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miércoles, 4 de marzo de 2026
MIERCOLES TRANQUI
Mientras el mundo se pone cada vez más heavy y peligroso, yo estoy acá tranquilo, en mi nube de pedos, listo para reseñar los últimos libros que leí.
Empiezo con un libro escrito por un francés que vivió muchos años en Chile, dibujado por un argentino que está radicado en España, y que conseguí en la edición italiana. Un kilombo bárbaro. Pero bueno, me di el gusto de leer Maudit Allende!, una obra de 2015 con guion de Olivier Bras y dibujos de Jorge González.
Al tratarse de un comic que tiene como eje el golpe de estado del genocida Augusto Pinochet contra el gobierno democráticamente electo de Salvador Allende, es inevitable la comparación con Los Años de Allende (ver reseña del 21/08/15), la novela gráfica de Carlos Reyes y Rodrigo Elgueta que funciona como crónica de aquel tiempo en el que el socialismo revolucionario gobernó Chile. Los autores chilenos se centran en todas las transformaciones sociales, políticas y económicas que produjo en el país vecino el breve gobierno de la Unidad Popular, mientras que Bras y González exploran más en profundidad el contrapunto entre las dos figuras centrales, Allende y Pinochet. De hecho, siguen al dictador incluso en sus días de reclusión en Inglaterra y su regreso a Chile, ya en las postrimerías del Siglo XX.
Pero el francés y el argentino se cuelgan con estas secuencias ambientadas en los ´90, que -comparadas con las de los ´70- aportan muy poco al disfrute del álbum. Toda esa faceta autobiográfica de la obra, en la que Bras narra en primera persona su regreso a Europa tras años en Chile y demás, no tiene ni por asomo el encanto y el impacto del tramo en el que los autores siguen paso a paso la carrera política de Allende, la carrera militar de Pinochet, la consolidación del vínculo entre ambos, y el armado de la runfla que va a terminar con la caída del gobierno encabezado por el primero. Ahí esta, sin dudas, lo que hace atractiva y satisfactoria la lectura de Maudit Allende!.
Y por supuesto, el trabajo de González en el apartado gráfico, que le prende fuego a las páginas del álbum. Incluso en las secuencias menos atractivas a nivel argumental, Jorge tira magia con sus lápices sueltos, expresivos, su paleta de colores sutil y su increíble técnica para incorporar texturas. Hay alguna página en la que baila al filo del mamarracho, pero en la gran mayoría del álbum vemos a un González muy comprometido con la documentación histórica, con la referencia fotográfica, y sobre todo con la fluidez del relato. No sé por qué en el país donde nació Jorge (que está al lado del país donde transcurre casi toda la obra) nadie edita esto, nadie HABLA de esto, y fingimos demencia, como si Maudit Allende! no existiera. Pero si sos fan de este monstruo del dibujo y la ilustración y querés más historietas suyas, o si te interesa el tema de la historia más o menos reciente de Chile, o el tema de los golpes de estado y las dictaduras militares en Latinoamérica, acá tenés un trabajo muy competente, tanto de González como del guionista/ periodista francés que estuvo a cargo del guion. Y si lo querés leer en castellano hay -lógicamente- una edición chilena y una española.
Nos vamos a EEUU, año 2016, cuando en el sello Icon de Marvel aparece Empress, una space opera creada por Mark Millar y Stuart Immonen. La consigna de la obra es muy buena, hay muchos personajes atractivos, la ambientación interplanetaria está muy bien aprovechada, el ritmo es muy ágil y dinámico, y los dibujos son espectaculares. Pero (sabías que venía un "pero") nada de eso justifica la extensión de la obra, que está sumamente estirada. Me imagino esto leído en las siete entregas originales en formato comic book y me quiero pegar un corchazo, porque en algunos de estos tramos de 23 páginas no pasa prácticamente nada. Son peripecias muy impactantes, narradas de modo muy ganchero por Millar e Immonen, pero que no le suman nada a la trama general de la obra. Sin dudas, esto mismo contado en 60 ó 70 páginas menos pegaría mucho más fuerte, incluso si hubiera que sacrificar a algún personaje secundario para sintetizar. Así, con esta extensión, Empress se parece bastante a un largometraje de dos horas y monedas... que no creo que se filme jamás simplemente por la fortuna que habría que poner para que todo se vea en la pantalla igual de lindo que en el comic.
Empress abreva en el Fourth World de Jack Kirby y -obviamente- en Star Wars, pero le agrega a la epopeya una dimensión humana muy lograda, que nos permite sentir como cercanos a estos personajes que se pasan más de media obra saltando de un planeta a otro. En pocas páginas uno siente que conoce y quiere a Emporia, sus hijos y sus aliados, y de alguna manera, entre conquistadores cósmicos, chumbos hiper-tecno, monstruos zarpadísimos y naves espaciales, aparece una empatía, algo que nos invita a ponernos en el lugar de la heroína, incluso a los que no somos mujeres, ni estuvimos casados, ni tenemos hijos. Entre eso, y el giro sorprendente del final, alcanza para que la labor de Mark Millar resulte encomiable pese a la estirada medio brutal que le pega al argumento.
Y lo que a mí más me sedujo fue el trabajo de Stuart Immonen en los lápices, secundado por las tintas del siempre sólido Wade Von Grawbadger y la paleta de colores de Ive Svorcina. Acá tenemos a un Immonen muy controlado, lejos de sus trabajos más personales (Moving Pictures, Nextwave Agents of HATE), no te digo "como si quisiera pasar desapercibido", pero sí decidido a ponerse 100% en función del relato, y sin hacer demasiada gala de su (hermoso) estilo personal. Y le queda muy bien, porque tintas y colores lo secundan a la perfección, y porque el guion no necesitaba un dibujante con un trazo muy personal. Lo de Immonen no es genérico, no es anodino, ni insulso. Por el contrario, es grandioso, espectacular, técnicamente formidable. Pero en todo ese universo que co-crea con Millar, son pocas las cosas/ personas/ lugares que solo Immonen podría haber dibujado. Si mañana hay una secuela de Empress dibujada por otro grosso del mainstream yanki de los que habitualmente colaboran con Millar (Olivier Coipel o Rafael Albuquerque, por tirar un par), nadie se va a escandalizar ni a rasgarse las vestiduras. En esta saga, aún sin sacar a relucir su impronta más personal, Immonen nos regaló algunas de las mejores páginas de su carrera. Si sos fan de esta bestia, tirate de cabeza.
Y hasta acá llegamos, por hoy. Gracias por el aguante, no se pierdan el primer episodio de Opiniones Meméticas (ya en los canales de YouTube de Comiqueando y La Batea) y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas acá en el blog.
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lunes, 20 de mayo de 2019
LUNES LLUVIOSO
Mientras los fans del
ajuste salvaje y la inflación descontrolada buscan archivos viejos en los que
Alberto basureaba a Cristina o viceversa, sigo avanzando con las lecturas.
Me voy a los ´80, cuando
Eleuteri Serpieri publica Druuna, la secuela de Morbus Gravis protagonizada por
la escultural morocha que da título a la obra. Estamos todavía en los albores
de la saga de Druuna, cuando Serpieri todavía trataba de llevar adelante un
relato de aventuras ambientadas en un mundo post-holocausto, signado por la
decadencia, la putrefacción y las mutaciones horrendas. Así es como en estas 62
páginas se ve un esfuerzo por hacer avanzar una trama, hay una especie de
misión que Druuna debe cumplir y eso funciona como brújula para la acción, que
tampoco es tanta. No es un gran guión, aclaremos de antemano. Parece una mala
copia de una saguita de las que escribía Ricardo Barreiro en Fierro o Skorpio,
con menos violencia, escenas oníricas intercaladas con un criterio medio
dudoso… y hasta con menos garches de los que uno espera en un comic de Druuna.
No te digo que me dejó un
poco frío, porque constaté que aún a esta edad, en los umbrales de la
ancianidad, Druuna sigue provocando revoluciones hormonales de esas que hacen
casi inviable leer este material en un lugar público, donde esté mal visto
mandarse una mano por abajo de los lienzos. Esta no es una aventura de
palo-y-palo, sino una aventura bien al palo, que no es lo mismo. Lo que falta
en materia de ritmo, de potencia narrativa, sobra en el rubro cachondeo. Ver a
Druuna en pelotas, atada, recibiendo latigazos, en esas tomas que subrayan las
redondeces de las cachas o el escote, o verla participar voluntaria o
involuntariamente de esos garches, son algunos de atractivos realmente
insoslayables que tiene esta historieta. Es un recurso berreta, efectista, pero
puesto sobre la página por un tipo que tiene un dominio de la anatomía en
general y de la femenina en particular absolutamente magistral.
Serpieri es un dotado, un
dibujante tocado por la varita mágica, que sabe sacar lo mejor del estilo
académico-realista, darle onda, fluidez, ponerlo en función de la trama (aunque
sea una trama medio pelo) y no sólo del impacto (aunque esta saga se basa mucho
en eso). Además se rompe el culo en los fondos, las armas, los monstruos… No es
solamente un dibujante de minas que están buenísimas y lucen escasa vestimenta.
Serpieri le canta “quiero retruco” en todas las viñetas a José Luis Salinas,
que es claramente su principal influencia, y a la vez se despega del maestro
cuando le agrega al dibujo esa plasticidad, ese dinamismo que por ahí asociamos
más con Alberto Salinas, o con Juan Zanotto, o con Antonio Hernández Palacios,
por citar sólo a algunos seguidores destacados del glorioso José Luis. O sea
que si te gusta esa estética (o leer historietas con una sola mano) sabés que
con Druuna la vas a pasar bomba.
Hace casi un mes, el 23 de
Abril, me tocó reseñar el Vol.1 de Nextwave, Agents of H.A.T.E. y me gustó
muchísimo. La verdad que lo que tengo para decir del Vol.2 se parece demasiado
a lo que ya escribí en la reseña del Vol.1 y no se me ocurre qué carajo
inventar para no repetirme como un ganso.
Creo que lo más destacado
del tomo es el episodio 10, cuando Warren Ellis y Stuart Immonen juegan a
disfrazarse de otros autores para mostrarnos esas secuencias limadas que
transcurren en la mente de los distintos personajes. Ya sólo con las tres
páginas dedicadas a Elsa Bloodstone en las que Immonen dibuja a lo Mike Mignola
sobraba para ganarse mi ovación, pero hubo mucho más magia y más aciertos. Y en
el episodio 11, puestos a transgredir un poco más, tenemos esa seguidilla de
seis dobles splash-pages en las que los “héroes” va avanzando por un pasillo
dentro de una base secreta llena de peligros. Acá el maestro Ellis se llama al
silencio y el Immonen clava la cámara, la deja fija a lo largo de DOCE páginas.
Sí, doce páginas sin texto, en la que vemos seis ilustraciones a doble páginas
en las que la cámara está inmóvil y lo que se mueven son los personajes. Es un
laburo demecial de composición, de puesta en escena, y de diseño de personajes
porque Immonen mete en la trifulca a los bichos más bizarros y disparatados que
te puedas imaginar, desde androides, samurais y dinosaurios a chimpancés
disfrazados de Wolverine y enanos vestidos de BDSM. Un kilombo realmente
maravilloso.
Y bueno, nada más.
Recontra-recomiendo Nextwave, sobre todo a los fans de la Justice League de
Giffen y DeMatteis. O a los que extrañan a Immonen y quieren descubrir un
trabajo muy atípico del ídolo canadiense.
Nos reencontramos pronto
con nuevas reseñas, acá en el blog.
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Warren Ellis
martes, 23 de abril de 2019
NOCHE DE MARTES
Tengo sueño, pero como
este mes vengo posteando poco en el blog, me la banco y no dejo para mañana lo
que puedo reseñar hoy.
Me pareció muy acertada la
idea de la colección Continuará de nuclear en un mismo libro el Dr. Fogg y
Undermédanos, dos historietas de los ´80 en las que vemos al gran Lito
Fernández romper el molde de la historieta más industrial, la que produjo por
toneladas para las revistas de Columba y el combo binacional Skorpio/
LancioStory. En ambas historias vemos a un Fernández más suelto, dispuesto a
arriesgar más, muy comprometido con la creación de climas, muy generoso en el
trabajo de fondos y hasta por momentos vanguardista en la puesta en página y la
composición de las viñetas, sobre todo en Undermédanos.
Dr. Fogg es una historia
breve (28 páginas) escrita por el maestro Carlos Albiac, bastante en la línea
de la fantasía oscura con algo de realismo mágico que años más tarde ofrecería
el sello Vertigo. En 28 páginas no se puede pretender mucha profundidad en la
psiquis de los personajes y quizás eso sea lo que le falta a Dr. Fogg para ser
aún mejor de lo que ya es. Eso y el rotulado, que es pesadillesco. De todos
modos, es una perlita, una historieta breve, sumamente satisfactoria y extraña
en el contexto de la historieta argentina de principios de los ´80.
Undermédanos, en cambio,
tiene la intención de ser una buena historieta, pero tropieza con sus propias
pretensiones. El guión le pertenece a Oscar Armayor, un autor bastante
prolífico durante los ´80, que nunca fue ascendido al status de “maestro” ni
por los lectores ni por la crítica. Armayor plantea una especie de alegoría, es
decir, quiere bajar una línea ideológica por atrás de la aventura, utilizar a
esta como “puesta en escena” de un mensaje que nos quiere transmitir. Pero
narra todo en forma demasiado caótica. Hay cosas que no se terminan de
entender, la curva dramática no está muy pronunciada, están mal elegidos los
momentos que se enfatizan y los que se des-enfatizan, los personajes
secundarios se quedan en estereotipos muy básicos… y encima los experimentos de
Lito en materia de técnicas de dibujo y puesta en página no contribuyen
precisamente a sumar claridad al relato.
El resultado es un poco
frustrante, porque si tenés a Lito dibujando a ese nivel, así de jugado, con
esas ganas de romper todo, daba para aprovecharlo más, con un guión más sólido.
Visualmente, es un despelote absolutamente cautivante, 100% imprescindible para
los fans del co-creador de Dennis Martin. Ojalá algún día se reediten esos
clásicos que hizo Lito para Skorpio junto Eduardo Mazzitelli, que son un pico
en su extensa carrera.
Salto a 2006, cuando
Marvel publica una serie rarísima: Nextwave, Agents of H.A.T.E., una comedia
pasada de rosca escrita por el maestro Warren Ellis y dibujada por un Stuart
Immonen rarísimo, que cambia su grafismo habitual por otro más anguloso, más
sintético, como si se amalgamara con Phil Hester, ponele, pero más jugado al
color, menos dependiente de las masas negras. Un trabajo realmente notable de
Immonen, sobre todo por la búsqueda de una impronta distinta, que le permite
enfatizar las expresiones faciales de los personajes sin descuidar la machaca
estridente ni el dinamismo extremo de los cuerpos en movimiento.
El guión de Ellis es
extraño porque se trata básicamente de una comedia al estilo Justice League de
Giffen y DeMatteis. Superhéroes de la B Metropolitana, diálogos filosos,
confusiones, enredos, villanos deliberadamente pedorros… El único upgrade que
le mete Ellis a la fórmula de la JLI son las puteadas, que en 1988 no se podían
poner y en 2006 sí, aunque no leamos exactamente la palabra “fuck”. La sátira a
SHIELD y en especial a Nick Fury es descarnada, va más a fondo de lo que iría
cualquier guionista de DC si le dicen “haceme una historieta en joda parodiando
a SHIELD y Nick Fury”. El nivel de mala leche sube con cada arquito argumental de
dos números, al igual que el nivel de violencia, que se exarceba intencionalmente,
para lograr un efecto humorístico.
Este primer TPB trae tres
aventuras y hay tres más en el Vol.2 que prometo leer pronto. Hasta ahora, me
vengo cagando de risa. Pero claro, me queda la sensación agridulce de saber que
nada de lo que pase acá tenddrá consecuencias reales para nadie, porque
H.A.T.E. no es S.H.I.E.L.D., Dirk Anger no es Nick Fury, y tarde o temprano otros
guionistas querrán usar a Monica Rambeau, Machine Man, Tabitha Smith o Elsa
Bloodstone y no les va a quedar otra que barrer estas aventuras abajo de la
alfombra y hacerse bien los boludos, como si nada de esto hubiese sucedido. Por
suerte, los buenos momentos que pasamos leyendo este comic no nos los quita
nadie.
Nada más por hoy. Ni bien
tenga más material leído, posteo de nuevo acá en el blog.
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lunes, 11 de junio de 2012
11/ 06: DC COMICS PRESENTS SUPERMAN: SECRET IDENTITY Vol.2
Ah, bueno... Esto empezó bien y terminó espectacular.
La idea es muy loca, es como que Kurt Busiek hace una de más: un mundo 100% real, idéntico al nuestro, en el que Superman es un famoso personaje de ficción. De pronto aparece un pibe con los mismos superpoderes del héroe y decide adoptar la identidad de Superman y convertirse –efectivamente- en un superhéroe del mundo real. Hasta ahí, todo bien. ¿Dónde se zarpa Busiek? Cuando nos cuenta que este pibe que recibe los poderes de Superman también se llama Clark Kent. ¿Hacía falta? ¿No se puede pensar en un Superman que no sea Clark Kent ni siquiera sacándolo del DCU para ponerlo en nuestro universo? Eso me pareció too much.
El resto es Busiek respondiendo la pregunta que más de uno se habrá hecho alguna vez: ¿Cómo funcionaría Superman en el mundo real? Y ahí, los hallazgos del guionista son innumerables. Posta, esta es una de las mejores –si no la mejor- versiones alternativas del mito del Hombre de Acero. ¿Cuántos tipos y minas habrán escrito historias de Superman de 1938 para acá, entre comics, películas, series y dibujos animados? ¿100? ¿150? No puede haber UNO que no envidie a Kurt Busiek por haber escrito la escena de la página 34 de este TPB para pobres. No sólo está magníficamente escrita, es una escena central, quintaesencial, crucial para cualquier ficción ambientada en el mundo real y que involucre a un personaje con habilidades extraordinarias. Cátedra absoluta.
Y hay muchísimas secuencias más de un nivel altísimo. El desafío es enorme: acá no existen los supervillanos y Superman –básicamente- no tiene contra quién pelear. Entonces la saga deriva en algo rarísimo: historias de superhéroes donde no irrumpen conflictos que deben resolverse por la vía de la violencia, algo que de antemano suena tan bizarro como definir una partida de ajedrez pateando penales. Y sin embargo, el maestro Busiek demuestra que se puede. El resultado es un comic sumamente introspectivo, con mucho slice of life y hasta con cierto vuelo poético. Con poquísima acción, claro, porque acá tienen más chapa la reflexión, la contemplación y sobre todo los vínculos. Pocas veces se escribió un Superman tan humano, capaz de entablar relaciones tan creíbles con sus semejantes.
Por abajo de todos esos espléndidos diálogos y bloques de texto, pasa una topadora: el dibujo del increíble canadiense Stuart Immonen. Acá el ídolo despliega un trabajo monumental, con la técnica del lápiz escaneado, reventado en el photoshop y con las masas negras aplicadas en forma digital, en un layer aparte. Cuando reseñé el Vol.1, dije “El lápiz a la vista y los aciertos de Immonen a la hora de potenciar los climas con el color se combinan de un modo tan perfecto, que en algunas viñetas parece sobrevolar la magia del genial Gene Colan”. Bueno, a eso le canto “quiero retruco”. El color es mucho más importante en este segundo tramo, mucho más expresivo, mucho más decisivo a la hora de establecer los climas, y la magia del inolvidable Gene Colan se siente mucho más, está mucho más palpable en esos lápices frescos, dinámicos, llenos de emoción. Si te copa la estética realista, esto es visualmente perfecto, de verdad.
No quiero contar mucho más para no spoilear. Solamente recomendarte que si nunca habías leído Superman: Secret Identity no desaproveches la oportunidad de tenerla completa (y sin avisos!) en estos dos hermosos TPBs para pobres. Te vas a encontrar con una historieta realmente brillante, emotiva, fuerte, y sobre todo muy distinta a lo que te imaginás. Sumale los dibujazos de Immonen y te queda una obra prácticamente imprescindible, para recordar y recomendar toda la vida.
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lunes, 30 de abril de 2012
30/ 04: DC COMICS PRESENTS SUPERMAN: SECRET IDENTITY Vol.1
Lo mejor de los muy añorados TPBs para pobres de DC era cuando reeditaban una historia originalmente publicada en dos libritos prestige. Era una saga completa, y además dos prestiges de 48 páginas sumaban 96 páginas de historieta, con lo cual no había lugar para meter avisos. Lo siguiente mejor es esto: una mini de cuatro prestiges, reeditada en dos TPBs para pobres. En ese formato, me tiré de cabeza sobre esta obra de 2004 que en aquel entonces dejé pasar y que tiene un gancho irresistible: guión de Kurt Busiek, dibujos de Stuart Immonen, el team-supreme de las inolvidables ShockRockets y Superstar.
El planteo es muy raro. Un pibe nace en nuestro mundo (no en el DCU), en un pueblito de Kansas, hijo de un matrimonio de apellido Kent. Para joder, los padres lo bautizan Clark, y el chico es cuasi-estigmatizado por llamarse igual que Superman. Los tíos le regalan comics, muñecos y remeras del personaje, sus pocos amigos lo gastan a morir, y su vida en el pueblito de Picketsville no es un infierno, pero tampoco se la cobran barata. Hasta ahí, es casi gracioso. Pero cuando van apenas 9 páginas, Clark Kent descubre que... sí, adivinaste: tiene los poderes del más famoso superhéroe.
De ahí en más, Busiek planteará la enésima saga de “un tipo con superpoderes en el mundo real”, con dos agregados interesantes: por un lado, el tránsito de la adolescencia a la adultez de Clark; y por el otro, la constante referencia a las cosas que Kal-El y su alter ego hacen en los comics y que en el mundo real no se pueden hacer, porque resultan insostenibles. Acá no hay Metropolis, claro, por eso nuestro Clark en algún momento deja de ser Superboy y se va a vivir a Manhattan. Pero hay una Lois (la enésima Lois con la que sus amigos le tratan de hacer gancho) y hay un amor entre ella y el chico de Picketsville, muy bien presentado por Busiek.
Pero lo más interesante (por lo menos en esta primera mitad) es que en el mundo real, Superman no tiene contra quién pelear. Hay una secuencia bastante áspera en la que es capturado por una agencia del gobierno que lo quiere estudiar, pero Clark se escapa rápido y con alguna pista (por ahora mínima) acerca del posible origen de sus superpoderes. Pero la machaca dura... dos páginas, y no confronta con ningún ser humano. Simplemente hace mierda la base donde estaba prisionero. O sea que el rol de las piñas, los rayos e incluso de la acción en general, por ahora es muy menor y eso define el tono de la obra que –repito, por ahora- se mueve en el terreno de la introspección con destreza y con atención por detalles que le permiten parecer infinitamente más realista que casi cualquier otra saga de chabones que vuelan con capas y trajecitos ajustados.
Por el lado del dibujo, tenemos a un Immonen inspiradísimo, comprometido a full con la obra, y potenciado por una técnica muy interesante, en la que se ve con claridad el trazo del lápiz del ídolo canadiense. Supongo que será lápiz escaneado, reventado en el photoshop, con las masas negras aplicadas en forma digital, en un layer aparte. El propio Immonen colorea la historieta, así que tiene a su disposición otro arsenal poderosísimo para poner al servicio del dibujo y sumarle expresividad. El lápiz a la vista y los aciertos de Immonen a la hora de potenciar los climas con el color se combinan de un modo tan perfecto, que en algunas viñetas parece sobrevolar la magia del genial Gene Colan. Visualmente, Secret Identity es una maravilla, una referencia ineludible para los fans del dibujo académico-realista.
Veremos cómo remata la trama el maestro Busiek en la segunda mitad de la obra. Por ahora, esto pinta muy interesante y acumula los suficientes hallazgos para aspirar a un lugarcito entre las grandes historias alternativas del inagotable Hombre de Acero. Prometo entrarle pronto al Vol.2.
El planteo es muy raro. Un pibe nace en nuestro mundo (no en el DCU), en un pueblito de Kansas, hijo de un matrimonio de apellido Kent. Para joder, los padres lo bautizan Clark, y el chico es cuasi-estigmatizado por llamarse igual que Superman. Los tíos le regalan comics, muñecos y remeras del personaje, sus pocos amigos lo gastan a morir, y su vida en el pueblito de Picketsville no es un infierno, pero tampoco se la cobran barata. Hasta ahí, es casi gracioso. Pero cuando van apenas 9 páginas, Clark Kent descubre que... sí, adivinaste: tiene los poderes del más famoso superhéroe.
De ahí en más, Busiek planteará la enésima saga de “un tipo con superpoderes en el mundo real”, con dos agregados interesantes: por un lado, el tránsito de la adolescencia a la adultez de Clark; y por el otro, la constante referencia a las cosas que Kal-El y su alter ego hacen en los comics y que en el mundo real no se pueden hacer, porque resultan insostenibles. Acá no hay Metropolis, claro, por eso nuestro Clark en algún momento deja de ser Superboy y se va a vivir a Manhattan. Pero hay una Lois (la enésima Lois con la que sus amigos le tratan de hacer gancho) y hay un amor entre ella y el chico de Picketsville, muy bien presentado por Busiek.
Pero lo más interesante (por lo menos en esta primera mitad) es que en el mundo real, Superman no tiene contra quién pelear. Hay una secuencia bastante áspera en la que es capturado por una agencia del gobierno que lo quiere estudiar, pero Clark se escapa rápido y con alguna pista (por ahora mínima) acerca del posible origen de sus superpoderes. Pero la machaca dura... dos páginas, y no confronta con ningún ser humano. Simplemente hace mierda la base donde estaba prisionero. O sea que el rol de las piñas, los rayos e incluso de la acción en general, por ahora es muy menor y eso define el tono de la obra que –repito, por ahora- se mueve en el terreno de la introspección con destreza y con atención por detalles que le permiten parecer infinitamente más realista que casi cualquier otra saga de chabones que vuelan con capas y trajecitos ajustados.
Por el lado del dibujo, tenemos a un Immonen inspiradísimo, comprometido a full con la obra, y potenciado por una técnica muy interesante, en la que se ve con claridad el trazo del lápiz del ídolo canadiense. Supongo que será lápiz escaneado, reventado en el photoshop, con las masas negras aplicadas en forma digital, en un layer aparte. El propio Immonen colorea la historieta, así que tiene a su disposición otro arsenal poderosísimo para poner al servicio del dibujo y sumarle expresividad. El lápiz a la vista y los aciertos de Immonen a la hora de potenciar los climas con el color se combinan de un modo tan perfecto, que en algunas viñetas parece sobrevolar la magia del genial Gene Colan. Visualmente, Secret Identity es una maravilla, una referencia ineludible para los fans del dibujo académico-realista.
Veremos cómo remata la trama el maestro Busiek en la segunda mitad de la obra. Por ahora, esto pinta muy interesante y acumula los suficientes hallazgos para aspirar a un lugarcito entre las grandes historias alternativas del inagotable Hombre de Acero. Prometo entrarle pronto al Vol.2.
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viernes, 3 de junio de 2011
03/ 06: THOR: THE DEATH OF ODIN
La extensa etapa de Dan Jurgens como guionista de Thor, iniciada en 1998, es una de las mejores cosas que le pasó al Dios del Trueno en su historia. Empezó bárbaro, tuvo algún momento en que se pasó de pochoclera, pero acá, justo acá, pega un salto cualitativo alucinante. Tanto que, cuando Marvel empezó a recopilar esta serie en trade paperbacks, arrancó por acá. Y no es que lo anterior ameritara ser barrido bajo la alfombra, para nada. Pero acá Jurgens pega un golpe de timón y pone proa hacia una de las mejores sagas en la historia del personaje, por supuesto a tono con muchas otras grossitudes que se veían en el mainstream de Marvel en los primeros años de este milenio.
Este tomo, además de infinita machaca, ofrece la resolución de dos plots importantes: el de Tarene (conocida también como Thor Girl o “la Designada”) y el de la relación entre Thor y Jake Olson, el mortal con el que compartía cuerpo desde su regreso. Y por otro lado, abre dos puntas. Una es la aparición de Desak, que pinta para villano pulenta de la próxima saga y otra (la grossa) es la muerte de Odín, el padre creador, quien se sacrifica para impedir que Surtur haga mierda a la Tierra. Su trono, vacante por enésima vez, tiene un sucesor indiscutido: nuestro rubio melenudo favorito, Thor (si estuviste a milímetros de decir “Bret Michaels”, retirate urgente de este blog ;). Y ahí te quiero ver. Una cosa es revolear martillazos al grito de “I say thee nay!” y otra es gobernar, y de eso se trata precisamente la hiper-saga que arranca casi donde este TPB se termina.
Pero hasta ese episodio final en el que todavía ni siquiera vimos el funeral de Odín, pasan muchas, muchas cosas. Machaca sin cuartel contra el Destroyer, toda la saga de Surtur, y un montón de revelaciones más que tienen que ver con Loki, Karnilla, Amora, el Executioner, Marnot, el propio Odín… y una misteriosa profecía sobre el futuro de Thor que Jurgens va a llevar hasta las últimas consecuencias. El guionista abusa mal de un sólo recurso: los personajes asgardianos que adoptan identidades mortales y se mudan a New York. Todos terminan por rodear (a propósito o de casualidad) a Jake Olson, lo cual resulta poco creíble. Pero bueno, es el intento de Jurgens por conservar ese equilibrio (tradicional en esta longeva serie) entre las escenas en Asgard y las escenas en Midgard (la Tierra).
En materia de dibujantes, arrancamos con un Tom Grummett muy inspirado para dibujar machaca palo-y-palo, en ese Annual donde debuta Desak y se lucen Hercules y Beta Ray Bill. Después viene un Walther Taborda medio irregular, que deja la vida en algunas viñetas y se saca otras de encima como apurado por zafar. Le sigue un episodio dibujado por el otrora glorioso Jim Starlin, que para 2001 ya había decaído ostensiblemente, por lo menos como dibujante. Al Milgrom rema desde la tinta para levantarlo, pero no hay con qué. Y el último episodio le toca a un mediocre Joe Bennett, dibujante sin onda, sin alma, sin ideas y anclado en lo peor de la infausta década del ´90.
Pero este un TPB de los grossos, con muchas páginas, y además de esos episodios, hay cinco (115 páginas!) dibujadas como los dioses (nórdicos) por el maestro Stuart Immonen. No sé si es el mejor trabajo de su vida, porque después se fue a Hulk y la mega-rompió. Pero lo que dibuja acá el canadiense es de un nivel devastador. Todo está perfecto: las escenas más tranqui, los combates grandilocuentes (ya sea en la Tierra, en Asgard o en el Infierno), todo ostenta power, todo es majestuoso, emocionante y –lo más loco- casi creíble. Hay muchas páginas sin fondos, es cierto, pero cuando tienen que aparecer, aparecen y te impactan tanto como los intercambios de rayos y trompadas entre héoes y villanos. Como fan de Kirby, Buscema, Simonson y Romita Jr., me siento más traidor que Starscream por decir esto, pero lo pienso de verdad: Immonen es el dibujante definitivo de Thor. Quisiera leer nuevas versiones de todas las sagas del personaje (o de las buenas, al menos) dibujadas por Immonen. Y en lo posible, con el traje actual de Thor, no con el clásico, que es un desastre. Y la barba, que un vikingo sin barba es como un flogger pelado (¿siguen existiendo los floggers? ¿o ya son una referencia retro, como el peronismo federal?).
Si sos fan de los superhéroes, el Thor de Jurgens te va a cebar mal, empieces de donde empieces. Y si te gusta el dibujo realista fuerte, elegante, con power y sutileza en dosis parejas y una narrativa infalible, tenés que tener este tomo por las 115 páginas de Immonen. Más la leo y más reivindico a la Marvel de Jemas y Quesada.
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Thor
domingo, 26 de septiembre de 2010
26/ 09: ULTIMATE FANTASTIC FOUR Vol.2
Hace un tiempo, cuando completé los Ultimate X-Men de Mark Millar, empecé a juntar los Ultimate Fantastic Four, iniciados por Millar y Brian Michael Bendis y continuados a partir de este tomo por Warren Ellis. Y la verdad es que se parecen poco entre sí. En UFF parece predominar una idea: pasar “en limpio”, traducir al Siglo XXI, darle coherencia, des-bizarrear, explicar de modo más creíble TODO lo que en los FF de Stan Lee y Jack Kirby resulta insostenible para las exigencias del público actual. El accidente de Reed y sus amigos, los rayos cósmicos, la transformación de sus cuerpos, la rivalidad con el Dr. Doom, la relación con el gobierno yanki, el Baxter Building, el fantasticar, un montón de cosas de la versión original que en los ´60 no hacían ruido y ahora sí, son reinterpretadas en la versión Ultimate y se hacen mucho más consistentes y menos traídas de los pelos. Pero claro, los guionistas Ultimate hacen una o dos de más: por un lado, Johnny sigue siendo el borrego del cuarteto, pero los otros tres ahora son un par de años mayores que él! Posta, Reed, Ben y Sue son poco más que adolescentes! Son los Fantasteen Four! Me parece que no había necesidad de ese giro tan extremo. Y otros giros zarpados, pero que funcionan perfecto, son repensar a Sue como una científica grossa (en biología molecular, materia que Reed toca medio de oído) y darle poderes sobrehumanos bastante copados al Dr. Doom.
Imaginate que, para explorar tooodo el origen del grupo, las transformaciones de los cinco (Doom incluído), más todos los cambios ya mencionados respecto de la versión clásica y algunos más, más las personalidades de los cuatro protagonistas y la dinámica entre ellos, Ellis y sus antecesores se toman prácticamente doce episodios, dos tomos recopilatorios. Digo “prácticamente” porque también hay machaca contra un par de villanos (Mole Man en el Vol.1 y Dr. Doom en este), que están casi des-enfatizadas, porque obviamente no son lo más importante. Están porque no puede no haber machaca, pero queda claro que a los autores les interesa mucho más lo otro.
O sea que la cosa avanza, pero lento, con muchísimas secuencias de charlas entre los personajes (interesante también el giro que le da Ellis al Profesor Storm, padre de Sue y Johnny), de ensayos en el laboratorio, y por otro lado, muchas secuencias que recorren el pasado de Doom y su presente, en un mundo más parecido al nuestro, donde no existe Latveria, pero el grosso igual se las rebusca para, a los 22 años, tener miles de súbditos que lo veneran. Por supuesto, todo está muy bien escrito, abundan los diálogos ingeniosos (y hasta los chistes groseros) y Ellis demuestra que se puede hacer un comic con onda juvenil, cool y actual sin caer en la pavada ni en la oquedad. O sea que, si no te exaspera que pase muy poco en cada tomo, esto está muy bien.
Incluso por el lado del dibujo, porque después de un primer tomo con Adam Kubert (dibujante que no es santo de mi devoción), acá lo tenemos a Stuart Immonen prendido fuego, con todo su oficio al servicio de la narrativa, con excelentes soluciones al problema de las infinitas páginas de gente hablando, y además perfectamente complementado con las tintas de Wade Von Grawbadger y el color del infalible Dave Stewart. Immonen había dibujado algunos episodios de los FF clásicos (cuando los escribía Carlos Pacheco) pero acá cambia el registro, va por una onda menos pochoclera y una línea más clara, con menos mancha negra, como para que se note menos que ya no está Adam Kubert. Igual se nota, porque no hay truco ni yeite posible que alcance para ocultar que Immonen es mucho mejor que el menor de los Kubert.
Veremos cómo sigue esto. Por ahora, esta versión Siglo XXI me parece interesante, le perdono las infinitas traiciones a Lee y Kirby y le huelo intenciones mil veces mejores que a la re-versión de Jim Lee de 1996. Una lástima que hayan cambiado de autores entre el primer y el segundo arco, pero la verdad es que Warren Ellis y Stuart Immonen no mezquinan nada de su talento y ponen lo que hay que poner para que uno termine de comprar los conceptos con los que esta serie se propuso reescribir para el público actual los mitos marvelianos de los ´60. ´Nuff said!
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jueves, 26 de agosto de 2010
26/ 08: MOVING PICTURES
Nah, estamos todos locos… ¿Stuart Immonen publica un libro en Top Shelf? ¿Qué es lo próximo? ¿Robin Wood en la Fierro?
Pero resulta que sí, que a lo largo de tres años, el canadiense aprovechó cada minuto libre que le dejó su monumental y mega-exitoso trabajo en Marvel (ni pienso enumerar todos los títulos en los que trabajó) para dibujar y subir a la web a razón de una por semana, las 136 páginas de esta novela gráfica escrita por su esposa Kathryn (que también labura para Marvel). Moving Pictures, urge aclararlo, no se parece en lo más mínimo a lo que los Immonen hacen habitualmente para los comics de Marvel.
Para empezar, el estilo es totalmente distinto al del típico comic de Immonen. No se parece tampoco al estilo que usó en NextWave. Acá, el canadiense renuncia al realismo y se vuelca a un estilo entre Marc Hempel, Kyle Baker, Nabiel Kanan y el alemán Ulf K. Un estilo minimalista, de extrema síntesis, en el que conviven la línea clara (Immonen es fan a muerte de Hergé) y unos claroscuros devastadores. La tipografía y la línea apenitas chunga nos recuerdan de inmediato a Baker, pero la mezcla es mucho más compleja que eso. El cross-hatching aparece sólo cuando Immonen tiene que dibujar cuadros famosos, y todo el resto es una danza peligrosa, a todo o nada, entre masas blancas y negras que te terminan devorando por completo. Las expresiones faciales, que siempre son un deleite en los comics “realistas” de Immonen, acá no aparecen ni por accidente. De hecho, la onda es que las caras de los personajes expresen lo menos posible.
Hay que leer el libro para darse cuenta de qué pasa, ya que todo está en los diálogos. Así como no hay expresiones faciales, tampoco hay lenguaje corporal, ni mucho menos acción. Todo está sumamente contenido, y el pobre Immonen se come mansito decenas de páginas de cabecitas que hablan (y hablan, y hablan) y aún así logra mantener nuestro interés hasta el final del libro. Un laburo increíble, de verdad.
El argumento es más de película europea que de comic: la no-acción transcurre en la París ocupada por las tropas nazis (a las que no vemos y nadie nombra nunca). La protagonista es Ila Gardner, una chica canadiense que trabaja catalogando, ordenando y moviendo cuadros de los museos parisinos, a las órdenes de autoridades que ya no tienen demasiada autoridad. Por encima de ella ahora está Rolf Hauptmann, un alemán que hace lo mismo que Ila, pero para los nuevos dueños de la manija, que quieren registrar y controlar el gigantesco patrimonio artístico de los museos del país conquistado. En el medio de ese clima minimalista, casi de obra de teatro, desaparece gente sin dejar rastro y no aparecen las emociones. Todo el tramíte es frío, burocrático, parsimonioso. Evidentemente, la procesión va por dentro.
Ila se debate –sin que lo notemos, porque se esfuerza por ocultar sus sentimientos y hasta por caernos mal- entre rajarse del país, colaborar con los alemanes, o inmolarse en una especie de resistencia unipersonal y obviamente condenada al fracaso. Pero el amor (en este caso a las obras de arte) es más fuerte y al final gana el derecho a no decidir, a dejar que la cosa fluya, a ver qué pasa. Todo esto entre escenas muy bien narradas, donde los diálogos cargan con todo el peso de la trama y además son los encargados de ponerle tensión y finas ironías a las relaciones entre Ila, Rolf, la hermana de la protagonista y Marc, un compañero de trabajo del museo. En un punto, Kathryn Immonen se zarpa con los diálogos: -¿Qué te pasa? –Nada -¿Cómo nada? Algo te tiene que pasar… -No, no me pasa nada… -Nada que me quieras contar. –No, nada que te quiera contar… y así. No son exactamente esas palabras, pero se entiende, no? Ese recurso que funciona tan bien en el cine, en el comic llena un poquito las bolas. Por ahí era preferible meter más cuadros mudos (y hay muchísimos).
Lo cierto es que, excesos al margen, el guión funciona. Te inquieta, te deja pensando, te compromete a fondo con los personajes y te muestra una situación bastante trillada (París bajo la ocupación alemana) desde una óptica novedosa, con originalidad y hasta con vuelo poético. No te vas a encontrar con el Stuart Immonen de siempre, pero vas a descubrir a un genio del claroscuro, en una historia distinta, extraña, que rinde tributo a los maestros de las artes plásticas y que se juega a ritmos tranquis, grillas casi inamovibles y todos los yeites de la narrativa anti-estridencia y anti-pochoclo que se te puedan ocurrir. Comic 100% de autor, de la mano de un ídolo del mainstream. Se puede. Immonen tardó tres años, pero lo hizo. Y grosso Top Shelf que lo plasmó en papel.
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