Wow! Qué jodido es esto! Entre el primer y el segundo tomo, no sólo mejoró notablemente el dibujo de Junji Ito; también se le terminó de limar el cerebro y acá nos embiste con unas ideas tan pasadas de rosca que ya parecen más de Hideshi Hino que de Kazuo Umezu. Ito llega a ese nivel de virulencia en el que, más que miedo, las historias causan gracia por lo extremo, lo grotesco, lo escabroso más allá de la repulsión.
Pero primero admiremos un cachito el dibujo. En el primer tomo, Ito era un principante, muy torpe en las historias con las que abría la saga de Tomie (que de eso se trata, aunque los yankis le hayan puesto ese título frutihortícola), y para el final arrimaba a un nivel muy digno, aunque no muy original. Acá avanza a pasos agigantados y para el final de este tomo tenemos a un dibujante devastador, al que es un placer indescriptible mirar y estudiar. Las minitas le salen más lindas que a Manara, las páginas están mejor balanceadas, pela más recursos mejor usados a la hora de poner grises, texturas y líneas cinéticas; y aún así tiene esa frescura, esa cosa fluída, como de tipo que improvisa, que busca, que no repite un libreto aprendido de memoria. De las 11 historietas, la mejor dibujada es la octava (Gathering), donde Ito deja la vida en cada viñeta repleta de personajes fuera de control, pero la verdad es que todas están buenísimas y ya no hay prácticamente pifias ni errores de los que vimos en el primer tomo. Muy grosso.
Y claro, además Ito usa todo este arsenal para darnos cuiqui, para pegarnos un julepe (como decíamos en los ´70), para crear climas que nos hagan fruncir un poquito el ojete. A veces, decía, las ideas son tan descabelladas, tan zarpadas, que en vez de miedo te causan risa. Pero la construcción de los climas tensos está, funciona y por momentos es exasperante, como en la tercera historia (Adopted Daughter), la de la mansión donde viven los viejitos que torturan chicas. Esa y la quinta (Boy) son de lo más tremendo que leí en mi vida, con escenas más perturbadoras que bajarte una porno y descubrir que la protagonista es tu vieja.
La sexta historia recupera a un personaje secundario del primer tomo (uno de los que sobrevivió milagrosamente a su encuento con Tomie) y lleva el delirio a niveles alucinantes. Acá, el poder de Tomie de replicarse a partir de cada pedacito de su cuerpo pega una vuelta increíble y no podés parar de reirte de lo excesivo del planteo argumental. Y también hay que destacar las tres últimas historias del tomo, que componen una trilogía también muy limada: Tres réplicas de Tomie se enfrentan entre sí y manipulan a otros personajes para que maten a sus rivales. El episodio del medio parece no tener nada que ver, pero sobre el final Ito conecta de modo magistral esta historia (brillantemente maligna) con la trama central de la anterior y la siguiente. Un cierre a todo lujo para un tomo de escalofriante belleza.
Qué loco que esto sea virtualmente desconocido en Argentina, donde los cines se llenan cada vez que se estrenan películas de terror medio salvajes. Tomie tiene mutaciones asquerosas, descuartizamientos, mutilaciones, torturas, gente que apuñala gente, gente que se prende fuego, un erotismo insinuado pero no por eso menos hot, una crítica sutil al culto desmesurado a la belleza… y todo dibujado muy, pero muy bien. Ni siquiera tiene grandes pretensiones, ni un vuelo sofisticado, como para que los editores (especialistas en subestimarnos) crean que ”la gilada no lo va a entender”. Esta vez, esa excusa no corre. ¿Qué será, entonces, lo que impide que el lector argento vibre al ritmo de las truculentas muertes y las grotescas resurrecciones de Tomie? ¿Alguna idea, de aquel lado de la pantalla?