Y hoy de nuevo tenemos un mundo alternativo, una versión de nuestro viejo y no muy querido mundo real, pero con algunas variaciones: la Iglesia Católica jamás perdió su hegemonía, el Sacro Imperio Romano todavía existe y Europa llega a la década del ´30 en un clima de tensión política, esta vez no generado por la Alemania nazi, sino por distintos conflictos menores y más sutiles que amenazan la estabilidad del Sacro Imperio y de Francia, que es donde transcurre la obra, y que acá es una monarquía parlamentaria, pero monarquía al fin. Ah, también hay hechiceros y sectas mágicas.
En ese contexto nos reencontramos con el médico forense Julien Sauniére, quien sigue adelante con su investigación para encontrar a los asesinos de su amigo, el cura Marin, y que sin darse demasiada cuenta, lo lleva a enredarse en el ancestral misterio del Santo Grial. Imaginate que el tipo, que viene de la medicina forense, no entiende nada de Templarios, órdenes secretas y sectas que hablan en latín, o sea que está perdidísimo. Ni siquiera es ambicioso, o sea que el supuesto valor económico del supuesto Santo Grial tampoco le quita el sueño. Pero va, va con todo, decidido a hacer lo que haga falta para exponer a los asesinos de su amigo. Claro que las pistas lo llevan hacia sospechosos cada vez más poderosos, y ya se sabe que investigar a los poderosos suele traer consecuencias jodidas, cuando no letales.
De eso se trata, por lo menos hasta ahora, Rex Mundi. Una serie creada por el guionista Arvid Nelson que guarda no pocas similitudes con El Código DaVinci (que se publicó después de los primeros números de Rex Mundi) y con otra novela mil veces mejor, El Péndulo de Foucault, de Umberto Eco, la cual Nelson no leyó nunca. Con paciencia y con un acertado timing, Nelson desovilla de a poco la intrincada madeja y logra no aburrir a pesar de que cada tanto hay que parar la acción para que alguien le explique al Dr. Sauniére quiénes son, de dónde vienen y de qué juegan las distintas facciones que lo quieren boletear o que lo ayudan en su búsqueda.
Sauniére, fuera de su valentía, es un personaje un poquito chato, por eso está bueno que los secundarios cobren un poco más de vuelo. Hasta ahora eso pasa, pero no tanto, y ese es el único déficit de un guión muy, pero muy ganchero y muy atento, muy preciso a la hora de meterse en detalles complicados. En este tomo, lo que realmente levanta mucho vuelo es el aspecto político de la trama. Las runflas del principal candidato a “malo de la película”, el Duque de Lorraine, ganan protagonismo y le sirven a Nelson para tensionar la situación, para poner no sólo a Sauniére, sino al resto de los personajes en un contexto cada vez más extremo, en el que puede pasar cualquier cosa, incluso si nadie descubre el Santo Grial.
Por el lado del dibujo, tenemos a Eric J, un dibujante más que digno, pero que evolucionó poco del tomo anterior a este. Uno imaginaba que se iba a soltar un poquito más y no, sigue ahí, firme. Con un dibujo limpio, lindo, muy funcional a la historia, pero con personajes cuyos rostros se parecen bastante entre sí y en los cuales las expresiones faciales escasean bastante. Uno se imagina esto dibujado por algún autor cuyos personajes “actúen mejor” (un Stuart Immonen, un Kevin Maguire) y en un punto lamenta que Eric J no le ponga tanta pila a ese aspecto, aunque en los demás cumple sobradamente con lo que se le pide. Y tiene además, un gran aliado en el colorista Jeromy Cox, que lo levanta muchísimo y hace un enorme aporte al look realista y ominoso de la saga.
En resumidas cuentas, si -como yo- sos fan de esas historias de conspiraciones milenarias, con los Templarios, el Priorato de Sion y todas esas runflas alucinantes para esconder, encontrar, resignificar o vender en e-bay el Santo Grial, o algún otro secreto ancestral de la Iglesia, Rex Mundi te va a apasionar y la vas a querer seguir hasta el final (son seis libros, nomás, tampoco es tanto). ¿Va lento? Sí, va lento, pero se disfruta muchísimo.