el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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miércoles, 21 de octubre de 2020

SOUTHERN BASTARDS Vol.3

Imposible aguantar demasiado sin entrarle al Vol.3 después de lo manija que me dejó el Vol.2 de esta gran serie de Jason Aaron y Jason Latour. Ya quedó atrás aquella primera mirada, en la que Southern Bastards aparecía muy pegada a Men of Wrath. A esta altura de la serie, con 14 episodios ya en el buche, no tengo dudas de que la principal referencia tiene que ser sí o sí Scalped. Para regocijo de cualquiera que haya disfrutado (o sufrido) con aquella insuperable serie de Vertigo, les cuento y hasta les afirmo con total convicción que en Southern Bastards lo tenemos a Aaron aplicando la MISMA FÓRMULA que lo consagró en Scalped. El pueblito alejado y endogámico donde las reglas sociales son otras, la mala leche y la sordidez asfixiantes, e incluso trucos narrativos, como el de frenar la acción en la víspera de un evento importante, parar la bocha y (como un 5 con talento) empezar a mandar pases a los costados, para habilitarle el protagonismo a personajes que todavía no habían encontrado espacio para desarrollarse. Esto es básicamente lo que sucede en este tercer tomo. Se viene un partido importantísimo para los Running Rebs, y Aaron y Latour se lo guardan hasta el quinto episodio. Los cuatro primeros pasan todos al mismo tiempo, en los días previos al partido contra los Warriors de Wetumpka, y cada uno está centrado en un personaje distinto. Se exploran apenitas lo sucedido en el impactante final del Vol.2, y la bocha se mueve hacia los laterales: el sheriff Hardy, el sacado secuaz Esaw (lejos, el personaje más detestable de la serie), el (hasta ahora) misterioso cazador del arco y la flecha, y un pibe hospitalizado que parece tener algún tipo de don sobrenatural extraño. El quinto episodio, el del partido, se enfoca necesariamente en Euless Boss, el director técnico de los Rebs, quien en el tomo anterior despuntó como el protagonista excluyente de la serie, y sí, probablemente sea el punto más alto de esta tanda. Y en el sexto episodio, finalmente sucede algo que Aaron venía postergando desde el final del primer arco: llega al pueblo de Craw County la hija de Earl, el hombre asesinado por Boss al principio de la serie. Supongo que la serie va a avanzar hacia el conflicto a todo o nada entre Roberta y Euless Boss, pero por ahora a la joven le cuesta hacer pie en este territorio hostil, donde hasta la más básica convivencia entre vecinos está atravesada por la violencia, el delito y el odio (en este caso odio racial, porque Roberta, al igual que su madre, es afroamericana). Una vez más, el dibujo de Jason Latour me sorprendió por su desparpajo, por la forma visceral en que se caga en la estética realista para irse bien, bien a la mierda, a un expresionismo que por momentos casi mete miedo. Hay pasajes tan grotescos, que me los imaginé dibujados por Steve Parkhouse en un comic en joda, tipo The Bojeffries Saga. El color (también obra de Latour) es magnífico de punta a punta y el dibujante que entra de suplente en el número en que Latour descansa (en realidad no, porque escribe el guión) es un inspiradísimo Chris Brunner. Hay muchísimos puntos altos en la faz gráfica, pero creo que lo que más me impactó es que Latour no sugiere nada, no te deja nada librado a la imaginación. Si hay torturas te las muestra, si hay muertes truculentas hace que te salpiquen sangre, y si hay garches no te los esconde en sombras ni te tapa los genitales de nadie. Esto es así, crudo, brutal, sin ningún tipo de concesiones. No es para todos los públicos, obviamente, pero el que se aguante este nivel de atrocidad se va a ver ampliamente recompensado por tramas, diálogos y dibujos muy por encima de la media que ofrece hoy el mainstream yanki. Leés un TPB de Southern Bastards y te convencés de que no hay forma de que Jason Aaron escriba un comic choto, no te entra en la cabeza que varios de sus títulos de superhéroes en Marvel sean puro humo, o directamente una bosta. Pero bueno, es así. Me acabo de fijar y Southern Bastards llegó hasta el nº20, nomás, y se cortó allá por 2018. O sea que el cuarto TPB (que también salió en 2018) debería incluir el final de la serie… a menos que haya quedado inconclusa. No lo tengo, nunca lo vi, pero como siempre digo, acepto donaciones. Y hasta acá llegamos, por ahora. Atenti, que en cualquier momento nos reencontramos con nuevas reseñas, acá en el blog.

viernes, 9 de octubre de 2020

SOUTHERN BASTARDS Vol.2

Hace más de tres años, el 26/07/17, le dediqué unas breves líneas al Vol.1 de Southern Bastards, la creación de Jason Aaron y Jason Latour. Además de resaltar unos cuantos puntos muy altos que encontré en ese primer arco argumental, yo me preguntaba qué volantazo le iba a pegar Aaron a la serie en el inicio de este segundo tomo, como para que el núcleo del argumento se pudiera estirar más allá de los ocho o diez episodios como máximo. Bueno, acá están las respuestas. Por un lado, la Gran Vagabond, algo que Aaron ya había hecho con maestría en Scalped: paro la bocha, no avanzo casi nada en la trama ambientada en el presente y te encajo cuatro episodios donde lo central es la historia del villano, desde sus inicios hasta su ascenso a ese lugar de poder, corrupción e impunidad donde lo vimos en el primer arco. Así, Euless Boss pasa en menos de 90 páginas de ser “el malo de Southern Bastards” a ser un personaje complejo, fascinante, lleno de matices, con una carnadura humana y una profundidad que lo ponen allá arriba, al nivel de aquel inolvidable Red Crow que nos partió la cabeza y el alma a los que leimos Scalped. Por el otro, el epílogo, las dos últimas páginas del tomo, abren la puerta para otro recurso clásico de este tipo de relatos: alguien de una nueva generación, a quien nadie tenía en el mapa, va a volver de muy lejos para vengar al caído, en este caso a Earl Tubb. Y seguramente va a alterar para siempre el delicado equilibrio de poder que sostiene a Boss en lo más alto de la impresentable sociedad de Craw County, Alabama. Así que ya están jugadas las cartas para que esta serie tenga por delante unos cuantos arcos más, uno más impactante que el otro, y son cartas tremendas. Anchos de espada, como mínimo. Este trip al pasado que encara Aaron en el Vol.2 es una gema de la brutalidad y la mala leche. Hay pasión a full, pero hay un desprecio por la gente, por los vínculos y el respeto, que te hielan la sangre. Y hay, además del despiadado Boss, un segundo personaje que crece en importancia a lo largo del tomo (el maestro Big), en cuyo desarrollo Aaron despliega toda su jerarquía como creador. Llega un punto en todo es tan extremo que el verosímil se empieza a abollar, como aquel DNI que te daban a los 16 años que era un cuadernito con tapas verdes y que uno llevaba siempre en el bolsillo de los jeans. Pero, como sucediera en la reservación aborigen de Scalped, Aaron nos va tirando sutilmente la data que nos convence de que Craw County no es un lugar común, sino un caso bastante excepcional, donde las cosas funcionan con otras reglas, y donde lo que a nosotros nos resulta extremo y demasiado atroz para aceptarlo como real, es parte de una “normalidad” escabrosa, pero “normal” al fin. También en este tomo es mucho más relevante que en el anterior el hecho de que Boss es el director técnico del equipo de football americano del condado, los Running Rebs. Con lo cual los diálogos nos bombardean con muchísimos tecnicismos que tienen que ver con ese espantoso e incomprensible deporte, que lleva décadas manchando el nombre de otro deporte infinitamente superior. Los personajes discuten tácticas, jugadas, variantes posicionales, formas de lanzar la pelota, de derribar a los adversarios… a un nivel de precisión y detalle que a los que no cazamos una de football americano nos dejan bastante de garpe. Pero igual se entiende todo, no es que la trama te desconcierta si no entendés de qué jugadas discuten Boss y Big. Por momentos parece una canchereada de Aaron, como si nos quisiera refregar por la cara lo mucho que conoce de la parte táctica de este deporte. Digo esto sin saber un carajo, no? Por ahí ves 15 minutos del equivalente a TyC Sports del football americano y te alcanza para manejar todos estos términos como si fueran “doble 5”, “falso 9”, “salir jugando”, “hacer la banda” o “tirar la diagonal”. Y no me quiero ir sin hablar maravillas del dibujo y el color de Jason Latour. Increíble, en ambos rubros. El dibujo es rarísimo: por momentos parece un boceto de Goran Parlov entintado a los pedos por Danijel Zezelj, pero de a ratos aparecen rasgos más de comic francés, tipo Patrice Killofer. Las escenas dentro de los partidos de football americano tienen otra estética, otra paleta de colores, como si fueran afiches ilustrados. En general, cada ambientación tiene su propio clima, su propio tratamiento de los fondos y del color. Latour tiene una forma de dibujar la violencia que por un lado te asfixia, te desgarra el alma, y por el otro te cautiva, te hace querer más violencia. Excelente labor de este artista único y personal, todavía no valorado en toda su dimensión. Me compré el mismo día los Vol.2 y 3, así que en cualquier momento le entro al TPB que le sigue a este. Atenti que ni bien termine un libro que estoy leyendo, reaparezco con nuevas reseñas, acá en el blog.