El Libro es una historia extraña, más parecida a un cuento de Borges que a las típicas historietas de Carlos Sampayo y José Muñoz. La trama gira en torno a un libro, o en realidad a un ejemplar de un libro. Un ejemplar de Novela de Ajedrez, de Stefan Zweig (edición alemana) al que nuestros queridos amigos los Villanos Nazis (hacía bastante que no aparecían, no?) le cosieron una página extra con contenidos secretos, que le dan un ribete de espionaje a una novela gráfica que, de otra manera, se quedaría en un discurrir más bien costumbrista, o de drama urbano tipo Yoshihiro Tatsumi.
El protagonista, un argentino ya anciano llamado Huergo, repasa el periplo del libro desde 1942 hasta 2002. El tramo más interesante es, lejos, el primero, el que nos cuenta cómo el libro llega a Argentina en 1942. Pero nos lo cuenta de modo raro, como suele hacer Sampayo, como disfrazando ese evento crucial entre una miríada de elementos sumamente interesantes, a los que les presta más atención. Los negocios de Otto Schmelling, su relación con los nazis y con los peones argentinos a los que contrata dan muchísimo jugo y arman –literalmente- el bosque en el que Sampayo esconde el árbol, o en realidad la llegada del libro.
Una vez terminado ese flashback cobra verdadero protagonismo Huergo, fanático (como Borges) de los libros y del ajedrez, al que vemos perder su bibiloteca a manos de su inescrupuloso socio y –ya sin sus libros ni su ajedrez- precipitarse en caída libre hasta que la nueva oportunidad le llega en los brazos de una mujer.
La historia hace bastante hincapié en la vida cotidiana de Huergo sobre todo durante la década del ´50 y ´60 y ahí los autores se lucen con una reconstrucción impecable del típico barrio porteño de clase media. Le siguen más flashbacks, un breve paso por 1977 (en el que se remata brevemente una de las puntas abiertas, la de Annemarie, la joven fanática del ajedrez) y un salto final al presente, a 2002, en el que la crisis pega con todo y Huergo presencia cómo su ex-socio, el avechucho insolidario y ventajero, debe recurrir a pedirle ayuda a sus viejas víctimas.
Y parece que no, pero sí: el libro de Zweig le cambia la vida a varias personas a lo largo de la obra, o sea que le discute algo de protagonismo a Huergo y a su ex-socio, que son los personajes que más aparecen y a los que Sampayo más desarrolla. Como suele suceder en los comics de la dupla, los sacudones políticos de nuestro país aparecen magistralmente reflejados, como para que el contexto enriquezca (o al menos enrarezca) la historia más chiquita, más íntima, que sucede puertas adentro.
El dibujo de Muñoz, como de costumbre, desafía la comprensión humana. No se puede concebir que el tipo vuele y experimente tanto y aún así logre mantener un hilo narrativo perfecto y sin fisuras. Con su expresionismo pasado de rosca y ese pincel mágico que hace bailar a personajes, fondos, globos y letras una danza inimaginable por cualquier otro autor, Muñoz recrea lugares, épocas, climas, estados de ánimo muy distintos entre sí y acierta siempre. La escena en la que Huergo alucina con la caída de un piano sobre su némesis es tan maravillosa como desconcertante. ¿Qué es eso? ¿Qué hace ahí? ¿Y cómo puede estar tan bien dibujada, encima en un estilo que parece una caricatura del que usa Muñoz en el resto de la obra? La viñeta en la que vemos el rancho de Don Cosme en la noche de su muerte es para recortarla, enmarcarla y colgarla en un museo. Y así un montón. Realmente no se puede creer lo que hace el genio del claroscuro en las páginas de El Libro.
Bueno, acá están de nuevo los grossos, sin retomar a Sinner ni a sus personajes secundarios, sin adaptar obras literarias, ni contarnos la biografía de ningún músico. El Libro es una historia 100% original, apasionada y apasionante, contada como sólo ellos saben hacerlo. Vale la pena de verdad y –por supuesto- hay que hinchar las bolas para que esto se edite en el país donde nacieron los autores y donde transcurre la historia de Huergo, el ajedrez y el libro.