo bien que escribe Claremont a los FF, sobre todo a Reed, Sue, Ben y Franklin. Estuvo muy bueno el reencuentro con todo este material, que había leído numerito a numerito en mi ya lejana adolescencia, cuando era un adicto a los títulos mutantes que todos los años se clavaba 15 o 16 dosis de Uncanny X-Men. Este año le entro seguro al Vol.8.
Y también leí el Vol.3 de Ryuko, el manga de Eldo Yoshimizu que acá publica Buen Gusto. De nuevo, me masacró con el dibujo, con la cantidad de técnicas que emplea sin salir nunca del blanco y negro, cómo cambia de estilo según la secuencia, cómo te va del dibujo despojado y lineal a una sobrecarga de rayitas, rayones, manchas y texturas totalmente barroca, y de un poder expresivo devastador. Yoshimizu es un virtuoso del dibujo que no para de sorprenderme, desde la puesta en página y los ángulos que elige, hasta cómo dibuja las onomatopeyas. Todo es cada vez más extremo, más personal, más genial. El guion… creo que se enroscó demasiado, que le sobran personajes, que está mucho más pensado como novela gráfica que como serie, con lo cual se debe disfrutar mil veces más leído todo de un saque que cortado en cachos y con las largas pausas que estoy clavando yo entre tomo y tomo. Hay personajes realmente atractivos, pero la runfla se espesó demasiado, me parece. Y ya desde la primera vez que los enemigos de Ryuko la rodearon con varios chumbos y en vez de matarla se pusieron a conversar, perdí un poco el interés. De todos modos, hasta prestándole poca atención, el manga te scaude con algunos momentos de acción de tremenda potencia y con algunos momentos intimistas (como el de Ryuko y su mamá cuando caminan bajo la nevada) resueltos con gran destreza narrativa. Eldo Yoshimizu es uno de los tantos mangakas a los que les vendría bárbaro trabajar con guionistas, pero su labor en la faz gráfica es tan hipnótica, salta al vacío tantas veces, que creo que le compro cualquier garcha que le editen. Nada más, por hoy. La semana que viene, nuevas reseñas. Gracias y hasta entonces.

martes, 5 de mayo de 2020

MARTES DE MUJERES

Bueno, acá estamos con lo que debía de ayer, y los intereses. En vez de un libro, tengo leídos dos.
Arranco con una reseña muy breve, la del Vol.2 de Ryuko. Breve porque mucho de lo que me motiva este manga de Eldo Yoshimizu ya lo puse por escrito el 24/10/19 y breve porque es un tomito de muy pocas páginas (112), con pocas viñetas por página y una cantidad de texto… no escasa, pero para nada abultada.
Me gustó más esta segunda parte, donde la narración es más lineal. O no, donde Yoshimizu elige mejor dónde interrumpir cada secuencia, para que se entienda más claramente qué está sucediendo en el presente, qué tramos son flashbacks y demás. De a poco se va delineando mejor la relación entre los personajes, como para darnos alguna pista de cuál va a ser el climax del conflicto y cómo se puede llegar a resolver.
Y por supuesto, el gancho grosso que tiene Ryuko es el dibujo, un rubro en el que Yoshimizu pone toda la carne al asador, sin la menor piedad ni respeto para con nadie. A nivel visual, este es un manga de un impacto impresionante. Acostumbrados como estamos a que cada mangaka se mueva dentro de un único registro estético, de pronto Yoshimizu nos sorprende con una mezcla alucinógena en la que una viñeta parece dibujada por Yoshitaka Amano, la siguiente por Leiji Matsumoto, y la siguiente por… Carlos Alonso, ponele. El despliegue de técnicas es infernal, te abre tremendamente la cabeza a la hora de pensar qué se puede hacer y qué no en una historieta que se imprime en blanco y negro. Y en todas esas técnicas, Yoshimizu juega de local, con el aplomo y la cancha de los consagrados.
Veremos qué nos depara la segunda mitad de este thriller violento y sórdido, pero con momentos de mucha humanidad, en los que Eldo Yoshimizu realmente logra que empaticemos con sus personajes, por más que sean todos asesinos.
Me liquidé también el Vol.2 de Scarlet Witch (el anterior lo vimos el 19/04/20) y de nuevo, me gustó más que el Vol.1. La fórmula es bastante parecida a la del tomo anterior: cinco episodios, todos básicamente autoconclusivos, siempre con James Robinson como guionista, pero con rotación de dibujantes en cada historia. Esta vez, además, son cinco dibujantes mujeres, como para subrayar ese costado feminista que yo notaba en el enfoque que propone Robinson para esta serie.
El primer episodio es flojo: apenas un tipo muy pusilánime y muy nabo al que su mujer ya muerta le enseña a vivir. El segundo, un poquito mejor, consiste en darle chapa a un personaje (obviamente femenino) que Robinson había creado para una historia corta en un one-shot de Dr. Strange. El quinto episodio, está bien, tranqui, con un giro copado y una ambientación logradísima.
Pero la pulenta, la recontra-pulenta, son el tercer y cuarto episodio. Acá vuelve el Robinson de la gente, el que nos sedujo a todos en Starman. Son 40 páginas sin acción, de Wanda hablando con dos interlocutores distintos. En el cuarto, con la excusa de que en varios títulos hay conexiones con la funesta Civil War II, Wanda habla con su hermano Pietro (Quicksilver), primero de ese tema, y después de temas muchísimo más interesantes. Una charla profunda, sin pelos en la lengua, con facturas vencidas y otras todavía dignas de ser cobradas. Si seguís las vidas de estos hermanos desde aquellos comics de los años ´60, esto te va a emocionar a pleno. Y encima dibuja Joëlle Jones a un gran nivel.
Y el tercer episodio (nº8 de la edición en revistitas) es LA GLORIA. En 20 páginas, Robinson le explica a una legión de guionistas mediocres que con Scarlet Witch NO SE JODE. Que es un personaje demasiado central del Universo Marvel como para ningunearla o basurearla como se hizo durante años con Wanda. No podés –dice Robinson- sacar de la galera personajes como Wiccan y Speed y no darle bola al vínculo con Wanda. No podés pegarle sacudones brutales a Vision o a Wonder Man sin explorar cómo eso afecta a la mujer que los amó a los dos. No le pueden mentir más en la cara ni a ella ni a los lectores que la siguen desde 1963. Lástima el dibujo (a cargo de Tula Lotay) que quizás sea el menos logrado del tomo. Pero el guión, el texto, esos diálogos, el clima que construye Robinson para el largo diálogo entre Wanda y… alguien que no es quien dice ser, alcanza y sobra para que estas 20 páginas sean una auténtica cátedra de cómo se escribe un personaje con 55 años de historia a cuestas.
Se puso power la Scarlet Witch de Vertigo, pero yo me bajo acá, porque no tengo el tercer y último tomo. Acepto donaciones.

Y nada más, por hoy. Como siempre “vamos a volver” ni bien tenga un par de libros más listos para ser reseñados.

jueves, 24 de octubre de 2019

NOCHE DE JUEVES

Linda noche para salir a atorrantear por ahí pero me toca clavar el culo en la silla y avanzar con las reseñas del material que leí en estos últimos días.
Le sigo metiendo los cuernos a Oyasumi Pun Pun con otros mangas, en este caso con el primer tomo de Ryuko, una obra del fotógrafo, escultor, artista plástico y mangaka Eldo Yoshimizu, publicada en nuestro país por el sello Buen Gusto. Lamentablemente el libro no aclara de qué año es Ryuko. Una pena, porque sería un dato interesante para el análisis del manga.
Manga que, por otra parte, se lee muy, muy rápido. Yoshimizu narra a un ritmo tremendamente descomprimido, con pocas viñetas por página, muchas de ellas (páginas enteras) dedicadas a contar acciones o diálogos mínimos. Este es apenas el primero de cuatro tomos y en este primer tramo realmente pasa muy poco. Tenemos una buena presentación de personajes, para el último tercio se empieza a definir el conflicto más fuerte, el que (creo yo) va a motorizar la trama principal de la obra, y no hay mucho más, a nivel del argumento.
A nivel del relato gráfico, por momentos lo de Yoshimizu se hace un poco confuso, se nota que es un artista del mega-carajo que no está acostumbrado a contar historias con su dibujo. Y el dibujo es una bola de fuego del tamaño de un planetoide, una masa compacta, incandescente, que se lleva puesto todo. ¿Te acordás de esas obras de Osamu Tezuka de los años ´70, donde por momentos se zarpaba y se volvía expresionista? Bueno, eso multiplicalo por 1000 y metele varios kilos de merca y varios litros de LSD. Yoshimizu se va literalmente al carajo, te envuelve en una vorágine visual absolutamente infrecuente, en la que las texturas, las manchas, las líneas cinéticas y los grisados explotan en una orgía salvaje. Por debajo de todo ese estallido visual hay un dibujo muy clásico, con chicas idénticas a las que dibujaba Tezuka en los ´70 y muchachones más cercanos a los de un Tetsuo Hara, ponele. Pero todo arrebatado, todo llevado al extremo por un dibujante que hace del impacto su carta de presentación y su principal recurso discursivo.
Por ahora, Ryuko me detonó las retinas mucho más de lo que me cautivó a nivel guión. Veremos cómo sigue esta violentísima historia de runflas, traiciones y crímenes entre gangsters y femme fatales. Y qué bestia Eldo Yoshimizu, por Diossssss…
También este año, tuvimos la edición argentina de Spinnerette, un comic creado para la web por un tal Krazy Krow, junto a nuestro compatriota Walter Gómez, que no es el mismo Wally Gómez al que yo conocía como dibujante, colorista y editor. Son dos tomos, de los que acabo de leer el primero.
La serie es una comedia protagonizada por una chica que recibe poderes arácnidos y decide convertirse en superheroína, en la ciudad de Columbus, Ohio. La verdad, no em resultó muy interesante. Krazy Krow mete un montón de chistes y situaciones supuestamente cómicas que surgen desde el momento en que Heather Brown adopta la identidad heroica de Spinnerette, apoyadas en la inexperiencia, la ingenuidad y en un punto la irresponsabilidad de esta chica. Varios de esos chistes son efectivamente cómicos y otros no. Y no hay mucho más. Las aventuras en sí son anodinas, pavotas, con menos posibilidades de convencer a un fan curtido en materia de superhéroes que Gómez Centurión de llegar al ballotage. Recién en el último episodio aparece un subplot mínimamente interesante (el de la familia de Tiger) y el resto pendula entre una comedia blandita y tramas más aventureras que dejan sabor a refrito barato de un montón de comics mucho mejores.
El dibujo, en cambio, me gustó bastante más. Es un dibujante argentino que arma la página y mueve la cámara como un dibujante de mainstream yanki, y además reproduce todos los yeites de los dibujantes de mainstream japonés. En la superficie, Spinnerette quiere parecerse a un manga (supongo que por cuestiones de marketing) y le sale muy bien. Al igual que en StarCraft: Ghost Academy, acá lo tenemos a Gonzalo Duarte asistiendo a Walter Gómez en la aplicación de los grisados, que son un punto alto en la faz gráfica de la obra.
Tengo también el Vol.2, y lo voy a leer por una cuestión casi protocolar, y porque tengo entendido que cambia de dibujante. No crean que le voy a entrar con altas expectativas porque -habiendo leído el Vol.1- ya sé que lo que puedo esperar de Spinnerette es más bien poco. Pero bueno, esto es un sacerdocio…
Gracias por el aguante y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.