Este es el horrendo juego de Qué Grosso vs. Qué Garcha. A ver…
Qué Grosso que se edite un libro de Peiró, un prócer absoluto, uno de los mejores dibujantes argentinos de todos los tiempos, un monstruo asesino de infinito talento injustamente desconocido por la gran masa del pueblo comiquero, pero con más de 35 años de inmejorable calidad a sus espaldas.
Qué Garcha que el libro lo haya tenido que editar él mismo, porque las editoriales no le dan pelota.
Qué Garcha que en vez de sus alucinantes historias cortas para Fierro o Heavy Metal se hayan recopilado tiras y chistes que hace el ídolo para un diario cordobés.
Qué Grosso ver a Peiró a color! Desde la época de Hortensia uno lo asociaba al blanco y negro, pero a color es un zarrrrpado, demasiado bueno para ser real.
Qué Grossos son lo chistes de una sóla viñeta (en blanco, negro y grises) con los que abre el libro. Algunos me arrancaron carcajadas.
Qué Garcha que es la tira Primer Mundo, que ocupa casi todo el tomo. O en realidad no es una garcha, pero sí algo que funciona mal a varios niveles. Por un lado, es una tira de humor radial. Casi ninguno de los gags necesita ser dibujado. Ni por un genio como Peiró ni por un humorista gráfico más limitado (ponele Sendra, por decir algo). Típico chiste de los protagonizados por el amargo jubilado Don Cosme:
Un tipo: La escacez de monedas que hay hace que sea difícil darle vuelto al comprador, Don Cosme…
Don Cosme: Lo que son las cosas, m´hijo… En mi caso, con la falta de billetes, se me hace difícil pagarle al vendedor.
El chiste está bueno, pero ¿hace falta dibujarlo? No. ¿Hace falta desarrollarlo en una secuencia de tres viñetas? Tampoco. Sendra o Rudy y Daniel Paz podrían plasmar el mismo chiste en un sólo dibujo, con sólo acomodar bien los globitos de diálogo.
Peiró está conciente de que sus chistes son difíciles de convertir en secuencia de viñetas. Por eso casi siempre pela este artificio: La primera viñeta muestra un primer plano de Don Cosme y su interlocutor, la tercera casi siempre es un primer plano de Don Cosme solo, muchas veces de espaldas al lector. Y el cuadro del medio es una orgía: nos muestra de lejos un vehículo viejo y destartalado (puede ser un auto, un flete, un bondi, una moto, una bici, un jeep) que pega un salto porque agarra un pozo, un bache, o una loma de burro. En el sacudón saltan partes del vehículo (bulones, resortes, cachos de paragolpes) y la gente que va a bordo, generalmente tipos con pinta de crotos, a veces acompañados de señoras (gordas) y/o animales, mientras un perro corre y ladra junto al vehículo.
Esas viñetas tienen un laburo impresionante (de observación, de representación y de efecto cómico) y cada una merece ser un poster. Pero no, son apenas la viñeta del medio de una secuencia de tres, secuencia a la que rompen por completo, porque en estos dibujos no vemos ni a Don Cosme ni a ninguno de los personajes de la tira. Y además se ven invadidas por cachitos del texto, al que Peiró deshilacha entre los tres cuadros, cuando –ya lo dijimos- podría entrar todo en uno.
Después podemos discutir acerca de cómo la tira trata los temas políticos y sociales (abundan los palos a Menem, que de hecho protagoniza varias tiras alucinantes, se encara con desesperanza y angustia la crisis de 2001-2002 y se mira con desconfianza la gestión de Kirchner y de Cristina y a la política en general), y por supuesto lamentaremos el fuerte anclaje de la misma con momentos y coyunturas que –a la hora de leer el libro- nos resultan un poco lejanas en el tiempo, y a los que no vivimos en Córdoba, también en el espacio, porque muchos chistes hacen referencia a intendentes y gobernadores a los que conocemos apenas de nombre.
Pero lo fundamental, lo que más tira para atrás, es ver a un capo de la narrativa, a un dibujante sublime y salvaje, metido en algo tan munícipe, rutinario e innecesario como dibujar humor radial. Peiró encuentra espacios para la trangresión y sorprende con dibujos monstruosos (esas naves espaciales!), pero en un contexto en el que desaprovecha por completo su inmensa jerarquía como historietista. Un reencuentro agridulce con un ídolo de la infancia y la adolescencia al que hacía rato que le había perdido el rastro…