el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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viernes, 13 de diciembre de 2024

VIERNES COPADO

Después de esa lluviecita chota de la mañana, tuvimos (y tenemos) un viernes espléndido acá en Buenos Aires, y se festeja con nuevas reseñas de material muy reciente.
En 2023, la pequeña editorial yanki RNM Press publicó a través de un crowdfunding la novela gráfica Wolf, She Cried!, protagonizada por Bixby Grant: Private Eye, un detective hard boiled momificado, que vive en una ciudad poblada por vampiros, licántropos y demonios, no muy distinta (pero mejor organizada) que la de The Goon. Bixby Grant es una creación del guionista Patrick Coyle, ilustre desconocido, que conoce muy bien los mecanismos narrativos de la novela negra, maneja muy bien los diálogos y urde una trama de misterio que no es obvia, que mantiene el interés hasta el final y que se resuelve de manera asombrosa y satisfactoria. Nada mal para un Juan Carlos Nadie absoluto, al que nunca habíamos oído nombrar. Como suele suceder, lo que menos me gustó del guion es la compulsión (típica de los autores que aspiran a formar parte del mainstream yanki) por meter escenas de acción en cualquier lado. Las excusas por las cuales Bixby Grant se caga a trompadas con otro homínido (porque seres humanos es un poco mucho en el contexto de Harbor City) están justificadas por el género, no son un mero capricho. Pero podrían no estar, y la historia sería la misma. Fuera de eso, si (como a mí) te gusta el hard boiled y no te molestan los licántropos, las momias y los robots, acá te vas a encontrar con una forma muy ingeniosa de combinar estos elementos fantásticos con el realismo sucio y las atmósferas turbias del clásico policial negro. Falta agregar un dato muy importante y es que Wolf, She Cried! cuenta con dibujos del maestro chileno Gonzalo Martínez. Y no, la línea clara, ese estilo pulido, prolijo, clásico, ordenado, amistoso... no es el más idóneo para un hard boiled con peleas entre monstruos. No sé a quién se le ocurrió darle a un dibujante como Martínez un guion como este. Lo que veo es que, a pesar de ir para un lado distinto al de la mayoría de sus trabajos, Martínez se comprometió con la historia y no le mezquinó nada. El colorista Arthur Hesli ayuda un montón, también. Pero es notable cómo el dibujante se toma en serio el trabajo y le pone todo, más allá de la incompatibilidad obvia entre su estilo y lo que tiene que dibujar. El epílogo (una historieta de siete páginas que aclara varias cosas acerca de Bixby Grant y su pasado) nos muestra otro estilo de coloreado y un Gonzalo Martínez mucho más suelto, más distendido, con la posibilidad de dibujar viñetas más grandes y darle más vuelo a la narrativa. Sin duda, a nivel visual son lo más disfrutable de un libro donde el nivel del dibujo es muy bueno y muy parejo de punta a punta aunque -repito- yo nunca le habría dado ese guion a ese dibujante. Estaría bueno que alguna editorial chilena publicara Bixby Grant: Private Eye en castellano, para que los fans de Martínez (que en el país vecino son muchísimos) puedan acceder a esta obra, en la que -una vez más- se ve claramente el enorme profesionalismo de este autor central de la historieta latinoamericana.
Creo que la última vez que habíamos visto un comic de Gonzalo Martínez acá en el blog fue cuando comentamos la obra que dibujó sobre guion de Rodolfo Santullo... y acá estamos con otro trabajo del prolífico autor uruguayo nacido en México, esta vez en dupla con el marplatense Germán Genga. Publicada en 2024, Dios y el Diablo en Sâo José Rio Das Mortes es una novela de unas 100 páginas que, al igual que Wolf, She Cried!, le mete elementos sobrenaturales a una historia realista ambientada en un submundo bastante turbio, en este caso las elecciones para intendente en un pueblito del norte de Brasil. Los resultados... muy por debajo de los que obtuvo Patrick Coyle. La trama política está muy bien armada, los personajes son carismáticos (algunos, como Katrina, son tan interesantes que estaría buenísimo verlos regresar en futuras historias), pero cada vez que aparece el factor místico, la narración se desploma. Me imagino esas secuencias en las que vemos a la hechicera cantando, pero en cine, donde no podés simplemente pasar más rápido las páginas... y me da un ACV. No podría soportarlo. Tampoco me enganchó mucho el dibujo de Genga. Me parece que tiene un estilo muy interesante para la ilustración, o para relatos más breves. En dosis de 100 páginas, se pierde la sorpresa, el encanto... y se nota que hay cosas que a Genga no le resulta cómodo dibujar. Por si faltaba algo, la impresión del libro no le permite lucirse en el rubro del color. Por el contrario, las escenas nocturnas, o en las que Genga opta por tonos más apagados, se ven empastadas, al punto que cuesta encontrar los contornos de los personajes y distinguirlos de los fondos. En definitiva, me pareció muy piola la idea, disfruté muchísimo de la mala leche y la sordidez que ofrece el guion, me encantaron casi todos los personajes, pero no me cerró ni la forma en que Santullo le sumó fantasía al thriller político ni la forma en que Genga lo ilustró. Una pena. Recuerdo haber leído algunas páginas de otra obra de esta misma dupla (Moreau, una de piratas que sale en el e-zine de Loco Rabia) y estaba muy bien, así que espero que este faux-pas no desanime a la editorial y lance en libro lo que podría ser una reivindicación de Santullo y Genga después de un Dios y el Diablo que quedó bastante por debajo de mis expectativas. Y si se puede mejorar la calidad de impresión sin que el precio de los libros se vaya a la mierda, también, es algo que ayudaría un montón cuando publican a dibujantes que trabajan a todo color. Nada más, por hoy. Gracias totales y será hasta pronto.

viernes, 9 de febrero de 2024

PREVIA DEL FINDE EXTRA-LARGE

Bueno, ahora sí, me pongo con las reseñas que me quedaron en el tintero ayer. Me voy a España, año 1983, cuando la editorial Ikusager le encarga un álbum sobre La Batalla de Vitoria al por entonces joven y promisorio Felipe Hernández Cava, guionista de apenas 30 años, pero ya consagrado en el mercado peninsular. Hernández Cava se saca la lotería cuando quien acepta dibujar el álbum es nada menos que el maestro argentino José Luis Salinas, el mitíco, el excelso, el sublime, decidido a dibujar la obra más grossa de su vasta carrera. Pero lamentablemente, una enfermedad retrasa la labor de Salinas, quien muere en Buenos Aires a principios de 1985, tras entregar apenas la portada y cinco páginas. Unas páginas magníficas, pintadas a color directo, con un despliegue visual al nivel de sus mejores trabajos. Entonces toma la posta Adolfo Usero, dibujante español competente pero mucho más modesto, y completa el libro en pocos meses para que se publique en 1985. El cambio de dibujante se nota mucho, y el esfuerzo que hace Usero para parecerse mínimamente a Salinas es cada vez menor con el correr de las páginas, con lo cual ya sobre el final del álbum los dibujos son... no del montón, pero tampoco demasiado notables. El álbum reproduce hasta el mínimo detalle todos los movimientos de las tropas de los dos bandos que se van a enfrentar el 21 de Junio de 1813 en Vitoria (al sur del País Vasco), con el agregado de que los dibujos toman los rasgos de los personajes históricos que lideraron la contienda entre las tropas francesas (con José Napoléon a la cabeza) y el rejunte de españoles, portugueses e ingleses que querían que España dejara de ser parte de los dominios del emperador francés Napoleón Bonaparte, por supuesto cada uno con distintos intereses para nada altruistas. Si te gusta esa época de la historia española, o la historia militar del Siglo XIX en general, esto está genial porque tanto Hernández Cava como los dibujantes apuestan fuerte al rigor documental. Y claro, fiel a su estilo, el guionista se propone contarnos también la historia de la gente común. Y así aparece el plot de Vicente y Ricardo, dos hermanos que van a pelear en bandos enfrentados y el impacto que genera esto en su familia. Y también esos diálogos agudos y amargos acerca de las guerras, sus motivos, sus consecuencias y su rol deshumanizador y creador de miseria y dolor para muchos y gloria para pocos. Obviamente esta es la parte que a mí más me gustó, cuando Hernández Cava hace reflexionar a los personajes acerca de lo que está sucediendo y de cómo esto altera la vida no solo de los militares, sino de la gente común que muchas veces no entiende ni por qué carajo se están peleando pero igual paga los platos rotos. Esto no es la gloria, primero porque Salinas dibuja muy poquitas páginas y segundo porque Hernández Cava tiene guiones muy superiores a este. Pero es una buena historieta histórica, hoy medio olvidada, que merece por lo menos una lectura.
En 2023 se publicó en Chile y Uruguay la novela gráfica Bajo el Ala del Cóndor, primera colaboración entre un guionista uruguayo de primera línea (Rodolfo Santullo) y un dibujante chileno también de primer nivel (Gonzalo Martínez). A quienes siguen este blog hace un tiempo, no hace falta explicarles quiénes son estos señores y por qué soy fan de ambos. Creo que lo más difícil de explicar es por qué si en Chile y Uruguay esta obra salió a través de Planeta Cómic, en Argentina fue ninguneada por Planeta y saldrá a través de Historieteca. El resto, se entiende fácil. Bajo el Ala del Cóndor es una aventura en la que una periodista uruguaya, joven e intrépida llamada Georgina Remi (sí, claro, es un homenaje a Georges Remi, mucho más conocido como Hergé) se involucra en un caso que la lleva de Montevideo a Buenos Aires y de ahí a Santiago de Chile, en un intento por develar un misterio que viene de la época en la que los tres países padecían sendas dictaduras militares y que tiene que ver con la desaparición de valiosas obras de arte. Pero como Santullo es mucho mejor guionista que Hergé, no se parece a un álbum de Tintin, sino más bien a uno de Gil Jourdan, de Maurice Tillieux, el maestro del género detectivesco del comic franco-belga clásico que además (como Santullo) sabía meterle a sus tramas sutiles pinceladas de humor y una bajada de línea siempre acertada. Así tenemos una trama ágil, concisa, que no pierde el tiempo en boludeces y que se resuelve de manera lógica y consistente, sin recurrir a ningún deus ex machina bizarro. Estamos hablando de autores que comprenden perfectamente la dinámica de la aventura, de la narración de género, en general, y que encontraron una excelente excusa para ambientar su primera obra en conjunto en locaciones que les son familiares a ambos. Rodolfo y Gonzalo pegaron mucha onda, la pasaron bomba y ese disfrute queda impregnado en cada página del álbum. Y se transmite al lector, que es lo más importante. Bajo el Ala del Cóndor es un relato atrapante, cercano, posible, con acción, suspenso, buenos diálogos, buenos dibujos (por momentos Martínez se va al recontra carajo con la arquitectura, su otra pasión, y dibuja lugares y edificios típicos de las tres ciudades con un nivel de detalle que te hiela la sangre) y una mirada actual acerca de los años más oscuros de la historia de Sudamérica. No sé exactamente cuándo llegará la edición de Historieteca a las bateas argentinas, pero desde ya recomiendo tirarse de cabeza el día que se anuncie la preventa, porque se van a encontrar con un muy buen comic. Y porque además hace falta que los creadores de los distintos países de Sudamérica se encuentren más y colaboren más a menudo. No recuerdo una obra anterior a esta con un autor uruguayo y otro chileno... y son países que están al toque y donde se habla el mismo idioma, no son Rumania, ni Bostwana, ni Myanmar. Ojalá pronto haya luz verde para nuevas aventuras de Georgina Remi. Nada más, por hoy. Disfruten del finde extra-large y nos reencontramos pronto.

viernes, 22 de julio de 2022

POR FIN DE REGRESO

Nunca creí que iba a estar tantos días sin postear, pero bueno... se dio así. El número de Comiqueando Digital que se viene en Agosto me tiene prácticamente esclavizado y además surgen otras cosas que hay que hacer y resolver. Pero bueno, acá estamos. Empiezo en Chile, donde el maestro Gonzalo Martínez autoeditó un libro que reúne sus primeros trabajos, historias cortas realizadas entre 1987 y 1997 para publicaciones del país vecino que acá en Argentina casi nadie escuchó nombrar jamás. Alguna vez mencionamos (pero el público se renueva) que Martínez es arquitecto y se volcó a la historieta recién a los 26 años, a diferencia de la mayoría de los pibes que empiezan el largo camino del profesionalismo sobre el final de la adolescencia, o a los veintipocos. Este libro nos permite descubrir sus inicios, cuando estaba a años luz del estilo con el que hoy lo identificamos los lectores de toda el habla hispana. Al principio, Martínez era el típico dibujante que, fascinado por Moebius de los ´70, buscaba un dibujo realista y lo llenaba de puntitos y rayitas. En cualquier fanzine argentino de los ´80, o en el Óxido de Fierro siempre había varios de esos. Después descubre a Mike Kaluta, Jeff Jones y Barry Windsor-Smith y empieza a coquetear con la estética pre-rafaelista y ya para los años ´90, en las últimas historietas, tenemos cuadros que parecen inspirados en el Eduardo Risso de Caín o Fulú. Con todo eso, más sus propios recursos, Gonzalo sintetiza un trazo bastante personal, que va a seguir depurando hasta llegar a sus obras más conocidas, que son las posteriores a 2005. Todo esto es un largo Secret Origins, o un Year Zero, de la carrera de un autor hoy absolutamente afianzado. De todos modos, lo más asombroso de esta colección de historias cortas no es la evolución gráfica de Martínez, sino que todos los guiones son suyos... ¡y algunos son muy buenos! Aún desde la juventud y la inexperiencia, aún con la limitación de que casi no hay relatos que superen la seis páginas, en Chilean Apples nos vamos a encontrar con ideas y desarrollos que tienen poco que envidiarles a los de los guionistas profesionales. Hace años que Martínez no trabaja con guiones propios, pero no tengo dudas de que si algún día junta coraje para volver a hacerlo, nos va a volver a sorprender. Si ya seguís a este referente absoluto del comic chileno actual, este libro te va a completar muchísimo el panorama. Si nunca leíste obras de Gonzalo Martínez, yo empezaría por las más actuales.
Una vez por año, cuando hacemos el balance del año en el Podcast de Comiqueando, repasamos las listas de las historietas más vendidas en Italia y siempre nos sorprende encontrarnos con que entre las diez primeras suele haber cuatro o cinco de Zerocalcare, y siempre el libro más vendido del año es uno de este autor oriundo de Roma. O sea que cuando Reservoir Books tuvo la astucia de distribuir en Argentina una novela de este monstruo publicada en castellano en el 2017, me venció la curiosidad y me tiré de cabeza, para tratar de comprender, o de experimentar de primera mano, este verdadero fenómeno. Bueno, a lo largo de las más de 260 páginas de Kobane Calling me convencí de que Zerocalcare es un genio. Un narrador formidable, un dibujante exquisito (muy en la línea de lo que nos mostró Juan Caminador en Segunda Venida) y un tipo que sabe meterse con una temática áspera, fuerte, y aún así no tomársela del todo en serio. La novela gráfica en cuestión es autobiográfica, y narra dos viajes de Zerocalcare y sus amigos al Kurdistán, esa zona de eterno conflicto entre Irak, Turquía y Siria, donde el Isis juega de local y donde hace 40 años apareció la resistencia del pueblo kurdo contra el estado islámico. Zonas de guerra permanente, donde cada tanto pasan aviones yankis a bombardear y donde las guerrillas resisten los ataques de milicias de fanáticos religiosos que no tienen reparo en degollar, secuestrar o violar a quien se les ponga enfrente. Con este contexto, un monstruo como Joe Sacco te hace una novela gráfica desgarradora, que te estruja el corazón a fuerza de crímenes de lesa humanidad. Pero el astro italiano no se copa con el enfoque periodístico. Todo el tiempo te subraya que el conflicto está visto desde los ojos de un pibe de clase media, de 32 años, fanático de los comics, el animé y los videojuegos, bastante ingenuo y en un punto boludón. Por momentos busca algo así como la objetividad, pero casi siempre narra desde la emoción, desde los sentimientos que el despierta esta proto-nación (el Rojava) surgida del aguante y de valores que Occidente bien haría en adoptar como propios. Por su estructura episódica, y por el espesor (dramático pero también geopolítico) de lo que cuenta, Kobane Calling es un libro para leer de a poco, ni en una sentada ni en tres. Hay que clavar pausas, digerir, pensar, y eventualmente seguir avanzando. Los dibujos de Zerocalcare, los chistes que mete, las acotaciones bizarras o ridículas con las que rompe (de a ratos) ese clima agobiantes, son sin dudas el motor, lo que tira para adelante y hace que no quieras soltar el libro aunque las situaciones sean muy heavies. Lo de meter chistes y acotaciones limadas ya lo había hecho antes Guy Delisle en sus crónicas de viaje, pero la verdad que Zerocalcare dibuja mejor, y por algún motivo, logró que me identificara más con él, o con su mirada. Con las obras de Delisle a veces me pasaba que sentía que se estaba burlando de la gente de estos países exóticos que recorría. En cambio en Kobane Calling hay un respeto infinito, una admiración conmovedora por parte del autor hacia estas mujeres y hombres que desde unas montañas perdidas en la Concha de la Lora combaten por ideales que lo emocionan a él, y que logra que nos emocionen a nosotros, que estamos todavía mucho más lejos del conflicto que los tanos. Recomiendo enfáticamente Kobane Calling y me pongo a rastrear más historietas de Zerocalcare, en el idioma que pinte. Gracias por el aguante y espero volver a postear pronto.

jueves, 4 de abril de 2019

SALVADOS POR LOS DIBUJANTES

Esta vez me toca reseñar dos libros que sólo tienen sentido por la calidad de los dibujos.
Ozópolis es un libro editado en Chile, que reúne material realizado para EEUU por el gran dibujante trasandino Gonzalo Martínez, junto al guionista Kirk Kushin. Es básicamente un compilado de cuatro episodios originalmente publicados como comic-books y una historia corta, inédita hasta 2014, cuando se lanzó Ozópolis en Chile. La serie está ambientada en el reino de Oz, y retoma un montón de los elementos creados por Frank L. Baum para su célebre serie de novelas iniciada en el año 1900.
Y los guiones de Kushin dan más lástima que San Lorenzo en la Superliga. No me quiero extender en la crítica despiadada a la labor de este ignoto guionista. Simplemente dejar en claro que las aventuras son obvias y predecibles, y los personajes (sobre todo las dos chicas protagonistas) están primeras en la lista del INCUCAI para recibir un transplante de onda.
Peeeeero, acá tenemos 100 páginas dibujadas por Gonzalo Martínez a un nivel superlativo, en el que quizás sea su mejor trabajo (de los que tuve la oportunidad de leer). ¿Por qué? Porque en Ozópolis tenemos la misma (y muy alta) calidad de dibujo que en Alex Nemo, por ejemplo, con ese mismo virtuosismo, esa misma perfección en el manejo de las tramas mecánicas para crear efectos de iluminación y texturas, la misma solidez en las expresiones faciales, el mismo laburo demencial en los fondos, pero además el dibujo se luce más, porque Martínez puede dibujar menos cuadros por página. Entonces acá lo vemos más suelto, más generoso en el despliegue de la acción, con algunas páginas planificadas “a lo George Perez”, con un ritmo narrativo realmente impecable, que hace que uno quiera seguir leyendo aunque los diálogos sean chotos y las peripecias intrascendentes. Ojalá los guionistas chilenos y neozelandeses con los que suele colaborar Martínez lean Ozópolis y descubran lo que es capaz de hacer el maestro cuando lo encorsetan menos, cuando le exigen menos viñetas por página y le dan más espacio para impactar al lector con la magia de su trazo. Se van a aburrir con los guiones, es cierto, pero van a disfrutar del trabajo de un Gonzalo que se lleva el mundo por delante con la fuerza y el carisma de sus dibujos.
Me voy a Francia, donde en 2017 se editó Michigan, una novela gráfica escrita por Julien Frey y dibujada nada menos que por Lucas Varela. Lógicamente, cualquier cosa que tenga 140 páginas dibujadas por Varela se gana un lugar en mi biblioteca, así, de una, sin importarme un carajo de qué trata la historia, o incluso aunque no tenga historia.
Michigan cuenta dos historias: Una muy interesante, la de Odette, una chica francesa que durante la Segunda Guerra Mundial se enamora de uno de los tantos soldados yankis que llegan a Europa para combatir a los nazis, y termina por abandonar París para irse a vivir a EEUU, a orillas del lago Michigan, en las afueras de Detroit. Es la historia de unas 200.000 chicas europeas, llamadas “war brides”, y la verdad que yo desconocía esto por completo. La historia de amor entre Odette y John en el Viejo Continente, el viaje de las “war brides” en barco hasta New York, la vida de la joven pareja en Michigan… todo eso me pareció atractivo, a pesar de que Frey no presenta conflictos fuertes, ni piñas, ni persecuciones, ni escenas de guerra, ni un mísero garche.
Pero esa historia ocupa… medio libro, como mucho. Todo el resto se centra en el propio Julien Frey y su esposa (sobrina nieta de Odette), que viajan a Michigan a visitar a la ya anciana “war bride” y a los hijos y nietos que esta y John tuvieron en EEUU. Eso está ambientado en el presente y es un slice of life aburridísimo, totalmente innecesario. Páginas y páginas hasta que Julien y Odette quedan cara a cara, hasta que Julien se interesa por el pasado de la anciana y le propone contar su historia. ¿Para qué me mostrás eso, maestro? ¿Te interesó la historia de la “war bride”? Contame eso, no me cuentes cuando fuiste a ver un partido de beisbol en un estadio de EEUU. ¿Para qué caer en el pantano anodino de lo autorreferencial? Me acuerdo cuando leí Camino a Auschwitz (ver reseña del 22/10/15) y me encontré con esos tramos en los que el guionista-personaje le disputa el protagonismo a la viejita que vivió los horrores de los campos de concentración y uno tenía que elegir qué historia le interesaba más. Imaginate acá, que ni siquiera hay campos de concentración. Es un embole total, que Frey trata de matizar con la famosa pica entre yankis y franceses y las (para nada sutiles) diferencias entre vivir en uno u otro país.
Y nada más, posta. Hay algún chiste que funciona y ya está, pará de contar. Por suerte está el dibujo de Varela, elegante, expresivo, siempre atento a los detalles de la ropa, los peinados, los fondos… La reconstrucción histórica es brillante, los paisajes son bellísimos, los climas están muy bien logrados y, como detalle extraño o inusual, acá Varela trabaja con una paleta de colores intencionalmente acotada, en la que no existen ni los amarillos ni los verdes. No creo que Michigan se publique alguna vez fuera de Francia, pero si sos completista de la obra de Lucas Varela, seguro la vas a atesorar por los inmensos logros a nivel gráfico que regala en estas páginas el creador de Paolo Pinocchio.
Y nada más por hoy. Nos reencontramos pronto, con nuevas reseñas acá en el blog.


miércoles, 23 de enero de 2019

UNA NOCHE MAS

Mientras el amigo Donald Trump y sus esbirros aplauden el intento de golpe de estado en Venezuela, yo me siento a escribir las reseñas de un par de libritos que me bajé en estos días.
Arranco con The Territory, una obra que ya tiene 20 años encima y una dupla autoral con chapa de Dream Team: nada menos que los británicos Jaime Delano y David Lloyd, los mismos de The Horrorist y de la mejor época de Night Raven.
El trabajo de Lloyd es alucinante. Acá el prócer abandona su estilo más formal, o más frío, como si de pronto quisiera dejar de seguir las huellas de Frank Hampson y Solano López para convertirse en un discípulo avanzado de Joe Kubert. Este es un Lloyd más salvaje, que dibuja más suelto, que se va al carajo con la puesta en página, con las líneas cinéticas, con los ángulos que elige. Un Lloyd vibrante, emotivo, al que –como en casi todos sus trabajos- el color no le hace justicia. En The Territory, Lloyd tiene la posibilidad de colorear sus propios dibujos y no, no tengo dudas de que esto se vería aún mejor en blanco y negro.
En el guión también, tenemos a un Delano extraño, casi frenético. La historia nos transporta a un mundo extraño, repleto de elementos de ciencia-ficción, aventura clásica y terror, todos mezclados. El guionista propone un ritmo muy intenso, muy vertiginoso, que no da tiempo para explicar qué carajo está pasando, ni quién es este personaje que dice no recordar nada de su pasado, ni cómo funciona este mundo alucinante al que se traslada. La idea no es explicar, sino impactar al lector con secuencias potentes, trepidantes, combates tremendos contra hombres, monstruos y máquinas, traiciones, persecuciones…
Por momentos The Territory parece uno de esos guiones raros que escribía Ricardo Barreiro para Skorpio o Fierro en los ´80, esas aventuras enroscadas, explosivas, con más violencia que profundidad. O sea que si lo que te gusta de Jamie Delano es esa capacidad de abordar temas socialmente relevantes, o de meterse a full en la psiquis de los personajes, la verdad que acá vas a encontrar algo muy distinto. Bien escrito, muy ganchero, pero sin ese toque más jugado, o más corrosivo que suelen tener los guiones de este ídolo.
Allá por el 22/10/13 me tocó reseñar Mocha Dick, de la dupla integrada por el guionista Francisco Ortega y el dibujante Gonzalo Martínez (no el Pity, otro Gonzalo Martínez), ambos referentes de la historieta chilena actual. En 2017, la dupla lanzó una nueva novela gráfica: Álex Nemo y la Hermandad del Nautilus, bastante emparentada con la anterior en el sentido de que el protagonista es un adolescente chileno a quien vamos a acompañar en una gran aventura que va a marcar también su tránsito hacia la juventud.
Álex Nemo y la Hermandad del Nautilus es el enésimo comic de aventuras ambientado en universo literario, un recurso ya bastante utilizado, pero que acá funciona a la perfección. Buena parte de la trama se motoriza con la interacción entre personajes de nuestra realidad y de las novelas del glorioso Jules Verne, o sea que si tenés presente (o más o menos) la obra del mítico escritor francés, vas a cazar y a disfrutar toneladas de referencias. Y si no, igual la historia se hace muy llevadera, muy entretenida.
Las peripecias son gancheras, los personajes están bien trabajados, el ida y vuelta entre el mundo real y los mundos ficticios está bien planteado, las escenas de acción y las revelaciones impactantes están bien repartidas a lo largo de las 125 páginas que dura la obra… La idea es que cualquier lector de 12 años en adelante se sumerja en la novela y no la suelte hasta el final. Y eso fue exactamente lo que me pasó a mí.
En la faz gráfica lo tenemos a Martínez tan sólido como en Mocha Dick, con la misma soltura, la misma magia a la hora de aplicar grisados y texturas, la misma versatilidad para plasmar expresiones faciales de personajes muy distintos entre sí, y –me parece- más logros en el armado de las secuencias. Como buen arquitecto, Martínez le presta muchísima atención a los fondos, en los que nos ofrece un laburo descomunal. Pero también la rompe cuando dibuja máquinas, trajes de época, animales, paisajes exóticos… Hermoso trabajo de este inmenso narrador de aventuras.
Y obviamente no puedo dejar de señalar que, una vez terminada la historieta, el libro se pone la capucha, empuña el chumbo y sale a robar con casi 40 páginas en las que tenemos diagramas técnicos de los vehículos ficticios que aparecen en la obra, el listado de las referencias a todas las obras literarias y autores a los que se hace mención, y –lo más ladri- un glosario de personajes, locaciones, especies animales y artefactos tecnológicos que aparecen en la historia. Todo esto es absolutamente innecesario y no le agrega casi nada a la muy grata experiencia de leer Álex Nemo y la Hermandad del Nautilus. Por supuesto, espero ansioso el próximo trabajo de Ortega y Martínez.

Y esto es todo por hoy. Pronto habrá más reseñas para compartir, como siempre, acá en el blog.

miércoles, 3 de mayo de 2017

PRIMERAS LECTURAS DE MAYO

Nuevo mes en marcha y sigo avanzando de a poco con las lecturas.
Arranco en 2013, en Nueva Zelanda, donde me reencuentro con los guionistas William Geradts y Richard Fairgray, de nuevo al frente de una aventura muy extraña, dibujada por el maestro chileno Gonzalo Martínez. The Darwin Faeries propone revisitar la vida de Charles Darwin, agregando un elemento bizarro, hasta ahora desconocido: su interacción con una civilización de hadas escocesas, un clan de seres mágicos excesivamente burocráticos y fanáticos de las peleas con espadas.
Geradts y Fairgray no ocultan en ningún momento el aspecto inverosímil, casi desopilante, de lo que nos están contando, sino que –por el contrario- lo potencian con un tono de comedia absurda muy efectivo. Hay combates sanguinarios, intriga palaciega y debates teóricos acerca de la evolución de las especies, la organización de las sociedades y los pro y los contra de la supervivencia del más apto. Pero todo en un clima distendido, con la comedia siempre a flor de piel. El último tercio de la obra, posterior a la muerte de Darwin, es un poco más tradicional, va más para el lado de la machaca palo-y-palo y termina con impactantes revelaciones, que los autores prometen explorar en una obra posterior.
Darwin Faeries es atractiva por lo limado de las ideas, porque hay conceptos inteligentes, presentados de modo muy ganchero, muy entretenido. Los personajes de Violet y Simon están muy bien trabajados, los diálogos son cómicos… la verdad que, salvo el hecho de que la historia no termina, no hay mucho para criticar. El dibujo de Martínez acompaña en un nivel alto, en ese registro tipo Jeff Moy, Amanda Conner, Paul Pelletier… O sea, una estética de mainstream yanki pero limpita, amistosa, con una cierta alegría. Las viñetas tienen ritmo, fluidez, una muy buena organización de la información visual que se nos brinda y un gran trabajo en la reconstrucción de las épocas del pasado que visita el guión. El colorista Juan Moraga se complementa a la perfección con el trazo prolijo y fino de Martínez y aporta las dosis exactas de impacto de calidez. Un libro raro, pero realmente satisfactorio.
Me vengo a Mar del Plata, año 2016, cuando Julián Mono (el Johnny Ryan argentino) escribe y dibuja su primera historieta extensa, La Ultima Navidad. En realidad son poco más de 50 páginas, pero que se hacen intensas y requieren bastante tiempo de lectura porque cada página tiene muchas viñetas y cada viñeta tiene mucho dibujo y mucho texto.
La trama tiene muchos puntos en contacto con la de Los Visitantes del Agujero del Comedor, esa joyita de Federico Reggiani y Angel Mosquito que vimos el 14/02 de este año. Pero mientras Reggiani y Mosquito tenían como carta de triunfo el traslado al conurbano bonaerense de ciertos tópicos de la ciencia-ficción, el misterio y el terror al estilo X-Files, Mono enfatiza mucho menos la localización de la historia y se dedica mucho más a regodearse en los elementos fantásticos, tan típicos de estas ficciones de Clase B. Su historia es más violenta, más visceral, tiene momentos francamente revulsivos y escenas salpicadas de un gore extremo, grotescamente mezclado con caca y eyaculaciones.
La Ultima Navidad es una historia vibrante de demonios de otra dimensión dispuestos a masacrar a la humanidad, con muertes, torturas y decapitaciones, pero también con chistes de conchas y porongas. Mono nunca le puso a su dibujo tantas tramas, tantas manchas negras, tanto clima ni tanta oscuridad como en esta historia, pero no es un remedo de Suehiro Maruo, ni mucho menos. Es el Mono de siempre, que le agrega una faceta de aventura dark a su dibujo claramente humorístico, hiper-expresivo, deforme, siempre entre la guarangada y el delirio.
Una obra sumamente atípica para el panorama actual de la historieta argentina, en la que Mono se abraza a los tópicos más bizarros y retorcidos de los géneros que visita para hacernos reir y sufrir de la mano de estos héroes anónimos, estos Juan Carlos Nadie que de golpe tienen que enfrentarse al Mal encarnado. Y no sólo funciona como una buena aventura en joda, sino que además va a servir para que los que hasta ahora no se habían interesado por ese dibujante que hacía chistes de pijas y soretes descubran a un narrador sólido, maduro (sí, se puede hacer chistes de pijas y ser maduro), capaz de salir de su zona de confort y mandarse un thriller con misterio, violencia, humor bizarro y una eyaculación que habla. Animate a descubrirla.
Y hasta acá llegamos. Prometo postear ni bien tenga un rato (primero tengo que avanzar con las lecturas) y reitero la invitación para encontrarnos este sábado y domingo en Dibujados, donde voy a estar con una mesa repleta de papa finísima a precios cuidados. Hasta pronto.

martes, 28 de marzo de 2017

DOS DE MARTES

Ya estoy de vuelta con nuevas lecturas.
Arranco en 2013, en Nueva Zelanda, donde el sello Beyond Reality Media recopila en libro los cuatro episodios de The Time Travelling Tourist, una saga escrita por Will Geradts (también coordinador de BRM) y Richard Fairgray, junto al dibujante chileno Gonzalo Martínez, a quien ya nos cruzamos varias veces acá en el blog.
La trama gira entorno a Beethoven Jones, un pibe que cuenta con un gadget que le permite viajar a gusto y piaccere por el tiempo. Su hobby, su diversión, su pasión, es esa: aparecer en momentos cruciales de la Historia, sacarse una selfie y mandarle una postal a los padres, onda “Acá estoy, en pleno hundimiento del Titanic/ asesinato de Abraham Lincoln/ ataque a las Torres Gemelas/ llegada del hombre a la Luna/ incendio de Roma, o lo que sea”. En sus viajes descubre que hay UN día de 1993 en que un tipo que tiene un local de donuts de New York horneó las mejores donuts de la historia. Entonces, entre viaje temporal y viaje temporal, pasa por el local a comprar unas cuantas de estas facturas redondas que comen los yankis. Claro, Beethoven va una vez por día, pero para los que lo atienden, va cada 10 ó 20 minutos (siempre durante el mismo día) y se empiezan a preguntar qué hace este pibe con todas esas donuts. Eventualmente, Beethoven pegará onda con Rebecca, la hija del dueño del local, y los guionistas sumarán una trama de comedia romántica a ese argumento gracioso, pero que ni a palos alcanza para casi 100 páginas de historieta.
Ese es el punto débil de TTTT: la premisa es atractiva, pero no para la extensión de la obra, sino para algo mucho más breve. Dentro de todo, el desarrollo se hace llevadero, sobre todo cuando Geradts y Fairgray le empiezan a dar más bola a la relación entre Beethhoven y Rebecca. Por suerte no llegué al final pidiendo la hora porque no me los aguantaba más. El final pega un giro raro en las dos últimas páginas, creo que porque empalma con otra historia en la que Beethhoven también tiene un papel, pero que parece ir para otro lado, más de ficción post-apocalíptica.
El dibujo de Gonzalo Martínez apuntala con solvencia dos aspectos fundamentales del guión: para las escenas de comedia se luce en las expresiones faciales, y para las escenas que recrean momentos históricos deja la vida en la documentación. El resto está bien, es correcto sin descollar. Cuando los personajes aparecen de cuerpo entero y en movimiento, el dibujo adolesce de un cierto estatismo, lejos de la plasticidad que adquieren los rostros en los primeros planos, pero nada que haga demasiado ruido. El colorista Juan Moraga también hace un aporte muy bienvenido a la faz gráfica de TTTT, una historieta extraña en algunos aspectos, pero que puede ser una buena puerta de entrada para explorar el interesantísimo panorama del comic neozelandés.
Tenía pendiente una revancha con Emilio Balcarce y Jok, después de aquel Knightmare que no me había terminado de cerrar. Por suerte en 2016 la dupla editó también Valkiria, una saga muy superior a Knightmare en todos los rubros, cuyo único defecto es que dura apenas 46 páginas y te deja con las ganas de leer mucho más.
Esta vez, Balcarce propone una aventura intensa y muy ganchera, en la que nos invita a revisitar la mitología nórdica, los relatos épicos de Odin, Loki y demás dioses de Asgard, con un giro muy atractivo: estos muchachos no son dioses posta, sino visitantes que llegaron de otro planeta, con una tecnología mucho más avanzada que la que poseían los humanos en ese entonces. En paralelo a la trama de intriga palaciega y machaca a todo o nada que (como no puede ser de otra manera) derivará en un inevitable Ragnarok, Balcarce nos hace partícipes del crecimiento de un personaje central, Freyja, quien para el final del tomito será una heróina con toda la chapa, a la que queremos ver protagonizar muchas historias más. Valkiria tiene muy buen ritmo, escenas de alto impacto, muchas referencias a la mitología nórdica y sobre todo un gran trabajo en la construcción de la protagonista.
También muy por encima de su desempeño en Knightmare lo tenemos a Jok, que acá tiene la posibilidad de dibujar viñetas más grandes, menos abigarradas, en las que su dibujo se luce mucho más. Hay menos mancha y más detalles, más sutilezas. Como en casi todos los trabajos de Jok, se cuela por algún lado la influencia de su mentor, Rubén Meriggi, y esta vez también vi cositas que me hicieron acordar al maestro Enrique Breccia. El trabajo de grises es excelente, creo yo que fruto de un muy logrado traspaso a blanco y negro de una historieta que en Europa se publicó a todo color. Como decía, es una pena que haya sólo 46 páginas de esto, pero bueno, por suerte tengo otra obra de Jok en el pilón de la merca sin leer.
Volvemos pronto con nuevas reseñas.

lunes, 21 de abril de 2014

21/ 04: CELESTE BUENAVENTURA

Hoy me encontré con que la biblioteca pública de acá cerca, donde el otro día pude subir textos e imágenes no abre los lunes. Nada, mañana cuando vaya, subo la imagen de hoy, que es importante.
¿Por qué ? Porque es un libro que compré al ver la portada y quiero que la veas vos también . Boludeando en la FIC de Santiago de Chile, de pronto veo esa imagen y digo "No puede ser! Editaron en Chile un libro de Andre Juillard!". No, no era Juillard, era el prolífico Gonzalo Martínez , uno de los dibujantes con más presencia en estos últimos años en el mercado trasandino. Pero... no me digas que no tiene una onda Juillard! La pose, el gesto, la composición, hasta el color me remitió al maestro francés .
Una vez adentro, me encontré con el Martínez de siempre. Muy correcto, con mucha atención a la narrativa, pero siempre dentro de una tradición mas cercana a la yanki que a la francesa, con muchos primeros planos (logradísimos, por cierto) y pocas de esas tomas en las que los fondos les disputan el protagonismo a los personajes. La puesta en página es muy dinámica , la acción (que abunda) está muy bien plasmada y el color de Juan Moraga se complementa muy bien con el dibujo de Martínez , para conjurar climas y criaturas muy originales.
El guión de Rauch está claramente apuntado a un público amplio, se le nota que pretende seducir por un lado a las chicas jóvenes y por el otro a gente que nunca antes leyó historietas. Para lograr el primer objetivo, crea a una chica protagonista muy interesante, con una historia atractiva, una personalidad fuerte, y a la que durante estas 61 páginas le sucederán cosas y le revelarán secretos que la dejarán muy bien posicionada para convertirse en el centro de futuras epopeyas... que nunca llegaron. Este libro es de 2009 y desde entonces, Celeste Buenaventura no volvió a aparecer. Para captar a los lectores nuevo, el truco que despliega Rauch es el de meter en la trama en roles importantes a un montón de criaturas fantásticas que pertenecen al universo de las leyendas y los mitos de la tradición oral de Chile: el trauko, el Caleuche, el Millalobo, la pincoya, la fiura... Todos juntos y sin guardarse nada para la secuela, Rauch presenta a todas estas criaturas fantásticas y algunas más, pero no de modo enciclopédico ni didáctico (de hecho, si este es tu primer contacto con ellas, vas a quedar garpando varias veces) sino siempre en función de la aventura, como si fuera una película onda Labyrinth o The Neverending Story.
Y la aventura funciona bien. No está estirada, no se precipita hacia un final, resuelve todo de modo satisfactorio, tiene cosas predecibles y unas cuantas sorpresas y está bien salpimentada con escenas más tranquilas, en las que Rauch encuentra el espacio para que Celeste reflexione un toque acerca de todo lo que le está pasando, y además para desarrollar muy bien al principal villano, que es algo que suele descuidarse en este tipo de relatos.
Parece que, así como acá demostro una ponderable solvencia como guionista, Marco Rauch tiene más problemas que Medio Oriente a la hora de relacionarse con sus colegas y con el palo comiquero en general y hoy es un nombre prácticamente estigmatizado del otro lado de la cordillera. "Algo habrán hecho", diría un facho en los '70, pero la verdad que es una lástima que problemas personales hayan impedido la continuidad de esta serie que tenía un potencial enorme.
Iba a contar alguna boludez sobre una comiquería en la que estuve hoy, pero me quedó larga la reseña. Por ahi mechamos ese comentario con la reseña de mañana ..

martes, 22 de octubre de 2013

22/ 10: MOCHA DICK

Se me acaba el pilón de historietas chilenas que me traje en Abril de mi visita al país vecino. Me quedan un par de historietas dibujadas por autores chilenos para otros mercados, que ya leeré, pero en cuanto a la producción generada en Chile, hasta acá llegamos. Y me toca cerrar el recorrido con un éxito editorial resonante, una novela gráfica reciente a la que le fue tan bien, que hasta tuvo edición argentina. Mocha Dick reúne a Francisco Ortega (guionista de 1899) con Gonzalo Martínez (dibujante de Road Story), dos de los referentes centrales de toda esta interesante movida que experimenta el comic chileno en los últimos años.
La historia se centra en la cacería de un inmenso cachalote blanco conocido como Mocha Dick, que vivió en las costas del Pacífico, cerca de la isla Mocha (de ahí su nombre) a principios del Siglo XIX. Se supone que los relatos de esta cacería son los que inspiraron a Herman Melville para escribir la clásica novela Moby Dick, de ahí el interés por indagar un poco más en el mito que, hace casi 200 años, rodea a este cetáceo albino. Por supuesto, Ortega no se limita a recopilar los datos duros, o científicamente comprobables: también incorpora a la trama personajes 100% ficticios, pensados en función del carácter aventurero de la trama, y la faceta mitológica, la que vincula a la ballena con la religión y la cosmogonía de los indios mapuches.
La aventura, el viaje iniciático de un joven hijo de balleneros que tomará conciencia de lo aberrante que resulta la cacería y la matanza de los cetáceos, está muy bien llevada. Arranca un poco tarde, en una de esas. En las primeras... 45 páginas, pasan unas cuantas cosas, pero las realmente relevantes se podrían haber sintetizado en 20 páginas, 25 a lo sumo. Y después sí, quedan por delante otras 60 páginas muy intensas, en las que Ortega no para nunca de tirar data ni de usar cada escena, cada diálogo, para definir con más claridad y hasta con notable profundidad a los personajes centrales.
Tener un guionista que no deja nunca de mandar datos (arranca en la primera página y no termina en la última, sino que sigue brindando toneladas de información adicional en un extenso glosario que arranca cuando se acaba la historieta) puede ser un arma de doble filo. Está bueno, porque te vende –además de la peripecia- un contexto histórico, geográfico y hasta social que uno por ahí no tiene muy presente, y a menos que seas un wachiturro lobotomizado, aprendés cosas nuevas (yo aprendí, por ejemplo, qué catzo son los Fuegos de San Telmo, a los que había escuchado nombrar varias veces). Pero también puede ser un embole, una canalización de una obsesión por parte del autor que se quiere “sacar un 10” y demostrarnos que nadie conoce mejor que él el tema que toca, que nadie se deslomó tanto por obtener TODA la documentación habida y por haber, etc. Bah, si intentaste leer From Hell no hace falta que te explique hasta dónde se puede llegar en estos trips obsesivos. Por suerte, Ortega se luce, pero no se zarpa. La información que brinda (acerca de los balleneros, los aborígenes de la Patagonia, etc.) está muy bien dosificada y no se convierte nunca en obstáculo para el disfrute de la aventura. Que no es genial, ni monumental, pero funciona y atrapa sin ningún inconveniente.
Por el lado del dibujo lo tenemos a Gonzalo Martínez muy suelto, muy canchero, muy afianzado en su estilo que tanto le debe al mainstream yanki cool y simpático (no al grim ´n gritty, ni a los Juan Carlos Flicker, ni a los que se zarpan sobredibujando). Acá, además de una narrativa a prueba de balas, una anatomía sin fisuras, un vasto repertorio de expresiones faciales y un excelente laburo para integrar la documentación fotográfica al grafismo del autor, tenemos muchos, muchísimos hallazgos en la aplicación de tramas y grises con la computadora. De pronto, el blanco y negro sólido y bien equilibrado de Martínez se ve realzado por toda una gama de grises y texturas (la del mar, sobre todo, está logradísima) que le agregan relieve, fuerza y belleza a las imágenes. Con su estilo limpio, claro, amistoso, el dibujante logró algo muy infrecuente: que nos resulte casi imposible imaginarnos esta novela dibujada por algún otro colega suyo.
Mocha Dick no es la novela gráfica definitiva, la nueva cumbre de la narrativa gráfica chilena. Es una muy buena historia, muy bien condimentada con un montón de información muy bien investigada, con un hermoso mensaje de respeto por la naturaleza, con muy buenos dibujos y con un plus muy interesante: puede ser disfrutada por lectores de todas las edades. Un trabajo notable de Ortega y Martínez pensado para seducir a todos los amantes de la aventura.

jueves, 26 de septiembre de 2013

26/ 09: ROAD STORY

Esta es, para algunos, la primera novela gráfica chilena, la que arrojó la primera piedra en esta especie de nueva primavera del comic trasandino. Salió en 2007 cuando –me consta porque estuve en Chile en 2008- no había nada parecido, o por lo menos nada parecido que se viera en un circuito no underground. Road Story originalmente fue un cuento del escritor Alberto Fuguet, y después fue adaptado a la historieta por Gonzalo Martínez, un historietista seminal, que con sus flamantes 52 años es considerado un maestro por dos generaciones de autores chilenos, casualmente los protagonistas de este momento de tanta ebullición editorial.
Martínez acumula varios logros a lo largo de estas casi 120 páginas, de los cuales uno se destaca por sobre los demás: si no sabés que originalmente esto era un cuento, no tenés forma de darte cuenta. La historieta se lee como historieta, como un guión escrito desde el vamos con la intención de ser leído en forma de relato secuencial, con textos, dibujos y la interacción entre ambos. Olvidate de los masacotes de texto, olvidate de las escenas imposibles de graficar. No sé cómo estaba plasmado el cuento de Fuguet en su versión original, pero lo que nos muestra Martínez es un comic sin fisuras, con ritmo de comic, con una narrativa ágil, con las secuencias perfectamente orquestadas y con el espacio suficiente para que los dibujos (no sólo las palabras) nos cuenten cosas importantísimas que suceden en la trama.
Esta última no es nada del otro mundo. No creas que pasan cosas alucinantes, impactantes, o demasiado originales. Se trata de una historia muy realista, muy introspectiva, apoyada sobre todo en una excelente construcción de personajes. Rápidamente uno se identifica con Simón, y la historia no hace más que meternos más y más en la psiquis de este limado que un día estafó a la empresa de su familia y se fue a recorrer las rutas del sur de los EEUU, sin más motivaciones que estar solo y al pedo. Es una historia que bien podría haber escrito Adrian Tomine, para que te des una idea. De hecho, como los comics de Tomine, termina cuando menos te lo esperás, justo después de que sucede un hecho importante, con mucho potencial para hacer crecer la trama o dispararla en una nueva dirección. El final es anticlimático, abierto, raro, pero no se le puede pasar la factura a Martínez porque –sospecho- está tomado del cuento de Fuguet.
Lo que sí es responsabilidad de Martínez es el estilo gráfico elegido para la historia. La lógica indicaba agarrar para el lado de Tomine, o de Daniel Clowes, o de algún otro autor de historias intimistas con un twist perturbador, de esos que cuidan muchísimo los detalles en la ambientación, la ropa, los peinados, el lenguaje gestual, etc. Martínez deja la vida en la ambientación, la ropa, los peinados, los autos... pero no tiene ni por casualidad el dominio del lenguaje gestual de un Tomine, en parte porque opta por un grafismo que va para un lado muy distinto del que sugiere el “guión”. En las caras de los personajes, Martínez parece un clon diluído de Chris Sprouse, en esa línea cool y limpita tan típica del mainstream yanki de los ´90, una especie de Jeff Moy, el que dibujaba Legionnaires, ¿te acordás? Dentro de esa línea, lo de Martínez es correcto, no confunde el grafismo de estos dibujantes con la estridencia narrativa que uno asocia a los comics de superhéroes. Pero le falta originalidad, se echa de menos una voz más propia, una impronta más personal.
Road Story es una muy buena historia, atípica, por momentos muy atrapante, con un protagonista muy bien trabajado y con un final que uno no se espera. No es imprescindible ni maravillosa, pero sirvió para abrir nuevas puertas en el mercado chileno y nos sirve a nosotros sobre todo para descubrir la inmensa gama de recursos narrativos que maneja Gonzalo Martínez, un autor casi desconocido en nuestro país (aunque su más reciente trabajo tuvo edición local) al que vamos a volver a visitar acá en el blog.