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lunes, 2 de marzo de 2026
MARZO CON NOVEDADES
Ahora que terminé de leer el material de historieta argentina editado en 2025, me propongo hacer dos cosas acá en el blog.
La primera es volver a reseñar historietas de otros países de Latinoamérica, a los que tengo medio abandonados. Y arranco en Brasil, con uno de los grandes clásicos del humor zarpado y políticamente incorrecto de ese país: nada menos que Rê Bordosa, del maestro Angeli.
Este mega-broli editado en 2012 reúne TODO el material de Rê Bordosa, desde las tiras de los ´80 hasta el material de los ´90. Y ya está, me tendría que callar la boca y no decir nada más, porque en un mundo más justo eso alcanzaría para que CUALQUIERA que lea esto y no tenga el libro, se mande directo a algún sitio donde lo pueda encargar. Sin embargo, esta obra maestra de la historieta humorística es ampliamente desconocida fuera de Brasil, y entonces es menester explicar que Rê Bordosa es una mina de unos treinta años, que se volcó desde muy piba al reviente más absoluto: pucho, droga, escabio, sexo con cualquiera, trasnoches infinitas que terminan en los lugares (y las camas) más insólitas. Rê Bordosa cuenta la deriva de un personaje, en la vorágine de rockanrol y arruine más intensa de la historia del comic. ¿Más que los personajes de la era más drogona de Gallardo y Mediavilla? Sí, porque esos personajes se presentaban como lúmpenes, como marginales, y Rê Bordosa no. Esta mina parece una más, una integrante casi normal de la sociedad de su época en una ciudad de San Pablo que le ofrece todas las opciones de vicios habidas y por haber. No la persigue la policía, no vive fuera de la ley. Vive en pedo, en orgías, drogada o enroscada con chongos y chongas de cualquier grupo y factor, y lo más importante: Angeli no incorpora estos elementos a una trama de aventuras, sino que estos elementos son los que definen la temática de una tira humorística, que cada tres o cuatro viñetas nos recuerda que la protagonista está en cualquiera.
Hay un arco breve más "aventurero" que narra, a lo largo de varias tiras, como el propio Angeli "mata" a Rê Bordosa y cómo esta se las ingenia para zafar y volver a su vida habitual de trasnoche y descontrol. Como en toda tira de largo aliento, pasan cosas "importantes" de las que más tarde el autor "se olvida": Rê Bordosa se casa, queda embarazada, aborta, hace tratamientos para desintoxicarse... Nada tiene consecuencias reales, y todo queda en nuevas excusas para generar situaciones humorísticas por parte de Angeli.
Además de una sobredosis de humor pasadísimo de rosca, el libro nos permite seguir paso a paso la tremenda evolución estilística de Angeli. Las primera tiras están dibujadas en un estilo prolijito, amistoso, una onda Emiliano Migliardo o Dani the O. Después empiezan a aparecer rasgos más jodidos, más grotescos, tal vez emparentados con Robert Crum o el ya mencionado Miguel Gallardo. Y en las páginas de los ´90, Angeli ya se transformó por completo en una bestia salvaje, en la línea más visceral y cruda de Philippe Vuillemin, Sergio Langer o Tronchet. Ahora que media Argentina veranea en Brasil, es un gran momento para que alguien se apiade de vos, te consiga el integral de Rê Bordosa y te lo traiga. Y si no, cualquier otro libro que recopile tiras de Angeli también es un regalo del mega-carajo.
La segunda cosa que quiero hacer este mes (y tal vez el próximo) en el blog, es darle MUCHA bola a obras hechas por autores argentinos para otros mercados, que no se conocen en el nuestro. Es algo casi inverosímil. Yo siempre me pregunto si acá somos todos fans de Juanungo, de Jorge González, de Enrique Breccia... o de las obras que los editores locales eligen para publicar en Argentina. Porque de las otras, de las que hacen en colaboración con guionistas europeos, acá NADIE se hace cargo. Nadie las traduce, nadie las publica, nadie las reseña. ¿Qué onda? ¿Tan seguros estamos de que las obras que... Lucas Varela hace con guionistas franceses son mucho peores que las que hace con guiones propios, al punto de ni siquiera intentar leerlas? Muchos de nuestros autores tienen obras que en Europa la rompieron y acá NADIE sabe que existen, y yo me quiero dedicar a echar un poco de luz sobre esa zona fantasma, esa "bibliografía de Schrödinger", que existe y no existe al mismo tiempo.
Empiezo con una obra MARAVILLOSA: el Vol.15 de Donjon: Monsters, ubicado en el nivel -24 de la alucinante serie creada por Lewis Trondheim y Joann Sfar. Ambos genios del comic francés colaboran en la elaboración del guion, que tiene como dibujante nada menos que a Juanungo. La aventura se titula "Les Poutpoutpapillonneurs", se dio a conocer en 2022, y es un hermoso rito de iniciación de un grupo de jóvenes que estudian para ser magos, entre ellos el hijo de Horus, el necromante más pulenta de este período de La Mazmorra. No quiero contar el argumento, pero es un relato vibrante, con mucho ritmo, con gran desarrollo de personajes, con un conflicto fuerte, excelentes chistes y momentos realmente dramáticos. Lo pongo sin ninguna duda entre los mejores álbumes de Donjon: Monsters, porque esperaba algo light, pasatista, y me regaló -además de un buen rato de diversión- un montón de emociones más potentes.
Además del exquisito dibujo de Juanungo (cuya versatilidad le permite adaptarse de manera infalible al típico ritmo narrativo que Trondheim y Sfar desarrollaron para Donjon), otro gran hallazgo de "Les Poutpoutpapillonneurs" son los guiños comiqueros. Cito el que más gracia me causó: en un combate, uno de los magos conjura un escudo místico, que aparece cuando pronuncia el hechizo "Acirema Niatpac!". Sí, son las mismas letras de Captain America puestas en distinto orden y sí, el escudo que dibuja Juanungo se parece mucho al del querido Steve Rogers.
Si seguís a La Mazmorra desde fines de los ´90, ya sabés que acá te esperan la fantasía, la magia, la machaca, el humor y la rosca, siempre con el sello de los maestros Sfar y Trondheim. En este álbum en particular, la presencia de Juanungo sube mucho el listón y (como pasó hace unos 20 años con el álbum que dibujó Carlos Nine) me da una ínfima esperanza de que alguien se anime a publicarlo en Argentina. O por lo menos en castellano. Por ahora, eso no estaría sucediendo y es una enorme injusticia.
Nada más, por hoy. No se pierdan este miércoles el estreno de Opiniones Meméticas, el nuevo programa que hacemos junto a Mariano Cholakian en los canales de YouTube de Comiqueando y La Batea.
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sábado, 20 de septiembre de 2025
HOY, DOS CORTITAS
Entre los dos libros que tengo para reseñar hoy, no llegamos ni a las 120 páginas de historieta. Puede ser, entonces, que las reseñas queden un poco más breves que las habituales.
Hacía bastante que no visitaba La Mazmorra, pero qué regreso, la puta madre. Des Soldats d´Honneur, el décimo tomo de la serie Donjon: Monsters, entra cómodo al podio de los mejores álbumes de esta complejísima saga. Ubicado en el nivel 95, cuando Herbert ya es el Gran Khan y Marvin ya es el Rey Polvo, Des Soldats d´Honneur cambia totalmente el registro de lo que venían contando Lewis Trondheim y Joann Sfar en este universo, para ofrecernos una historia desgarradora, dramática, crepuscular, enchastrada de mala leche, melancolía y desazón.
Básicamente es la historia de un soldado absolutamente leal al Gran Khan, un guerrero de segundo orden que recibe la orden de arrestar y escoltar a su hermano (responsable de un incidente que en realidad fue provocado por el Rey Polvo), a quien debe dejar abandonado en el desierto, para que muera de sed y es lo coman los buitres. Los dos hermanos crecieron juntos y no se separaron un solo día, pero Görk no duda un instante en cumplir su mandato. La vida de Krag no es nada comparada al honor de servir al Gran Khan. ¿O sí? El álbum nos va a contar la sucesión de complicaciones y enredos en los que se mete Krag tratando de cumplir la sentencia que terminará con la vida de su hermano. Y lo hará de una manera seria, profunda, sin chistes, de modo que la crueldad y la violencia cobrarán otra impronta, porque ahora no está el humor para morigerarlas.
Sfar y Trondheim optan por no usar globos de diálogo. Incluso cuando las escenas se basan en conversaciones entre los personajes, todo está narrado en off por el propio Krag en bloques de texto que nos revelan, además de lo que se dice, lo que siente el protagonista en cada momento. Así, llegamos a meternos bien a fondo en la psiquis de este complejo y fascinante personaje, un hallazgo increíble dentro de este universo donde creíamos que todos los bichos eran "funny animals". Funny, las pelotas.
Y para hacer todo más oscuro, más épico, más apocalíptico y más crepuscular, el dibujante elegido para este álbum no es otro que el genio absoluto de Frederic Bezian. Y Bezian nos deleita con 46 páginas gloriosas, en las que no modifica nunca la grilla de seis viñetas iguales (la Gran Kirby), pero se luce con un par de polípticos magistrales. Es alucinante ver el universo casi siempre festivo de Le Donjon reinterpretado por Bezian en clave oscura, con su trazo sobrecargado, expresivo, obsesivo por momentos, con esa paleta de colores apagados, que potencian la tristeza y la desesperanza que impregnan el guion.
No se me ocurre por qué, en la época en que Norma publicaba La Mazmorra en álbumes individuales, dejó afuera de la colección a Des Soldats d´Honneur. Sin dudas estamos ante una obra maestra, una gema (otra gema) en la corona de Sfar y Trondheim, y un muy buen punto de entrada al universo ominoso y tétrico de Frederic Bezian.
Me voy a Paraguay, año 2020, cuando se edita La Joya, un álbum protagonizado por Warrior-M, el personaje creado por Robin Wood y Roberto Goiriz. Yo conocía al personaje por una saga anterior (supongo que era la primera), publicada en 2006 no en libro, sino en revista, también en una editorial paraguaya. En la que probablemente sea la última colaboración entre los dos maestros, Warrior-M vuelve para una aventura de 70 páginas, claramente estructurada en episodios de 10 páginas, pero que se leen de manera muy armoniosa, muy fluida, en este formato tipo novelita gráfica.
No me quiero hacer el boludo con esto: el personaje no me cae muy simpático. Es el típico macho recio, cancherito, cínico, que se hace el duro y que se gana a cualquier minita casi sin esfuerzo. Lo único copado de Warrior-M es que (a diferencia de otros héroes cancheros de Wood, como Dago) cobra de lo lindo. Warrior-M opera medio al margen del orden establecido, en un contexto de hard boiled clásico, pero transplantado a un futuro no muy lejano, onda Blade Runner, algo que Robin ya había probado con muy buenos resultados en Morgan, aquella serie que dibujaba Cacho Mandrafina a fines de los ´80. Lo más interesante de "La Joya" es que a Robin no le alcanza con combinar el policial hard boiled con la ambientación futurista, y desde temprano incorpora más elementos fantásticos, vinculados al mundo de las hadas. Una movida audaz e impredecible, porque cuando a vos te dicen "una onda Blade Runner", lo último que te imaginás son hadas y criaturas mágicas. Pero el guion las incorpora de un modo bastante orgánico, no se sienten como algo demasiado bizarro o traído de los pelos.
La aventura en sí no me pareció muy lograda, más allá de que Robin siempre te engancha con los diálogos filosos. El dibujo de Goiriz cumple muy dignamente. No es muy original (las poses de las chicas con escasa vestimenta nos resultan invariablemente familiares a los pajeros que alguna vez consumimos comics o revistas eróticas), pero es dinámico, generoso a la hora de dibujar fondos, hábil para ampliar el menú de enfoques y angulaciones, y está apuntalado por un trabajo magnífico del colorista Kike Espinoza. Espinoza logra combinar con naturalidad y talento el clima mugriento de la ciudad (típico del policial negro), con el neón y la tecnología futurista, y con el aura mágica de las hadas. No es poco, y Warrior-M se beneficia mucho de esta gran simbiosis entre el grafismo bien clásico, bien aventurero de Goiriz y la paleta de Espinoza.
"La Joya" está lejos de ser un trabajo realmente relevante en el contexto de la increíble carrera de Robin Wood, y si reviste algún interés particular (más allá del mero entretenimiento) es porque probablemente se trate de una de sus últimas obras... o al menos fue publicada cuando el ídolo ya se había retirado de la profesión.
Nada más, por hoy. Nos encontramos el miércoles a las 22:30 en la nueva emisión en vivo de Agenda Abierta (obviamente en el canal de YouTube de Comiqueando), o con nuevas reseñas, acá en el blog.
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lunes, 5 de junio de 2023
LINDO LUNES
Me está costando encontrar ratos para leer comics, porque estoy muy metido en la realización del nuevo número de la Comiqueando Digital. Pero bueno, algo, cada tanto, puedo postear.
Por primera vez me pasó algo muy loco, que es que no pude terminar un librito de 64. Claro, no es cualquier librito. Es Monolinguisti e altri esercizi di stile, la edición italiana de Monolinguistes & Psychanalyse, la recopilación de los primeros trabajos de Lewis Trondheim, de cuando era un autor underground de fines de los ´80. El librito reúne historietas realizadas entre 1988 y 1992, una época en la que el dibujo de Trondheim era crudísimo, muy, muy limitado. Y encima esto le jugaba a favor, porque eran historietas totalmente basadas en el diálogo (o monólogo), en la que toda la gracia residía en los juegos de palabras, en cómo estas se deforman para cambiar de sentido. Al final del libro, hay 44 tiras de "Il dormiglione", en las que TODAS las viñetas de TODAS las tiras muestran un único dibujo, que se repite siempre. Y obviamente, lo gracioso son los textos, que sí cambian en cada viñeta.
Y bueno, descubrí que mi nivel de italiano no alcanza para disfrutar de todos esos juegos de palabras. Me frustró mucho entender la mitad de los chistes, y encima el rotulado de esta edición me resultó confuso, difícil de decodificar. Entonces pegué varios saltos, reboté contra varios relatos en los que no me logré enganchar y terminé en ese sector final dedicado a las tiras, que disfruté bastante. La edición de Rasputín Libri tuvo tres traductores, que deben haber dejado la vida para cambiar los chistes verbales del francés por otros que funcionen en italiano, pero lamentablemente yo no pude sintonizarles la onda. A nivel narrativo, me gustó lo que proponía este Trondheim iniciático, así que cuando pueda conseguir Monolinguistes & Psychanalyse en francés, le voy a dar otra oportunidad.
Después de muchos años (seguro más de 25) volví a leer Cosecha Verde, el clásico de Carlos Trillo y Cacho Mandrafina. Y por primera vez le encontré un problema: la primera mitad es aburridísima. Lo que los autores cuentan en las primeras 60 páginas se podría contar tranquilamente en 24. Y encima la presentación de los personajes y los conflictos está lastrada por una cantidad grosera de estereotipos, de lugares comunes (¿acá también villanos nazis, en serio?), de obviedades muy remanidas tipo "los políticos y los militares son malos", "los marginales y las prostitutas son buenas"... Todo muy gastado, muy cansador. Tal vez no en 1989, cuando se empezó a serializar la obra, pero hoy, sin dudas. Esto se hace tolerable, primero por la calidad descomunal del dibujo de Mandrafina, y segundo porque Trillo pone en juego un recurso novedoso y eficaz: personajes que están lejos del centro de la acción interrumpen la misma para contar algo de lo que está pasando desde su propia óptica, o para agregar información acerca del pasado de algún personaje protagónico que puede (o no) ser relevante para la trama. Esas interrupciones, si bien no todas aportan algo, por lo menos le cambian el ritmo al relato para que no se haga tan denso.
Y la segunda mitad, ya con el Iguana en la cancha, levanta muchísimo. Todo se desarrolla de manera más ágil y menos evidente. Realmente no sabés cómo pueden terminar Malinche y Donaldo porque la situación se vuelve muy extrema, muy áspera. Hasta yo, que ya sabía cómo termina la obra, hubo un tramo en que me puse nervioso, porque la tensión crece hasta hacerse insostenible. En esas 60 páginas finales, Trillo realmente me hipnotizó y me hizo sentir en carne propia el rigor del suspenso más atroz. Y el dibujo de Cacho no baja nunca, y se luce como nunca lo había hecho hasta ese entonces, con momentos sublimes, sobre todo en los flashbacks, donde altera su trazo habitual para jugar con una estética más similar a la del grabado. Esto es Mandrafina en la cima absoluta.
La edición argentina (clon de la última que salió en Francia) incluye también El Iguana, que es bastante posterior a Cosecha Verde pero que nunca se había publicado en nuestro país. Acá tenemos lo contrario a Cosecha Verde: una historia con una premisa a priori poco interesante (una periodista yanki viaja a La Colonia a recabar información sobre un peligroso asesino ya muerto), que resulta en una historieta entretenida gracias a los aciertos de Trillo en el desarrollo.
El Iguana es más corta (80 páginas) y desde el principio incorpora con más naturalidad el humor grotesco (y a veces muy subido de tono) a una historia más "de denuncia", donde la verdad, la memoria y la justicia tienen roles centrales. Pareciera que en esta secuela nada se toma tan en serio como en Cosecha Verde, y seguramente esto le juega a favor. Lo más extraño es que Cosecha... está toda escrita en neutro, y en El Iguana vemos al protagonista utilizar todos los términos imaginables del castellano rioplatense en su vertiente más informal. Pajero, pelotudo, gil de goma... Incluso el Iguana trata a veces de tú y a veces de vos a los otros personajes. Raro que a Trillo se le haya escapado semejante inconsistencia, con lo cual sospecho que fue algo intencional.
El Iguana parece querer advertirnos acerca de las funestas consecuencias que genera la revisión del pasado, cuando este es reciente y terrorífico como el que narran los habitantes de La Colonia cuando recuerdan la vida del Iguana. De hecho, el personaje de Susan Ling, que es quien más se involucra en la investigación, claramente cambia para peor. El resto de la gente, la que padeció más de cerca y en tiempo real el sombrío gobierno del Gran Títere y su despiadado torturador, parece -en cambio- haber cambiado para mejor, y encontrado una vida en la que el miedo tiene menos peso en sus decisiones. Más o menos por ahí va la cosa, y por suerte la "moraleja" está decorada con un montón de situaciones bizarras, algunas casi cómicas, y otras realmente desgarradoras. Si sos fan de Trillo y Mandrafina pero nunca leíste El Iguana porque no conseguías la edición española, estas 80 páginas justifican lo que pagues por el libro que trae también Cosecha Verde... que sigue siendo un clásico, 35 años después de su primera aparición.
Gracias y por el aguante y ni bien pueda reaparezco con nuevas reseñas, acá en el blog.
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lunes, 13 de junio de 2022
LIBROS DE LUNES
Como suele suceder, llego a la tarde del lunes con un par de libros leídos, como para reseñar en este espacio.
Empiezo en Francia, año 1999, cuando Lewis Trondheim escribe y dibuja un álbum de Lapinot titulado "Pour de Vrai", como siempre con su esposa Brigitte Findakly como colorista. Este es un álbum totalmente basado en los diálogos, donde probablemente estén los one-liners y los retruques más graciosos de toda la bibliografía de Trondheim (que espero algún día tener o leer completa). Son 46 páginas en las que prácticamente no pasa nada, y en las que el atractivo reside en las cosas que dicen Lapinot, Nadia y el resto de los personajes. Hay un intento de trama mínimamente aventurera, cuando Nadia, en pleno fin de semana de descanso en un castillo cerca de la playa, empieza a hurgar en una posible historia para una nota periodística. Esto nunca cobrará un verdadero espesor dramático, sino que dará pie a nuevos diálogos entre profundos y desopilantes entre Lapinot y su novia. Un encuentro fortuito con una ex del protagonista con cabeza de conejo activará una posible trama de celos y romances frustrados, pero también se resolverá todo hablando, en pocas páginas y de modo muy entretenido. Y para que haya algo de acción, tendremos accidentes, tropiezos, y algunas pantomimas absurdas a cargo de Richard, el amigo de Lapinot con cabeza de gato, que acá está más inmaduro que nunca, al borde de volverse insufrible.
Sin la mochila de tener que hilvanar un relato con misterios, aventura y el ritmo que estas temáticas imponen, Trondheim se siente a sus anchas. Lapinot y Nadia afianzan su vínculo romántico a través de estos paseos y estas largas charlas repletas de chistes brillantes, en las que ambos se revelan como maestros de la esgrima verbal y uno no puede sacarse la sonrisa del rostro, como si le hubieran lanzado el gas del Joker. De paso, Trondheim nos hace pensar de manera muy sutil y solapada acerca del rol del periodismo, sobre el tiempo que le dedicamos normalmente al ocio, y no mucho más, porque el resto es eso: gente normal haciendo cosas de gente normal. Algunos de estos humanos con cabeza de animales son más agudos, están más afilados, otros están medio estupidizados por los videojuegos, a otros el tema del castillo antiguo les da un toque de miedo, y otros se adaptan con total normalidad a la idea de distender y no hacer nada, simplemente compartir charlas, vinos, comidas y paseos.
Pour de Vrai es un álbum que prescinde de la pasión para apasionar al lector, una timba loca de las tantas que nos propuso Trondheim en estos últimos 30 años, en la que si te arriesgás, ganás fortunas. Te divertís con los diálogos, te deslumbrás con el dibujo, te enganchás a pleno con la forma en que narra el francés, y cerrás el álbum convencido de que sos un integrante más de ese grupete de amigos, tan reales y tan humanos a pesar de su fisonomía híbrida entre humanos y animales.
Ah, me fijé si existe en castellano y sí: Planeta-DeAgostini lo publicó como "De Veras", en un tomo doble que incluye otro álbum de Lapinot. Si alguno lo tiene, por favor cuénteme si la traducción está buena, porque traducir historietas basadas en diálogos tan cargados de chistes es más difícil que ser pobre y salir beneficiado por políticas neoliberales.
Allá por el 04/07/18 me tocó reseñar en este espacio un comic de Keith Giffen titulado "Common Foe", una aventura ambientada en la Segunda Guerra Mundial en la que soldados nazis y soldados aliados se ven obligados a unir fuerzas para combatir a una peligrosísima amenaza sobrenatural, unas criaturas horrendas y antropófagas que tenían bajo su control un pueblito de Francia deshabitado, que ambos ejércitos se disputaban. Exactamente LO MISMO sucede en la primera de las dos historias que componen el libro Tierra de Nadie, obra de Roberto Barreiro y Edu Molina. La única diferencia es que en el guion de Barreiro, la guerra es la primera y el pueblito pareciera estar en Bélgica. La segunda historia del tomo también ofrece un argumento que leímos varias veces: asediados por los nazis (ahora sí, estamos en la Segunda Guerra Mundial), los judíos recurren a su ancestral tradición mística y activan una tropa de golems que hacen pomada a los muchachos del Tercer Reich con su fuerza y resistencia sobrehumanas.
¿Son malas historias? No, simplemente no son originales. Los diálogos están bien, los bloques de texto no aportan información redundante sino relevante, y Barreiro tiene clarísimo cuándo "callarse la boca" y dejar que sea el dibujo de Molina el que lleve adelante la narración. O sea que si nunca leíste Common Foe, o alguna de las muchas historias cortas de golems vs. nazis, seguramente en Tierra de Nadie vas a encontrar tramas que te van a sorprender, te van a enganchar y hasta te van a poner nervioso, porque Barreiro y Molina trabajan con mucho énfasis en el ritmo del relato para generar tensión en el lector.
Por el lado del dibujo, nunca me imaginé que el género bélico le sentara tan bien a Edu Molina, un dibujante que ya había dado cátedra en el misterio sobrenatural, pero en ambientaciones urbanas, más actuales y enroladas en una onda de policial negro. Para cuando aparecen en escena los elementos fantásticos, Molina ya te metió a fondo en estas guerras espantosas y ya estás respirando esos climas, chupando frío y oliendo cadáveres con esos soldados europeos del siglo pasado. En el trazo adusto y sintético de Molina, que por momentos parece un grabado más que un comic, aparece la influencia inmortal de Alberto Breccia, sobre todo en esos rostros desfigurados por el horror. Pero además Molina pone su claroscuro atroz al servicio de escenas de acción de una potencia demoledora, y ahí te olvidás de Breccia y flasheás cine de Hollywood estridente y kilombero. Las tramas mecánicas y el uso de las tonalidades de marrón en una historia y de gris en la otra engalanan una faz gráfica absolutamente impactante, en la que Molina hace gala de una solvencia a prueba de balas. Evidentemente el argentino radicado en México (Edu) y el argentino radicado en Chile (Roberto) se entienden a la perfección y logran una simbiosis que en Tierra de Nadie se disfruta a pleno. Quiero más trabajos de esta dupla.
Y hasta acá llegamos. Estoy leyendo un Essential de esos de chotocientas páginas y no lo estoy disfrutando, por eso voy lento. Ni bien lo liquide, se viene reseña acá en el blog. Será hasta entonces.
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viernes, 20 de mayo de 2022
LECTURAS DE VIERNES
Medio que se me cae la cara de vergüenza por haber leído solo dos libros en cuatro días, pero bueno, así es la vida. Chota e injusta como la gente que se queja por tener que responderle tres boludeces cada 10 años a un censista.
Arranco en Francia, año 1999, para leer un hermoso álbum de Lapinot en el que Lewis Trondheim arma dupla nada menos que con Frank le Gall, el archi-galardonado creador de Theodore Poussin, quien llevará adelante un guion notable. Vacances de Primtemps es una historia de amor sin besos ni garches, donde todo gira en torno a cómo enamorarse le caga la vida a más de un loser, cuya vida ya está bastante cagada antes de empezar. Le Gall se mofa de esa visión romántica del amor como sufrimiento, y qué lindo es sufrir por amor. Acá queda claro que sufrir por amor es una idiotez, a través de una serie de episodios siempre cómicos pero nunca desopilantes, en los que vemos las pelotudeces que hacen Lapinot y sus amigos (en esta ocasión, rivales) por amor. Las situaciones son tragicómicas, pensadas para parodiar a alguna obra literaria de fines del Siglo XIX que no podría puntualizar, y el humor pasa básicamente por los diálogos y por cómo se va retorciendo la relación entre tres de los personajes varones. Un cuarto personaje varón (Alex, el mayordomo) será el que tire las mejores frases y demuestre tenerla más clara a la hora de entablar relaciones sexafectivas con otra persona. Tan clara la tiene Alex, tanta línea le baja a Lapinot y tan mordaces son sus comentarios, que todo el tiempo me hizo acordar a Alfred Pennyworth... cuando lo escriben bien, lo cual no es tan habitual.
Este es uno de los álbumes más libres de Lapinot, en los que el conejo humanoide no está confinado a la ambientación urbana ni al presente. Acá bajo esa cabeza que nos resulta familiar hay un tipo que vive en la campiña inglesa en el año 1870, que quiso ser científico pero terminó siendo un pintor bastante mediocre. De su amor por la ciencia salen varios de los mejores chistes del tomo. Thierry (o Titi) acá es McTerry, el carnicero del pueblo, y Richard es Richardson, un militar inglés que combatió en la India. Y la que se lleva la peor parte es Nadia, que de ambiciosa y sagaz periodista pasa a ser simplemente la chica linda que le revoluciona las hormonas a los tres muchachos. El guionista nos muestra una Nadia un poquito garca, pero bueno, también sus pretendientes hacen méritos para que ella tome distancia y los someta a ciertos sutiles maltratos y ninguneos, de donde también salen buenas situaciones para el humor.
El dibujo está íntegramente a cargo de Trondheim y el color es obra de su esposa, Brigitte Findakly. Ambos se complementan a la perfección y nos ofrecen 46 páginas de una calidad apabullante. La faz gráfica no desentona para nada con la propuesta y la onda del guion, y Trondheim demuestra una vez más que la rompe incluso cuando lo sacan de su zona de confort. Un álbum realmente maravilloso, para leer y releer varias veces.
Me vengo a Argentina, año 2021, cuando se publica The Beatles: Historia de una Amistad, obra de otra dupla de amigos: el guionista Luciano Saracino y el dibujante Nicolás Brondo. La obra tiene un problema insalvable: alguien decidió que Saracino, que es más porteño que un piquete en la 9 de Julio, escribiera los diálogos, los bloques de texto y hasta el prólogo, en castellano neutro, supongo que para vender esta misma edición en distintos países. Eso desluce un poco toda la faceta literaria de la novela, y es una pena porque el resto está muy bien. Saracino encuentra una muy buena arista por donde explorar la ya archi-conocida historia de los Fab Four, y logra unas cuantas escenas realmente potentes y emotivas. Repito: contándonos lo que ya sabíamos, lo cual lo hace mucho más meritorio.
Hay diálogos muy logrados, retruques ingeniosos y chistes muy efectivos. Yo que no soy muy fan de los Beatles, me re enganché y llegué a querer mucho (en apenas 82 páginas) a John y Paul, a quienes Saracino logra elevar por sobre su status de genios de la música: en esta obra, además de dos talentos descomunales, son dos flacos copadísimos, a los que la vida llevará por distintos caminos pero seguirán siempre unidos por un afecto inquebrantable. Por ahí el fan más hardcore de los Beatles esperaba más énfasis en la carrera musical de la banda, o en las etapas solistas de Lennon y McCartney, o incluso roles más importantes para George y Ringo, que están prácticamente de adorno, pobres. Pero el libro da lo que promete: una historia de los Beatles atravesada por la relación entre Paul y John. Y en ese sentido no defrauda en lo más mínimo, porque se anima a estudiarla de cerca, a un nivel de intimidad que -como ya mencioné- hace que estos dos íconos del rock te resulten casi amigos cercanos, de toda la vida.
El dibujo de Brondo no está mal, para nada. A mí personalmente me gusta mucho más el otro Brondo, el más salvaje, el más expresivo, el que corre en la escudería de Jaime Hewlett y te tira misiles nucleares de imaginación desbordada en clásicos del kilombo como Chica Alien, Bone Machine o Psychocandy. Lo veo jugando al realismo, rompiéndose el culo para que los personajes le salgan parecidos a las fotos que usa como referencia, y siento que desaprovecha su talento aniquilador para irse al carajo y crear otro tipo de imágenes, otro tipo de relatos. Para cordobeses que narran como los dioses y dominan de taquito el realismo, ya tenemos a Carlos Gómez, que también alguna vez formó dupla con Saracino. A Brondo lo veo mejor en otro estilo, con otras libertades. Pero no puedo decir que no haya hecho un buen trabajo: tanto el dibujo como el color de The Beatles cumplen sobradamente con la consigna y recrean sin fisuras aquellos años ´60 y ´70. Obviamente, si sos fan del cuarteto de Liverpool, te tengo que recomendar esta novela gráfica.
Tengo más Brondo y más Trondheim en el pilón de los pendientes, así que pronto nos reencontraremos con estos y otros capos del Noveno Arte. Gracias por el aguante.
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jueves, 16 de abril de 2020
JUEVES GLORIOSO
Hoy la vida me premió con
unas lecturas de una calidad inverosímil. Me tengo que esforzar para que me
caiga la ficha de que realmente leí en dos días dos historietas tan buenas,
aparecidas una en 2006 y otra en 2007, muy pegaditas.
Voy primero con la de
2006, que es Después de la Lluvia, el Vol. -84 de La Mazmorra Amanecer, el
cuarto tomo de esta serie, y continuación directa del tomo de La Mazmorra
Monstruos que vimos un lejano (y binario) 11/01/11. Aquel álbum narraba sucesos
tan impactantes, que Joann Sfar y Lewis Trondheim se vieron obligados a romper
la progresión numérica y saltar del nivel -97 al -84 para explorar a full las
consecuencias. Pero hay mucho más que eso en las exiguas 46 páginas de Después
de la Lluvia.
Además del Dream Team
Absoluto de La Mazmorra (Sfar, Trondheim y Christophe Blain, que es como armar
la delantera con Messi, el Batistuta de 1993 y el Gordo Ronaldo del ´97)
tenemos una aventura al palo, trepidante, definitiva, con pinceladas de humor,
altísimas dosis de violencia, algo de sexo, rosca política, sacudones brutales
en el status quo de la serie, revelaciones tremendas sobre algunos personajes,
el regreso de otros, guiños a los que sabemos qué les va a pasar “más tarde” a
estos personajes por haber leído álbumes que van mucho más adelante en la
cronología de la serie… No le pongo el rótulo de “Historieta Perfecta”
simplemente porque hay varias cosas que no se entienden si no venís leyendo los
tomos anteriores de La Mazmorra.
El dibujo de Blain es
magistral, expresivo y dinámico como buen dibujo animado protagonizado por
animalitos antropomórficos, y a la vez oscuro, ominoso, turbio, como casi todo
lo que pasa en este álbum. Menos mal que un día me puse a ordenar mis álbumes
de La Mazmorra, menos mal que consulté un checklist en la web, menos mal que
identifiqué a tiempo que me faltaba un tomito y menos mal que el año pasado lo
conseguí a buen precio. Vivir sin tener completa esta saga es casi un pecado
mortal y morir sin haber leído Después de la Lluvia es prácticamente un crimen
de lesa humanidad.
Después de un paréntesis
prolongado, retomé Oyasumi Punpun, el manga de Inio Asano, con el Vol.11 (el
Vol.10 lo vimos el 23/02/20). Me dejó shockeado, cagado a trompadas. No puedo
creer lo que leí.
De nuevo Yuichi aparece
con cuentagotas, apenas un segundito. Y algo parecido pasa con el otro
personaje que me copaba, Sachi, también bastante relegada en este tomo. ¿Qué
onda? ¿Asano averigua qué personajes me gustan a mí para sacarles protagonismo
y esconderlos en escenitas de relleno? No, pero antes de que este tomo llegue a
la página 50 pasa algo tan grosso, tan tremendo, tan inesperado, tan
impredecible, la trama pega un volantazo tan zarpado, que nada de lo que venía
contando Asano en los tomos anteriores conserva demasiada relevancia. A la luz
de ESA escena (no la quiero spoilear), todo lo demás pasa a ser relleno. El
plot de Pegaso, el gurú de las buenas vibras, avanza un montón, Asano se
desloma para ponerle personajes secundarios copados, diálogos buenísimos… pero
empalidece por completo frente a lo otro, a lo más grosso, que tiene a Punpun y
a Aiko como protagonistas excluyentes.
Oyasumi Punpun sigue
siendo ese manga inclasificable, raro, introspectivo, donde los vínculos tienen
muchísimo más peso que la acción, donde el proceso de maduración del
protagonista le gana el spotlight a las líneas argumentales… pero en este tomo
hay acción, mucha y muy bestial, y Asano dispara una línea argumental con
fuerza suficiente para llevarse puesto a todo lo demás. Veremos qué nos prepara
este ídolo fuera de serie para los últimos dos tomitos.
Ah, juicio y castigo para
el que decidió tapar con esa sobrecubierta amarga y pechofrío una de las
ilustraciones más hermosas de ese virtuoso sin límites que es Inio Asano.
No mucho más, por hoy.
Gracias por el aguante y ojalá las boludeces que uno escribe sirvan para hacer
menos embolante el confinamiento.
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martes, 4 de febrero de 2020
MARTES SOFOCANTE
Un día de emociones
fuertes entre el calor inhumano y la muerte de ese no-humano, de esa rata
inmunda corrupta y asesina, ese íncubo putrefacto y maligno al que conocimos
como Claudio Bonadío. Pero vamos con unas reseñitas, a tratar de bajar un
cambio.
Cibercultura Mi Amor es un
álbum que reúne 44 planchas realizadas por Lewis Trondheim a razón de una por
semana, para una publicación que no incluía otras historietas. Hay una trama
general que recorre todo el álbum (publicado en este formato en 2001), pero
además cada página plantea, desarrolla y remata una idea en una cantidad de
viñetas que fluctúa entre 8 y 12, según la puesta que elige el autor. O sea que
el álbum ofrece 44 mini-relatos, lo cual puede empantanar la experiencia de
leerlo todo de un saque. Yo recomiendo ir de a poco. No de a una página por
semana, pero por ahí leer 10 u 11 páginas, parar, leer otra cosa, bajarse otras
10 páginas y así.
Básicamente la trama gira
en torno a dos adultescentes, Felix y Patrick, que después de malgastar años de
su vida jugando videojuegos finalmente desarrollaron uno propio y una empresa
se los quiere comprar. Esta punta argumental avanza de a poquito página a
página y Trondheim la toma como esqueleto de la serie. Pero la mayoría de los
chistes tienen que ver con la transformación tecnológica del cambio de milenio:
internet, modems, juegos en red, CD-ROMs, computadoras obsoletas, e-mails,
celulares, consolas, mp3, cámaras digitales, GPS… todas esas garchas que nos
iban a cambiar la vida, vistas en clave satírica por Trondheim de la mano de
los amigos del (por entonces) finado Lapinot.
Esta temática está muy
presente, pero nunca logró distraerme de lo más importante: los diálogos
afiladísimos, las situaciones reales vistas desde una óptica mordaz y el
talento del autor para –además de llevar cada página hacia un remate cómico-
sembrar toda la historieta de gags y momentos llenos de humor. Y claro, la
bestial calidad del dibujo. Trondheim no permite que su línea chunga sea
obstáculo para tratar de dibujar los fondos realistas, complejos, repletos de
detalles. Como si fuera Hergé, pero con una estética que lo único que tiene en
común con la de Hergé es que calza perfecto con el color plano (acá puesto por
Brigitte Findakly, la esposa del autor). Probablemente ninguno de los álbumes
de “Las Increíbles Aventuras sin Lapinot” se suba al podio de lo mejor de Lewis
Trondheim, pero Cibercultura Mi Amor me hizo pasar varios ratos de estupenda
diversión.
Salto a EEUU, año 2016,
cuando Image empieza a reeditar en TPBs la galardonada serie Monstress, escrita
por Marjorie Liu y dibujada por Sana Takeda. Ya desde la portada, con esa cita
laudatoria de Neil Gaiman prometiendo magia y gloria en grandes cantidades,
entré preparado para sumergirme en una gran historieta. Y felizmente, Monstress
no me defraudó.
Este primer tomo ofrece
muchas páginas de una aventura fuerte, por momentos arrolladora, con ínfimas
pinceladas de humor y cero trama romántica. Y lo más importante: la
construcción por parte de las autoras de un mundo fantástico cautivante,
complejo y consistente, donde todo va más allá de una lucha de “buenos contra
malos”. Si leíste mucha literatura fantástica o mucho comic (o manga) de este
estilo, quizás no encuentres en Monstress demasiados elementos que no hayas
visto nunca. Pero la gracia es cómo Liu y Takeda arman la ensalada, cómo la
condimentan, el ritmo al que te la van mostrando, dónde te clavan los
flashbacks, los sacudones definitivos, las revelaciones impactantes, las
secuencias en las que la machaca (y hasta por momentos, el terror) se llevan
puesto cualquier intento de sutileza. El resultado es muy satisfactorio y te va
a dejar –no tengo dudas- pidiendo más.
El dibujo de Sana Takeda es
bellísimo, realmente glorioso. En los primeros planos se le nota el DNI
japonés, los rasgos “manguescos” en las caras de los personajes. Pero arma la página
y dibuja la acción como cualquier artista yanki y se mata en los decorados y
los paisajes como los mejores autores europeos. Además se colorea a sí misma,
lo cual le permite añadirle al dibujo toda una dimensión de elegancia y
sofisticación, o de fuerza primal recontra-expresiva, según la secuencia. Es
algo así como la síntesis entre tres escuelas, y de todas toma elementos que
funcionan a la perfección para esta historia.
Monstress es una aventura
violenta, jodida, que coquetea con el terror y con la runfla política. Pero
tiene resquicios por los que se cuelan la poesía, el amor por la cultura y un
mensaje de esperanza, coraje y redención. Espero conseguir pronto los tomos
siguientes para enterarme cómo avanza la estremecedora epopeya de Maika
Halfwolf.
Y nada más, por hoy. Si
mañana tengo un rato, publico la reseña de la peli de Birds of Prey + Harley
Quinn. Si no, la prometo para el jueves. Gracias y nos encontramos el finde con
tod@s l@s que asistan al EPAH! en la maravillosa Mar del Plata.
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miércoles, 28 de noviembre de 2018
MIERCOLES MAGISTRAL
Hoy la verdad que no me puedo quejar. Los dos libros que me tocó leer en estos días me parecieron excelentes.
Empiezo con Pánico en el Atlántico, un álbum de Spirou de la serie en la que autores famosos aportan su versión (no necesariamente canónica) del popular personaje creado hace 80 años por Rob-Vel. Esta entrega data de 2010 y lleva las firmas del inmenso Lewis Trondheim y de un dibujante al que no conocía y del que me hice fan en el acto: Fabrice Parme. Firmemente enrolado enla línea clara, Parme combina la influencia de la clásica historieta franco-belga con la de los dibujos animados norteamericanos de vanguardia, desde los famosos cartoons de la UPA hasta hitazos más recientes como Los Padrinos Mágicos. Imaginate una mezcla entre el Sáenz Valiente de Norton Gutiérrez y el Nahuel Sagárnaga de Wachín, con la aparición esporádica de expresiones o detalles más sacados, tipo Gustavo Sala. Lo que nos ofrece Parme en este álbum es una verdadera fiesta para los ojos, perfectamente apuntalada por la labor de la colorista Véronique Dreher.
El guión, por su parte, es totalmente adictivo. No es frecuente leer 62 páginas en las que pasen tantas cosas. Es como si Trondheim tomara el clásico álbum infanto-juvenil de Spirou o Tintin (o cualquiera que se plantee combinar aventuras con comedia) y lo acelerara con un enema de merca y speed, para que vaya a 400 km por hora por la banquina del lado contrario. Pánico en el Atlántico no para un segundo, no da respiro. Termina una escena trepidante con Spirou y arranca una desopilante con Fantasio, Spip o el Conde de Champignac. Trondheim rebota como la bolita de un pinball enloquecido entre las peleas, las persecuciones y los chistes, a veces más físicos y a veces más típicos de las comedias de enredos onda Juan Carlos Mesa.
Ves todos esos personajes en la portada y decís “no hay forma de que haya espacio en 62 páginas para que todos intervengan y tengan escenas en las que se lucen”. Hay forma. El guión de Trondheim tiene un acelere tan vertiginoso y aprovecha tan al mango cada viñeta, que todos esos personajes tienen su peso en la trama. Incluso algunos son tan copados que querés verlos en todos los álbumes de Spirou. Si querés vivir un rato largo de emociones, humor y aventura enla que el verosímil no importa en lo más mínimo, no dudes en embarcarte en este álbum de la mano de Trondheim y Parme. En los próximos meses habrá bastante más Spirou acá en el blog, así que atentos.
Me vengo a Argentina, a 2018, cuando se reúnen dos autores muy atípicos, ambos dueños de idiosincracias narrativas muy personales. ¿Qué sale de la unión entre dos autores “raros”? ¿Un comic MUY raro? Nah, tranqui. Con guión de Damián Connelly y dibujos de Pedro Mancini, Felicidad no es una historieta obvia, ni trillada, ni siquiera convencional, pero tampoco es un delirio críptico o incomprensible como la permanencia en el gobierno de Patricia Bullrich. El guionista maneja un grado de abstracción importante, simplifica tremendamente la trama para concentrarse en lo que más le interesa: una historia en la que el afecto derrota a la violencia, salpicada con reflexiones acerca de la felicidad, qué es, para qué sirve y hasta dónde vale llegar para tratar de alcanzarla.
Los diálogos son breves, muy eficaces, y hay un sólo personaje al que Connelly desarrolla a lo largo de estas 60 páginas: el farmacéutico Alan Rimbauer, el tipo que conoce la fórmula química de la felicidad y sin embargo nunca será feliz. El resto del elenco acompaña, pero el que motoriza la trama y al que el guionista más le interesa explorar es a Alan. ¿Se podía contar esta misma historia de un modo más simple, menos afectado? Obviamente que sí, pero en una de esas era un embole. Así como está, Felicidad ofrece una dosis muy bien equilibrada entre introspección, misterio, acción y momentos más oníricos, más bizarros, más davidlyncheanos.
Este aspecto más surreal encaja perfecto con la propuesta estética que suelen tener las historietas en las que Pedro Mancini dibuja sus propios guiones. Y se nota que el dibujante se sintió cómodo en su incursión por este mundo imaginado por Connelly. Lo único a lo que me costó mucho acostumbrarme es a ver a Mancini dibujando expresiones faciales. El estilo de Pedro se basa mucho en la síntesis, y en esa búsqueda, suele prescindir de los rasgos faciales para mostrarnos rostros básicamente inexpresivos, que tienen mucho sentido en la mayoría de sus historias. El guión de Felicidad, en cambio, le otorga mucho protagonismo a las expresiones faciales y al principio esos primeros planos que dibuja Pedro me hicieron un poco de ruido. Después me acostumbré. El resto de la faz gráfica es impecable, con personajes y fondos muy bien diseñados, con muchos logros en la composición de las viñetas y el armado de las secuencias. Una obra muy recomendable, seas fan de Connelly, de Mancini, de ambos, o incluso de ninguno de los dos.
Y hasta acá llegamos por hoy. Parece que se cancela el viaje a Santiago del Estero que tenía previsto para este finde, así que es probable que en los próximos días tenga tiempo de sobra para leer material y escribir reseñas. La seguimos pronto.
Empiezo con Pánico en el Atlántico, un álbum de Spirou de la serie en la que autores famosos aportan su versión (no necesariamente canónica) del popular personaje creado hace 80 años por Rob-Vel. Esta entrega data de 2010 y lleva las firmas del inmenso Lewis Trondheim y de un dibujante al que no conocía y del que me hice fan en el acto: Fabrice Parme. Firmemente enrolado enla línea clara, Parme combina la influencia de la clásica historieta franco-belga con la de los dibujos animados norteamericanos de vanguardia, desde los famosos cartoons de la UPA hasta hitazos más recientes como Los Padrinos Mágicos. Imaginate una mezcla entre el Sáenz Valiente de Norton Gutiérrez y el Nahuel Sagárnaga de Wachín, con la aparición esporádica de expresiones o detalles más sacados, tipo Gustavo Sala. Lo que nos ofrece Parme en este álbum es una verdadera fiesta para los ojos, perfectamente apuntalada por la labor de la colorista Véronique Dreher.
El guión, por su parte, es totalmente adictivo. No es frecuente leer 62 páginas en las que pasen tantas cosas. Es como si Trondheim tomara el clásico álbum infanto-juvenil de Spirou o Tintin (o cualquiera que se plantee combinar aventuras con comedia) y lo acelerara con un enema de merca y speed, para que vaya a 400 km por hora por la banquina del lado contrario. Pánico en el Atlántico no para un segundo, no da respiro. Termina una escena trepidante con Spirou y arranca una desopilante con Fantasio, Spip o el Conde de Champignac. Trondheim rebota como la bolita de un pinball enloquecido entre las peleas, las persecuciones y los chistes, a veces más físicos y a veces más típicos de las comedias de enredos onda Juan Carlos Mesa.
Ves todos esos personajes en la portada y decís “no hay forma de que haya espacio en 62 páginas para que todos intervengan y tengan escenas en las que se lucen”. Hay forma. El guión de Trondheim tiene un acelere tan vertiginoso y aprovecha tan al mango cada viñeta, que todos esos personajes tienen su peso en la trama. Incluso algunos son tan copados que querés verlos en todos los álbumes de Spirou. Si querés vivir un rato largo de emociones, humor y aventura enla que el verosímil no importa en lo más mínimo, no dudes en embarcarte en este álbum de la mano de Trondheim y Parme. En los próximos meses habrá bastante más Spirou acá en el blog, así que atentos.
Me vengo a Argentina, a 2018, cuando se reúnen dos autores muy atípicos, ambos dueños de idiosincracias narrativas muy personales. ¿Qué sale de la unión entre dos autores “raros”? ¿Un comic MUY raro? Nah, tranqui. Con guión de Damián Connelly y dibujos de Pedro Mancini, Felicidad no es una historieta obvia, ni trillada, ni siquiera convencional, pero tampoco es un delirio críptico o incomprensible como la permanencia en el gobierno de Patricia Bullrich. El guionista maneja un grado de abstracción importante, simplifica tremendamente la trama para concentrarse en lo que más le interesa: una historia en la que el afecto derrota a la violencia, salpicada con reflexiones acerca de la felicidad, qué es, para qué sirve y hasta dónde vale llegar para tratar de alcanzarla.
Los diálogos son breves, muy eficaces, y hay un sólo personaje al que Connelly desarrolla a lo largo de estas 60 páginas: el farmacéutico Alan Rimbauer, el tipo que conoce la fórmula química de la felicidad y sin embargo nunca será feliz. El resto del elenco acompaña, pero el que motoriza la trama y al que el guionista más le interesa explorar es a Alan. ¿Se podía contar esta misma historia de un modo más simple, menos afectado? Obviamente que sí, pero en una de esas era un embole. Así como está, Felicidad ofrece una dosis muy bien equilibrada entre introspección, misterio, acción y momentos más oníricos, más bizarros, más davidlyncheanos.
Este aspecto más surreal encaja perfecto con la propuesta estética que suelen tener las historietas en las que Pedro Mancini dibuja sus propios guiones. Y se nota que el dibujante se sintió cómodo en su incursión por este mundo imaginado por Connelly. Lo único a lo que me costó mucho acostumbrarme es a ver a Mancini dibujando expresiones faciales. El estilo de Pedro se basa mucho en la síntesis, y en esa búsqueda, suele prescindir de los rasgos faciales para mostrarnos rostros básicamente inexpresivos, que tienen mucho sentido en la mayoría de sus historias. El guión de Felicidad, en cambio, le otorga mucho protagonismo a las expresiones faciales y al principio esos primeros planos que dibuja Pedro me hicieron un poco de ruido. Después me acostumbré. El resto de la faz gráfica es impecable, con personajes y fondos muy bien diseñados, con muchos logros en la composición de las viñetas y el armado de las secuencias. Una obra muy recomendable, seas fan de Connelly, de Mancini, de ambos, o incluso de ninguno de los dos.
Y hasta acá llegamos por hoy. Parece que se cancela el viaje a Santiago del Estero que tenía previsto para este finde, así que es probable que en los próximos días tenga tiempo de sobra para leer material y escribir reseñas. La seguimos pronto.
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martes, 21 de agosto de 2018
MARTES DE FINALES
Hoy tengo para reseñar dos tomos que funcionan como cierre a sendas colecciones.
En primer lugar, el esperado (pero para nada deseado) final de La Mazmorra, que nos lleva al nivel 111 del Crepúsculo, de la mano de Lewis Trondheim, Joann Sfar y Mazan. Esta historia va casi todo el tiempo en paralelo con la que vimos en el tomo inmediatamente anterior, pero desplazando un poco el foco del relato. En vez de centrarse en Marvin Rojo y Zakutu, este episodio cuenta la batalla final contra la Entidad Negra desde la óptica de Herbert, con roles importantes para el Rey Polvo, Papsukal y el alucinante (o alucinógeno) Gilberto.
Acá también Sfar y Trondheim logran un equilibrio magnífico entre la epopeya grandilocuente, las escenas intimistas (pocas veces tuvo más peso el vínculo entre los personajes) y los chistes, que no pueden faltar. Y además, en este episodio final hay elementos más esotéricos, más limados, que tienen que ver con viajes astrales, que trascienden la violencia física, por supuesto muy presente. La mejor escena, lejos, aparece cuando la Entidad Negra lo psicopatea a Herbert, para hacerlo dudar si está o no controlando los actos de Papsukal. Que un villano tan absolutamente hijo de puta se tome unas viñetas para comportarse como un cancherito, para hacerle una travesura/ guachada más a su víctima, me pareció un hallazgo exquisito.
Y el final –como no podía ser de otra manera- transmite esa sensación chota de desolación, de lo que pudo haber sido y no fue. Pero está claro que -por cómo venía sobre todo la saga de Crepúsculo- si terminaba todo bien, con dicha y alegría para todos, estaríamos hablando de una traición grosera, como cuando te prometen mejor calidad educativa y te destruyen el presupuesto para las universidades, la ciencia y la tecnología. O sea que sí, es un bajón que la hiper-saga que iba a durar 300 álbumes terminara después de… treinta y pico, pero la verdad es que termina bien, con un final redondo, coherente con la evolución que Sfar y Trondheim venían trazando para los personajes principales.
El dibujo de Mazan (a quien ya habíamos visto en uno de los álbumes de Monstres) no me copó tanto como el de Alfred, pero no está nada mal. Gloria eterna a La Mazmorra y si algún día deciden retomarla, acá tienen un comprador seguro.
Me vengo a nuestro país, a 2016, cuando se edita el Vol.8 (y último) de Antología de Héroes Argentinos, con ocho historietas muy, muy distintas entre sí.
La primera retoma una punta argumental iniciada en una de las historias del Vol.6 (lo reseñé el 20/07/18), la hace avanzar dándole mucha chapa al personaje de Romina, y cierra no sin dejar otra punta abierta. Dentro de todo, zafa. No me emocionó mucho, pero no puedo decir que esté mal. Le sigue un episodio de la intrincada saga de Camulus, apenas seis páginas que se proponen cerrar los plots abiertos, pero como leí la saga esporádicamente, no entendí una chota. Acá por lo menos vuela una piña, así que me imagino que habrá un conflicto un poco más power que la vez anterior.
En una brevísima historia de cuatro páginas y cero profundidad, Sebastián Rizzo, Jorge Lucas y Claudio Ramírez narran un encuentro entre Carlitos y Cazador. Nada, muy poquito. Carlitos también tiene peso en la siguiente historia, seis páginas en las que Luis “Hitoshi” Díaz y Emiliano Urich nos muestran el regreso de Estigma, un personaje que había tenido sólo dos apariciones en la efímera revista H de Héroes, allá por 2001. No sé si volvió a aparecer luego de este regreso.
La historia más extensa del tomo es la de Crazy Jack, 14 páginas en las que los maestros Gustavo Amézaga y Rubén Meriggi sacan a relucir su vasto profesionalismo y la estrecha relación laboral que los une hace varias décadas. Un cierre más que atractivo para la saga de este personaje, que ojalá regrese pronto. Carlitos aparece una vez más para una historia que no se entiende muy bien, en la que intercambia trompadas con dos enmascarados, bajo la atenta mirada de un tercero.
Fernando Calvi nos regala una joyita metacomiquera y autorreferencial, en la que reaparecen todos sus personajes de los ´90 (varios de ellos creados en las páginas de Comiqueando). Es una trama compleja resuelta de modo sencillo y que tiene que ver con la evolución artística del propio Calvi. Y para terminar, Toni Torres y Quique Alcatena narran una invasión alienígena a Buenos Aires ambientada en 1948, que será repelida por Misterix, el Vengador, el Caballero Rojo de los años ´40 y varios superhéroes más que yo no conocía. Por supuesto, en apenas 10 páginas no hay espacio para presentarnos a estos personajes, ni para darles profundidad, ni para explicar demasiado nada. Es un clásico palo-y-a-la-bolsa, no muy distinto de las aventuras que vivían en los ´40 los superhéroes yankis, con el plus de estar dibujado por Alcatena, y la contra de cargar con mucho texto, muchas viñetas por página y el rotulado manual de Quique, que a mí personalmente no me gusta. Ah, en un par de viñetas Alcatena dibuja a Perón. Eso sólo hace que esta historieta sea medio totémica.
Y no hay más, ni más Mazmorra ni más Héroes Argentinos. Veremos con qué sigo la próxima vez que me siente a leer comics, y ni bien junte un par de libritos para reseñar, nos reencontramos acá en el blog.
En primer lugar, el esperado (pero para nada deseado) final de La Mazmorra, que nos lleva al nivel 111 del Crepúsculo, de la mano de Lewis Trondheim, Joann Sfar y Mazan. Esta historia va casi todo el tiempo en paralelo con la que vimos en el tomo inmediatamente anterior, pero desplazando un poco el foco del relato. En vez de centrarse en Marvin Rojo y Zakutu, este episodio cuenta la batalla final contra la Entidad Negra desde la óptica de Herbert, con roles importantes para el Rey Polvo, Papsukal y el alucinante (o alucinógeno) Gilberto.
Acá también Sfar y Trondheim logran un equilibrio magnífico entre la epopeya grandilocuente, las escenas intimistas (pocas veces tuvo más peso el vínculo entre los personajes) y los chistes, que no pueden faltar. Y además, en este episodio final hay elementos más esotéricos, más limados, que tienen que ver con viajes astrales, que trascienden la violencia física, por supuesto muy presente. La mejor escena, lejos, aparece cuando la Entidad Negra lo psicopatea a Herbert, para hacerlo dudar si está o no controlando los actos de Papsukal. Que un villano tan absolutamente hijo de puta se tome unas viñetas para comportarse como un cancherito, para hacerle una travesura/ guachada más a su víctima, me pareció un hallazgo exquisito.
Y el final –como no podía ser de otra manera- transmite esa sensación chota de desolación, de lo que pudo haber sido y no fue. Pero está claro que -por cómo venía sobre todo la saga de Crepúsculo- si terminaba todo bien, con dicha y alegría para todos, estaríamos hablando de una traición grosera, como cuando te prometen mejor calidad educativa y te destruyen el presupuesto para las universidades, la ciencia y la tecnología. O sea que sí, es un bajón que la hiper-saga que iba a durar 300 álbumes terminara después de… treinta y pico, pero la verdad es que termina bien, con un final redondo, coherente con la evolución que Sfar y Trondheim venían trazando para los personajes principales.
El dibujo de Mazan (a quien ya habíamos visto en uno de los álbumes de Monstres) no me copó tanto como el de Alfred, pero no está nada mal. Gloria eterna a La Mazmorra y si algún día deciden retomarla, acá tienen un comprador seguro.
Me vengo a nuestro país, a 2016, cuando se edita el Vol.8 (y último) de Antología de Héroes Argentinos, con ocho historietas muy, muy distintas entre sí.
La primera retoma una punta argumental iniciada en una de las historias del Vol.6 (lo reseñé el 20/07/18), la hace avanzar dándole mucha chapa al personaje de Romina, y cierra no sin dejar otra punta abierta. Dentro de todo, zafa. No me emocionó mucho, pero no puedo decir que esté mal. Le sigue un episodio de la intrincada saga de Camulus, apenas seis páginas que se proponen cerrar los plots abiertos, pero como leí la saga esporádicamente, no entendí una chota. Acá por lo menos vuela una piña, así que me imagino que habrá un conflicto un poco más power que la vez anterior.
En una brevísima historia de cuatro páginas y cero profundidad, Sebastián Rizzo, Jorge Lucas y Claudio Ramírez narran un encuentro entre Carlitos y Cazador. Nada, muy poquito. Carlitos también tiene peso en la siguiente historia, seis páginas en las que Luis “Hitoshi” Díaz y Emiliano Urich nos muestran el regreso de Estigma, un personaje que había tenido sólo dos apariciones en la efímera revista H de Héroes, allá por 2001. No sé si volvió a aparecer luego de este regreso.
La historia más extensa del tomo es la de Crazy Jack, 14 páginas en las que los maestros Gustavo Amézaga y Rubén Meriggi sacan a relucir su vasto profesionalismo y la estrecha relación laboral que los une hace varias décadas. Un cierre más que atractivo para la saga de este personaje, que ojalá regrese pronto. Carlitos aparece una vez más para una historia que no se entiende muy bien, en la que intercambia trompadas con dos enmascarados, bajo la atenta mirada de un tercero.
Fernando Calvi nos regala una joyita metacomiquera y autorreferencial, en la que reaparecen todos sus personajes de los ´90 (varios de ellos creados en las páginas de Comiqueando). Es una trama compleja resuelta de modo sencillo y que tiene que ver con la evolución artística del propio Calvi. Y para terminar, Toni Torres y Quique Alcatena narran una invasión alienígena a Buenos Aires ambientada en 1948, que será repelida por Misterix, el Vengador, el Caballero Rojo de los años ´40 y varios superhéroes más que yo no conocía. Por supuesto, en apenas 10 páginas no hay espacio para presentarnos a estos personajes, ni para darles profundidad, ni para explicar demasiado nada. Es un clásico palo-y-a-la-bolsa, no muy distinto de las aventuras que vivían en los ´40 los superhéroes yankis, con el plus de estar dibujado por Alcatena, y la contra de cargar con mucho texto, muchas viñetas por página y el rotulado manual de Quique, que a mí personalmente no me gusta. Ah, en un par de viñetas Alcatena dibuja a Perón. Eso sólo hace que esta historieta sea medio totémica.
Y no hay más, ni más Mazmorra ni más Héroes Argentinos. Veremos con qué sigo la próxima vez que me siente a leer comics, y ni bien junte un par de libritos para reseñar, nos reencontramos acá en el blog.
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miércoles, 15 de agosto de 2018
NOCHE DE MIERCOLES
Sigo avanzando en la lectura de material de autores argentinos que se me escapó en su momento, y ya me falta poquito. En cualquier momento empiezo a leer libros publicados en 2018.
En 2016, con Rubén Sosa ya fallecido, la Biblioteca Nacional publicó la tremenda Un Hombre Normal, una serie que Sosa creó en 1976, justo antes de irse a vivir a Italia, de la que sólo realizó cinco episodios. Inspirado en la novela Las Hienas (de Enrique Medina, recontra-prohibida por la dictadura militar), Sosa narró en Un Hombre Normal el “lado B” de uno de los tantos miembros de los “grupos de tareas” que llevaban adelante los secuestros, las torturas, los asesinatos y las desapariciones ordenadas por los milicos genocidas. En cada episodio vemos a este siniestro personaje envuelto en crímenes de lesa humanidad, y siempre hay una secuencia en la que interactúa con su familia, con sus amigos, donde almuerza, cena o mira futbol como cualquiera de nosotros. Ese contrapunto es sumamente efectivo y perturbador y no se había visto antes en otras historietas.
El último episodio es el que más o menos rompe con esa lógica. Acá el tono de la serie cambia y Sosa se vuelca más a una reflexión casi filosófica acerca de los regímenes represivos, sus metas, las secuelas que dejan en los países donde se instauran y cómo estos chacales sanguinarios logran muchas veces acomodarse incluso cuando se da vuelta la tortilla.
Y si bien todo esto reviste un enorme interés, lo que más me impactó es el dibujo. Sosa fue parte de la camada que estudió con Alberto Breccia y Hugo Pratt en la segunda mitad de los ´50, y sí, hay tintes breccianos en su dibujo. Pero también hay guiños a la narrativa de Guido Crépax y un despliegue de acción, músculos, detalles, expresiones faciales, texturas y rayitas que por momentos emparentan a Sosa con artistas como Berni Wrightson, Sergio Toppi o los filipinos más aplicados. Visualmente esto es apabullante, al filo del barroco, de la sobrecarga de información visual. Por suerte, Sosa logra equilibrar ese descontrol a nivel gráfico con un cuidado muy notable en el armado de la página, de modo que esta abundancia de detalles y trazos no distrae de la narración ni la empantana.
El libro incluye la alarmante cantidad de 18 páginas sin historietas, con un montón de textos sobre el autor, la obra y la época, varios de los cuales se podrían haber obviado tranquilamente. Y hablando de crímenes de lesa humanidad, creo que todavía estamos a tiempo de organizar una marcha pidiendo juicio y castigo para el que eligió esa tipografía espantosa para los diálogos. Si no conocías a Rubén Sosa, este libro te lo pone muy arriba en muy pocas páginas. Hay varias obras más de este autor publicadas en Italia e inéditas en nuestro país, y las quiero todas.
Me voy a Francia a 2014, cuando Lewis Trondheim y Joann Sfar deciden cerrar definitivamente esa desmesurada epopeya que fue La Mazmorra, con dos tomos que pusieron fin a la gloriosa saga iniciada en 1998. Saltando un par de escalones respecto del tomo anterior de La Mazmorra: Crepúsculo (Revolutions, de 2009, lo vimos acá el 25/08/10), Sfar y Trondheim reclutan al notable dibujante Alfred para estas 46 páginas en las que la aventura cobra unas dimensiones épicas, colosales, monumentales. Acá cierran todas las puntas argumentales que involucran a Marvin el Rojo, el Rey Polvo y los hijos del pato Herbert, Zakútu y Papsikal. Y la verdad que no sé qué nos van a contar en el tomo que falta (él último, el cual prometo leer muy pronto), porque acá apenas queda colgado un pedacito de historia, que es el del trip de Herbert al país de los muertos.
El final de Alto Septentrión (que así se titula este episodio) es tan genial, tan potente, que si no hubiese un tomo final, estaría todo bien. Pero hay más, y quedé re-manija para entrarle pronto a ese ¿epílogo?, que en Francia se publicó el mismo día que este episodio. El dibujo de Alfred está perfectamente a la altura de la ambición y la grandilocuencia de la trama: acá hay combates, masacres, explosiones, viajes dimensionales… y el dibujante le pone toda la garra. Incluso tenemos algo sumamente infrecuente en el comic europeo: una doble splash-page que muestra el choque entre un ejército de dragones y una horda de monstruos. Realmente impresionante.
A esta altura, ponerse a recomendar La Mazmorra es totalmente redundante, como decirles “yo te avisé que esto iba a pasar” a los que votaron a Macri. Pero bueno, el primero de esos dos tomos de cierre es demasiado bueno como para no hacerlo. Una más y no jodemos más.
Vuelvo pronto con nuevas reseñas. Gracias y hasta entonces.
En 2016, con Rubén Sosa ya fallecido, la Biblioteca Nacional publicó la tremenda Un Hombre Normal, una serie que Sosa creó en 1976, justo antes de irse a vivir a Italia, de la que sólo realizó cinco episodios. Inspirado en la novela Las Hienas (de Enrique Medina, recontra-prohibida por la dictadura militar), Sosa narró en Un Hombre Normal el “lado B” de uno de los tantos miembros de los “grupos de tareas” que llevaban adelante los secuestros, las torturas, los asesinatos y las desapariciones ordenadas por los milicos genocidas. En cada episodio vemos a este siniestro personaje envuelto en crímenes de lesa humanidad, y siempre hay una secuencia en la que interactúa con su familia, con sus amigos, donde almuerza, cena o mira futbol como cualquiera de nosotros. Ese contrapunto es sumamente efectivo y perturbador y no se había visto antes en otras historietas.
El último episodio es el que más o menos rompe con esa lógica. Acá el tono de la serie cambia y Sosa se vuelca más a una reflexión casi filosófica acerca de los regímenes represivos, sus metas, las secuelas que dejan en los países donde se instauran y cómo estos chacales sanguinarios logran muchas veces acomodarse incluso cuando se da vuelta la tortilla.
Y si bien todo esto reviste un enorme interés, lo que más me impactó es el dibujo. Sosa fue parte de la camada que estudió con Alberto Breccia y Hugo Pratt en la segunda mitad de los ´50, y sí, hay tintes breccianos en su dibujo. Pero también hay guiños a la narrativa de Guido Crépax y un despliegue de acción, músculos, detalles, expresiones faciales, texturas y rayitas que por momentos emparentan a Sosa con artistas como Berni Wrightson, Sergio Toppi o los filipinos más aplicados. Visualmente esto es apabullante, al filo del barroco, de la sobrecarga de información visual. Por suerte, Sosa logra equilibrar ese descontrol a nivel gráfico con un cuidado muy notable en el armado de la página, de modo que esta abundancia de detalles y trazos no distrae de la narración ni la empantana.
El libro incluye la alarmante cantidad de 18 páginas sin historietas, con un montón de textos sobre el autor, la obra y la época, varios de los cuales se podrían haber obviado tranquilamente. Y hablando de crímenes de lesa humanidad, creo que todavía estamos a tiempo de organizar una marcha pidiendo juicio y castigo para el que eligió esa tipografía espantosa para los diálogos. Si no conocías a Rubén Sosa, este libro te lo pone muy arriba en muy pocas páginas. Hay varias obras más de este autor publicadas en Italia e inéditas en nuestro país, y las quiero todas.
Me voy a Francia a 2014, cuando Lewis Trondheim y Joann Sfar deciden cerrar definitivamente esa desmesurada epopeya que fue La Mazmorra, con dos tomos que pusieron fin a la gloriosa saga iniciada en 1998. Saltando un par de escalones respecto del tomo anterior de La Mazmorra: Crepúsculo (Revolutions, de 2009, lo vimos acá el 25/08/10), Sfar y Trondheim reclutan al notable dibujante Alfred para estas 46 páginas en las que la aventura cobra unas dimensiones épicas, colosales, monumentales. Acá cierran todas las puntas argumentales que involucran a Marvin el Rojo, el Rey Polvo y los hijos del pato Herbert, Zakútu y Papsikal. Y la verdad que no sé qué nos van a contar en el tomo que falta (él último, el cual prometo leer muy pronto), porque acá apenas queda colgado un pedacito de historia, que es el del trip de Herbert al país de los muertos.
El final de Alto Septentrión (que así se titula este episodio) es tan genial, tan potente, que si no hubiese un tomo final, estaría todo bien. Pero hay más, y quedé re-manija para entrarle pronto a ese ¿epílogo?, que en Francia se publicó el mismo día que este episodio. El dibujo de Alfred está perfectamente a la altura de la ambición y la grandilocuencia de la trama: acá hay combates, masacres, explosiones, viajes dimensionales… y el dibujante le pone toda la garra. Incluso tenemos algo sumamente infrecuente en el comic europeo: una doble splash-page que muestra el choque entre un ejército de dragones y una horda de monstruos. Realmente impresionante.
A esta altura, ponerse a recomendar La Mazmorra es totalmente redundante, como decirles “yo te avisé que esto iba a pasar” a los que votaron a Macri. Pero bueno, el primero de esos dos tomos de cierre es demasiado bueno como para no hacerlo. Una más y no jodemos más.
Vuelvo pronto con nuevas reseñas. Gracias y hasta entonces.
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martes, 8 de agosto de 2017
TRIPLETE DE MARTES
Ufff… por fin un minuto de paz para sentarme a redactar unas reseñas… Tengo unos días complicados y… sí, ya sé, siempre el mismo verso… Pero posta, hoy escribo estas reseñas y no tengo la más puta idea de cuándo voy a poder clavar el culo en la silla y escribir las próximas.
Arranco con Mildiu, una gema semi-oculta del glorioso Lewis Trondheim que en realidad es la tercera aventura de Lapinot, y la primera que no es editada por L´Association, el sello independiente fundado (entre otros) por el ídolo en cuestión. Mildiu sale en el sello Seuil justo antes de que los álbumes de Lapinot pasen al formato tradicional, a color, y a Dargaud. Es una obra de 1994, cuando Trondheim ya no era su propio editor pero todavía hacía lo que se le cantaba la chota.
Mildiu nos ofrece casi 140 páginas frenéticas, en las que Trondheim se propone satirizar a los relatos de aventuras que se basan en un 95% en peleas entre el Bueno y el Malo, y casi sin querer pela una obra maestra. Obviamente para esa cantidad de páginas, pasan pocas cosas. Pero no es tan importante el cuánto como el cómo. Y el cómo es maravilloso. Lapinot y su enemigo Mildiu (sí, el comic tiene el nombre del villano) combaten a espadazos, piñas y patadas en el medioevo, en un castillo lleno de trampas, recovecos peligrosos y pasadizos secretos, mientras se tiran frases desopilantes y se cruzan con otros personajes bizarros, entre ellos un hechicero cuyos conjuros hacen aún más impredecible el resultado de la cuasi-infinita pelea.
Acá te reís, te entusiasmás, vibrás al ritmo de la machaca, te mordés el labio de abajo onda “no podéssss”, y cuando llega el final aplaudís de pie. Trondheim te garantiza, como siempre, diversión de la buena y un dibujo exquisito. Me encantó volver a verlo en blanco y negro (como en La Mouche, a la cual le tira un homenaje), me cebó mucho verlo dibujar espadas, escudos y hechiceros años antes de La Mazmorra, y obviamente al tener tantas páginas para llenar, la magia que tira el francés en el armado de las secuencias es virtualmente ilimitada. Un flash alucinante.
Me vengo a Argentina, al 2016, cuando se edita Ultradeformer, un librito muy breve con varias historias cortas realizadas por Pedro Mancini. Me da la sensación de que una de las historias (Misterio de Krang) era inédita y el resto ya había aparecido en la revista Ultramundo. Como siempre, son historias al borde del delirio, bastante crípticas, con poco texto, ideas muy locas y cierto coqueteo con el comic clásico de suspenso y enigmas sobrenaturales.
Al final, entre ese cúmulo de incertidumbres, lo que queda claro es que Mancini es un dibujante con un talento increíble, una imaginación única, y que su fuerte son esos climas oscuros, enrarecidos, altamente cautivantes. Tengo más libros de Pedro sin leer, así que pronto vuelvo a explorar los bizarros paisajes de su ultramundo.
Y cierro con el Vol.18 de Bakuman, el único comic que leo el día que me lo compro, que suele ser el día que se edita. Ya no falta nada para el final y Tsugumi Ohba y Takeshi Obata dan el puntapié inicial de lo que (supongo yo) es el arco final de la serie. De un modo muy elegante, Perfect Crime Party pasa a un segundo plano y ahora la historieta que define, la que sale a patear en la definición por penales, es Reversi, una nueva creación de los incansables Muto Ashirogi ahora sí, pensada no sólo para prenderle fuego a las páginas de la Jump, sino también para convertirse en un animé exitoso…
Claro que no va a ser todo tan fácil. Están las fechas de entrega, están las excentricidades del inefable Eiji Niizuma, las roscas y los protocolos de los editores (esta vez con mucha chapa para Yujiro Hattori) y está el público que, con su preferencia, decide quién da la vuelta olímpica y quién no. Es un tomo en el que vamos a ver a los protagonistas al límite de su aguante, siempre bien complementados por las tramas que Ohba les reserva a los secundarios, cada vez más queribles. Lo único medio choto es esa secuencia con el abuelo de Mashiro, una forma bastante ramplona de recordarnos la motivación del joven dibujante, que se podría haber obviado. El resto, todo intensamente maravilloso, y dibujado como la hiper-concha de Dios. Voy a extrañar mucho a Bakuman cuando termine de salir. Mucho.
La seguimos pronto (creo).
Arranco con Mildiu, una gema semi-oculta del glorioso Lewis Trondheim que en realidad es la tercera aventura de Lapinot, y la primera que no es editada por L´Association, el sello independiente fundado (entre otros) por el ídolo en cuestión. Mildiu sale en el sello Seuil justo antes de que los álbumes de Lapinot pasen al formato tradicional, a color, y a Dargaud. Es una obra de 1994, cuando Trondheim ya no era su propio editor pero todavía hacía lo que se le cantaba la chota.
Mildiu nos ofrece casi 140 páginas frenéticas, en las que Trondheim se propone satirizar a los relatos de aventuras que se basan en un 95% en peleas entre el Bueno y el Malo, y casi sin querer pela una obra maestra. Obviamente para esa cantidad de páginas, pasan pocas cosas. Pero no es tan importante el cuánto como el cómo. Y el cómo es maravilloso. Lapinot y su enemigo Mildiu (sí, el comic tiene el nombre del villano) combaten a espadazos, piñas y patadas en el medioevo, en un castillo lleno de trampas, recovecos peligrosos y pasadizos secretos, mientras se tiran frases desopilantes y se cruzan con otros personajes bizarros, entre ellos un hechicero cuyos conjuros hacen aún más impredecible el resultado de la cuasi-infinita pelea.
Acá te reís, te entusiasmás, vibrás al ritmo de la machaca, te mordés el labio de abajo onda “no podéssss”, y cuando llega el final aplaudís de pie. Trondheim te garantiza, como siempre, diversión de la buena y un dibujo exquisito. Me encantó volver a verlo en blanco y negro (como en La Mouche, a la cual le tira un homenaje), me cebó mucho verlo dibujar espadas, escudos y hechiceros años antes de La Mazmorra, y obviamente al tener tantas páginas para llenar, la magia que tira el francés en el armado de las secuencias es virtualmente ilimitada. Un flash alucinante.
Me vengo a Argentina, al 2016, cuando se edita Ultradeformer, un librito muy breve con varias historias cortas realizadas por Pedro Mancini. Me da la sensación de que una de las historias (Misterio de Krang) era inédita y el resto ya había aparecido en la revista Ultramundo. Como siempre, son historias al borde del delirio, bastante crípticas, con poco texto, ideas muy locas y cierto coqueteo con el comic clásico de suspenso y enigmas sobrenaturales.
Al final, entre ese cúmulo de incertidumbres, lo que queda claro es que Mancini es un dibujante con un talento increíble, una imaginación única, y que su fuerte son esos climas oscuros, enrarecidos, altamente cautivantes. Tengo más libros de Pedro sin leer, así que pronto vuelvo a explorar los bizarros paisajes de su ultramundo.
Y cierro con el Vol.18 de Bakuman, el único comic que leo el día que me lo compro, que suele ser el día que se edita. Ya no falta nada para el final y Tsugumi Ohba y Takeshi Obata dan el puntapié inicial de lo que (supongo yo) es el arco final de la serie. De un modo muy elegante, Perfect Crime Party pasa a un segundo plano y ahora la historieta que define, la que sale a patear en la definición por penales, es Reversi, una nueva creación de los incansables Muto Ashirogi ahora sí, pensada no sólo para prenderle fuego a las páginas de la Jump, sino también para convertirse en un animé exitoso…
Claro que no va a ser todo tan fácil. Están las fechas de entrega, están las excentricidades del inefable Eiji Niizuma, las roscas y los protocolos de los editores (esta vez con mucha chapa para Yujiro Hattori) y está el público que, con su preferencia, decide quién da la vuelta olímpica y quién no. Es un tomo en el que vamos a ver a los protagonistas al límite de su aguante, siempre bien complementados por las tramas que Ohba les reserva a los secundarios, cada vez más queribles. Lo único medio choto es esa secuencia con el abuelo de Mashiro, una forma bastante ramplona de recordarnos la motivación del joven dibujante, que se podría haber obviado. El resto, todo intensamente maravilloso, y dibujado como la hiper-concha de Dios. Voy a extrañar mucho a Bakuman cuando termine de salir. Mucho.
La seguimos pronto (creo).
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jueves, 22 de junio de 2017
JUEVES DE JOYAS
Bueno, hoy emboqué dos papongas de una calidad infrecuente.
Arranco en Francia, en 2012, cuando el imbatible Lewis Trondheim se pone la pilcha de guionista y forma equipo con Matthieu Bonhomme para realizar Texas Cowboys, una magnífica novela gráfica dividida en nueve capítulos de 16 páginas, como si fueran nueve entregas de un foletín, o un comic-book.
Como su nombre lo indica, la obra nos sitúa en Texas, en el último cuarto del Siglo XIX, la época en la que transcurren casi todas las historias de ese género llamado western, al que los franceses aman y no están dispuestos a dejar morir. Texas Cowboys se propone como desafío recuperar todos los tópicos del género: ladrones de bancos, timberos de saloon, indios zarpados, el infaltable sheriff, la clásica femme fatale, el forajido, el garca que tiene más poder que la autoridad legal… todo visto desde los ojos de otro personaje bastante típico del western: el muchacho finoli y culto de la Costa Este que viene a conocer de primera mano el legendario estado de Texas. En este caso es un pibe que trabaja como periodista en un diario de Boston y busca información para una serie de artículos sobre este habitat cuasi-salvaje. Y obviamente, Trondheim lo usa como vehículo para la identificación de nosotros, los lectores.
Todos estos personajes y muchos más se entrelazan de a poco en una trama muy atractiva, desarrollada con un ritmo muy de comic francés, con diálogos filosos, silencios elocuentes, mucha acción y también bastante introspección. Y lo más lindo: en un tono ni solemne ni tan jocoso como otras obras de Trondheim.
El dibujo de Bonhomme es sintético, como un Jean Giraud resumido a lo más básico, muy expresivo y con un gran manejo de la narrativa. El hecho de que el libro esté diseñado al estilo de un comic-book americano, con páginas que en su mayoría están divididas en seis viñetas iguales (la Gran Kirby) debería ser una complicación para un autor francés, pero Bonhomme logra que esto juegue a su favor, con habilidad maradoniana.
Al final, me dio la sensación de que los autores se quedaron cortos, que había más para contar, que esos personajes ya habían cobrado vida propia y tenían todo para seguir desarrollándose. Y no estaba muy errado: años más tarde, Trondheim y Bonhomme realizaron una secuela, a la que ya tengo en mi lista de material a capturar, vivo o muerto.
Mi interminable recorrido por el material editado en Argentina en 2016 me lleva ahora a Sereno, la primera obra como autor integral de Luciano Vecchio, consagradísimo dibujante hasta hace poco bastante desconocido acá en su país. Sereno es un comic dibujado de manera formidable, con un aprovechamiento increíble del color, de la puesta en página y del trazo limpio, elegante, poderoso y carismático que caracteriza a Vecchio. El diseño de los personajes es brillante, al igual que el de la ciudad futurista en la que transcurre la historia (y a la que estaría bueno ver un poco más, es decir, tener más secuencias en las que Vecchio se luzca también dibujando fondos). Visualmente, Sereno ofrece un montón de emociones maravillosas que muy pocos comics hechos en Argentina te pueden ofrecer.
Los guiones de Vecchio combinan con mucha solvencia la acción con la introspección. Hay machaca, como en todo comic de superhéroes, pero no pasa todo por ahí. También hay un montón de conceptos que tienen que ver con el alma, la luz interior, la trascendencia… cosas que parecen clásicas fumanchereadas de la New Age, muy bien mezcladas con un despliegue de superpoderes grandilocuentes al estilo Saint Seiya o Dragon Ball (los nombres de los ataques son fabulosos) y con elementos de una metafísica más rara, más moderna, más retorcida, más cerca de Grant Morrison que de Jodorowsky.
Episodio a episodio, Vecchio puebla al universo de Sereno con un montón de personajes (buenos, malos, más o menos) y conceptos realmente fascinantes, de modo que cuando llegás al final del tomo te queda una sóla opción: querer que se edite YA más material de este personaje, y rezar para que Vecchio produzca muchísimas historias más de Sereno sin renunciar nunca a la enorme sensibilidad autoral ni a la pasmosa calidad gráfica de esta primera entrega.
Y bueno, hasta acá llegamos por hoy. Ni bien tenga más material leído, lo comentamos por acá. Gracias y hasta pronto.
Arranco en Francia, en 2012, cuando el imbatible Lewis Trondheim se pone la pilcha de guionista y forma equipo con Matthieu Bonhomme para realizar Texas Cowboys, una magnífica novela gráfica dividida en nueve capítulos de 16 páginas, como si fueran nueve entregas de un foletín, o un comic-book.
Como su nombre lo indica, la obra nos sitúa en Texas, en el último cuarto del Siglo XIX, la época en la que transcurren casi todas las historias de ese género llamado western, al que los franceses aman y no están dispuestos a dejar morir. Texas Cowboys se propone como desafío recuperar todos los tópicos del género: ladrones de bancos, timberos de saloon, indios zarpados, el infaltable sheriff, la clásica femme fatale, el forajido, el garca que tiene más poder que la autoridad legal… todo visto desde los ojos de otro personaje bastante típico del western: el muchacho finoli y culto de la Costa Este que viene a conocer de primera mano el legendario estado de Texas. En este caso es un pibe que trabaja como periodista en un diario de Boston y busca información para una serie de artículos sobre este habitat cuasi-salvaje. Y obviamente, Trondheim lo usa como vehículo para la identificación de nosotros, los lectores.
Todos estos personajes y muchos más se entrelazan de a poco en una trama muy atractiva, desarrollada con un ritmo muy de comic francés, con diálogos filosos, silencios elocuentes, mucha acción y también bastante introspección. Y lo más lindo: en un tono ni solemne ni tan jocoso como otras obras de Trondheim.
El dibujo de Bonhomme es sintético, como un Jean Giraud resumido a lo más básico, muy expresivo y con un gran manejo de la narrativa. El hecho de que el libro esté diseñado al estilo de un comic-book americano, con páginas que en su mayoría están divididas en seis viñetas iguales (la Gran Kirby) debería ser una complicación para un autor francés, pero Bonhomme logra que esto juegue a su favor, con habilidad maradoniana.
Al final, me dio la sensación de que los autores se quedaron cortos, que había más para contar, que esos personajes ya habían cobrado vida propia y tenían todo para seguir desarrollándose. Y no estaba muy errado: años más tarde, Trondheim y Bonhomme realizaron una secuela, a la que ya tengo en mi lista de material a capturar, vivo o muerto.
Mi interminable recorrido por el material editado en Argentina en 2016 me lleva ahora a Sereno, la primera obra como autor integral de Luciano Vecchio, consagradísimo dibujante hasta hace poco bastante desconocido acá en su país. Sereno es un comic dibujado de manera formidable, con un aprovechamiento increíble del color, de la puesta en página y del trazo limpio, elegante, poderoso y carismático que caracteriza a Vecchio. El diseño de los personajes es brillante, al igual que el de la ciudad futurista en la que transcurre la historia (y a la que estaría bueno ver un poco más, es decir, tener más secuencias en las que Vecchio se luzca también dibujando fondos). Visualmente, Sereno ofrece un montón de emociones maravillosas que muy pocos comics hechos en Argentina te pueden ofrecer.
Los guiones de Vecchio combinan con mucha solvencia la acción con la introspección. Hay machaca, como en todo comic de superhéroes, pero no pasa todo por ahí. También hay un montón de conceptos que tienen que ver con el alma, la luz interior, la trascendencia… cosas que parecen clásicas fumanchereadas de la New Age, muy bien mezcladas con un despliegue de superpoderes grandilocuentes al estilo Saint Seiya o Dragon Ball (los nombres de los ataques son fabulosos) y con elementos de una metafísica más rara, más moderna, más retorcida, más cerca de Grant Morrison que de Jodorowsky.
Episodio a episodio, Vecchio puebla al universo de Sereno con un montón de personajes (buenos, malos, más o menos) y conceptos realmente fascinantes, de modo que cuando llegás al final del tomo te queda una sóla opción: querer que se edite YA más material de este personaje, y rezar para que Vecchio produzca muchísimas historias más de Sereno sin renunciar nunca a la enorme sensibilidad autoral ni a la pasmosa calidad gráfica de esta primera entrega.
Y bueno, hasta acá llegamos por hoy. Ni bien tenga más material leído, lo comentamos por acá. Gracias y hasta pronto.
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martes, 16 de septiembre de 2014
16/09: GENESIS APOCALIPTICOS
Satoshi Kon, Peiró, Paul Pope, ahora Lewis Trondheim… Es como si estuviera tratando de detonar toda la munición gruesa antes de la pausa que inevitablemente nos va a imponer Comicópolis.
Este es un librito muy raro de Trondheim. Un puñado de historietas muy cortitas, dibujadas en un estilo minimalista, en blanco, negro y grises, con una grilla inamovible de 16 viñetas iguales (y muy chiquitas) varias de las cuales son cuadritos negros o cuadritos blancos y con un recurso también extrañísimo en Trondheim, que consiste en narrar sin diálogos, sólo con textos en off colocados abajo de cada cuadrito.
En claro contraste con el dibujo, las historias nos on para nada minimalistas, sino que el autor se anima a reflexionar acerca del origen del hombre, del sentido de la vida, de la aparición de la violencia, la oragnización tribal, el surgimiento de las ciudades y las sociedades, el origen del dinero… todo bien condimentado con un sutil toque de humor, que a veces derrapa para el lado del delirio, cuando aparecen en escena marcianos, venusinos y demás alienígenas.
Estas reflexiones profundas que manda Trondheim a veces tienen un regusto amargo, y a veces terminan en finales irónicos con muy mala leche. O sea que el humor está, pero poco. En todo caso se ve más en el dibujo, cartoony a más no poder, que en los textos. Pero el combo es sumamente efectivo.
No quiero chamuyar mucho más, porque el librito apenas junta 22 páginas de historieta. No se lee en 15 segundos por lo que decía antes, de la omnipresente grilla de 16 viñetas. Pero lo cierto es que no se puede indagar mucho más en estos breves relatos de héroes, dioses, filósofos y necios sin revelar mucho de lo que los hace tan potentes. No lo compres esperando disfrutar con el dibujo típico de Trondheim, porque nada que ver. Compralo para descubrir al ídolo en una faceta distinta, en la que se anima a cambiar el tono, el foco y la onda, y abandonar tanto la aventura como la autobiografía para explorar algo muy inusual y muy interesante.
Este es un librito muy raro de Trondheim. Un puñado de historietas muy cortitas, dibujadas en un estilo minimalista, en blanco, negro y grises, con una grilla inamovible de 16 viñetas iguales (y muy chiquitas) varias de las cuales son cuadritos negros o cuadritos blancos y con un recurso también extrañísimo en Trondheim, que consiste en narrar sin diálogos, sólo con textos en off colocados abajo de cada cuadrito.
En claro contraste con el dibujo, las historias nos on para nada minimalistas, sino que el autor se anima a reflexionar acerca del origen del hombre, del sentido de la vida, de la aparición de la violencia, la oragnización tribal, el surgimiento de las ciudades y las sociedades, el origen del dinero… todo bien condimentado con un sutil toque de humor, que a veces derrapa para el lado del delirio, cuando aparecen en escena marcianos, venusinos y demás alienígenas.
Estas reflexiones profundas que manda Trondheim a veces tienen un regusto amargo, y a veces terminan en finales irónicos con muy mala leche. O sea que el humor está, pero poco. En todo caso se ve más en el dibujo, cartoony a más no poder, que en los textos. Pero el combo es sumamente efectivo.
No quiero chamuyar mucho más, porque el librito apenas junta 22 páginas de historieta. No se lee en 15 segundos por lo que decía antes, de la omnipresente grilla de 16 viñetas. Pero lo cierto es que no se puede indagar mucho más en estos breves relatos de héroes, dioses, filósofos y necios sin revelar mucho de lo que los hace tan potentes. No lo compres esperando disfrutar con el dibujo típico de Trondheim, porque nada que ver. Compralo para descubrir al ídolo en una faceta distinta, en la que se anima a cambiar el tono, el foco y la onda, y abandonar tanto la aventura como la autobiografía para explorar algo muy inusual y muy interesante.
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Lewis Trondheim
jueves, 6 de marzo de 2014
06/ 03: LAS AVENTURAS DEL UNIVERSO
Mirá qué loco... Yo creía que Lewis Trondheim había inventado la serie Las Increíbles Aventuras sin Lapinot para continuar de alguna manera la colección, una vez que Lapinot... no sigue como protagonista de la misma (digo, para no spoilear a los que no la leyeron). Pero –una vez más- yo estaba equivocado. Esta serie empieza a editarse en Francia en 1997, cuando los álbumes de Lapinot todavía estaban saliendo de forma regular. En los tomos posteriores, Trondheim nos ofrecerá aventuras de tono costumbrista protagonizadas por los amigos de Lapinot (Richard, Félix, Nadia y el resto), pero este primer álbum es muy raro y huele a rejunte de material que el maestro tenía dando vueltas por ahí y no sabía en qué libro meter.
Arranca con una historieta de cinco páginas autobiográfica, con Trondheim, su esposa y sus hijos (mucho más chiquitos que en Les Petits Riens) como protagonistas. Son anécdotas graciosas, medio iconexas, que tienen que ver con la vida del autor y su familia en esa especie de granja lejos de las grandes ciudades a la que los vimos mudarse, antes de que nacieran los nenes, sobre el final de Approximativement (reseñado el 04/02/14). De aquí en más, el resto del álbum estará compuesto de historietas de una sóla página, en un formato raro, al que hubo que agregarle una guarda para que encajara en el tamaño del típico álbum frances. Pareciera material hecho paar un semanario de actualidad, de los que lee la gente que no consume habitualmente libros y revistas de historietas.
Entre estas historias de una sóla página, hay dos vertientes. La que más aparece es la vertiente autobiográfica, con más anécdotas graciosas de la vida de Trondheim, menos vinculadas a su labor profesional y más a su vida hogareña. Pero atenti, que esto no es un mero puente entre Approximativement y Les Petits Riens. Acá aparece con fuerza un nuevo elemento que es la reflexión: Trondheim se dibuja a sí mismo haciendo un montón de boludeces, pero también pensando en voz alta. Así es como comparte con sus lectores agudas reflexiones, algunas bastante amargas, acerca de la sociedad, la economía, la política, acerca de sus convicciones como ciudadano... Mucho más interesante que los chistes que terminan con la beba cagada o vomitada.
Con una temática casi similar, las historietas restantes no tienen personajes recurrentes. Son breves chistes, un toque más volados, en los que también Trondheim baja línea acerca de nuestro comportamiento como sociedad. Acá no es un “me parece que...”. Es hachazo y garrotazo directo contra políticos, empresarios y demás depredadores del ser humano honesto. En estas historias Trondheim recupera su estilo minimalista, despojado, con viñetas sin enmarcar, ese en el que los humanos NO tienen cabeza de animal sino que parecen huevos con ropa, y que viéramos en obras como Inefables o Génesis Apocalípticos. Son páginas a las que no les queda bien el color, lamentablemente.
Y en las historietas autobiográficas, el color digital de Brigitte Findakly (la esposa de Trondheim) también se ve raro. Quizás porque uno está acostumbrado al blanco y negro de Approximativement y a esas acuarelas majestuosas con las que el propio dibujante colorea Les Petits Riens. Lo cierto es que me costó engancharme con el color de este libro, a pesar de que no es horrendo ni mucho menos.
En fin, un librito prescindible, sólo para los enfermos totalmente adictos a Lewis Trondheim y dispuestos a hacerse con todas y cada una de las obras del prolífico historietista francés. Voy por los otros tomos de esta serie, los de las historias de los amigos de Lapinot. No tengo ninguno, pero creo haber visto las ediciones de Norma de por lo menos dos más. Qué bizarro, no? Norma nunca editó los álbumes de Lapinot, pero edita los álbumes protagonizados por los personajes secundarios de esa serie... “Estos catalanes están majaretas”, diría Obélix...
Arranca con una historieta de cinco páginas autobiográfica, con Trondheim, su esposa y sus hijos (mucho más chiquitos que en Les Petits Riens) como protagonistas. Son anécdotas graciosas, medio iconexas, que tienen que ver con la vida del autor y su familia en esa especie de granja lejos de las grandes ciudades a la que los vimos mudarse, antes de que nacieran los nenes, sobre el final de Approximativement (reseñado el 04/02/14). De aquí en más, el resto del álbum estará compuesto de historietas de una sóla página, en un formato raro, al que hubo que agregarle una guarda para que encajara en el tamaño del típico álbum frances. Pareciera material hecho paar un semanario de actualidad, de los que lee la gente que no consume habitualmente libros y revistas de historietas.
Entre estas historias de una sóla página, hay dos vertientes. La que más aparece es la vertiente autobiográfica, con más anécdotas graciosas de la vida de Trondheim, menos vinculadas a su labor profesional y más a su vida hogareña. Pero atenti, que esto no es un mero puente entre Approximativement y Les Petits Riens. Acá aparece con fuerza un nuevo elemento que es la reflexión: Trondheim se dibuja a sí mismo haciendo un montón de boludeces, pero también pensando en voz alta. Así es como comparte con sus lectores agudas reflexiones, algunas bastante amargas, acerca de la sociedad, la economía, la política, acerca de sus convicciones como ciudadano... Mucho más interesante que los chistes que terminan con la beba cagada o vomitada.
Con una temática casi similar, las historietas restantes no tienen personajes recurrentes. Son breves chistes, un toque más volados, en los que también Trondheim baja línea acerca de nuestro comportamiento como sociedad. Acá no es un “me parece que...”. Es hachazo y garrotazo directo contra políticos, empresarios y demás depredadores del ser humano honesto. En estas historias Trondheim recupera su estilo minimalista, despojado, con viñetas sin enmarcar, ese en el que los humanos NO tienen cabeza de animal sino que parecen huevos con ropa, y que viéramos en obras como Inefables o Génesis Apocalípticos. Son páginas a las que no les queda bien el color, lamentablemente.
Y en las historietas autobiográficas, el color digital de Brigitte Findakly (la esposa de Trondheim) también se ve raro. Quizás porque uno está acostumbrado al blanco y negro de Approximativement y a esas acuarelas majestuosas con las que el propio dibujante colorea Les Petits Riens. Lo cierto es que me costó engancharme con el color de este libro, a pesar de que no es horrendo ni mucho menos.
En fin, un librito prescindible, sólo para los enfermos totalmente adictos a Lewis Trondheim y dispuestos a hacerse con todas y cada una de las obras del prolífico historietista francés. Voy por los otros tomos de esta serie, los de las historias de los amigos de Lapinot. No tengo ninguno, pero creo haber visto las ediciones de Norma de por lo menos dos más. Qué bizarro, no? Norma nunca editó los álbumes de Lapinot, pero edita los álbumes protagonizados por los personajes secundarios de esa serie... “Estos catalanes están majaretas”, diría Obélix...
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martes, 4 de febrero de 2014
04/ 02: APPROXIMATE CONTINUUM COMICS
Este libro de Lewis Trondheim es más conocido como “Mis Circunstancias”, que es el nombre que le puso Astiberri cuando lo editó en España. La gran ventaja de la edición de Fantagraphics por sobre la de Astiberri es el precio: esta se consigue en oferta casi sin dificultad. Y además, cuenta con las traducciones del inolvidable Kim Thompson, un maestro para todos los que alguna vez nos interesamos por el mundillo de la edición de historietas y publicaciones aledañas.
En francés, este libro se llama Approximativement y se editó en 2001. Las historietas que reúne son bastante anteriores (1992-96, a ojo de buen cubero) y marcan el inicio de la vertiente autobiográfica de Trondheim, que persiste aún hoy en sus magníficas Les Petits Riens (Little Nothings en la edición yanki que reseñamos un par de veces acá en el blog). Acá las historietas no duran una sóla página, sino varias más, y además están realizadas en blanco y negro. La otra diferencia, quizás menos obvia, es que en Les Petits Riens el autor trata de hablar poco de su profesión y más de su vida privada: sus viajes, su vida familiar, sus hábitos hogareños... Acá también hay algo de eso (menos, porque todavía no habían nacido sus hijos) pero el dato de que Lewis es historietista tiene muchísimo más peso. Todo el tiempo lo vemos interactuar con sus colegas, hablar de dibujo, de otros autores, de los laburos que va colocando en distintas editoriales, de las exigencias de los distintos mercados... Approximativement funciona mucho mejor como un “backstage” de los otros álbumes de Trondheim, especialmente de La Mouche, su clásico mudo de 1995.
Me falta un dato importante y es que Trondheim decide contarnos su vida en clave de humor. Las anécdotas reales están “barnizadas” para acentuar sus aristas más cómicas o más patéticas, y además mezcladas con sueños, recuerdos de la infancia y momentos en los que el autor no muestra lo que sucede en el mundo real, sino lo que fantasea él en su fuero íntimo. Y además hay algo así como un mensaje, o por lo menos pareciera que Trondheim usa estas historietas como una especie de catarsis, para discutir ciertos temas consigo mismo, temas que hacen a su forma de relacionarse con la gente, con el laburo, con sus propias fobias, angustias y rayes. Al final, con 144 páginas de historieta a cuestas, el ídolo nos da a entender que todo esto le sirvió para aprender, para madurar, para pasar en limpio ciertas cuestiones.
Como hace años que sigo a Trondheim en su vertiente autobiográfica, los relatos en sí me sorprendieron poco. Me reí, me pareció alucinante ver en los roles secundarios a genios como Emile Bravo, David B., Patrice Killoffer o Dupuy y Berberian, pero todo estaba dentro de lo (más o menos) esperable. Lo que realmente no me esperaba era la calidad del dibujo. Esto está al mismo nivel, o un toquecito por encima, de lo que hacía Trondheim en los álbumes de Lapinot (que son de esta misma época) y mínimamente por debajo de su mejor nivel, que es el que logra a fines de los ´90 con Le Donjon y mantiene aún hoy.
A nivel narrativo, esto está a medio camino entre Les Petits Riens y los álbumes “aventureros”. Es decir, ni se zarpa con miles de páginas de uno o dos cuadros (y a veces tres o cuatro) con unos dibujos devastadores, ni te clava esas páginas de 11 o 12 cuadros en los que el dibujo apenas se ve. Approximativement tiene un formato muy parecido al del comic yanki y las grillas que elige Trondheim para armar sus páginas van para ese lado. Hay tres páginas de una secuencia alucinante (protagonizada por La Mouche), hasta las bolas de viñetas microscópicas, y una secuencia de una página en la que Emile Bravo narra una anécdota en 12 viñetas, pero se nota claramente que son recursos que utiliza Trondheim para controlar y ajustar mejor el tempo narrativo, no porque “se quedó sin espacio” para contar lo que quería contar. Y el dibujo, el grafismo en sí, está logradísimo, con personajes muy expresivos, un lenguaje corporal fluído y muy gracioso, la clásica línea “semi-tembleque” y un inmejorable equilibrio entre espacios blancos y masas negras.
Precursora en el género de la autobiografía, repleta de grandes momentos y con un elenco de personajes secundarios demasiado grosso para ser real, Approximativement parecía una obra menor, marginal dentro de la obra de Lewis Trondheim, pero terminó por pelar tantos hallazgos que se integró a la lista de títulos fundamentales de este genio del comic francés.
En francés, este libro se llama Approximativement y se editó en 2001. Las historietas que reúne son bastante anteriores (1992-96, a ojo de buen cubero) y marcan el inicio de la vertiente autobiográfica de Trondheim, que persiste aún hoy en sus magníficas Les Petits Riens (Little Nothings en la edición yanki que reseñamos un par de veces acá en el blog). Acá las historietas no duran una sóla página, sino varias más, y además están realizadas en blanco y negro. La otra diferencia, quizás menos obvia, es que en Les Petits Riens el autor trata de hablar poco de su profesión y más de su vida privada: sus viajes, su vida familiar, sus hábitos hogareños... Acá también hay algo de eso (menos, porque todavía no habían nacido sus hijos) pero el dato de que Lewis es historietista tiene muchísimo más peso. Todo el tiempo lo vemos interactuar con sus colegas, hablar de dibujo, de otros autores, de los laburos que va colocando en distintas editoriales, de las exigencias de los distintos mercados... Approximativement funciona mucho mejor como un “backstage” de los otros álbumes de Trondheim, especialmente de La Mouche, su clásico mudo de 1995.
Me falta un dato importante y es que Trondheim decide contarnos su vida en clave de humor. Las anécdotas reales están “barnizadas” para acentuar sus aristas más cómicas o más patéticas, y además mezcladas con sueños, recuerdos de la infancia y momentos en los que el autor no muestra lo que sucede en el mundo real, sino lo que fantasea él en su fuero íntimo. Y además hay algo así como un mensaje, o por lo menos pareciera que Trondheim usa estas historietas como una especie de catarsis, para discutir ciertos temas consigo mismo, temas que hacen a su forma de relacionarse con la gente, con el laburo, con sus propias fobias, angustias y rayes. Al final, con 144 páginas de historieta a cuestas, el ídolo nos da a entender que todo esto le sirvió para aprender, para madurar, para pasar en limpio ciertas cuestiones.
Como hace años que sigo a Trondheim en su vertiente autobiográfica, los relatos en sí me sorprendieron poco. Me reí, me pareció alucinante ver en los roles secundarios a genios como Emile Bravo, David B., Patrice Killoffer o Dupuy y Berberian, pero todo estaba dentro de lo (más o menos) esperable. Lo que realmente no me esperaba era la calidad del dibujo. Esto está al mismo nivel, o un toquecito por encima, de lo que hacía Trondheim en los álbumes de Lapinot (que son de esta misma época) y mínimamente por debajo de su mejor nivel, que es el que logra a fines de los ´90 con Le Donjon y mantiene aún hoy.
A nivel narrativo, esto está a medio camino entre Les Petits Riens y los álbumes “aventureros”. Es decir, ni se zarpa con miles de páginas de uno o dos cuadros (y a veces tres o cuatro) con unos dibujos devastadores, ni te clava esas páginas de 11 o 12 cuadros en los que el dibujo apenas se ve. Approximativement tiene un formato muy parecido al del comic yanki y las grillas que elige Trondheim para armar sus páginas van para ese lado. Hay tres páginas de una secuencia alucinante (protagonizada por La Mouche), hasta las bolas de viñetas microscópicas, y una secuencia de una página en la que Emile Bravo narra una anécdota en 12 viñetas, pero se nota claramente que son recursos que utiliza Trondheim para controlar y ajustar mejor el tempo narrativo, no porque “se quedó sin espacio” para contar lo que quería contar. Y el dibujo, el grafismo en sí, está logradísimo, con personajes muy expresivos, un lenguaje corporal fluído y muy gracioso, la clásica línea “semi-tembleque” y un inmejorable equilibrio entre espacios blancos y masas negras.
Precursora en el género de la autobiografía, repleta de grandes momentos y con un elenco de personajes secundarios demasiado grosso para ser real, Approximativement parecía una obra menor, marginal dentro de la obra de Lewis Trondheim, pero terminó por pelar tantos hallazgos que se integró a la lista de títulos fundamentales de este genio del comic francés.
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