el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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jueves, 30 de mayo de 2024

NOCHE DE JUEVES

Bueno, ocho posteos en Mayo y 40 en cinco meses no está tan mal. Hoy empezamos con Black Panther: Panther´s Quest, el tomo que recopila el extenso serial que se publicó a fines de los ´80 a lo largo de 25 entregas de la revista Marvel Comics Presents. Cuando la leí en su momento, en fetas quincenales de (casi siempre) ocho páginas, me gustó mucho más. Hoy no llegó a parecerme una cagada, pero se nota demasiado que el guionista Don McGregor tenía una idea muy chiquita y se propuso estirarla hasta los límites más insospechados. El conflicto principal (T´Challa busca a su madre que fue raptada por un sudafricano blanco hace casi 30 años) está muy bueno, y la resolución también. Y el resto no está a la altura, ni ahí. Lo mejor que tiene Panther´s Quest es cómo se enchastra en un contexto muy picante a fines de los ´80, y que fue abordado por varios comics de superhéroes: el Apartheid. Y como la saga es muy larga, McGregor incluso tiene espacio para mostrarnos que no todos los negros eran víctimas, y que en Sudáfrica había hijos de puta, violentos y perversos de las dos razas. El guionista además tira mucha data acerca del Apartheid, no es solo un adorno, o una mención superficial para darle sustento a los kilombos en los que se mete T´Challa. Y lo otro muy copado es (como siempre) el nivel de la prosa de McGregor, abundante, por momentos agobiante, pero de muy alto vuelo, con momentos dignos de un Robin Wood, un Héctor Oesterheld o un Alan Moore. Los diálogos me gustaron menos. Y lo más lamentable es la sucesión absurda de peripecias por las que pasa T´Challa para ir del punto A al punto B: un laberinto del terror en el que mil veces lo cagan a piñas, le pegan tiros, lo prenden fuego, le clavan vidrios, alambres de púa, cuchillos, lo ahogan... y el tipo (que no tiene superpoderes, ni garras de vibranium, ni nada) se levanta una y mil veces, roto y ensangrentado, y sigue adelante en sus combates contra quien se le ponga adelante. Hay tres o cuatro pausas en el relato en los que el héroe puede descansar, curar sus heridas y recuperar sus fuerzas y su prodigioso estado físico. Pero es demasiado, son muchos golpes, tajos, fracturas... llega un punto (bastante temprano en la narración) en la que tantos "puntos de daño" hacen mierda el verosímil que intenta construir McGregor. Y el atractivo que no envejece, sino que -por el contrario- se disfruta cada vez más, es el dibujo del maestro Gene Colan, acá entintado por Tom Palmer, su clásico socio en gemas como Tomb of Dracula. Incluso con un color que oscila entre lo olvidable. lo repulsivo, la dupla Colan/ Palmer garantiza una calidad impresionante en la faz gráfica. En algunas páginas hay fondos que podrían estar y no están, pero en general el comic hace gala de un gran dinamismo, con puestas que enfatizan el fluir de la acción, rostros que acentúan el dramatismo de lo que sucede, mucha variedad en los enfoques... Solo faltaría que McGregor se llamara al silencio y dejara que Colan narre algunas secuencias sin texto, pero sabemos que eso es imposible porque si hay un guionista famoso por su verborragia, es este. Panther´s Quest no tiene mucho que ver con la versión de Black Panther que conoce y consume la mayoría de los fans actuales, y si no fuera por la importancia del Apartheid en la trama, es un comic que se podría haber creado tranquilamente a fines de los ´60, o en cualquier momento de los ´70. Pero está bueno porque -si bien está groseramente estirado- es intenso, jugado, áspero y relevante para la historia del personaje.
Cuarto tomito de DDDDD, y último de los que tenía comprados. Muy bueno. Inio Asano me terminó de cebar con esta entrega, en la que incorpora nuevos personajes muy atractivos, avanza los plots que involucran a las chicas que están desde el principio (que ahora en vez de a la secundaria van a la universidad) y hace crecer a límites zarpados la intriga y la tensión en torno a los invasores, a los que ahora vemos de cerca, y hasta escuchamos hablar. ¿Qué son esos seres que parecen niños humanos con escafandras bizarras? ¿De dónde vienen? ¿Cómo se adaptan a vivir en las ciudades terrestres cuando las fuerzas militares destruyen sus naves? Ahí hay material para contar muchísimas historias apasionantes, y ese es el camino que pareciera tomar DDDDD. En el medio hay diálogos delirantes y muy cómicos (los raptos de violencia y megalomanía de Ouran son espectaculares), más slice of life con la que Asano explora la vida de la gente en estas ciudades alteradas por la presencia de los alienígenas, referencias mangas y videojuegos, romance y hasta escenas tremendamente crudas en las que vemos a los militares hacer mierda a los invasores. Ah, y otra historieta cómica de Isobeyan para abrir y cerrar el tomo bien arriba. De alguna manera (que espero haber expresado de manera elocuente en estas cuatro reseñas), Asano logró convencerme de que Dead Dead Demon´s Dededede Destruction tiene lo que hay que tener para convertirse en un manga fundamental, que recontra vale la pena seguir hasta el final. Tiene mucho que ver la descomunal calidad del dibujo, obviamente, pero también el desarrollo de los personajes y la forma siempre extraña que tiene este autor de borrar las fronteras entre los géneros y nunca quedar encasillado en ninguno. En pocas páginas Asano puede pasar de lo pavote a lo profundo, del humor al drama, de lo cotidiano a lo bizarro, como para que el lector no sepa nunca qué esperar, ni por dónde va a venir el próximo golpe, o el próximo volantazo en la narración. Me pongo en campaña para conseguir más tomos (a ver si Ivrea hace lo mismo para devolverle algún tipo de periodicidad a la edición argentina) no con la certeza, pero sí con la ilusión, de estar frente a una nueva obra maestra de este monstruo llamado Inio Asano. Nada más, por ahora. Gracias por el aguante y vuelvo a sumergirme en el océano de la Comiqueando Digital, cuyo nº9 ya está cerca.

martes, 15 de febrero de 2022

ESSENTIAL DOCTOR STRANGE Vol.3

Este tomo recopila los primeros 29 números de la serie de Doctor Strange que arranca a mediados de los ´70 y llega (muy lento, porque siempre fue bimestral) hasta el año ´87 u ´88. Es material que tenía en revistitas y había leído probablemente a fines de los ´90, pero entre que soy fan de los Essentials y que algunos de esos números levantaron mucho su cotización, decidí canjearlos por otra cosa y pasarme al broli en blanco y negro. En una de esas, en algún momento hago lo mismo con las revistitas que vienen en el cuarto Essential, que es el último que llegó a publicar Marvel antes de discontinuar ese glorioso formato. No sé si disfruté mucho más que la primera vez al releer todo este material. La primera vez era todo muy nuevo y muy flashero, porque yo no me imaginaba que Stephen Strange se podía convertir en un personaje con chapa cósmica, lo veía más para vencer a hechiceros malos, u otros villanos místicos. Esta vez, que ya sabía dónde me estaba metiendo, por ahí me pareció que a esta etapa le falta eso: más conflictos grossos contra villanos. El chamuyo metafísico llevado a niveles cósmicos está bueno al principio, pero después cansa un poco. Lo mejor del tomo son los primeros 18 números, los que escribe Steve Englehart y están organizados como tres cuasi-novelas de seis episodios. Como ahora, que con cualquier idea chota te hacen seis números, pero acá en cada número hay un montón de ideas, y en el sexto como que todo cierra mejor. El tercer arco es el más desprolijo, porque en el medio se mezcla el crossover con Tomb of Dracula, que está muy bien orquestado (por Marv Wolfman, que era guionista de ToD y coordinador de la revista del Tordo), pero básicamente Englehart cuenta tres historias extensas, repletas de peligros a todo o nada para el facultativo, Clea y Wong. Después Wolfman empieza a escribir Doctor Strange y se decanta por aventuras más breves, de dos episodios, ninguna brillante y una (la del Bicentenario de la independencia de EEUU) francamente chota. Jim Starlin aporta una trilogía limadísima, con volteretas impredecibles para el Ancient One y más entidades cósmicas de las humanamente digeribles, y en los tres últimos episodios del tomo lo tenemos a un primerizo Roger Stern que primero resuelve lo que Starlin deja medio colgado y finalmente aporta un unitario de escasísima trascendencia. Faltan bastantes números para que esta serie recupere la jerarquía de sus inicios, y eso sucede ya entrado el cuarto Essential. En cuanto a los dibujantes, acá nos damos todos los lujos. Primero, el incomparable Frank Brunner, desaforado, ido al hiper-carajo, con unas tintas magníficas de Dick Giordano. Esto en blanco y negro es una orgía de emociones, magia en estado puro. Brunner dibuja apenas seis números (y muchas portadas) y después vuelve un ídolo, un dibujante fundamental para esta serie: el maestro Gene Colan, probablemente el dibujante de esta época que más se beneficia del paso de color a blanco y negro. Y encima con otro entintador de lujo, el imbatible Tom Palmer. Cuando se va Colan tenemos un numerito bien dibujado por Alfredo Alcalá, un annual a cargo de un primerizo P. Craig Russell (muy bueno, pero se superará ampliamente a sí mismo cuando haga una remake de esa historia en los ´90), tres números en los que Tom Sutton deja la vida y las tintas de Ernie Chan lo levantan como si tuviera la capa de levitación del Tordo, y para todo lo demás tenemos al magistral Rudy Nebres. A veces como dibujante y entintador, a veces solo como entintador de Jim Starlin y en un episodio hasta lo ponen a entintar al fiambre de Al Milgrom. En todos los casos, se impone la línea elegante, generosa, frondosa del sublime artista filipino. Y cuando lo dejan ser él quien plasma el relato en la página, Nebres pela un despliegue visual que no tiene nada que envidiarle a las genialidades que nos ofrecieran Brunner y Colan. Con ese nivel de dibujantes (que, como siempre digo, se disfrutan mucho más sin los colores espantosos de los comic books de los ´70), las historias podrían ser un aborto talidómico y aún así me animaría a recomendar el libro. Pero encima la mayoría de las historias son de dignas para arriba y hay muchos momentos que los fans de Strange atesoramos por siempre. Te tiene que gustar la sanata mística, mezclada con la sanata cósmica. Y bancarte a un protagonista frío, distante, que no hace el menor esfuerzo para que los lectores lo quieran, más allá del de salvar una y otra vez al universo entero, o a la realidad misma. Si eso te cierra, este trip a los ´70 te va a resultar cautivante y memorable. Y si no, siempre está la etapa clásica de Stan Lee y Steve Ditko, o la ochentosa de Roger Stern, que se ganaron en buena ley el status de hitos en la rica historia comiquera de Marvel. Gracias por la magia y que el Vishanti esté con ustedes,

sábado, 27 de diciembre de 2014

27/12: STEWART THE RAT

Otro trip a los ´70, esta vez a 1979, cuando estalla el conflicto entre Marvel y Steve Gerber por los derechos sobre Howard the Duck. Ahí nomás el guionista se va de la editorial donde se consagró y se pone a trabajar para estudios de animación de la Costa Oeste, donde le va bastante bien. Pero le queda ese sabor amargo, por eso busca revancha.
Stewart the Rat es el primer comic que realiza Gerber por afuera de Marvel y además una de las primeras publicaciones de la editorial Eclipse, que desde el primer día experimentaba con el formato de novelas gráficas y la distribución por fuera del circuito de kioscos, lo cual garantizaba poder gambetear un montón de restricciones gráficas y temáticas. Sin ser la octava maravilla del mundo, Stewart the Rat se beneficia mucho de todo esto: de no tener un coordinador de Marvel supervisando a Gerber, de no tener la restricción del comic-book de 22 páginas a color, y sobre todo de no tener el sellito del Comics Code Authority.
Lo que más me llamó la atención es que, si bien los parecidos con Howard the Duck son notorios, Stewart the Rat no parece tener como único objetivo contar una historia de Howard que Gerber no pudo contar en Marvel. El tono es bastante distinto, el personaje es mucho menos gracioso, la interacción con los humanos es menos estridente, el origen es menos limado… pareciera ser una versión de Howard mucho más pensada para lectores adultos, para gente que en aquella época no habría agarrado un comic de Marvel ni con un chumbo en la cabeza.
El guión, como todo lo que escribía Gerber con total libertad, está lleno de bizarreadas: hay una especie de zombie vestido como John Travolta en Saturday Night Fever, muchos palos a la música disco (tan en boga en el tramo final de los ´70), minas descerebradas en pelotas, un superhéroe que no para de hacer referencias mínimamente veladas a las drogas, un negro vestido como un típico caf¡shio que dispara una sustancia parecida al semen con un arma parecida a una poronga, criaturas raras que se persiguen, se pelean… y otra constante en las obras “adultas”de Gerber: la presencia de personajes que se dedican a lo mismo que él, en este caso a escribir guiones para productoras de Hollywood. Uno se imagina que, con todos esos elementos extraños (sumado al hecho de que los personajes putean casi sin restricciones), el resultado sería una catarata de carcajadas y delirios. Y no. Hay un tono… no reflexivo, pero por lo menos no tan fiestero. El núcleo, lo central, siguen siendo las relaciones, los vínculos que se gestan entre Stewart y los dos personajes secundarios más relevantes, Rose y su hija Sonja.
Parte de lo que ayuda a que todo esto sea más verosímil, menos estridente y en un punto más “para adultos” que los comics de Howard, es que acá se vuelven a reunir los artífices de los mejores episodios del pato, el maestro Gene Colan y su ilustre entintador Tom Palmer, pero ahora pueden trabajar en blanco y negro. Lo dije ya algunas veces y lo repito: Colan en blanco y negro es una exquisitez, un lujo, una maravilla. Y además Palmer agrega tramas mecánicas para realzar con grisados algunas viñetas y sumarle profundidad al dibujo de Colan, que a veces puede parecer muy plano. Además, el entintador pone bastante de su estilo en las caras de las mujeres, pero sin opacar para nada el clásico grafismo de Colan. Fiel a su estilo, el maestro juega con la puesta en página, con la elección de los ángulos y sobre todo con el manejo de los climas y la acción. El resultado es una faceta visual llena de potencia y de belleza, al mejor estilo Colan+Palmer, quizás la mejor dupla de dibujante-entintador que tuvo el comic yanki en los ´70.
Y bueno, si sos fan del indomable, del idiosincrático, del siempre impredecible Steve Gerber, esto lo tenés que tener. Si bien se editó en 1980, no es imposible de conseguir en parte porque vendió por debajo de lo esperado. Además tiene como incentivo un trabajo formidable de Gene Colan y Tom Palmer y todas esas cosas zarpadas y subidas de tono que jamás podrían haber aparecido en una aventura de Howard the Duck (por lo menos en los ´70, porque en la mini de Howard que vimos el 11/05/13 Gerber no deja títere con cabeza). En el peor de los casos, Stewart the Rat se puede leer como un comic de transición entre el mainstream puro y duro y lo que en los ´80 se llamó “las independientes”. Y lo más importante es que –estoy seguro- lo vas a disfrutar.

martes, 11 de octubre de 2011

11/ 10: DC COMICS PRESENTS NIGHT FORCE


Es raro lo que hizo DC con esta serie. De tenerla barrida abajo de la alfombra, pasó en muy poquito tiempo a reeditarla en dos formatos, tal vez para avechuchear con la muerte de Gene Colan, y la necro-chapa que generaron los cientos de (merecidísimos) homenajes al maestro. Lo cierto es que los primeros cuatro números salieron en un TPB para pobres, y al toque salió la serie completa en un libro más lujoso, creo que un Omnibus. Adiviná cuál se compró el croto que escribe este blog…
Lo primero que llama la atención (además del color vomitivo, un clásico en los comics pre-Image) es que, para ser de 1982, Night Force se mantiene bastante actual. Te das cuenta de que es viejo por la ropa, los autos, esas boludeces. Pero se lee bastante parecido a los comics más actuales. No está sobre-explicado, no se recapitula en cada episodio lo sucedido en el anterior (hay menciones, pero sutiles) y la verdad es que, si bien Marv Wolfman metía mucho más texto por página del que se usa hoy, al lado de los X-Men de Claremont esto es historieta muda, como el Pinocchio de Winshluss que vimos ayer.
Yo, que no tenía la menor idea de para dónde iba esta serie (efímera, por cierto), creía que todo giraba en torno al enigmático Baron Winters, ese que tiene bastante chapa en un numerito de Swamp Thing de Alan Moore. Pero no: Winters es apenas uno de los protagonistas, y no precisamente el que más aparece, ni al que más se calienta por desarrollar la dupla autoral. A Wolfman parece interesarle más Jack Gold, periodista jodido, cabezadura, grosero, divorciado, al que le costó un huevo derrotar al alcoholismo y ahora fuma un pucho atrás de otro. Con todos sus defectos, Gold es lo más parecido a un “héroe” que tiene la serie. Y después están el parapsicólogo Donovan Caine (un poco para explorar la arista “científica” de los extraños sucesos que presenciamos) y –esto es MUY fumado- al igual que en su insuperable Tomb of Dracula, Wolfman y Colan meten a una nieta de Abraham Van Helsing, que esta vez no se llama Rachel sino Vanessa. Por ahora, Vanessa es el personaje menos explorado, casi un artefacto que pasa de mano en mano, pero con poquísima personalidad, porque está siempre drogada, en trance o desmayada.
Este primer tramo de la serie se las ingenia para presentar un montón de elementos misteriosos, cercanos al género del terror, pero mostrados y explicados de modo más realista, más como “fenómenos paranormales”. La trama, además de un par de buenos personajes, incluye espionaje, runfla política, unas cuantas muertes bastante truculentas y una leve cuota de erotismo, por ahí jugada para lo que se publicaba en EEUU en 1982, pero 100% light para los standards actuales. Y la verdad es que la mezcla funciona. Desde el principio queda clarísimo que Wolfman no quiere hacer una secuela ni un clon mínimamente disimulado de Tomb of Dracula (a pesar de la nieta de Van Helsing). La onda es crear suspenso mediante un misterio más complejo, más creíble, menos obvio que la hipnótica e infinita lucha de Dracula contra Quincy Harker y sus amigos. El resultado es –por ahora- sumamente promisorio.
Y por supuesto, Wolfman juega con 40 anchos de espada en el mazo, porque tiene de dibujante al glorioso Gene Colan, con quien trabajó mil años y con el que (como con George Pérez) se leían la mente. Falta el mítico Tom Palmer en tintas, pero está Bob Smith, que no entorpece para nada el lucimiento del prócer, de esas figuras dinámicas, esas puestas en página jugadas, esos rostros super-expresivos, esos climas ominosos, esas angulaciones zarpadas, todas esas cosas que hicieron inmortal a Gene “the Dean”. La que sí conspira para hacerlo mierda (y por momentos lo logra) es la colorista (y en aquella época esposa del guionista) Michelle Wolfman, verdulera irredenta que merece ir en cana por los imprescriptibles delitos que cometió contra el dibujo de Colan.
Con 96 páginas ya fagocitadas, asciendo a Night Force del rubro “bizarreada ochentosa” al de “clásicos semi-ocultos”. Y si en el broli que trae la serie completa las historietas están recoloreadas, lo empiezo a mirar con cariño.

martes, 8 de junio de 2010

08/ 06: TOMB OF DRACULA: DAY OF BLOOD! NIGHT OF REDEMPTION!


Tomb of Dracula es una serie que genera adicción. No importa si la descubriste a través de los 70 numeritos de los años ´70, o en los Essentials, o en la edición española, o en los majestuosos Omibus que salen actualmente. En algún punto, la vas a completar, vas a querer más y vas a descubrir (oscuras artes mediante) la secuela de 1991.
Day of Blood! Night of Redemption! es una serie de cuatro libritos prestige (nunca recopilados en TPB) que salió a través del sello Epic de Marvel. Para la secuela se reunieron dos de los tres artífices de la etapa clásica: Marv Wolfman y Gene Colan (nada menos) y nos quedamos con las ganas de Tom Palmer, quien fue reemplazado por otro monstruo, el virtuoso Al Williamson. El pase de Marvel a Epic fue un acierto en un punto central: sangre, gore y tetas! Tres cosas fundamentales en el género de terror para adultos que no se podían mostrar en un comic apto para todo público podían aparecer en un formato más finoli, lejos de la censura del Comics Code Authority. Por otro lado, le permitió a los autores una movida arriesgada: no hacerse cargo de un montón de apariciones de Drácula en el Universo Marvel, todas posteriores a 1979, cuando la mítica Tumba cierra en su n°70.
Esta saga retoma al elenco clásico en tiempo real: pasaron 12 años desde que Quincy Harker murió para acabar con el Príncipe de las Tinieblas. En el medio murió también Rachel Van Helsing, también del equipo protagónico, pero de algún modo se va a hacer presente en esta historia. El rol central esta vez le corresponde a Frank Drake, un personaje casi segundón en la serie clásica, al que acá Wolfman trabaja a fondo y le otorga mucha chapa. Lo secundan su nueva esposa Marlene, y Blade, el semi-vampiro caza-vampiros que tanta fama logró gracias a sus aventuras hollywoodenses. Pero buena parte de la gracia de la Tumba reside en que el verdadero protagonista, el pulenta, el que moviliza a las masas, no es otro que el villano, el viejo y querido Vlad Tepes. O sea que, mucho más importante que saber con qué formación sale a la cancha el equipo de los buenos, es cómo carajo vuelve a la vida el otrora dictador de Valaquia.
Y la verdad es que el truco de Wolfman para resucitarlo está muy bien orquestado. La trama en general está un poco estirada, por ahí le sobran 50 páginas. Pero como la interacción entre los buenos está muy lograda y las maldades que hace Drácula son mil veces más escabrosas que las de los ´70 (por esto de que ahora hay sexo y sangre mucho más explícitos), la lectura se hace sumamente llevadera y los momentos de alto impacto pegan justo donde tienen que pegar. Es obvio que Wolfman ama a esos personajes, que los maneja de taquito y que la secuela estaba meloneada hacía años, con cero margen para la improvisación.
Lo de Gene Colan es, como siempre, monumental. No lo ayuda para nada el colorista (el habitualmente digno Lovern Kindzierski) y en el primer episodio las tintas de Williamson no se complementan bien con los lápices del prócer. Pero a partir del segundo librito, los dos grossos sintonizan la misma onda y Colan sale a desparramar violencia, morbo, sensualidad, vértigo, sutileza, grotesco, todo sin piedad y sin guardarse nada. Acá lo vemos jugarse a ángulos muy exagerados, en los que todo se deforma y se vuelve más expresionista y escalofriante que de costumbre. Entre esos contrapicados extremos y unos primeros planos escabrosos, fluye una narración impecable, con un despliegue de viñetas de las más diversas formas y tamaños y unos splash-pages para enmarcar y colgar en el Louvre. Esto te pone los pelos de punta, de verdad.
No era fácil plantear en los hiper-hiteros ´90 una secuela a una serie de culto de los ´70 (el propio Wolfman hace que los personajes subrayen lo mucho que cambió el mundo entre 1979 y 1991), pero Tomb of Dracula merecía una vueltita más, aunque sea para los nostálgicos, o para separarla de un Universo Marvel que en 1991 tampoco se parecía en nada al que habían habitado Drácula y sus némesis en los ´70. Un par de años más tarde, Blade, Drake y algunos otros ex-tumberos volverán en los infaustos títulos de la línea Midnight Sons, pero en manos de otros autores, mientras que Wolfman y Colan afilarán nuevamente los colmillos recién en 1998, en una bizarra cuasi-secuela publicada por Dark Horse. Pero eso ya es otra historia…

sábado, 3 de abril de 2010

03/ 04: ESSENTIAL DAREDEVIL Vol.4


Este es el típico comic que no sirve ni para envolver las papas. O por lo menos lo sería si no fuera porque la gran mayoría de los números aquí recopilados (75 al 101) están dibujados por el genio, el prócer, el insuperable Gene Colan. A veces con entintadores de lesa humanidad, es cierto. Un Syd Shores o un John Tartaglione, como para que no creas que vas a leer una obra maestra si de casualidad hojeás el comic antes de leerlo. Pero casi todos los números nos muestran a Colan entintado por quien mejor lo entiende y lo complementa: Tom Palmer. La dupla Colan-Palmer es probablemente la mejor dupla dibujante-entintador del comic yanki de los ´70 y verlos reproducidos en blanco y negro magnifica sus innumerables virtudes. Acá no están tan afilados como en Tomb of Dracula, pero se nota con toda claridad que hay dos monstruos de inmenso talento que además de llenar X páginas por mes (o bimestre) se preocupan por brindar un producto de calidad, un comic visualmente atractivo, elegante, potente y por momentos hasta profundo.
O por lo menos todo lo profundo que puede ser un comic con guiones tan malos como lo de esta etapa de Daredevil. Uno se fuma (no sin esfuerzo) 26 números al hilo y cuando cierra el libro no sólo envejeció 45 años, sino que no le termina de quedar claro qué leyó, ni por qué, ni mucho menos en qué pensaba Marvel cuando allá por 1971-73 publicaba esto y encima lo vendía. Excepto los últimos tres números, todo lo demás está escrito por Gerry Conway, quien sucedió a Roy Thomas, quien a su vez sucedió a Stan Lee. En la misma época Conway escribía un título infinitamente más exitoso que este, que era Amazing Spider-Man. Tal vez por eso nadie le metió una patada en el orto cuando leyó lo que hacía en Daredevil. El Daredevil de Conway es un típico producto de la Verdul Age, un superhéroe chato y a la deriva, prisionero de la fórmula ridícula que exigía que en todos los números aparecieran peleas de no menos de diez páginas, sin importar si servían o no para avanzar hacia algún lado.
Las dos o tres cosas que Conway parece querer contar no tienen que ver con DD, sino con Matt Murdock y su frustrada relación con Karen Page. Es una telenovela rara, llena de desencuentros, que termina con Karen en brazos de otro tipo (el manager que la guía en su meteórica carrera como actriz, esa que los que leímos Born Again sabemos cómo termina, o mejor dicho cómo acaba) y Matt termina con Black Widow, simplemente porque Marvel suponía que si sumaban otro personaje protagónico a la revista, por ahí levantaban las ventas. Pero lo peor que tiene la telenovela de Matt y Karen no es que termina mal, sino que todo el tiempo se ve interrumpida por peleas intrascendentes entre DD y algún villano pedorro.
Para darle un corte más claro al tema de Karen, en el n°87 Conway hace que Matt y la Viuda se muden a San Francisco, lo cual es una movida bastante osada para un comic de esta época. Además en Frisco no están los villanos de Spider-Man, que era con los que se peleaba DD cada vez que necesitaba subir las ventas. Pero no te preocupes, que Elektro también hace las valijas y agarra para el Oeste… Este segundo tramo, ya sin los sub-plots de Matt Murdock, es desgarrador. Se suceden unos villanos impresentables, el tira y afloje en la relación entre Matt y Natasha es patético y todo va hacia una nada, mínimamente condimentada con alguna revelación sobre el pasado de la Viuda que importa poco y nada.
Sobre el final se va Conway y llega Steve Gerber, que se va a esforzar para que el próximo Essential tenga un poco más de onda, aunque no va a poder contar más que en un par de numeritos con la chapa infinita de Gene Colan, que es la que hace que este libro vaya a la biblioteca y no a la basura. Este es un material duro de tragar incluso para los fans del Cuernitos. Si alguna vez Matt arma una runfla con Mephisto para borrar de un plumazo varios años de su continuidad, seguro borra estos.

sábado, 16 de enero de 2010

16/ 01: ESSENTIAL SUB-MARINER Vol.1


Tarde pero seguro, Marvel se decidió a recopilar las historias de Namor de los ´60, las que arrancan justo después de su aparición en el n°7 de Daredevil, cuando el Príncipe de Atlantis pasa a compartir las páginas de Tales to Astonish con el Increíble Hulk. El Essential reúne todas esas historias de 12 páginas (TTA n°s 70-101), el especial que Namor compartió con Iron Man y el n°1 de su propia serie mensual, de 1968.
Casi todo está escrito por Stan Lee, así que si te gusta el estilo del viejito, se re-banca. Namor es un personaje atípico: taciturno, tempestuoso, siempre propenso a embarcarse en extensos soliloquios shakespeareanos en los que declama su nobleza, su fortaleza y su chapa infinitas. Pero es bueno y no es ningún tarado. Sus conflictos con los humanos estallan cuando los intereses de estos contrastan con los de Atlantis, y siempre se amigan a tiempo. Namor es, ante todo, un político, y esta es una serie que trata básicamente del poder. Los villanos que combaten a Namor no roban joyerías ni crean rayos devastadores: son tipos que quieren gobernar Atlantis, ni más ni menos. Lee nos muestra a Atlantis como una civilización culturalmente avanzada, de ancestral prosperidad, pero muy fácil de desestabilizar a nivel político, con reyes incuestionados que a la primera de cambio son destronados y condenados al exilio, o a escuchar la discografía completa de Enrique Iglesias. Es todo tan ingenuo y simplista que cualquier salame amasa enormes consensos en dos páginas y los pierde en cuatro viñetas (tipo Blumberg, pero mejor dibujado). Pero la serie fluye al ritmo del poder y la popularidad de Namor entre los atlanteanos.
Cuando se va Stan Lee (que vuelve para la obligatoria machaca con Hulk en el Tales to Astonish n°100) lo suceden sin mucha onda Archie Goodwin y Roy Thomas y es el segundo el que empieza a pelar una saga más o menos atractiva, justo cuando se termina el Essential.
En cuanto al dibujo, la mayoría de los episodios están dibujados por el genial Gene Colan, pero que acá sufre el entintado de ese flagelo, esa pandemia de los ´60 y ´70 conocida como Vince Colletta, un criminal de la tinta china que merecía terminar sus días en un penal de máxima seguridad, rodeado de asesinos y violadores que lo sodomizaran y le contagiaran las más dolorosas enfermedades venéreas. Los capítulos de Colan sin Colletta son gloriosos. Colan te convence en cada viñeta de que ese tipo semi-desnudo con cara de pocas pulgas no es un fisiculturista, ni un campeón de natación, ni un stripper, sino un REY, posta. Cada molécula de ese cuerpo (hasta las alitas en los talones) ostenta sublime majestad. Eso es power.
Y cuando no está Colan, tenemos nada menos que al legendario Bill Everett (que dibujaba a Namor en la Golden Age), con un estilo muy trabajado, muy lindo, aunque ya antiguo a mediados de los ´60. En los episodios de relleno, pintan Jack Kirby, Dan Adkins (acá en su faceta de clon de Wally Wood, con páginas logradísimas) y algún vedulero irredento, tipo Werner Roth. Para el último tramo, el del n°1 de Sub-Mariner, nos despedimos con otro lujo: el maestro John Buscema, como para que te den ganas de comprarte el segundo Essential ni bien salga.
Al igual que Aquaman, Namor es un personaje difícil de escribir, al que rara vez los guionistas le agarran la mano. Tal vez por eso no tenga en el Universo Marvel de hoy el protagonismo y la chapa que tuvo en la Golden Age. Pero este Essential da testimonio de que en los ´60, Stan Lee creyó en el personaje y lo laburó con toda la onda que le permitía el hecho de escribir 300 series por minuto. El resultado es un comic de superhéroes que se parece poco a todos los demás y que sin ser glorioso, conserva bastante de su atractivo original, lo cual no es poco. Imperius Rex!