el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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martes, 15 de octubre de 2013

15/ 10: KAMPFGRUPPE ZBV

Y sí, hay más Segunda Guerra Mundial, esta vez en un manga donde... los nazis son los buenos! O en realidad, los protagonistas. Motofumi Kobayashi nos lleva al frente oriental, en 1944, para ver cómo los nazis pierden terreno día a día frente a la embestida de los rusos, que contraatacan con todo, tras haber estado a milímetros de caer bajo el yugo del Tercer Reich. Kobayashi nos muestra a los soviéticos como una horda kilombera, no muy racional, casi como barrabravas con tanques y fusiles. Por el lado de los alemanes, en cambio, hay más matices. Los jerarcas aparecen como tipos fríos, bastante hijos de puta, sin el menor reparo a la hora de mandar a morir a sus subalternos, y entre los más pichis casi todos son tipos de indiscutible patriotismo, valentía y solidaridad.
Las aventuras del Kampfgruppe ZBV (un batallón “de castigo” donde mandaban a los soldados insubordinados, desertores o especialmente ineptos) tendrán todo el tiempo el clima de “misiones suicidas” a cargo de un puñado de soldados que, si no vuelven nunca del combate, le hacen un favor a sus jefes. Y una vez que arrancan, ya se empiezan a parecer mucho a las misiones imposibles que le veíamos cumplir al Sargento Rock y otros milicos yankis en las historietas bélicas que publicaba DC en los ´60 y ´70, o a lo que el propio Motofumi nos mostró en El Caballero Negro, su otra serie de “alemanes contra rusos” (la vimos el 21/08 de este año): “buenos” capaces de proezas asombrosas y malos de espantosa puntería. No hay, lamentablemente, conflictos mucho más profundos que el de tratar de sobrevivir a estas misiones, y antes de la mitad del tomo ya sabés que por lo menos Ash, Kowalski y el Teniente Brookheight van a llegar vivos hasta el final.
Al igual que en El Caballero Negro, el relato está todo planteado en tiras (casi siempre cuatro por página) finitas, con viñetas chatitas, y de nuevo hay muchas secuencias en las que la narrativa se hace confusa. Los ataques de uno y otro bando no están bien explicitados, los cortes de escena (de las tomas panorámicas de la batalla a los primeros planos de alguno de los combatientes) no funcionan ni para aclarar qué carajo está pasando, ni para acentuar los conflictos. En la reseña de El Caballero Negro, yo decía “Es como leer un cuento sin signos de puntuación: si le prestás atención, lo vas a entender y quizás incluso lo disfrutes. Pero todo el tiempo se hace obvio que falta algo”. Y esta vez eso se aplica nuevamente, sin dudas.
Una vez más, como en todas las obras de Kobayashi, el dibujo es impresionante. No se puede creer el grado de detalle que mete este zarpado en cada viñetita. Y también llama mucho la atención lo poco que se parece a los otros mangakas. Casi no usa líneas cinéticas, en vez de tramas mecánicas usa para los grises un pincel endemoniado del que brotan majestuosas y variadísimas tonalidades, y por si fuera poco, está publicado en sentido de lectura occidental. Como en varios de los trabajos de Kobayashi que ya vimos en el blog, la estética nos remite mucho más a un Juan Giménez setentoso, un Solano López o un Hermann, que a cualquiera de los mangakas más o menos conocidos en Occidente. Lo cual no habla ni a favor ni en contra del autor. Lo que realmente lo enaltece no es parecerse más o menos a tal escuela gráfica, sino la fuerza y la calidad que le pone a cada trazo.
Y bueno, hasta acá llego. La próxima obra que lea de Motofumi Kobayashi no va a ser un rescate de sus trabajos de los ´80, seguro. Para que vuelva a caer bajo el influjo de este prodigio del pincel y la tinta, me van a tener que mostrar una obra reciente, jurarme que los guiones son brillantes y constatar que la narrativa no conserva ninguno de los problemas que la empantanan en Kampfgruppe ZBV y El Caballero Negro.

miércoles, 21 de agosto de 2013

21/ 08: EL CABALLERO NEGRO

En realidad el libro debería llamarse “LA Caballero Negro”, porque está protagonizado por una brigada de tanques, no por un tipo. Recién sobre el final, alguien apoda a Ernst Von Bauer “Caballero Negro”. Mientras tanto, es simplemente el heroico líder de un equipo, en el que el protagonismo es más grupal que individual.
Lo que hace interesante a esta serie ochentosa de Motofumi Kobayashi es que es el Haunted Tank o el Sgt. Rock, al revés. Acá los buenos son los nazis! Kobayashi nunca los llama “nazis” y la única vez que viene un salame a hacerse el poronga en nombre de “el partido”, se come una ñapi. Para nosotros, los valientes muchachos de la Caballero Negro son patriotas que no defienden a un imperio, ni a un genocida pasado de rosca, sino a la gloria de su Alemania querida frente a las huestes bárbaras de los soviéticos. Como cuando los yankis van a Vietnam a pelear por la democracia y la libertad, muerto más, bomba menos...
Las historias son MUY parecidas a las que creaba Robert Kanigher para los comics bélicos de DC: argumentos sencillos, cero indagación en la motivación de los soldados, poco desarrollo de personajes, un enemigo casi etéreo, que está, pero al que casi nunca le vemos la cara ni le escuchamos la voz (ni nos enteramos por qué carajo está ahí, peleando contra nuestros héroes), y por supuesto, una increíble cantidad de coincidencias que le permiten a “los buenos” salir ilesos de ordalías desmesuradas. La única vez que Kobayashi amaga con pegarle un volantazo a la serie, a las 10 páginas ya volvió al status quo inicial. Recién al final, se juega a terminarla allá arriba, con un último episodio muy grosso, muy emotivo, donde no le queda más remedio que hacerse cargo de que los alemanes terminan por perder la guerra.
¿Están buenas las historias? Más o menos. Muchas se parecen demasiado entre sí y pocas son trascendentales. ¿Los diálogos? Sí, de una. En ese rubro, Kobayashi le pasa el trapo a Kanigher, mal. ¿El dibujo? El dibujo es EXCELENTE. La pluma de Kobayashi estalla en un festival mágico de detallitos microscópicos, casi imposibles de lograr. Mete unas aguadas alucinantes, se rompe el culo con el realismo en los tanques, armas y uniformes de los distintos bandos, pela a full en las expresiones faciales, deja a vida en las escenas multitudinarias, en las que dibuja a miles de soldaditos diminutos, hasta el más mínimo detalle... la verdad que visualmente esto es impresionante, al nivel de las mejores historietas bélicas de Juan Giménez o Solano López.
Lo que es MUY raro es la narrativa. Kobayashi arma todas las páginas en cuatro o cinco tiras de viñetas muy finitas, alargadas y achatadas. Como ya dije, es asombrosa la cantidad de detalles que logra meter en cada una. El problema es que, al no modificar casi nunca esa grilla tan claustrofóbica, no tiene con qué acentuar los momentos más impactantes. O sea, el cuadrito en el que una manito abre la escotilla del tanque ocupa el mismo espacio que el cuadrito en el que vuela a la mierda el tanque más grosso de los rusos. No hay énfasis, no hay jerarquía. Es como leer un cuento sin signos de puntuación: si le prestás atención, lo vas a entender y quizás incluso lo disfrutes. Pero todo el tiempo se hace obvio que falta algo. Las pocas veces que Kobayashi se juega a meter viñetas más grandes, la rompe. Son imágenes zarpadas, que te detonan las retinas. La cagada es que son muy poquitas, hacían falta muchas más.
Si te copa la historieta bélica, ya sabés que Motofumi Kobayashi es un referente fundamental, que siempre se luce cuando hay armas, tanques y soldados de por medio, en la guerra que sea y sea cual sea el bando elegido para interpretar el rol de “los buenos”. En ese sentido, El Caballero Negro (Kurokishi Monogatari, en japonés) no defrauda ni a palos. Ahora si lo que buscás son historias más complejas, con personajes más elaborados y más giros argumentales sorprendentes, se me ocurren mil cosas para recomendarte que te van a cebar más que este manga. Yo, que estoy on fire con los dibujos del sensei, prometo volver a visitarlo antes de fin de año.

lunes, 29 de agosto de 2011

29/ 08: CAT SHIT ONE


Hora de reencontrarnos con el sensei Motofumi Kobayashi para repasar un manga muy, muy raro, publicado por Glénat en cuatro tomos. Los Vol.1-3 recopilan todas las historietas que Kobayashi realizó para la revista Combat Magazine, y el Vol.0 reúne precuelas y secuelas, realizadas por el autor para otras revistas, o para sitios de la web, una vez finalizada la serie.
Cat Shit One es un manga ambientado en la guerra de Vietnam, protagonizado por tres valientes soldados estadounidenses: el Sargento Perkins, el Cabo White (apodado “Rats”) y el oficial de comunicaciones Botaski, a los que suele sumarse Chico, un vietnamita de la tribu de las montañas, que coopera con las fuerzas armadas yankis. Juntos afrontarán misiones complicadísimas, casi siempre con éxito y sin sufrir nunca ninguna lesión grave, gracias a su coraje, su astucia y la pésima puntería de sus enemigos. El autor presenta a los protagonistas como héroes, tipos nobles, decididos, disciplinados, a los que jamás se les ocurriría confrontar las órdenes de sus superiores, ni siquiera cuando los mandan a incendiar poblados. Alguna vez desobedecen alguna orden, pero son soldados ejemplares, dispuestos a morir por la cruzada contra los comunistas de Vietnam del Norte.
A Kobayashi no se le escapa que la guerra de Vietnam fue inusualmente sucia y salpicó hectolitros de corrupción, mierda y crímenes de lesa humanidad. Sin embargo, se juega a un tratamiento de la guerra mucho más idílico que el que cualquier autor yanki haya podido intentar. De hecho, Cat Shit One se parece a como los yankis escribían los comics bélicos de la Segunda Guerra Mundial, mucho más ingenua, y con el rol de “los malos” interpretado de modo mucho más alevoso por los nazis. O sea que, en el planteo y el tratamiento, es el típico comic de guerra en el que los yankis son los buenos.
Dentro de ese esquema raro, pasado de conservador, Kobayashi logra los mejores resultados cuando desplaza el foco. Las precuelas y la secuela del Vol.0 se centran más en los personajes, los dota de más carnadura, de más onda, sobre todo cuando nos los muestra de vuelta en EEUU, varios años después de haber retomado la vida civil. Y también la rompe cuando se mete con otros personajes, como los traficantes de droga de la jungla, o los soldados japoneses.
El resto es bastante chato y predecible, y el autor salva las papas con un truco maravilloso: la Gran Maus. En Cat Shit One, los yankis aparecen dibujados como conejos, los vietnamitas como gatos, los japoneses como simios, los franceses como cerdos, los chinos como osos panda, los rusos como osos, los británicos como ratones, y así. Y encima Kobayashi hace que nos resulte creíble ver a un conejito levantar un rifle, desactivar una bomba, o pilotear un helicóptero. Ahí, el mangaka saca chapa de mago.
Y por supuesto, Kobayashi brilla en todos los aspectos del dibujo. Muchas veces se vuelca por una grilla de cinco tiras, con muchas viñetas chiquitas, y ahí mete de todo. Fondos elaboradísimos, armas, vehículos, personajes muy expresivos, paisajes alucinantes y secuencias de acción de alto impacto, todo con una narrativa mucho más europea que japonesa. El dibujo de Motofumi se parece más al de Hermann que al de los otros mangakas, al punto de casi no dibujar líneas cinéticas y aplicar los grises con aguadas en vez de tramas mecánicas. Ni hace falta decir que todo se ve increíblemente bien, desde la primera página hasta la última.
Cat Shit One no es un canto de amor a la guerra, pero por lo menos lo parece. Los guiones son lineales, sin mayores sobresaltos, y en todos ganan los buenos, o por lo menos zafan decorosamente. El verdadero atractivo está, sin dudas, en los dibujos. Ahí es donde Kobayashi pone todo, como para refrendar sus credenciales de maestro indiscutido del manga bélico. Si te aguantás ver a los yankis masacrando “charlies” casi sin despeinarse (y con rasgos de conejos), regalale esta fiesta a tus retinas.

lunes, 16 de agosto de 2010

16/ 08: OMEGA 7


Motofumi Kobayashi es un mangaka que no se parece casi nada a los demás mangakas, en primer lugar porque sus influencias vienen claramente del comic europeo. En su estilo están muy presentes grandes maestros del dibujo realista como Hermann, Milo Manara, Francois Boucq, Horacio Altuna, Grzegorz Rosinski y Manfred Sommer. No es casualidad que haya sido el primer autor japonés contratado por la Marvel para crear una serie en el sello Epic (Psychonauts, con guión de Alan Grant). Dentro de esa estética, Kobayashi también tiene hallazgos propios, por supuesto, como la aplicación de grises con pincel y aguadas, un gran efecto que utiliza para darle más power a los fondos, y en especial a las explosiones.
Porque, claro, Kobayashi es un referente ineludible en materia de comic bélico. La inmensa mayoría de sus historias giran en torno a la Segunda Guerra Mundial, o a la guerra de Vietnam. Omega 7, en cambio, nos muestra a un comando secreto japonés (casi un Suicide Squad) que se mete de keruza en mini-guerras de principios de los ´90, en Camboya, en Sarajevo, el Líbano o Colombia, ya sea para rescatar rehenes, destruir arsenales, o arrasar con campos de entrenamiento al servicio del terrorismo internacional. Como en tantos buenos comics de guerra, acá los miembros del Comando Omega no odian al enemigo, sino que van, matan y hacen mierda todo simplemente porque alguien se los ordena. Los tres protagonistas (Komatsu, Hiroaka y Tanaka) son tipos normales que se vieron envueltos en notables kilombos de guita y deudas y el ejército japonés les brinda la chance de eliminar todas esas deudas a cambio de que se jueguen la vida en estas misiones. El único que es un verdadero hijo de puta, un garca feroz que desprecia a los enemigos y no tiene reparos en cometer ninguna atrocidad, es el superior de los Omega, el Comandante Sato, quien habitualmente se infiltra en los lugares de las misiones para recabar información. Sato maltrata y humilla a sus propios soldados, o sea que no hay que ser un genio para imaginarse qué les hace a los que luchan para el bando de enfrente. La escena en la que tortura a un camboyano es absolutamente escalofriante.
No es la única. Acá las bombas explotan de verdad y Kobayashi no tiene ningún drama en mostrarnos a gente que vuela por el aire desmembrada al pisar un mina, tipos a los que les cuelgan las tripas tras recibir el impacto de una granada, cabezas seccionadas y hasta una mina (una de los líderes del campo de entrenamiento terrorista libanés) que queda tendida en el suelo, sin un brazo, literalmente partida por la mitad, con los órganos desparramados por el piso, que con su último aliento le suplica a los “héroes” que la maten. Por supuesto ninguno desperdicia una mísera bala.
Kobayashi además documenta todo con enorme precisión. Estamos, sin dudas, ante un veradero fan de la guerra. Los tanques, los helicópteros, las armas, las minas y hasta el último elemento que compone el equipamiento de este comando de elite es descripto y explicado con lujo de detalles, al igual que muchas de las armas que manejan las facciones enemigas. Por supuesto, tanto canto a la guerra y a la violencia armada (incluso muchas veces ilegal, porque los Omega les disparan también a las tropas de la O.N.U.) es nefasto y deplorable, como cualquier incursión de cualquier célula armada en un país que no sea el propio. Pero esto está todo tan bien dibujado y tan bien contado, que durante buena parte de las cinco misiones que ofrece el tomo, te olvidás de lo jodido que es el planteo, y estás ahí, tenso como en una definición por penales, haciendo fuerza para que Komatsu y sus amigos lleguen más o menos enteros al fin de la misión.
Si además sos de esos fachos que se excitan cuando ven armas, milicos y apremios ilegales, Omega 7 te va a detonar el bocho, mal. Y además vas a encontrar a un nuevo ídolo en el Comandante Sato, prócer de la mala leche y la violación de los derechos humanos. Creo que lo único que me hace dudar de que Kobayashi sea también un fan del gatillo fácil y la tortura es que su caracterización de Sato está tan pasada de rosca, que parece querer presentarlo como un personaje grotesco, una caricatura deforme de algo que está intrínsecamente mal. Pero son dudas, nomás. Por ahí Kobayashi también es de los que se excitan con chumbos, misiles y granadas… lo cual no lo hace menos genial como historietista, obvio.