Final para otra serie de la que vimos todos los tomos anteriores acá en el blog. Este es un tomo gordo, poderoso, con más de 180 páginas de historieta en las que Jeff Lemire buscará coronar con una vuelta olímpica una campaña que hasta acá era memorable, sobre todo para un equipo chico que –cuando arrancó Sweet Tooth, en 2009- no tenía experiencia en esto de la ongoing mensual, de la construcción de una historia a muy largo plazo, que probablemente haya arrimado a las 1000 páginas.
Y felizmente en este tomo final, todo lo que hasta acá estaba bueno, acá está mejor. El ritmo, la impronta aventurera, el costado de la ternura freak, el misterio de la plaga (a medio camino entre lo científico y lo sobrenatural), el contexto post-apocalíptico, la sensación de cosa primal, salvaje, pre o post civilización, y algo que ya vimos en el libro reseñado ayer, que son nenes y nenas sometidos a situaciones de carencias y de violencia impropias para su edad. Si el autor se hubiese conformado con lograr un buen equilibrio entre acción y caracterización, ya lo estaríamos aplaudiendo. Pero hete aquí que Lemire fue mucho más allá y logró redondear una serie extraordinaria, con todos los condimentos del buen comic de entretenimiento y una potente impronta autoral. Todo el tiempo se nota que Sweet Tooth es una obra de Lemire, que detrás de esas páginas hay un autor comprometido con la obra, que se está divirtiendo y que está realizando la historieta que siente, la que lleva adentro, la que brota de su sensibilidad y su inteligencia con fuerza, con convicción y sobre todo con talento.
El tomo anterior terminó con la muerte de un personaje importante y esta vez son varios más los que van a estirar la pata, con lo cual hay un cierto clima tristón, melancólico, de fin de curso. Compensado, por supuesto, por los aciertos de Lemire a la hora de resolver los misterios y los plots que arrastró durante toda la serie y porque, realmente, había un final muy digno, muy bien pensado y muy acorde para cada personaje con peso en la trama. Creo que el único personaje que medio “se disuelve” en algún momento del epílogo es Becky. Todos los demás salen de escena de manera muy convincente. Las 40 páginas del epílogo son una cátedra: acá Lemire pasa en limpio un montón de cosas, deja todo ordenado, prolijito, responde preguntas, amplía la data (como Sofovich en Los 8 Escalones) y en la segunda mitad propone un nuevo status quo, que no va a explorar, porque la serie se termina, pero que es interesantísimo y deja abierta una puerta para, eventualmente, volver a incursionar en el universo de Sweet Tooth.
Aquello de “todo lo que hasta acá estaba bueno, acá está mejor”, se aplica también al dibujo. Lemire está muy suelto, muy canchero, muy afianzado en su estética de cero refinación y máximo expresionismo. Prueba cosas locas con la puesta en página, sube la apuesta en las escenas de machaca y se va al carajo y más allá cuando le da un descansito a José Villarrubia y entrega esas páginas coloreadas por él mismo, con unas acuarelas fastuosas, de increíble belleza y enorme power. La verdad es que te olvidás muy rápido de que no estamos frente a un virtuoso del dibujo, y eso es mérito del Lemire narrador, de ese increíble contador de historias que te envuelve y hace lo que quiere con vos secuencia tras secuencia. En este tomo tenemos también un extenso flashback al pasado del principal villano, a cargo de Nate Powell, una especie de Sam Kieth del Nacional B, sin la locura ni el talento del creador de The Maxx.
Y se terminó Sweet Tooth, una historia imposible de olvidar, una historia que nos hizo sufrir y gozar, una historia de coraje, de amistad, una historia de los riesgos de ser distinto, del tránsito a la madurez, una historia de violencia, de crueldad, de esperanza, de redención. Una historia…
Mostrando entradas con la etiqueta Sweet Tooth. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Sweet Tooth. Mostrar todas las entradas
jueves, 24 de julio de 2014
lunes, 30 de diciembre de 2013
30/ 12: SWEET TOOTH Vol.5
No podía dejar que se terminara el año sin retomar esta serie, a la que tenía abandonada desde un ya lejano 25/08/12. Injusticia asboluta, porque (como todos los lectores de Sweet Tooth, creo) venía muy cebado con las intrigas y los cliffhangers malignos que nos había dejado Jeff Lemire en el tomo anterior.
Ya muy cerca del final (el próximo TPB es el último), Lemire dedica tres de los siete episodios de este tomo a contarnos una historia ambientada en el extremo norte de Norteamérica en 1911. Es una historia tensa, violenta, muy jodida... y además nos muestra cómo y por qué nace en ese momento un bebito con osamenta de ciervo, destinado además a transmitir una plaga que puede acabar con la humanidad toda. En ningún momento Lemire nos aclara que esto mismo sucedió casi 100 años después, cuando nació Gus. Pero la data está, los antecedentes ya existen. El canadiense le pone toda el alma a esta historia, como para que uno se enganche con personajes que no son los de siempre, y en vez de dibujarla él, se la sirve en bandeja a su amigo Matt Kindt. Y Kindt la dibuja así nomás, a los santos pedos, con un cuidado milimétrico en la narrativa y un “me chupa un huevo” absoluto en el dibujo y el color. La verdad que yo no esperaba una performance desbordante de elegancia y virtuosismo, como tampoco esperaba este dibujo tan básico, tan crudo, tan al filo del mamarracho.
Tan personal, tan visceral y tan al límite es lo de Kindt, que cuando das vuelta la página y arranca el arco dibujado por Lemire, parece que estuvieras leyendo un comic de... Phil Jimenez, o Mike Kaluta. Digo, en el contraste. No es que Lemire haya empezado de golpe a dibujar careta, respetando la anatomía clásica y demás. El canadiense se mantiene firme en su estilo despojado, a veces rústico, sumamente expresivo, en ese registro en el que rápidamente el dibujo pasa a un segundo plano para darle todo el protagonismo a la narrativa, que es perfecta. Lemire es un maestro a la hora de manipularnos mediante el armado de las secuencias. Logra ponernos nerviosos, hacernos sufrir, relajarnos, maravillarnos, esperanzarnos, shockearnos... Nos lleva y nos trae como a unos muñecos de trapo, fáciles de zangolotear.
El guión tiene su infaltable cuota de giros impredecibles, de momentos tremendos, de revelaciones impactantes y sobre todo de una constante sensación de peligro, que rara vez decae. Esta vez se desactiva el juego de la road movie: todo sucede en un radio de pocos kilómetros, siempre en torno al bunker al que accedieron los protagonistas en el tomo anterior. Y aún así, casi sin moverse de esa base, Lemire se las ingenia para –una vez más- sumar personajes interesantes y descartar a otros, que garpan más muertos que vivos. Lo único que no me cierra mucho es que en muy poco tiempo (van apenas 32 episodios) Gus pasó de nene a muchacho. Al principio, Lemire lo dibujaba como a un nene de 9 ó 10 años y ahora parece tener 13 ó 14. Me gustaba más cuando era más borreguito (diría un cura pedófilo).
Y así como Jeff Lemire no quiso estirar más de la cuenta esta obra maestra y decidió terminarla en el n° 40, yo elijo no estirar al pedo esta reseña. Lo más importante ya está dicho: Sweet Tooth avanza hacia su último tomo a un ritmo trepidante, sin desviarse nunca de ese rumbo inicial, marcado por la aventura al palo, la violencia, la mala leche y la forma siempre sorprendente de hilvanar las historias de un elenco de personajes complejo, variado y de enorme profundidad. Dentro de unos meses, llegará la hora de comprobar si el final está al nivel de las glorias acumuladas hasta el momento por esta gran serie.
Ya muy cerca del final (el próximo TPB es el último), Lemire dedica tres de los siete episodios de este tomo a contarnos una historia ambientada en el extremo norte de Norteamérica en 1911. Es una historia tensa, violenta, muy jodida... y además nos muestra cómo y por qué nace en ese momento un bebito con osamenta de ciervo, destinado además a transmitir una plaga que puede acabar con la humanidad toda. En ningún momento Lemire nos aclara que esto mismo sucedió casi 100 años después, cuando nació Gus. Pero la data está, los antecedentes ya existen. El canadiense le pone toda el alma a esta historia, como para que uno se enganche con personajes que no son los de siempre, y en vez de dibujarla él, se la sirve en bandeja a su amigo Matt Kindt. Y Kindt la dibuja así nomás, a los santos pedos, con un cuidado milimétrico en la narrativa y un “me chupa un huevo” absoluto en el dibujo y el color. La verdad que yo no esperaba una performance desbordante de elegancia y virtuosismo, como tampoco esperaba este dibujo tan básico, tan crudo, tan al filo del mamarracho.
Tan personal, tan visceral y tan al límite es lo de Kindt, que cuando das vuelta la página y arranca el arco dibujado por Lemire, parece que estuvieras leyendo un comic de... Phil Jimenez, o Mike Kaluta. Digo, en el contraste. No es que Lemire haya empezado de golpe a dibujar careta, respetando la anatomía clásica y demás. El canadiense se mantiene firme en su estilo despojado, a veces rústico, sumamente expresivo, en ese registro en el que rápidamente el dibujo pasa a un segundo plano para darle todo el protagonismo a la narrativa, que es perfecta. Lemire es un maestro a la hora de manipularnos mediante el armado de las secuencias. Logra ponernos nerviosos, hacernos sufrir, relajarnos, maravillarnos, esperanzarnos, shockearnos... Nos lleva y nos trae como a unos muñecos de trapo, fáciles de zangolotear.
El guión tiene su infaltable cuota de giros impredecibles, de momentos tremendos, de revelaciones impactantes y sobre todo de una constante sensación de peligro, que rara vez decae. Esta vez se desactiva el juego de la road movie: todo sucede en un radio de pocos kilómetros, siempre en torno al bunker al que accedieron los protagonistas en el tomo anterior. Y aún así, casi sin moverse de esa base, Lemire se las ingenia para –una vez más- sumar personajes interesantes y descartar a otros, que garpan más muertos que vivos. Lo único que no me cierra mucho es que en muy poco tiempo (van apenas 32 episodios) Gus pasó de nene a muchacho. Al principio, Lemire lo dibujaba como a un nene de 9 ó 10 años y ahora parece tener 13 ó 14. Me gustaba más cuando era más borreguito (diría un cura pedófilo).
Y así como Jeff Lemire no quiso estirar más de la cuenta esta obra maestra y decidió terminarla en el n° 40, yo elijo no estirar al pedo esta reseña. Lo más importante ya está dicho: Sweet Tooth avanza hacia su último tomo a un ritmo trepidante, sin desviarse nunca de ese rumbo inicial, marcado por la aventura al palo, la violencia, la mala leche y la forma siempre sorprendente de hilvanar las historias de un elenco de personajes complejo, variado y de enorme profundidad. Dentro de unos meses, llegará la hora de comprobar si el final está al nivel de las glorias acumuladas hasta el momento por esta gran serie.
Etiquetas:
Jeff Lemire,
Matt Kindt,
Sweet Tooth,
Vertigo
sábado, 25 de agosto de 2012
25/ 08: SWEET TOOTH Vol.4
Hoy, más breve que de costumbre porque tengo poco tiempo.
Esto es una maravilla. No sé cuánto de todo lo que pasa en estos ocho episodios será realmente decisivo en el contexto global de la serie, cuyo final no está tan lejos. Por ahí, en el balance global, resulta que tooodo esto le sirvió a Jeff Lemire apenas para introducir un concepto, para sumar al elenco a un personaje o sacarse de encima a otros. Ni idea. Lo cierto es que, como Sweet Tooth tiene estructura de road movie, lo atractivo es que cada vez que los personajes detienen su marcha vivan alguna peripecia grossa o descubran algo vinculado a eso que salieron a buscar a la ruta.
En ese sentido, este tomo es ejemplar. Si bien el foco principal sigue puesto en Gus, el protagonismo es más coral que nunca y Lemire lo reparte con maestría entre siete u ocho personajes todos perfectamente trabajados, todos con espacio para tener SU momento, una secuencia que los defina y , sobre todo, que los haga avanzar. Acá hay tantas de esas, que en el próximo tomo cuando –sospecho yo- Lemire nos cuente hasta dónde piensa achicar el elenco protagónico, no vamos a lamentar ninguna partida, porque todos los personajes nos mostraron prácticamente todo su potencial.
Y además de páginas y páginas de cabecitas que hablan, también hay mucha acción, bien dosificada y de una intensidad poco frecuente en los comics de Vertigo. Lemire no les da respiro a sus personajes, no nos deja olvidarnos ni por un minuto que Gus y sus amigos están en constante peligro. Los estallidos de la acción no siempre hacen avanzar la historia. A veces simplemente enrarecen aún más ese clima que ya de por sí es muy tenso porque casi todos los personajes sospechan que algún otro es un traidor que se los está por empomar a todos. Por supuesto, Lemire calza esos estallidos de acción en los momentos justos para generar intriga entre un episodio y otro, y así torturar despiadadamente a los pobres giles que leen Sweet Tooth de a 20 paginitas por mes.
Del dibujo del ídolo canadiense ya hablamos bastante en las reseñas previas y no hay mucho para agregar. Sí quiero destacar dos cosas: el episodio en el que Lemire se toma unas mini-vacaciones y reparte 14 páginas entre tres amigos suyos. Ahí vemos brillar al gran Matt Kindt (hoy guionista de Frankenstein), que sobresale entre los invitados con una secuencia exquisita centrada en el pasado de Wendy. Y lo otro, los episodios en el que el que se toma vacaciones es el colorista José Villarrubia, el poeta del photoshop, y el propio Lemire colorea un montón de páginas (las del delirio de Gus, al borde de la muerte) con un manejo impresionante de las acuarelas, a las que le saca un jugo expresivo de gran belleza plástica. Quiero una novela gráfica de Lemire toda coloreada por él en este estilo. Ya.
Lo único que se puede decir en contra de este tomo, no es necesariamente un problema de la historieta. Se lee muy rápido, es cierto, pero porque Lemire sabe contar con las imágenes. Y como estas son las que nos cuentan muchísimas cosas, los textos aparecen casi cuando no queda más remedio, en cantidades mucho menores a las del comic promedio de Vertigo. El autor nos propone leer cada dibujo, cada rostro, cada clima, cada silencio. Si hacemos eso, cada tomo de Sweet Tooth nos lleva horas y horas de lectura. Si nos quedamos con los diálogos, ahí sí, este masacote de más de 160 páginas se nos escurre entre las manos (o entre los ojos) a una velocidad asombrosa. Aunque sin dejar gusto a poco, en absoluto, porque –más allá de qué tan rápido nos bajemos los brolis- esto es grosso de verdad.
Esto es una maravilla. No sé cuánto de todo lo que pasa en estos ocho episodios será realmente decisivo en el contexto global de la serie, cuyo final no está tan lejos. Por ahí, en el balance global, resulta que tooodo esto le sirvió a Jeff Lemire apenas para introducir un concepto, para sumar al elenco a un personaje o sacarse de encima a otros. Ni idea. Lo cierto es que, como Sweet Tooth tiene estructura de road movie, lo atractivo es que cada vez que los personajes detienen su marcha vivan alguna peripecia grossa o descubran algo vinculado a eso que salieron a buscar a la ruta.
En ese sentido, este tomo es ejemplar. Si bien el foco principal sigue puesto en Gus, el protagonismo es más coral que nunca y Lemire lo reparte con maestría entre siete u ocho personajes todos perfectamente trabajados, todos con espacio para tener SU momento, una secuencia que los defina y , sobre todo, que los haga avanzar. Acá hay tantas de esas, que en el próximo tomo cuando –sospecho yo- Lemire nos cuente hasta dónde piensa achicar el elenco protagónico, no vamos a lamentar ninguna partida, porque todos los personajes nos mostraron prácticamente todo su potencial.
Y además de páginas y páginas de cabecitas que hablan, también hay mucha acción, bien dosificada y de una intensidad poco frecuente en los comics de Vertigo. Lemire no les da respiro a sus personajes, no nos deja olvidarnos ni por un minuto que Gus y sus amigos están en constante peligro. Los estallidos de la acción no siempre hacen avanzar la historia. A veces simplemente enrarecen aún más ese clima que ya de por sí es muy tenso porque casi todos los personajes sospechan que algún otro es un traidor que se los está por empomar a todos. Por supuesto, Lemire calza esos estallidos de acción en los momentos justos para generar intriga entre un episodio y otro, y así torturar despiadadamente a los pobres giles que leen Sweet Tooth de a 20 paginitas por mes.
Del dibujo del ídolo canadiense ya hablamos bastante en las reseñas previas y no hay mucho para agregar. Sí quiero destacar dos cosas: el episodio en el que Lemire se toma unas mini-vacaciones y reparte 14 páginas entre tres amigos suyos. Ahí vemos brillar al gran Matt Kindt (hoy guionista de Frankenstein), que sobresale entre los invitados con una secuencia exquisita centrada en el pasado de Wendy. Y lo otro, los episodios en el que el que se toma vacaciones es el colorista José Villarrubia, el poeta del photoshop, y el propio Lemire colorea un montón de páginas (las del delirio de Gus, al borde de la muerte) con un manejo impresionante de las acuarelas, a las que le saca un jugo expresivo de gran belleza plástica. Quiero una novela gráfica de Lemire toda coloreada por él en este estilo. Ya.
Lo único que se puede decir en contra de este tomo, no es necesariamente un problema de la historieta. Se lee muy rápido, es cierto, pero porque Lemire sabe contar con las imágenes. Y como estas son las que nos cuentan muchísimas cosas, los textos aparecen casi cuando no queda más remedio, en cantidades mucho menores a las del comic promedio de Vertigo. El autor nos propone leer cada dibujo, cada rostro, cada clima, cada silencio. Si hacemos eso, cada tomo de Sweet Tooth nos lleva horas y horas de lectura. Si nos quedamos con los diálogos, ahí sí, este masacote de más de 160 páginas se nos escurre entre las manos (o entre los ojos) a una velocidad asombrosa. Aunque sin dejar gusto a poco, en absoluto, porque –más allá de qué tan rápido nos bajemos los brolis- esto es grosso de verdad.
miércoles, 16 de noviembre de 2011
16/ 11: SWEET TOOTH Vol.3
Hora de reencontrarme con otra de esas series de Vertigo realmente tremendas, dolorososas, de difícil digestión. En estos tres tomos, Jeff Lemire ya se aseguró de que suframos más que un hincha de Gimnasia, duhaldista y con herpes en la poronga. No quiero contar de nuevo el planteo argumental de la serie, en todo caso clickeá en la etiqueta y repasá las reseñas de los tomos anteriores.
Lo importante es que en este tercer arco Lemire avanza muchísimo los plots pendientes. De a poco, habilita data sobre Gus y su familia, que escaseaba y mucho, y en cualquier momento vamos a saber cómo se relaciona esto con las causas de la pandemia que devastó al planeta. Toda esta investigación está llevada adelante por un personaje que cobra muchísimo protagonismo en este tomo: el científico hindú Singh, con rasgos parecidos a los de Anoop Singh, te acordás? Aquel hindú al que el FMI mandaba para asegurarse de que Argentina cumpliera con las medidas que nos llevaron a ser uno de los países con más pobreza y más desocupación del planeta. Ese deleznable sicario jugaba claramente para los malos. Este, no sabemos. Es un personaje que se mueve en un terreno de atractiva ambigüedad, al que seguramente Lemire le reserva un rol importante en la saga, y al que usa para bajarle data al lector, como en ese unitario que abre el tomo, un magistral (y atípico) homenaje a Marv Wolfman y George Pérez. También hay bastante desarrollo para Doug Abbot (hasta ahora, el más hijo de puta de los villanos) y su hermano Johnny, para el jodido Glebhelm y para algunos secundarios más. Pero el protagonismo sigue en manos de Gus, cada vez más maduro y decidido, y de Jepperd, al que Lemire termina de definir y –ya que está- le pega otro golpe de extrema crueldad.
Hay miles de ejemplos del talento y la solvencia de este joven autor canadiense, pero me quedo con uno: al final del quinto episodio de los seis que recopila este TPB, Doug Abbot le revela a Jepperd que su hijo, al que él creía muerto, está vivo. Es un híbrido y está en cautiverio. Ahí vos decís “llega a ser Gus y me corto la chota en fetas y le mando una por correo a Lemire”. A Lemire le quedan 22 páginas para impedir que su buzón se llene de sobres con fetas de chota de los lectores y además le tiene que dar un cierre al arco más ambicioso desde que arrancó la serie. ¿Cómo lo resuelve? Posta, no te lo puedo contar, pero es malignamente genial e impredecible.
Así como el Vol.2 era más pachorro, porque Gus estaba inmovilizado por los villanos, este es el más dinámico, el más jugado a la acción, y por supuesto el más violento. Lemire no se olvida de los climas intimistas ni de las secuencias tranqui, que tanto le dieron de morfar en sus obras anteriores. Están y la rompen. De hecho, el primer episodio es eso, ni más ni menos. Pero después se viene la machaca y la verdad es que pocos autores del palo indie norteamericano se bancarían dibujar la cantidad de tiros, piñas y cuchillazos que dibuja Lemire en este tomo.
El dibujo está un poquito... no sé si descuidado, pero por momentos, muy acelerado. A Lemire le sale bien, su estilo da para sacar páginas con fritas, para entrarle duro y parejo con la tinta, sin calentarse mucho en bocetar toda la página a lápiz. De todos modos, pela planificaciones tan arriesgadas, tan milimétricas, que es obvio que –aunque no las bocete- tiene las páginas recontra-meloneadas. Y cualquier rasgo de excesiva sencillez o incluso de precariedad que pueda tener el dibujo, desaparece cuando entra en juego el color, obra del maestro José Villarrubia. El español radicado en EEUU es en gran medida responsable de que el trazo zarpado, el expresionismo al límite que pela Lemire se vista de gala, gane en texturas, en climas, en profundidad, en impacto y en belleza. Son tantos los coloristas de Vertigo que merecen ir en cana, que lo de Villarrubia es triplemente loable y destacable.
Una vez más, un tomo de Sweet Tooth me deja mal, alterado, dolido, juntando fuerzas para no entrar a la web y leer en scans los episodios posteriores. Es una lucha, pero contra comics de este nivel, la pierdo con gusto.
viernes, 1 de abril de 2011
01/ 04: SWEET TOOTH Vol.2
Ah, qué lindo! Este comic sigue por la buena senda y encima con ventas decentes, como para no temer una repentina cancelación o un cierre abrupto o anticlimático.
Jeff Lemire sabe lo que hace. Así como en el tomo anterior nos sorprendió con muchísimas escenas de acción, esta vez el protagonista, el chico-ciervo llamado Gus, casi ni se mueve. El duro Sr. Jepperd, que amagaba para co-protagonista o incluso para villano, cobra definitivamente un rol tan central como el de Gus. El sí se mueve a lo largo de este arco, y no sólo de un lugar a otro. También para atrás en el tiempo, ya que lo vemos protagonizar un montón de flashbacks que nos explican con crudeza y elocuencia quién carajo es y por qué hace lo que hace. En pocas páginas, Jepperd pasa de ser un misterio insondable a ser un personaje perfectamente construído, del cual sabemos muchísimo y del cual queremos saber mucho, mucho más.
¿Qué hace Gus, que no se mueve? Habla, pero sobre todo escucha. En cautiverio, se encuentra con otros chicos como él e incluso con adultos y todos aportan algunos datos de los que nos faltaban para entender este mundo bizarro y post-apocalíptico que nos plantea Lemire. Acá van y vienen postas y conjeturas sobre la peste que aniquiló a casi toda la Humanidad, el colapso de la civilización, la aparición de los chicos con rasgos animales y de los campos de reclusión donde los tienen prisioneros. Falta explicar bastante, pero Lemire ya se aseguró de que nuestro compromiso con su historia sea incondicional y a largo plazo, con lo cual no hay apuro. Con lo que sabemos hasta ahora, vamos bien.
El único misterio que en vez de empezar a aclararse se oscurece todavía más es el del propio Gus. ¿Qué es? ¿De dónde salió? ¿Cómo es que nació antes de la pandemia? ¿Y cómo puede ser que no tenga ombligo? Lemire sigue acumulando preguntas acerca de nuestro protagonista, que es el encargado de aportar la dosis de ternura freak a un comic donde la sangre, la violencia, la crueldad y los crímenes de lesa humanidad están a la orden del día. Esta vez, con Gus y Jepperd separados, el contrapunto entre ellos se desactiva y eso deja a Sweet Tooth sin esa cuota -pequeña pero bien lograda- de humor, que resulta casi indispensable entre tantas escenas truculentas, desgarradoras y más tristes que el futuro de Miguel del Sel en la política.
Por el lado del dibujo, la evolución de Lemire es notable. A su estilo crudo, adusto, parco, tipo Angel Mosquito, ahora suma una nueva elegancia. Rara, pero elegancia al fin, un poquito emparentada con los comics más expresionistas de Dave McKean. Y el fuerte sigue siendo la narrativa. El último episodio, que nos cuenta la historia de Jepperd prisionero en el campo de concentración clandestino donde nace su hijo, es una cátedra, un catálogo de recursos de montaje de secuencias, de armado de la página, de ritmo, de climas… No efácil encontrar comics de hoy con la intensidad y la calidad de lo que está haciendo Lemire en Sweet Tooth.
Y como en la reseña del tomo anterior, hay que hablar maravillas de José Villarrubia (al que tuve la suerte de conocer hace poquito, en la convención de Lima), un monstruo de la ilustración que trata de trabajar de colorista y termina trabajando de poeta del photoshop. Lemire es un dibujante de claroscuros, sin medias tintas, y por ende no tan fácil de colorear. Pero Villarrubia le pone todos los chiches imaginables para que Sweet Tooth pase de atractivo a irresistible. El español entiende los climas, las sensaciones, las texturas, todo lo que el canadiense quiere meterle al dibujo y no puede porque labura en blanco y negro. De la amalgama entre ambos sale una verdadera fiesta para los ojos del lector.
De a poquito se corre la bola, y cada vez somos más los que vibramos con Sweet Tooth. El hecho de que cada mes alguien dibuje, alguien edite y muchos compren un comic de este nivel es un lujo, un excelente motivo para ser optimistas en cuanto al futuro del Noveno Arte. Por supuesto, ya tengo encargado el Vol.3.
Etiquetas:
Jeff Lemire,
Sweet Tooth,
Vertigo
sábado, 21 de agosto de 2010
21/ 08: SWEET TOOTH Vol.1
Hace unos meses, cuando me tocó comentar The Nobody, veía en Jeff Lemire a un autor en un gran momento, a 15 centímetros de crear esa obra maestra que lo pusiera para siempre en el panteón de los grossos de verdad. Bueno, la espera fue brevísima: acá está esa obra. Sweet Tooth es un trabajo absolutamente consagratorio y si hoy no está todo el mundo hablando de Lemire (no sé, ni me fijé qué dice la muchachada en los foros) es porque la editorial, los comerciantes o los lectores tienen un serio retraso mental. Esto es una aplanadora, de verdad.
La onda es explicar poco y mostrar mucho: la historia es el típico relato post-apocalíptico del EEUU devastado, pero los motivos no están claros. Pareciera ser que una plaga fuera de control mató a la inmensa mayoría de la población, y ahora unos pocos supervivientes se las rebuscan entre las ciudades repletas de muertos y pestilencias. Otra consecuencia de la plaga letal fue el nacimiento de unos pocos chicos, con rasgos de distintos animales, a los que se conoce como “los híbridos”. Como estos son inmunes a la/s enfermedad/es que causaron el holocausto, todo el mundo los quiere capturar, estudiarlos, o directamente robarles los órganos y la sangre. Nuestro protagonista, Gus, es un chico-ciervo que vivió muchos años en una cabaña en un bosque, sin contacto con ningún ser humano excepto su padre. Pero la peste se va a llevar al papá de Gus y, obviamente, este va a entrar en contacto con otros sobrevivientes. Uno de ellos, el duro e implacable Sr. Jepperd, será el co-protagonista, por lo menos en este primer arco de la serie.
Lemire explora lo menos posible las causas de la muerte de casi toda la población, y mucho menos las causas de la mutación que hace que exista un chico con astas y orejas de ciervo. Le interesa mucho más trabajar sobre Gus, su relación con su padre y el contraste entre el ingenuo niño del bosque y el recontra-heavy Sr. Jepperd, una especie de Rutger Hauer con mala onda, al que no le tiembla el pulso a la hora de golpear o boletear a nadie que se le ponga en su camino. Y acá es donde Sweeth Tooth saca chapa de clásico, en el desarrollo de estos dos personajes complejos, delineados con pocas palabras y muchas secuencias definitivas, de esas que no te olvidás nunca más.
La trama, además de varios misterios, nos ofrece una muy buena dosis de acción, mucha más (y más violenta) que en los trabajos previos de Lemire y la verdad es que resulta increíble lo sólido que se muestra en la acción y la machaca este pibe, que jugaba de local en las historias tranqui, parsimoniosas, casi pachorras, dominadas por los climas y las pausas. Acá hay pausas, climas y silencios de tremenda elocuencia, pero también hay unas piñas, unos escopetazos y unos garrotazos que te van a helar la sangre, mal.
El final del tomo es absolutamente maligno. Lemire te calza el continuariola justo en el momento en el que pasa algo que es lo que estás todo el tomo deseando que no pase. El que aguanta 15 minutos sin leer lo que sigue (en comic-books, en scans, como sea) tiene un témpano en el corazón digno de un amalgam entre Riquelme y toda la raza vulcana. El dibujo de Lemire está incluso mejor que en The Nobody, con alguna puesta en página arriesgada y todo, y el color corrió por cuenta de José Villarubia, el poeta del photoshop que engalanaba con sus colores las páginas de la mítica Promethea, o sea que este grosso del claroscuro no tiene nada que temer. Por el contrario, Villarubia aplica tonalidades y texturas con gran criterio y aporta muchísimo para que Sweet Tooth sea un comic que, sin resignar crudeza ni power visceral, resulte hermoso de mirar.
¿Por qué el padre de Gus afirmaba que su hijo tiene nueve años, si la plaga se desató hace siete? ¿Por qué nunca vemos a la mamá? ¿Cómo murió realmente toda esa gente? ¿Qué motivó la aparición de los híbridos? ¿De qué la juega realmente el Sr. Jepperd? Sólo Jeff Lemire tiene las respuestas y nos las va a revelar en los futuros tomos de esta serie que ya está entre las absolutamente imprescindibles (y las que muy probablemente no pasen jamás del número 20, como suele suceder cada vez que me cebo mal con una serie nueva).
Suscribirse a:
Entradas (Atom)