By the Numbers no existe. Es un título totalmente frutihortícola, inventado por un yanki que se cree muy listo, bajo el cual se publicaron en EEUU los dos primeros álbumes de La Vie de Victor Levallois, una serie que en Francia tuvo apenas cuatro tomos, aparecidos de modo muy espaciado entre 1990 y 2004. Creada por el guionista Laurent Rullier y el dibujante Stanislas (uno de los fundadores de L´Association, a quien ya vimos por estos lares), La Vie de Victor Levallois nos invita a rememorar las peripecias vividas allá por 1949-50 de un tímido y formal asistente de contaduría parisino al que la vida transplanta a un contexto totalmente distinto.
Lo mejor que tiene la serie es que se nota mucho que Rullier y Stanislas no crean a Victor como el enésimo clon de Tintin, el muchacho aventurero que hoy anda por Vietnam, mañana por el Congo y pasado por el Amazonas. La línea clara, la estructura del primer álbum, hasta las portadas parecen sugerir que se trata de un personaje más en esa ilustre tradición franco-belga, pero cuando lo leés, rápidamente te cae la ficha de que es al revés: a Rullier lo obsesionaba el tema de Indochina, de los franceses metidos en ese hervidero que en los ´50 sería Vietnam, y simplemente buscó un personaje al que insertar en ese contexto, tan rico como poco explorado por la historieta francófona. Como el principal atractivo que tenía Indochina para los franceses de fines de los ´40 era la guita fácil que podía obtenerse mediante un no tan sofisticado curro legal, el guionista se decide por un asistente de contaduría, al que con el correr de las páginas veremos evolucionar, crecer muchísimo y convertirse en mucho más que ese pibe tímido preocupado por los balances y los movimientos de caja.
El primer álbum, Trafic en Indochine, arranca bárbaro y se cae un poquito al final: la resolución es un tanto simplista y no se explica por qué Victor se olvida por completo de su vida anterior, de la encantadora novia que dejó en París, y se zambulle de cabeza en esta remota y extraña sociedad en la que tendrá que codearse con malvivientes de toda índole para salvar el pellejo. El segundo, La Route de Cao Bang, es muchísimo más redondo, más potente, más relevante. Con el elenco ficticio ya presentado, Rullier se juega a meter mucho más a la realidad, a los verdaderos hechos históricos que sacudieron a esa región en 1950, cuando todavía se llamaba Indochina Francesa y estaba en medio de una guerra que sería barrida abajo de la alfombra simplemente porque luego vendrían guerras más terribles (la de Argelia para Francia y la de Vietnam para los locales). O sea que, además de atraparte con las peripecias que vive Victor, su fatídica historia de amor, los tremendos kilombos en los que se mete por rosquear con gente muy pesada y demás, Rullier y Stanislas nos hacen vivir situaciones históricas reales, perfectamente documentadas y perfectamente integradas a la saga ficticia en la que nos sumergieron desde la primera página.
El dibujo de Stanislas (ya lo dije en la reseña del 16/05/12) me recordó instantáneamente al de Pablo Zweig. No al Zweig de los ´90, sino al de ahora. Y claro, la influencia principal es la de Hergé, que está presente en todo, en cada fondo, en cada plano, casi en cada trazo. La puesta en página tiene sutiles toques: Stanislas rompe de vez en cuando la grilla de cuatro tiras para pasarse a una de cinco, con viñetas más chiquitas, y lo hace cuando tiene que mostrar que están pasando muchísimas cosas a gran velocidad. En el color, no hay ni una pincelada que lo aleje del planteo estético del maestro, aunque en el trazo en sí, se pueden observar cositas heredadas de Yves Chaland, uno de los grandes renovadores de la línea clara. Pero son detallitos (los nudillos, por ejemplo). En casi toda la faceta visual de la obra, Stanislas se siente cómodo respetando a rajatabla los preceptos gráficos y narrativos de Hergé y de sus seguidores más fieles, que en aquel entonces todavía eran unos cuantos.
No sé para dónde irá la historia de Victor Levallois en los dos tomos que faltan, que obviamente no se editaron en EEUU. Lo que más me interesó de estos dos primeros es cómo una serie que pintaba para el lado de la aventura exótica terminó por lucirse en el terreno de la aventura histórica. Eso y el notable desarrollo del personaje protagónico, que junta expieriencia y chapa página a página, a medida que se las ve realmente fuleras. Dicen que Rullier y Stanislas crearon estos primeros álbumes cuando eran muy jóvenes y que en las posteriores reediciones metieron muchos retoques para corregir errores. La verdad, en esta versión se ve todo muy, muy bien, sumamente prolijo y profesional. La única forma de no engancharse con esto es que no te guste el comic de aventuras, o que tengas una particular aversión por la línea clara clásica, que es el paradigma desde el que dibuja Stanislas Barthélémy. Si no, estoy seguro de que vas a querer hacerte amigo de Victor y bancarlo en todas.
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martes, 7 de mayo de 2013
miércoles, 16 de mayo de 2012
16/ 05: LAS AVENTURAS DE HERGE
Hace un tiempito apareció este libro ofrecido en el Previews, obviamente en edición yanki, y yo, tras derramar hectolitros de baba, decidí que no me cerraba pagarlo u$ 20, por eso no me lo pedí. Ahora lo vi en una comiquería amiga a menos de $90 (no muuucho menos) y al hojearlo, no me pude resistir.
Esta novela gráfica es absolutamente indispensable. No sólo para los fans de Hergé (1907-1983), o de la línea clara franco-belga. Cualquiera al que le interese mínimamente la historia del comic europeo tiene que tenerlo, o por lo menos leerlo un par de veces. Los guionistas José Luis Bocquet y Jean-Luc Fromental hicieron los deberes. En menos de 70 páginas, nos cuentan con lujo de detalles toda la vida del célebre Georges Rémi, infinitamente más conocido como Hergé, sin esquivar ninguna de las preguntas que cualquier lector se puede hacer sobre su vida y su obra. ¿De dónde viene su espíritu aventurero? ¿De dónde salieron el pibe con jopito, los hermanos gemelos y el irascible compañero siempre al borde de estallar en una catarata de improperios? ¿Cuál era su verdadera relación con su esposa Germaine, con la que nunca tuvo hijos? ¿Cuánto hay de cierto en los relatos que lo pintan como un jefe despótico, que terminó para el orto con casi todos sus asistentes? ¿Qué tan real es el mito que lo pinta como un chupacirios, amigo de los nazis y ferviente anti-comunista?
De humilde hijo de un empleado textil a celebridad mundial, globalmente famoso por sus historietas, la novela nos invita a redescubrir al Hergé público (se murió hace casi 30 años, con lo cual muchos de sus lectores no compartieron planeta con él) y a descubrir al Hergé privado, al que puertas adentro, con éxitos y desgracias, se forjó una carrera como historietista con la que, desde entonces, soñaron muchos. La verdad es que el guión es muy ecuánime: ni derrapa hacia la hagiografía ni se regodea en el escrache. Hergé sale parado como un tipo ni bueno ni malo, al que le sobraron huevos para un montón de cosas y le faltaron huevos para otras tantas. Ni es el empresario garca que se llenó de plata a costillas del trabajo de otros, ni el artista hippie que mantuvo intactos los ideales de sus inicios aunque se cagara de hambre. Igual se nota que los autores tienen claro que a Hergé lo sigue a full un público bastante conservador, que no quiere descubrir que su ídolo era un zarpado. Todo su affaire con la colorista Fanny Vlamynck está contado del modo más sutil posible y la escena en la que descubre la marihuana en un viaje a los EEUU dura una sóla viñeta.
La vida de Hergé es tan rica, que hasta tiene lugar para una trama de intriga internacional, que es la que gira en torno a Chang Chong-Jen, a quien el dibujante conoce en 1932 y logra sacar de China casi 50 años después. La relación fraterna entre Hergé y Chang es uno de los puntos más altos del libro, y además algo que yo desconocía absolutamente.
El dibujo, a cargo de Stanislas, obviamente se inscribe dentro de la línea clara, pero con la astucia necesaria como para que esto no parezca en ningún momento una historieta dibujada por Hergé. Stanislas es –no puede evitarlo- mucho más moderno, porque es evidente que leyó a Ever Meulen, Daniel Torres y Joost Swarte, entre otros renovadores de la estética creada por Hergé. Para que lo ubiques más fácil, Stanislas dibuja igual a Pablo Zweig. No al Zweig historietista, sino al Zweig ilustrador. Pero igual, eh? Si viene Pablo y te dice “Mirá mi nuevo libro”, le creés y lo felicitás. La narrativa es muy clásica y la puesta en página se diferencia de la de Hergé porque cada tanto Stanislas mete viñetas más chiquitas, ya sea cuadros partidos en dos, o cuadros horizontales (widescreen) muy finitos. El color es re-Hergé excepto por las manchas rojizas en los cachetes de los personajes (otro detalle típico de Zweig) y la tipografía no se parece a la de Tintín, pero se le acerca bastante.
Ahora que la peli de Spielberg y Jackson reavivó el interés por la obra de Hergé, es un gran momento para conocer su vida. Y la verdad es que Bocquet, Fromental y Stanislas nos la presentan como una sucesión de eventos muy, muy interesantes, que además vienen bárbaro para recorrer más de 75 años del Siglo XX en los que pasó absolutamente de todo, no sólo en la historia de Hergé, ni en la de la historieta, sino en la del mundo en general. Seas fan o detractor del creador de Tintín, esta obra te va a pegar fuerte y te va a cambiar la forma de leer las aventuras del chico del jopito.
Esta novela gráfica es absolutamente indispensable. No sólo para los fans de Hergé (1907-1983), o de la línea clara franco-belga. Cualquiera al que le interese mínimamente la historia del comic europeo tiene que tenerlo, o por lo menos leerlo un par de veces. Los guionistas José Luis Bocquet y Jean-Luc Fromental hicieron los deberes. En menos de 70 páginas, nos cuentan con lujo de detalles toda la vida del célebre Georges Rémi, infinitamente más conocido como Hergé, sin esquivar ninguna de las preguntas que cualquier lector se puede hacer sobre su vida y su obra. ¿De dónde viene su espíritu aventurero? ¿De dónde salieron el pibe con jopito, los hermanos gemelos y el irascible compañero siempre al borde de estallar en una catarata de improperios? ¿Cuál era su verdadera relación con su esposa Germaine, con la que nunca tuvo hijos? ¿Cuánto hay de cierto en los relatos que lo pintan como un jefe despótico, que terminó para el orto con casi todos sus asistentes? ¿Qué tan real es el mito que lo pinta como un chupacirios, amigo de los nazis y ferviente anti-comunista?
De humilde hijo de un empleado textil a celebridad mundial, globalmente famoso por sus historietas, la novela nos invita a redescubrir al Hergé público (se murió hace casi 30 años, con lo cual muchos de sus lectores no compartieron planeta con él) y a descubrir al Hergé privado, al que puertas adentro, con éxitos y desgracias, se forjó una carrera como historietista con la que, desde entonces, soñaron muchos. La verdad es que el guión es muy ecuánime: ni derrapa hacia la hagiografía ni se regodea en el escrache. Hergé sale parado como un tipo ni bueno ni malo, al que le sobraron huevos para un montón de cosas y le faltaron huevos para otras tantas. Ni es el empresario garca que se llenó de plata a costillas del trabajo de otros, ni el artista hippie que mantuvo intactos los ideales de sus inicios aunque se cagara de hambre. Igual se nota que los autores tienen claro que a Hergé lo sigue a full un público bastante conservador, que no quiere descubrir que su ídolo era un zarpado. Todo su affaire con la colorista Fanny Vlamynck está contado del modo más sutil posible y la escena en la que descubre la marihuana en un viaje a los EEUU dura una sóla viñeta.
La vida de Hergé es tan rica, que hasta tiene lugar para una trama de intriga internacional, que es la que gira en torno a Chang Chong-Jen, a quien el dibujante conoce en 1932 y logra sacar de China casi 50 años después. La relación fraterna entre Hergé y Chang es uno de los puntos más altos del libro, y además algo que yo desconocía absolutamente.
El dibujo, a cargo de Stanislas, obviamente se inscribe dentro de la línea clara, pero con la astucia necesaria como para que esto no parezca en ningún momento una historieta dibujada por Hergé. Stanislas es –no puede evitarlo- mucho más moderno, porque es evidente que leyó a Ever Meulen, Daniel Torres y Joost Swarte, entre otros renovadores de la estética creada por Hergé. Para que lo ubiques más fácil, Stanislas dibuja igual a Pablo Zweig. No al Zweig historietista, sino al Zweig ilustrador. Pero igual, eh? Si viene Pablo y te dice “Mirá mi nuevo libro”, le creés y lo felicitás. La narrativa es muy clásica y la puesta en página se diferencia de la de Hergé porque cada tanto Stanislas mete viñetas más chiquitas, ya sea cuadros partidos en dos, o cuadros horizontales (widescreen) muy finitos. El color es re-Hergé excepto por las manchas rojizas en los cachetes de los personajes (otro detalle típico de Zweig) y la tipografía no se parece a la de Tintín, pero se le acerca bastante.
Ahora que la peli de Spielberg y Jackson reavivó el interés por la obra de Hergé, es un gran momento para conocer su vida. Y la verdad es que Bocquet, Fromental y Stanislas nos la presentan como una sucesión de eventos muy, muy interesantes, que además vienen bárbaro para recorrer más de 75 años del Siglo XX en los que pasó absolutamente de todo, no sólo en la historia de Hergé, ni en la de la historieta, sino en la del mundo en general. Seas fan o detractor del creador de Tintín, esta obra te va a pegar fuerte y te va a cambiar la forma de leer las aventuras del chico del jopito.
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