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lunes, 31 de marzo de 2025
OTRA VEZ DE A TRES
Hacía mucho que no se me juntaban tres libros para reseñar, pero es medio un engaña-pichanga, porque sobre uno de los tres pienso escribir un parrafito muy breve.
Empiezo con un masacote de casi 400 páginas titulado Mi Vida Sexual y otros relatos eróticos, un compilado de historias cortas del infinito Shotaro Ishinomori, con material originalmente publicado en distintas revistas japonesas entre 1969 y 1975. En las reseñas de Hokusai (28/03/23) y Kuzuryu (21/10/24) mencioné el tema del sexo, y cómo aparece representado (o metido a presión) en las historietas de Ishinomori, así que una antología en la que el sexo y el erotismo ocuparan los roles centrales me pareció más que seductora.
Hasta que leí las historias... La verdad que, salvo alguna que otra excepción, los guiones me parecieron flojos. Más allá de que la mirada sobre la sexualidad y la mujer atrase (es lógico, son obras escritas hace más de 50 años en un país que por entonces era sumamente conservador y pacato en materia de sexo), esperaba encontrar algo más potente en materia de guiones. En las primeras historias se repite mucho la fórmula de un tipo que se topa con una mina espectacular, que parece regalada, y tras unos cuantos garches se revela que la mujer es en realidad... un androide, una alienígena, una masa de protoplasma que cobró vida, una sirena... en fin, todo un repertorio que parece sacado de las revistas tipo Strange Tales o Tales of the Unexpected que publicaba DC en los ´50 y ´60.
Después, cuando Shotaro se despoja un poco de los elementos fantásticos, la cosa mejora bastante. El Carmesí de un Lejano Día es una historia fuerte, shockeante, pero muy adulta y muy original, a la que solo le falta un final más redondo. Utamaro es, probablemente, la más heavy del tomo, y esta sí, tiene un final impactante e impredecible. ¡Ahi va el caballo! se sostiene en una serie de casualidades un toque inverosímil, pero logró atraparme y tenerme en vilo hasta que -al final- se resuelve el misterio de manera satisfactoria. Y de la última tanda de historias, todas aparentemente reales, llamadas (como el libro) "Mi Vida Sexual", rescato una sola, Sexo Aberrante, porque hay un personaje MUY bien desarrollado y porque Ishinomori se mete con un aspecto de la sexualidad que hasta ese punto no había explorado.
Si me dejás elegir las mejores 120 páginas de este libro, te armo un LIBRAZO, porque me quedo con esas cuatro historietas, que me parecieron tremendas. Y si no, bueno... es un tomo en el que el principal atractivo pasa por lo visual, porque estamos hablando de un autor tocado con la varita mágica, que dibuja y narra a un nivel inconmensurable. Acá vamos a ver al Rey del Manga afianzado en un estilo espectacular, con puestas en página maravillosas, un ritmo totalmente hipnótico para contar las historias, un trazo versátil, donde conviven personajes definidos de manera más caricaturesca (por momentos me parecía estar leyendo una de Piturro, del maestro Julio Olivera) y escenarios majestuosos, retratados con un nivel de detalle que (como suele suceder en los mangas de Ishinomori) te hiela la sangre. Costumbrismo light, costumbrismo más sórdido, ciencia ficción, fantasía, relatos de ambientación histórica... a Shotaro no lo asusta nada, y detona en todas las historias un arsenal de recursos gráficos y narrativos solo comparables al del mejor Osamu Tezuka.
Mi Vida Sexual y otros relatos eróticos es un libro lujoso, caro, al que lamentablemente pocos lectores tendrán acceso. Tranqui, ya se publicarán en nuestro idioma trabajos mejores de Shotaro Ishinomori que justifiquen más la inversión de guita, tiempo y espacio. Este tomo, con sus altibajos, sirve por lo menos para descubrir que entre los ´60 y los ´70 había un autor de un virtuosismo descomunal que no le sacaba el culo a la jeringa y abordaba, desde distintas ópticas, la temática del sexo en sus mangas. No es poco.
Hora de reencontrarnos con Fréderic Bézian, aquel impactante autor francés al que vimos en la reseña del 31/08/23. Pero ahora nos vamos mucho más atrás en su bibliografía, a 1989, cuando publica en Les Humanoïdes Associés un álbum que lo tiene como autor integral y se titula Adam Sarlech. Luego vendrán más álbumes de este mismo personaje (que nunca vi), pero este no solo es 100% autoconclusivo, sino que no desliza ni la más mínima sospecha de que es el puntapié inicial de una serie.
Adam Sarlech es un drama intenso, incandescente, ido al mega-carajo, que se desarrolla en el seno de una familia acomodada de algún lugar de Europa, probablemente en el último tercio del Siglo XIX. Drama intenso, pero a nivel William Shakespeare, eh? Con personajes complejos, secretos fatídicos, gente que no es quien dice ser, y hasta un elemento fantástico, que son los supuestos poderes de los mellizos Ralph y Raphaelle para comunicarse con los muertos, y el trance en el que la familia tiene sumidos a sus sirvientes, para que no registren (no difundan) todas las atrocidades que se perpetran puertas adentro de la mansión. El guion está un poco sobrecargado, le sobren personajes y conflictos para un comic que tiene que resolverse en 56 páginas. Y evidentemente, este Bézian temprano (no primerizo, porque sus primeras obras son de 1982) todavía no tenía muy dominado el equilibrio que logrará más tarde. Entonces tenemos unas secuencias mudas, o con poquísimo texto, que son maravillosas, seguidas de otras en las que el autor nos bombardea con páginas de ocho viñetas chiquitas en las que todos los personajes hablan hasta por los codos y tiran en cada globito extensos soliloquios... que explican cosas que hubiese estado bueno mostrarnos de manera más visual.
Algunas torpezas eran evitables (con menos personajes, por ejemplo), y casi todas quedan eclipsadas por lo mejor que tiene el álbum que es... el momento final, donde se revelan los secretos ocultos y nos enteramos quién es Adam Sarlech, de qué juega y cómo se conecta con esta extravagante familia. Y a la vez todo eso queda eclipsado por el dibujo de Bézian, que es fastuoso. El Bézian de fines de los ´80 una especie de Andreas pasado de rosca, con cosas del primer Lorenzo Mattotti, del primer Nicolás De Crecy, y hasta momentos aún más brutales, más para el lado del José Muñoz más zarpado o de Santiago Sequeiros. Fondos impactantes, personajes esperpénticos, hiper-expresivos, todo muy personal, muy deforme, muy raro y a la vez muy cautivante. Lo único que no me copó de la faz gráfica son esas viñetas en las que Bézian colorea todo el fondo con un rojo oscuro que a veces cubre también a los personajes. Eso le resta mucha claridad a la página, y hasta en algunos pasajes complica el fluir de la narrativa gráfica. No sé si preferiría leer la obra en blanco y negro, pero puede ser... En general a los monstruos del claroscuro se los disfruta más en blanco y negro, y acá Bézian tira mucha más magia con el pincel y la tinta que con la paleta de colores. Prometo más Fréderic Bézian para más adelante.
Y finalmente, en 2024 tuvimos un nuevo tomito de La Caja, la colección de libros que recopilan los chistes de Esteban Podetti, esta vez en una entrega más breve, con 96 páginas. Como había sucedido con el tomito dedicado a chistes sobre la pandemia de COVID-19 (reseñado el 18/10/22), esta vez hay un tema central que es la llegada al poder y el primer año de gobierno de "las fuerzas del Cielo", ese mamarracho de ultraderecha, ignorante, bizarro, violento, cruel y despiadado que rápidamente se convirtió en verdugo de su propia base electoral. Como todo idiota con poder, como todo delirante al que la gente encuentra carismático, Javier Milei resulta un blanco muy fácil para el humor afiladísimo de Podetti, quien tampoco exhibe la menor piedad para con estos lúmpenes de la política. Y sí, también hay muchos chistes con Adolf Hitler, pensados para resonar en el contexto argentino actual. A lo largo de chistes perfectamente autoconclusivos (hábilmente elegidos y puestos uno atrás de otro) el autor desarrolla una analogía -preocupante por lo acertada- entre el presente de nuestro país y la Alemania nazi, en clave de humor, pero del humor que te retuerce las tripas. Y después, muchos chistes sobre el impacto de las ideas libertarias en nuestra sociedad, sin personajes recurrentes, pero sí con estereotipos muy reconocibles, y casi siempre muy repudiables.
Gran compilado de este capo absoluto del humor gráfico, al que jamás se le acaban las ideas, ni las ganas de ir a fondo con un mensaje -totalmente contrario al de Milei, sus esbirros y sus patrones- que comparto plenamente.
Y ahora sí, nada más. Me fui al choto con la extensión de esta entrada, y prometo callarme la boca por unos días. Gracias y hasta pronto.
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Shotaro Ishinomori
lunes, 21 de octubre de 2024
KUZURYU
Tardé una semana entera en liquidar este tremendo masacote de 670 páginas, que cualquier editorial lógica habría publicado en tres tomos (porque la obra tiene tres partes claramente marcadas) y los zarpados de Kana sacaron en uno solo, muy cómodo para leer, transportar y guardar, pero que obviamente lleva muchísimo tiempo de lectura.
Kuzuryu es un manga del maestro Shotaro Ishinomori que vio la luz allá por 1974 en la fundamental revista Big Comic. Planteado como una serie episódica, ya para el segundo tramo de la misma empezamos a detectar una trama por encima de la trama, que va a servir como faro para guiar las aventuras de este taciturno boticario ambulante, que recorre (a pata) ciudades, pueblos y aldeas del Japón feudal vendiendo medicamentos. Nuestro protagonista, además de vender remedios, sabe recetarlos y suministrarlos, lo que le otorga una cierta posición de poder, similar a la de un médico. Pero además, tras su apariencia ordinaria se esconde un crack de la espada, que a la hora de los combates se mueve como un relámpago y mutila a sus oponentes con precisión de cirujano.
El primer tramo de la obra me hizo acordar mucho a una serie de Columba. El boticario llega a un lugar, se encuentra con una injusticia (o varias), o con alguien que lo trata de cagar, o con una mujer que intenta seducirlo con fines poco nobles, y cuando la cosa se pone heavy, saca la espada y liquida a los villanos, para luego continuar su camino, solo y en silencio. Incluso en cada episodio pasa más o menos la misma cantidad de cosas que pasaba en un episodio normal de una serie de Columba (aunque, claro, Ishinomori se toma más páginas para contar lo mismo). Pero después la cosa levanta y mucho: empieza a cobrar peso el misterio de la masacre que terminó con toda la gente de la aldea en la que nació el boticario. ¿Quién fue, y por qué lo hizo? Las pistas empiezan a aparecer y el único sobreviviente de esa tragedia sale en busca de las respuestas. Para completar la data que le falta, necesita reunir varios objetos (figurines) iguales, pero son nueve y él tiene uno solo. Así que durante buena parte de la serie, lo veremos rodearse de aliados y esbirros que lo ayudarán a localizar a los otros figurines, y confrontar con quienes los poseen. También habrá otros depredadores que quieren completar la colección de los nueve figurines, dispuestos a hacer boleta al boticario, sobre todo cuando se enteran de que ya tiene varios en su poder.
Todo esto sin romper casi nunca el formato episódico. De los 25 relatos que componen la obra, Ishinomori recurre al cliffhanger una sola vez, en el episodio más jodido de todos. Y en el final, todo cierra perfecto, en medio de un dilema moral potente, atrapante. No todos los episodios son igual de buenos: algunos son un toque aburridos (porque Shotaro se excede con los diálogos protocolares) y otros se vuelven un poco predecibles, porque el autor abusa del recurso del crimen pasional, donde un tipo decide matar a su esposa porque le es infiel, o al tipo que se coge a su esposa. Fuera de eso, la serie está muy bien planteada. Cuando Ishinomori se decide a darle fuerza y protagonismo a un villano lo hace de manera magistral, hay buenos conflictos desparramados por toda la serie (incluso en el seno del bando del protagonista) y la resolución es exquisita.
Y dejo para el final lo mejor de todo: el dibujo. Acá es donde Shotaro no falla nunca. Hasta en las escenas más aburridas de señores conversando te aplasta con su dinámica, con la forma de acomodar las viñetas en la página, con ese vértigo que explota ni bien la acción empieza a asomar en la trama. Las escenas de peleas son electrizantes, verdaderos tsunamis de violencia, graficadas por Ishinomori con una categoría apabullante. Los personajes son expresivos, las secuencias mudas son elocuentes y los paisajes son conmovedores. Cuando se propone ilustrar en plan realista los fondos, los edificios o los paisajes, saca una chapa descomunal. Y por ahí lo único que se me ocurre criticarle es que las mujeres se parecen mucho entre sí. Tenés que prestarle atención al diseño de los kimonos para darte cuenta cuál es cuál, porque de cara, parecen todas gemelas.
Creo que, fuera de esta edición francesa, Kuzuryu solo existe en Japón. Pero vale la pena el esfuerzo de leerla en el idioma de Goscinny, para disfrutar de un manga realmente notable, fundamental para el fan de la aventura con ambientación histórica e irresistible para el que no se copa con los mangas llenos de chistes, elementos fantásticos y protagonistas de escuela secundaria. Tengo otro libro de Shotaro en la pila de los pendientes, pero creo que le voy a entrar el año que viene.
Como siempre, ni bien tenga leídos un par de libros más, los reseño acá en el blog. Será hasta pronto (creo).
martes, 28 de marzo de 2023
NOCHE DE MARTES
Acá andamos, triste por la noticia de que se nos fue el maestro Ernesto García Seijas... y con un par de libritos leídos y listos para ser reseñados.
Empiezo en Japón, año 1986, cuando el glorioso Shotaro Ishinomori, el Rey del Manga, empieza a serializar Hokusai, una extensa obra de casi 600 páginas centrada en la vida de Katsushika Hokusai, el famoso dibujante y pintor nipón del Siglo XIX, célebre a nivel mundial por su icónica ilustración de "La gran ola de Kanagawa". Prolífico, virtuoso, pero también mal llevado y cascarrabias, Hokusai es señalado como el principal exponente de un estilo de ilustración llamado " ukiyo-e", y gracias a Ishinomori me entero que incursionó también en otros estilos y otras escuelas. Y que se cambió muchas veces el nombre con el que firmaba sus obras.
El manga recupera anécdotas de distintas etapas de la vida del artista, desde la niñez hasta que muere a los 90 años. Ishinomori no utiliza elementos fantásticos, pero la obra no es exactamente gekiga, porque recurre muchas veces a la comedia y el humor. La propia personalidad de Holusai y las situaciones en las que se ve envuelto se prestan con facilidad a ser retratadas en tono de comedia y Shotaro no se resiste. También hay momentos dramáticos, violentos y hasta poéticos perfectamente plasmados por el Rey del Manga. Lo único choto es que en cada capítulo hay una escena en la que aparece una mujer desnuda, a menudo para coprotagonizar escenas de sexo con el protagonista... que muchas veces no tienen nada que ver con la trama que urde Ishinomori. En una de esas fue una imposición por parte de la editorial, andá a saber... Las distintas épocas que visita el manga le sirven a Shotaro para poner en contexto las ilustraciones y dibujos más conocidos de Hokusai, que aparecen reproducidos en el manga y son realmente impactantes.
Y por supuesto el dibujo de Ishinomori también es alucinante. Su forma de componer la viñeta, el armado de las secuencias... Se trata de un autor prácticamente contemporáneo de Osamu Tezuka y el único que rivalizó con él en cantidad de páginas producidas y de hits en el mercado japonés... aunque con mucha menos suerte a la hora de ver su material publicado fuera de la islita. Hay mucho de Tezuka en el estilo de Shotaro, incluso ese vicio que el Manga no Kamisama ya casi había dejado atrás en los ´80, que consiste en deformar groseramente a los personajes cuando gritan, y hacerlos saltar, caerse o pelear con gestos ampulosos, muy exagerados, típicos de la historieta humorística o infantil. A medida que Hokusai envejece, baja un par de cambios en sus rabietas y el mangaka aprovecha para dejar de lado esos excesos visuales. Sin dudas es algo que al lector japonés no le hace ruido, y a nosotros, acostumbrados a un comic para adultos más parsimonioso, o incluso más solemne, nos resulta medio bizarro.
Hokusai es un personaje complejo y fascinante, al que Shotaro Ishinomori logra retratar en toda su dimensión. Y también a su entorno, y a su época, y a su impacto en la cultura visual de Japón. El libro es un masacote que se lee a un ritmo ágil, dinámico, que te atrapa con la potencia de las historias y la belleza de los dibujos. Creo que hasta un fan del manga más pochoclero, de machaca, demonios, espadas y superpoderes, se puede llegar a enganchar con esta hermosa obra.
Me vengo a Argentina, año 2022 (vamos que me falta poco para terminar de leer todo lo que se publicó acá el año pasado), cuando se edita en Córdoba la antología Mamma Marilyn. Se trata de 12 historietas en las que hay un elemento común: una pistola, llamada como el libro, que va a aparecer siempre en relatos marcados por el crimen y la violencia. También en algunas historias va a aparecer Núñez, ese personaje basado en el Gauchito Gil que creara Juan Bertazzi en el libro que vimos el 12/06/21. La antología tiene un problema que es el nivel marcadamente desparejo de los dibujantes. Al lado de monstruos como Nicolás Brondo o Hernán González, hay autores bastante consolidados como Pablo Burman y Alfredo Retamar (los dos en un nivel más que interesante), un tipo que es muy capo en la ilustración y tiene una técnica increíble pero al que la narrativa de historieta le cuesta bastante (el uruguayo Mann House), dibujantes que están ahí, un escalón por encima de lo presentable (Mari Salina y Casimiro), y unos cuantos chicos y chicas a los que le falta muchísimo para publicar en un libro que se vende en librerías y comiquerías de todo el país.
Pero bueno, por suerte también hay buenos guiones. El mejor es el de Juli Lorente, una gema de 24 páginas que no querés que se termine nunca. Cristian Blasco aporta dos muy buenos guiones: el que abre la antología (originalmente publicado como revista hace unos años) y las 32 páginas de Circus, el extenso relato que le saca un jugo enorme a la fuerza expresiva y lírica del dibujo de Burman. Por el lado de Bertazzi tenemos dos historias muy cortas, una con Núñez muy bien resuelta, y una dibujada por Casimiro que es ingeniosa pero está un poco sobre-explicada. Y hay un par de historias más con las que no pude enganchar porque la nula calidad de los dibujos me lo impidió.
Una pena, porque técnicamente el libro es lindo y la idea de que haya un objeto como hilo conductor de historias distintas, con distintos autores y distintos géneros, está muy piola. Ojalá que la próxima vez que a Blasco se le ocurra coordinar un proyecto de este tipo consiga mejores dibujantes, que potencien la fuerza de los guiones. Abrís con una portada buenísima de Quique Alcatena, cerrás con una ilustración preciosa de Brondo... y bueno, adentro hay que bancar los trapos. No podés poner a cualquiera que pasaba por ahí a dibujar historietas, porque en el contraste con los grossos se nota mucho.
Nada más, por hoy. Gracias y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas acá en el blog.
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jueves, 6 de noviembre de 2014
06/ 11: JAPAN, INC.
En 1988, que alguien publicara manga en EEUU era bastante atípico. Pero que publicara manga la Editorial de la Universidad de California era poco menos que un delirio. Sin embargo se publicó este tomo, que en Japón había aparecido a fines de 1986 con el título Manga Nihon Keizai Nyumon, con la particularidad de que la historieta no había sido serializada en las típicas antologías de manga, sino en el Nihon Kenzai Shimbun, el diario japonés especializado en finanzas y negocios. A años luz de los samurais, los robots justicieros y las adolescentes enamoradizas, el maestro Shotaro Ishinomori tuvo la idea de contar en forma de manga cómo funciona la economía de Japón, y tuvo tanto éxito que a estas seis historias reunidas en este libro le siguieron varias más, lamentablemente inéditas fuera de la islita.
Consciente de que va a llegar a un público distinto, Ishinomori opta por un grafismo muy básico, con personajes simples y muy expresivos, y por supuesto se mata en los fondos, que están invariable y magistralmente copiados de fotos. En esos dos registros transcurren los seis relatos, aunque cada tanto Ishinomori se juega con un super-deformed, o con algún otro tipo de gag visual, más para entendidos. Estamos en una época en la que los editores yankis todavía no se animaban a publicar manga en sentido japonés, ni tampoco estaban tan cancheros en el complejo proceso de “dar vuelta” las viñetas para que puedan ser leídas en sentido occidental, pero por suerte no hay mayores burradas en ese sentido. Lo único realmente nefasto es la tipografía elegida para los diálogos, donde se nota el criterio (en realidad, la falta de criterio) de alguien que tenía menos comic que Le Monde Diplomatique.
De todos modos, más allá de los recursos gráficos, llaman la atención los recursos narrativos, o mejor dicho dramáticos, que pone en juego Shotaro para ahondar en temas a priori bastante áridos, por su elevado nivel de abstracción. Japan, Inc. explica, por ejemplo, como funciona la balanza comercial entre Japón y EEUU, qué pasa cuando el yen sube y el dólar baja (o viceversa), cómo impactan en la economía japonesa la fluctuación en los precios del petróleo, el envejecimiento de la población, el desequilibrio entre industria y agricultura, la globalización de la timba financiera… Claramente no estamos hablando de romances entre chicos del secundario.
Ahí es donde el autor aguza el ingenio y logra que estos tópicos se corporicen en diálogos, debates y hasta confrontaciones a todo o nada entre personajes que asumen distintas posiciones frente a estos temas. Los protagonistas son todos ejecutivos de una empresa que no fabrica nada, sino que estudia y asesora al Estado y a otras empresas en temas relacionados con la economía y los negocios. Así tenemos a Tsugawa, el clásico garca, abanderado del capitalismo salvaje, que justifica cualquier atrocidad mientras dé ganancia, en un Boca-River contra Kudo, el ejecutivo copado que va a buscar siempre la solución que no perjudique demasiado al laburante y a la gente común. Después hay jefes, ministros, sindicalistas, mafiosos que lavan guita en los bancos del Vaticano, aparece Ronald Reagan, y cada uno representa un aspecto de estos “conflictos corporativos” que por momentos se acercan al “thriller financiero” (ese género tan popular en Francia) pero están bastante más orientados a lo macro que a lo micro.
El libro está lleno de notas al pie con data posta acerca de la economía japonesa, gráficos, cifras… que por supuesto hoy, más de 25 años después, deben estar bastante desactualizados. El propio Ishinomori hace bastante hincapié en lo mucho que cambió la economía japonesa entre los ´60 y mediados de los ´80, así que de 1986 hasta ahora, debe ser todo totalmente distinto. De hecho, los ejecutivos re-top no tienen computadoras ni celulares, así que imaginate. Pero hay muchas ideas interesantes, mucho para aprender de la furibunda “cultura corporativa” de Japón, de cómo funciona el capitalismo para adentro y para afuera de un país que abrazó esa teoría económica y jamás evaluó siquiera la posibilidad de que haya otras. Y muchos hallazgos en eso que a priori era lo más difícil: abordar temas complejos desde relatos dinámicos, amenos, con buena interacción entre los personajes y un ritmo que se parece poco al de una cátedra o un texto 100% teórico. Una rareza, no tanto en la carrera de Shotaro Ishinomori (que hizo mangas de toda clase y tenor), sino en el ámbito de la publicación de manga en Occidente. Si lo ves a buen precio, es una buena inversión, diría Kudo.
Consciente de que va a llegar a un público distinto, Ishinomori opta por un grafismo muy básico, con personajes simples y muy expresivos, y por supuesto se mata en los fondos, que están invariable y magistralmente copiados de fotos. En esos dos registros transcurren los seis relatos, aunque cada tanto Ishinomori se juega con un super-deformed, o con algún otro tipo de gag visual, más para entendidos. Estamos en una época en la que los editores yankis todavía no se animaban a publicar manga en sentido japonés, ni tampoco estaban tan cancheros en el complejo proceso de “dar vuelta” las viñetas para que puedan ser leídas en sentido occidental, pero por suerte no hay mayores burradas en ese sentido. Lo único realmente nefasto es la tipografía elegida para los diálogos, donde se nota el criterio (en realidad, la falta de criterio) de alguien que tenía menos comic que Le Monde Diplomatique.
De todos modos, más allá de los recursos gráficos, llaman la atención los recursos narrativos, o mejor dicho dramáticos, que pone en juego Shotaro para ahondar en temas a priori bastante áridos, por su elevado nivel de abstracción. Japan, Inc. explica, por ejemplo, como funciona la balanza comercial entre Japón y EEUU, qué pasa cuando el yen sube y el dólar baja (o viceversa), cómo impactan en la economía japonesa la fluctuación en los precios del petróleo, el envejecimiento de la población, el desequilibrio entre industria y agricultura, la globalización de la timba financiera… Claramente no estamos hablando de romances entre chicos del secundario.
Ahí es donde el autor aguza el ingenio y logra que estos tópicos se corporicen en diálogos, debates y hasta confrontaciones a todo o nada entre personajes que asumen distintas posiciones frente a estos temas. Los protagonistas son todos ejecutivos de una empresa que no fabrica nada, sino que estudia y asesora al Estado y a otras empresas en temas relacionados con la economía y los negocios. Así tenemos a Tsugawa, el clásico garca, abanderado del capitalismo salvaje, que justifica cualquier atrocidad mientras dé ganancia, en un Boca-River contra Kudo, el ejecutivo copado que va a buscar siempre la solución que no perjudique demasiado al laburante y a la gente común. Después hay jefes, ministros, sindicalistas, mafiosos que lavan guita en los bancos del Vaticano, aparece Ronald Reagan, y cada uno representa un aspecto de estos “conflictos corporativos” que por momentos se acercan al “thriller financiero” (ese género tan popular en Francia) pero están bastante más orientados a lo macro que a lo micro.
El libro está lleno de notas al pie con data posta acerca de la economía japonesa, gráficos, cifras… que por supuesto hoy, más de 25 años después, deben estar bastante desactualizados. El propio Ishinomori hace bastante hincapié en lo mucho que cambió la economía japonesa entre los ´60 y mediados de los ´80, así que de 1986 hasta ahora, debe ser todo totalmente distinto. De hecho, los ejecutivos re-top no tienen computadoras ni celulares, así que imaginate. Pero hay muchas ideas interesantes, mucho para aprender de la furibunda “cultura corporativa” de Japón, de cómo funciona el capitalismo para adentro y para afuera de un país que abrazó esa teoría económica y jamás evaluó siquiera la posibilidad de que haya otras. Y muchos hallazgos en eso que a priori era lo más difícil: abordar temas complejos desde relatos dinámicos, amenos, con buena interacción entre los personajes y un ritmo que se parece poco al de una cátedra o un texto 100% teórico. Una rareza, no tanto en la carrera de Shotaro Ishinomori (que hizo mangas de toda clase y tenor), sino en el ámbito de la publicación de manga en Occidente. Si lo ves a buen precio, es una buena inversión, diría Kudo.
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miércoles, 19 de octubre de 2011
19/ 10: MUSASHI
Hora de conocer la vida de Takezo Shinmen, mucho más conocido como Musashi Miyamoto, el más diestro espadachín de la historia de Japón, autor de textos fundamentales como El Libro de los Cinco Anillos, protagonista de Vagabond (el famoso manga de Takehiko Inoue) e inspirador de Usagi Yojimbo, el conejo samurai de Stan Sakai. Muchos cineastas, literatos y mangakas han sido subyugados por la figura de este asombroso guerrero del Siglo XVII y de todos ellos sin dudas el más grosso debe ser Shotaro Ishinomori (1938-1998), apodado “el Rey del Manga”, el único historietista en cuyo honor se fundaron dos museos a falta de uno. Mínimamente conocido fuera de Japón, dentro de la islita la chapa de Ishinomori es infinita y rivaliza sólo con la de Osamu Tezuka, quien fue la guía y la inspiración de este mangaka fundamental de las décadas del ´60, ´70 y ´80.
La verdad, no sé con certeza en qué momento de su impresionante carrera Shotaro se abocó a la realización de estas casi 500 páginas. Seguramente no es de sus comienzos, porque en los ´50 hacía shojo, en los ´60 triunfó con la ciencia-ficción y entre los ´70 y ´80 produjo un montón de obras larguísimas, varias de ellas de temática histórica. En una de esas, este es uno de los últimos trabajos del maestro. Lo cierto es que acá, con sólo hojear el manga, te cae la ficha de que estás frente a un artista de una calidad superior. Se nota a ocho cuadras que no hay nada improvisado, que nada de lo que está en la página es “lo que se pudo”, sino más bien lo que se quiso. Cada viñeta transmite categoría, cancha, savoir-faire. La narrativa es tranquila, pausada, descomprimida como en el manga bien clásico. Las líneas cinéticas y las tramas de grises dejan sospechar la mano de una legión de asistentes, al igual que las texturas logradas mediante un festival del cross-hatching totalmente pasado de rosca. El dibujo está tan logrado, levanta tanto vuelo en cada secuencia tranqui de esas en las que Ishinomori se cuelga con paisajes, vistas panorámicas de los pueblos, castillos y bosques, que la belleza de las imágenes eclipsa a la violencia de la trama.
Como le pasaba a Tezuka, a Ishinomori le cuesta narrar en serio, sin chistes. Acá no hay chistes ni pantomimas graciosas, pero sí escenas en las que algunos personajes (secundarios o tercerones) se mueven y gesticulan de modo ampuloso, grotesco, caricaturizado. Las similitudes con Tezuka son innumerables, porque visualmente el estilo de Ishinomori estuvo siempre muy pegado al del Manga no Kamisama. Lo que se ve en Musashi es una cruza perfecta entre Tezuka y el Go Nagai menos brutal. De hecho, Nagai empezó como asistente de Shotaro y también quedó pegadísimo al estilo del maestro.
La trama –decíamos- avanza lento, porque Ishinomori se cuelga con esas escenas alucinantes que transmiten paz y serenidad. Pero cada tanto llegan los duelos de Musashi contra otros maestros de la lucha marcial y las viñetas estallan en un despliegue de enorme dinamismo. Ahí las doble-splash-pages tienen menos sentido que cuando nos muestran un bosque nevado o una cadena montañosa, pero logran un impacto altísimo, una sensación de frenesí, de combate a todo o nada. Esas son las secuencias que te quedan rebotando en el bocho cuando terminás el manga. En el medio, Musashi viaja, chamuya, aprende, enseña y tiene una relación medio extraña (“es complicado”, pondría si tuviera Facebook) con Tsü, una chica de su pueblo que se enamora de él en su adolescencia. El resto de los personajes no se acerca siquiera a disputarle algo de protagonismo al invencible ronin, pero acompañan dignamente.
Por supuesto, si no te interesa la temática de los samurais te vas a aburrir a lo pavote cada vez que arrancan las menciones a los daimios, los karos, las escuelas de combate y los koku. Este es un comic histórico basado en hechos reales, y por ende todo eso está meticulosamente investigado. Pero si te gustan los samurais, seguro escuchaste hablar de Musashi Miyamoto y seguro nunca leiste una biografía tan atrapante y tan bien dibujada como la que propone acá Shotaro Ishinomori, el Rey del Manga, un sensei de los senseis injustamente ninguneado por la mayoría de las editoriales de Occidente. Aguante Planeta-DeAgostini, que se le animó.
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