Rara vez me siento a escribir un viernes a esta hora, pero este sábado viajo muy temprano a Villa Constitución para asistir a un evento y eso me obliga a levantarme a la hora a la que normalmente me acuesto. Así que, para irme a dormir a un horario razonable, me pierdo la joda de esta noche y me quedo en casa, reseñando los últimos libritos que leí…
Arranco con el Vol.2 de Ten Grand, segunda y última parte de la saga imaginada por J.M. Straczynski que empezamos a comentar allá por el 22/01/15. La verdad que esta segunda mitad me convenció bastante menos que la primera. El nivel de los diálogos sigue muy alto, pero hay demasiado diálogo. Se explican demasiadas cosas a través de los diálogos. La acción, en cambio, es poca. Hay una machaca grossa casi al final, pero lo que pasa antes y lo que pasa después le restan relevancia en la trama global. Ese equilibrio muy bien logrado en la primera parte entre el hard boiled terrenal y la runfla metafísica entre Cielo e Infierno se pierde por completo en este tramo. Straczynski se concentra en el conflicto entre ángeles y demonios y el resto pasa muy a segundo plano.
¿Qué queda de todo lo bueno que vimos en el Vol.1? Como dije antes, la calidad de los diálogos, sumada al excelente trabajo de caracterización del protagonista y a un logro no menor, que es darle un cierre coherente y satisfactorio en 12 episodios a una saga que (uno intuye) el guionista había pensado para que durara mucho más. Y el final llega de modo armónico, no es una acelerada brutal para clavar el freno un milímetro antes del precipicio, ni una estirada grotesca de una idea muy chiquita.
El dibujo recupera a Ben Templesmith, quien desapareció de la faz de la Tierra en la mitad del Vol.1 y debió ser reemplazado, ahora a cargo de breves secuencias de flashbacks, invariablemente impactantes desde lo visual, pero con menos gancho a nivel argumental. Y C.P. Smith, el que en el Vol.1 entró de suplente, acá se siente MUY titular y nos brinda las que sin duda son las mejores páginas de su carrera. Me cuesta describir lo que hace Smith con el dibujo y el color en Ten Grand, pero me atrevo a decir que es la mejor representación del Cielo y el Infierno que recuerdo haber visto en un comic. Y no mucho más. Una pena que el Vol.2 no haya alcanzado el alto grado de expectativa generado por el Vol.1, porque incluso con este bajón, no me parece que Ten Grand sea una mala historieta, para nada.
Me vengo a Argentina, a 2016, cuando sale ZOK!, una antología que reúne tres historietas autoconclusivas de 24 páginas, cada una a cargo de un autor distinto.
La primera, El Juez, nos muestra a Nahuel Amaya (el de El Hombre Cucaracha) ahora volcado a un estilo mucho más realista, con ciertas reminiscencias a la estética de Salvador Sanz. La trama me pareció lineal, sencilla, muy basada en la violencia, pero me entretuvo bastante. Lo mejor: la aplicación de los grises y el trabajo en los fondos.
La segunda, Héroes del Estiércol, es una especie de comedia costumbrista protagonizada por los recolectores de residuos de un futuro post-apocalíptico. Hay acción, machaca fuera de control, diálogos ingeniosos y chistes… pero Hurón opta por un estilo raro, a años luz del que vimos hace poco cuando leímos la biografía de José Ortega y Gasset. Un estilo de alto impacto visual (también con una aplicación formidable de las tramas de gris), pero muy confuso a nivel narrativo. Hay páginas enteras en las que no entendí un carajo de lo que estaba pasando… y era una de peleas con monstruos gigantes, no un comic metafísico ni experimental…
La tercera, Runner, es la que tiene el argumento más flojo, más obvio. Emmanuel Ortiz se queda con las peleas entre chabones musculosos y la destrucción, no se calienta mucho en proponer algo más. El dibujo tiene tropiezos menores en la anatomía y sobre todo en las expresiones faciales, pero es muy sólido en la puesta en página, en la narrativa y –acá también- en la aplicación de los grisados y de las manchas negras.
El librito es espectacular en calidad de papel, impresión, portadillas a color y demás. Le falta un poquito más de profundidad a las historias, algo que probablemente los autores consigan trabajando en equipo con guionistas, o con editores que los obliguen a ponerle tanto huevo a los guiones como el que le ponen a los dibujos.
Vuelvo la semana que viene, con nuevas reseñas. ¡Feliz segundo semestre para todos y todas!
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viernes, 30 de junio de 2017
viernes, 14 de abril de 2017
FERIADISIMO
Gran tarde al mega-pedo, ideal para ponerse al día con varios temas pendientes, y uno de esos pendientes son las reseñas de un par de libros que tengo leídos y que todavía no comentamos por acá.
Parece mentira que después de tantos años, sigan apareciendo historietas que me conmueven profundamente, que me estremecen, que me tienen un rato largo con la piel de hincha de River, vibrando como un dildo, todo el tiempo al filo del lagrimón. Me acaba de pasar con Sky Hawk, mi nueva obra favorita en la gloriosa carrera del ireemplazable Jiro Taniguchi. Sky Hawk te aniquila ya desde la premisa: dos samurais caídos en desgracia, varados en las planicies del Noroeste de los EEUU, se integrarán a una tribu sioux y les enseñarán técnicas de combate típicas del Japón feudal que los ayudarán en su lucha contra el ejército de los EEUU, que avanza por las malas para quitarles las tierras a los pueblos originarios y traer “el progreso” de la mano del ferrocarril.
Hasta ahí, todo alucinante. Imaginate lo que hubiese hecho Robin Wood con esta idea allá por 1980. Una genialidad, no? Pero el sensei Taniguchi no se queda atrás. Sintetiza muy brevemente el pasado de Hikozaburo y Manzo le dedica estas casi 300 páginas a la trama central: el team-up de amarillos y rojos contra unos blancos sumamente garcas, liderados por el General Custer (una especie de Julio Argentino Roca yanki, que en vez de terminar como presidente de la nación terminó acribillado por las flechas de los indios). La historia de los aborígenes unidos para defender las Colinas Negras la leímos 100 veces, hasta en un álbum de Lucky Luke. Y ahí es donde entra la magia de Taniguchi: le suma a este relato la participación de los dos samurais, la interacción entre estos y los pieles rojas, la sorpresa de los milicos yankis al ver que de pronto los indios cambian la forma de combatir…
Obviamente al final van a ganar los malos, pero mientras tanto, tenemos una epopeya atrapante, emotiva, una cátedra en la que el maestro Taniguchi nos enseña que el coraje y el honor no saben de razas ni de fronteras. El choque entre las culturas da pie a diálogos memorables, la trama romántica no está para nada enfatizada, los hechos históricos están perfectamente respetados... Estamos frente a un guión mucho menos introspectivo que el de las obras más típicas de Taniguchi, al que –sin embargo- no le falta complejidad ni profundidad, y que por lo menos a mí, me dejó hiper-manija.
El dibujo es inevitablemente excelente. Como ya sucediera en el Vol.1 de Seton (ver reseña del 22/07/12), el combo Siglo XIX + locaciones agrestes del Oeste de los EEUU remite a Taniguchi casi de inmediato a los grandes clásicos del western franco-belga. Y así aparecen en el trazo del ídolo algunos paisajes, algunos enfoques y hasta algunas resoluciones gráficas que ya vimos mil veces, ya sea en el Teniente Blueberry de Jean Giraud, en el Comanche de Hermann, o en el Mac Coy de Antonio Hernández Palacios. Esto, combinado con el grafismo fluído, detallado, siempre dinámico de Taniguchi, hace de este trabajo de 2002 un deleite visual insuperable, en buena medida porque vemos al maestro exigirse a sí mismo, salir de su zona de confort y bancarse com un duque un desafío gigantesco. Que Manitú lo tenga en la gloria.
Y me vengo a Argentina, al 2016, para leer un comic muy raro: Ortega y Gasset, la biografía no autorizada del célebre pensador español de la primera mitad del Siglo XX, narrada por Alejandro Farías y dibujada por Hurón. Se trata de una sucesión de secuencias breves, de no más de 12 páginas, con las que Farías nos propone armar la vida de José Ortega y Gasset como si fuera un rompecabezas. Las secuencias están bien elegidas, con un criterio amplio, como para abarcar sus inicios, sus éxitos, sus fracasos, sus polémicas con otros intelectuales de la época (entre ellos el mismísimo Albert Einstein), sus conatos de romance, su delicada posición frente al régimen totalitario de Francisco Franco, e incluso las vinculaciones entre su pensamiento y el de otros filósofos contemporáneos suyos, como Martin Heidegger. Con todo esto se ensambla un mosaico muy completo que, lejos de aspirar a una versión hagiográfica de la figura de Ortega, parece esforzarse por mostrarlo como un ser humano normal, con los defectos, virtudes e inseguridades de cualquiera de nosotros.
No es una historieta divertida, porque se centra en la vida de un filósofo cuyas principales actividades son pensar, escribir y dialogar. Acá no hay acción, ni piñas, ni persecuciones, ni un mísero garche, siquiera. Obviamente no se trata de un trabajo pensado para cautivar a los fans de la aventura. ¿Cómo se hace para dibujar una historieta donde sólo hay pensamiento y diálogo? Hurón acomete esta ciclópea tarea y le va muy bien. Se luce en la reconstrucción de la época, en la forma en que retrata las distintas ciudades (Buenos Aires incluída, obvio) por las que viaja Ortega, y sobre todo en el tratamiento gráfico. Las distintas tonalidades de gris y esa textura como de rayas de lápiz negro le agregan al dibujo una cuota de belleza muy original, que le permite a Hurón plasmar con eficacia y sutileza una gran variedad de climas, y que por momentos lo acerca a los mejores trabajos de Miguelanxo Prado.
Repito: no es una historieta para divertirse, sino más bien para que, si te interesan la vida, el pensamiento o la época de José Ortega y Gasset, puedas descubrirlos e incluso profundizar en ellos de un modo distinto, más accesible, para nada árido ni excesivamente didáctico.
Volvemos pronto con nuevas reseñas.
Parece mentira que después de tantos años, sigan apareciendo historietas que me conmueven profundamente, que me estremecen, que me tienen un rato largo con la piel de hincha de River, vibrando como un dildo, todo el tiempo al filo del lagrimón. Me acaba de pasar con Sky Hawk, mi nueva obra favorita en la gloriosa carrera del ireemplazable Jiro Taniguchi. Sky Hawk te aniquila ya desde la premisa: dos samurais caídos en desgracia, varados en las planicies del Noroeste de los EEUU, se integrarán a una tribu sioux y les enseñarán técnicas de combate típicas del Japón feudal que los ayudarán en su lucha contra el ejército de los EEUU, que avanza por las malas para quitarles las tierras a los pueblos originarios y traer “el progreso” de la mano del ferrocarril.
Hasta ahí, todo alucinante. Imaginate lo que hubiese hecho Robin Wood con esta idea allá por 1980. Una genialidad, no? Pero el sensei Taniguchi no se queda atrás. Sintetiza muy brevemente el pasado de Hikozaburo y Manzo le dedica estas casi 300 páginas a la trama central: el team-up de amarillos y rojos contra unos blancos sumamente garcas, liderados por el General Custer (una especie de Julio Argentino Roca yanki, que en vez de terminar como presidente de la nación terminó acribillado por las flechas de los indios). La historia de los aborígenes unidos para defender las Colinas Negras la leímos 100 veces, hasta en un álbum de Lucky Luke. Y ahí es donde entra la magia de Taniguchi: le suma a este relato la participación de los dos samurais, la interacción entre estos y los pieles rojas, la sorpresa de los milicos yankis al ver que de pronto los indios cambian la forma de combatir…
Obviamente al final van a ganar los malos, pero mientras tanto, tenemos una epopeya atrapante, emotiva, una cátedra en la que el maestro Taniguchi nos enseña que el coraje y el honor no saben de razas ni de fronteras. El choque entre las culturas da pie a diálogos memorables, la trama romántica no está para nada enfatizada, los hechos históricos están perfectamente respetados... Estamos frente a un guión mucho menos introspectivo que el de las obras más típicas de Taniguchi, al que –sin embargo- no le falta complejidad ni profundidad, y que por lo menos a mí, me dejó hiper-manija.
El dibujo es inevitablemente excelente. Como ya sucediera en el Vol.1 de Seton (ver reseña del 22/07/12), el combo Siglo XIX + locaciones agrestes del Oeste de los EEUU remite a Taniguchi casi de inmediato a los grandes clásicos del western franco-belga. Y así aparecen en el trazo del ídolo algunos paisajes, algunos enfoques y hasta algunas resoluciones gráficas que ya vimos mil veces, ya sea en el Teniente Blueberry de Jean Giraud, en el Comanche de Hermann, o en el Mac Coy de Antonio Hernández Palacios. Esto, combinado con el grafismo fluído, detallado, siempre dinámico de Taniguchi, hace de este trabajo de 2002 un deleite visual insuperable, en buena medida porque vemos al maestro exigirse a sí mismo, salir de su zona de confort y bancarse com un duque un desafío gigantesco. Que Manitú lo tenga en la gloria.
Y me vengo a Argentina, al 2016, para leer un comic muy raro: Ortega y Gasset, la biografía no autorizada del célebre pensador español de la primera mitad del Siglo XX, narrada por Alejandro Farías y dibujada por Hurón. Se trata de una sucesión de secuencias breves, de no más de 12 páginas, con las que Farías nos propone armar la vida de José Ortega y Gasset como si fuera un rompecabezas. Las secuencias están bien elegidas, con un criterio amplio, como para abarcar sus inicios, sus éxitos, sus fracasos, sus polémicas con otros intelectuales de la época (entre ellos el mismísimo Albert Einstein), sus conatos de romance, su delicada posición frente al régimen totalitario de Francisco Franco, e incluso las vinculaciones entre su pensamiento y el de otros filósofos contemporáneos suyos, como Martin Heidegger. Con todo esto se ensambla un mosaico muy completo que, lejos de aspirar a una versión hagiográfica de la figura de Ortega, parece esforzarse por mostrarlo como un ser humano normal, con los defectos, virtudes e inseguridades de cualquiera de nosotros.
No es una historieta divertida, porque se centra en la vida de un filósofo cuyas principales actividades son pensar, escribir y dialogar. Acá no hay acción, ni piñas, ni persecuciones, ni un mísero garche, siquiera. Obviamente no se trata de un trabajo pensado para cautivar a los fans de la aventura. ¿Cómo se hace para dibujar una historieta donde sólo hay pensamiento y diálogo? Hurón acomete esta ciclópea tarea y le va muy bien. Se luce en la reconstrucción de la época, en la forma en que retrata las distintas ciudades (Buenos Aires incluída, obvio) por las que viaja Ortega, y sobre todo en el tratamiento gráfico. Las distintas tonalidades de gris y esa textura como de rayas de lápiz negro le agregan al dibujo una cuota de belleza muy original, que le permite a Hurón plasmar con eficacia y sutileza una gran variedad de climas, y que por momentos lo acerca a los mejores trabajos de Miguelanxo Prado.
Repito: no es una historieta para divertirse, sino más bien para que, si te interesan la vida, el pensamiento o la época de José Ortega y Gasset, puedas descubrirlos e incluso profundizar en ellos de un modo distinto, más accesible, para nada árido ni excesivamente didáctico.
Volvemos pronto con nuevas reseñas.
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jueves, 23 de mayo de 2013
23/ 05: TEATRO EN VIÑETAS
Vamos, que ya me falta poquito para terminar de reseñar todos los lanzamientos de autores argentinos del 2012. Este libro, un objeto realmente precioso, con una edición de altísima calidad, nos ofrece las adaptaciones a la historieta de dos obras clásicas de nuestro teatro: Venecia, de Jorge Accame, y Yepeto, de Roberto “Tito” Cossa. Parece una bizarreada, pero ¿no se adaptan todo el tiempo las películas? ¿Por qué no adaptar obras de teatro? Además, hay varias versiones en historieta de Romeo y Julieta, o Hamlet... ¿esas no eran obras de teatro?
Mi respuesta a por qué esto suena extraño es la siguiente: se supone que las puestas teatrales están sumamente condicionadas por cuestiones presupuestarias. Miles de cosas que se pueden hacer con el presupuesto de una película, en teatro NO se pueden hacer, porque sale carísimo. La puesta teatral promedio se concentra en pocos decorados, en espacios más bien reducidos, dentro de los cuales los personajes tienen poco margen para desplazarse. Todo lo que uno ve en escena tiene que ser fácil de desmontar y trasladar, porque se supone que una misma puesta se monta en teatros de varias ciudades, y así. La historieta, en ese sentido, es todo lo contrario. Acá el presupuesto es un lápiz y una hoja de papel (o una tablet, ponele). Si tenés eso, podés hacer lo que quieras, te podés ir al carajo y más allá en tus ambiciones narrativas y estéticas, sin que nadie te diga “No, eso sacalo, que no alcanza la guita”. O sea que traer a la historieta obras que fueron concebidas con la premisa de “mostrar lo que se pueda sin gastar un fangote de guita” es, en alguna medida, desaprovechar las posibilidades de este medio.
Esta elucubración mía no detuvo a Alejandro Farías, el guionista que se lanzó a adaptar estas dos piezas teatrales. La primera, Venecia, me sorprendió por partida doble, porque nunca había visto la puesta teatral. Realmente cuesta creer que esto no se haya pensado desde el vamos para ser una historieta. Okey, las 20 primeras páginas suceden en dos ambientes pequeños dentro de una misma casa (un prostíbulo de mala muerte de Santiago del Estero). Pero las otras 30... están repletas de escenas muy historietísticas, que por supuesto Farías, y especialmente Carlos Aón, el dibujante, aprovechan a pleno. No sé cómo se resolverá en la puesta teatral la dicotomía entre lo que la Gringa cree ver y lo que realmente está sucediendo. No sé qué verá el espectador. El lector del comic ve las dos cosas: realidad y ficción, en un contrapunto grotesco, hilarante y plasmado con muchísimo ingenio por los autores de la historieta. El argumento de la obra me pareció una gansada atómica, un chiste largo y sin mucha gracia (a menos que pongas a actores superdotados para la comedia). La historieta, en cambio, al poder mostrar desde el dibujo de Aón las dos visiones de la anécdota, se enriquece muchísimo y resulta muy divertida.
Yepeto me sorprendió un poco menos. Nunca la vi en teatro, pero sí vi la versión fílmica de Eduardo Calcagno de fines de los ´90, que me pareció buenísima. De hecho me acordaba algunos diálogos de memoria. Y la verdad es que los diálogos son tan, pero tan buenos, cada vez que habla el Profesor dice cosas tan, pero tan brillantes, que todo lo demás empalidece en la comparación. Farías tuvo el acierto de conservar en su versión los mejores diálogos de la obra. El tema es que, junto a semejante genialidad, no se luce ni su trabajo como adaptador, ni el de Hurón, el dibujante. Y mirá que Hurón se deja la vida en cada viñeta, eh? Hay unos fondos increíbles, unos grises hermosísimos, aplicados con inmejorable criterio, unos personajes recontra-expresivos, mucho movimiento de cámara para que no te aburras en las extensas escenas en las que sólo hay gente hablando, unas páginas laburadísimas, con muchas viñetas chiquitas, pefectamente compuestas y bien equilibradas... Realmente el trabajo de Hurón, el despliegue, el esfuerzo que hace por lucirse es más que encomiable. Y sin embargo, cuando cerrás el libro, lo que te queda son (de nuevo) los diálogos.
El resultado global es muy, muy satisfactorio. Incluso para mí, que siempre que puedo digo (a contramano de 2500 años de cultura occidental) que el teatro no me interesa, que no me parece viable como soporte para la ficción. Las ideas de Accame y Cossa, transplantadas por Alejandro Farías a este otro soporte, me convencieron mucho más por varios motivos, principalmente porque no sé si hay actores que tengan la onda y la expresividad que Hurón y Aón supieron darles a estos personajes. Este es un gran libro para regalarle a gente que habitualmente no lee historietas: acá van a descubrir una nueva y muy lograda vuelta de tuerca a textos que quizás conozcan, y a deleitarse con la labor de dos excelentes dibujantes a los que desde esta humilde butaca ovacionamos de pie.
Mi respuesta a por qué esto suena extraño es la siguiente: se supone que las puestas teatrales están sumamente condicionadas por cuestiones presupuestarias. Miles de cosas que se pueden hacer con el presupuesto de una película, en teatro NO se pueden hacer, porque sale carísimo. La puesta teatral promedio se concentra en pocos decorados, en espacios más bien reducidos, dentro de los cuales los personajes tienen poco margen para desplazarse. Todo lo que uno ve en escena tiene que ser fácil de desmontar y trasladar, porque se supone que una misma puesta se monta en teatros de varias ciudades, y así. La historieta, en ese sentido, es todo lo contrario. Acá el presupuesto es un lápiz y una hoja de papel (o una tablet, ponele). Si tenés eso, podés hacer lo que quieras, te podés ir al carajo y más allá en tus ambiciones narrativas y estéticas, sin que nadie te diga “No, eso sacalo, que no alcanza la guita”. O sea que traer a la historieta obras que fueron concebidas con la premisa de “mostrar lo que se pueda sin gastar un fangote de guita” es, en alguna medida, desaprovechar las posibilidades de este medio.
Esta elucubración mía no detuvo a Alejandro Farías, el guionista que se lanzó a adaptar estas dos piezas teatrales. La primera, Venecia, me sorprendió por partida doble, porque nunca había visto la puesta teatral. Realmente cuesta creer que esto no se haya pensado desde el vamos para ser una historieta. Okey, las 20 primeras páginas suceden en dos ambientes pequeños dentro de una misma casa (un prostíbulo de mala muerte de Santiago del Estero). Pero las otras 30... están repletas de escenas muy historietísticas, que por supuesto Farías, y especialmente Carlos Aón, el dibujante, aprovechan a pleno. No sé cómo se resolverá en la puesta teatral la dicotomía entre lo que la Gringa cree ver y lo que realmente está sucediendo. No sé qué verá el espectador. El lector del comic ve las dos cosas: realidad y ficción, en un contrapunto grotesco, hilarante y plasmado con muchísimo ingenio por los autores de la historieta. El argumento de la obra me pareció una gansada atómica, un chiste largo y sin mucha gracia (a menos que pongas a actores superdotados para la comedia). La historieta, en cambio, al poder mostrar desde el dibujo de Aón las dos visiones de la anécdota, se enriquece muchísimo y resulta muy divertida.
Yepeto me sorprendió un poco menos. Nunca la vi en teatro, pero sí vi la versión fílmica de Eduardo Calcagno de fines de los ´90, que me pareció buenísima. De hecho me acordaba algunos diálogos de memoria. Y la verdad es que los diálogos son tan, pero tan buenos, cada vez que habla el Profesor dice cosas tan, pero tan brillantes, que todo lo demás empalidece en la comparación. Farías tuvo el acierto de conservar en su versión los mejores diálogos de la obra. El tema es que, junto a semejante genialidad, no se luce ni su trabajo como adaptador, ni el de Hurón, el dibujante. Y mirá que Hurón se deja la vida en cada viñeta, eh? Hay unos fondos increíbles, unos grises hermosísimos, aplicados con inmejorable criterio, unos personajes recontra-expresivos, mucho movimiento de cámara para que no te aburras en las extensas escenas en las que sólo hay gente hablando, unas páginas laburadísimas, con muchas viñetas chiquitas, pefectamente compuestas y bien equilibradas... Realmente el trabajo de Hurón, el despliegue, el esfuerzo que hace por lucirse es más que encomiable. Y sin embargo, cuando cerrás el libro, lo que te queda son (de nuevo) los diálogos.
El resultado global es muy, muy satisfactorio. Incluso para mí, que siempre que puedo digo (a contramano de 2500 años de cultura occidental) que el teatro no me interesa, que no me parece viable como soporte para la ficción. Las ideas de Accame y Cossa, transplantadas por Alejandro Farías a este otro soporte, me convencieron mucho más por varios motivos, principalmente porque no sé si hay actores que tengan la onda y la expresividad que Hurón y Aón supieron darles a estos personajes. Este es un gran libro para regalarle a gente que habitualmente no lee historietas: acá van a descubrir una nueva y muy lograda vuelta de tuerca a textos que quizás conozcan, y a deleitarse con la labor de dos excelentes dibujantes a los que desde esta humilde butaca ovacionamos de pie.
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