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martes, 12 de abril de 2022
DOS LIBRITOS CORTOS
Bueno, se terminaron mis vacaciones y acá estoy, listo para retomar la sana gimnasia de reseñar las historietas que leo. Estoy leyendo poco, porque le estoy metiendo mucha pata a las revistas y libros de info SOBRE comics, que se acumulan y requieren muchas horas de lectura. Pero algo tengo para reseñar.
Me compré otro librito editado por Muñones. Sí, ya sé, no aprendo más. Pero era un tomo de historias cortas autoconclusivas de Juan Zanotto, con material muy lindo de los ´80, ´90 y principios de los 2000. Son unas 70 páginas sin relleno, con historietas casi de punta a punta, como me gusta a mí. Está el hermoso homenaje a Oesterheld que Zanotto había hecho con el italiano Beppi Vigna, hay varias historias cortas escritas y dibujadas por el mismísimo Juan y unas cuantas escritas por Emilio Balcarce, un guionista que se entendía muy bien con Zanotto, con quien compartía el gusto por las películas yankis de ciencia-ficción.
Lo mejor del tomo es el homenaje a Oesterheld, por amplia diferencia. Pero los mejores dibujos de Zanotto están en las breves historietas a todo color, especialmente en Contra y Caerá la Lluvia. Las tres historias más o menos extensas escritas por Balcarce (Cinco, El Depredador Estelar y Tormenta) comparten un mismo problema: a todas le sobran un par de páginas y funcionarían mejor si fueran más breves. Pero las tres tienen ideas atractivas y momentos que te ponen nervioso. Tormenta es la que más sufre, tanto la estirada como la mala impresión, el empaste de los negros, algo que uno da por descontado cuando compra un libro editado por Muñones.
Y hablando de negros… en las 10 historietas que componen Hipernova no hay uno solo. Ni un solo personaje tiene rasgos afroamericanos, ni orientales, ni cercanos a los aborígenes de ningún país americano. Pareciera que para Zanotto y sus guionistas solo existían los hombres y mujeres de raza blanca, desde la prehistoria hasta los futuros remotos. Me llamó mucho la atención ese detalle, que por ahí cuando leíamos las historias cortas salteadas, de vez en cuando, en medio de una revista de antología, se nos pasaba.
¿Estoy en condiciones de recomendar la compra y lectura de un libro publicado por el más funesto delincuente de la historia de la historieta argentina? La verdad que fuera de detalles como la mala impresión de algunas páginas y esa portada pechofrío y desabrida, el material está bueno y el libro es un paso en el sentido correcto, porque todo fan de la historieta argentina merece tener a su alcance la obra de Juan Zanotto, sean las historias cortas o las sagas más ambiciosas. Incluso si no te emocionan los dibujos de Zanotto pero te copa la ciencia-ficción clásica, con una vueltita de tuerca medio irónica o truculenta, en Hipernova vas a encontrar historias que te van a impactar. Y si nunca conseguiste (o no sabías que existe) el libro Oesterheld en Primera Persona (que es donde se publicó por primera vez en castellano la historieta de Zanotto y Vigna), esta es una nueva oportunidad para tener esa breve joyita en tu biblioteca. Yo ya la tengo tres veces, porque además de ese libro de HGO tengo “Donde esta Oesterheld? Il fumetto argentino desaparecido”, el libro italiano donde se publicó por primera vez esa historieta, allá por 2002. Es lo que hay; por suerte son ocho páginas, no 64.
Me voy a Francia, año 2000, cuando se recopilan varias historias de Jack Palmer, el inepto detective creado por el maestro René Pétillon, en un libro llamado El Caso de la Top Model. Allá por el 13/02/18 vimos en este espacio otro álbum de Jack Palmer, el más querido por los fans y más premiado por la crítica. Y si bien L´Enquète Corse me pareció magnífico, me quedé con ganas de más, y así caí en esta edición de Norma.
La historia más extensa del álbum es Palmer & la Top Model, una sátira al mundo de la alta costura, la farándula, los desfiles de moda y demás manifestaciones de ese gigantesco culto a la superficialidad que se impuso en el tramo final del Siglo XX. La trama en sí no es brillante ni mucho menos, pero en los diálogos jocosos que aparecen sin parar a lo largo de las 20 páginas, Pétillon saca una diferencia enorme. Me llamó la atención lo bien que funcionan en castellano juegos de palabras y nombres en joda (obviamente traducidos del francés), hasta que me fijé quién había traducido este material: nada menos que el maestro Enrique Sánchez Abulí, garantía absoluta de calidad en todos los rubros.
Después tenemos una segunda historieta de 20 páginas (¡Más falso que Judas!) con un argumento genial, un disparate perfecto que gana en comicidad con el correr de las páginas y la acumulación de situaciones absurdas. Esta es la mejor historieta del tomo, la más graciosa, la más original y la más delirante. Y cierra la breve “Pizza Fatale, una parodia despiadada en la que Pétillon se mofa de todas las convenciones del subgénero policial conocido como “whodunnit”, muy popular en la literatura británica y estadounidense. Acá también me reí bastante, siempre dentro de parámetros de un género que uno más o menos ya sabe para dónde puede ir.
El dibujo de Pétillon me parece muy atractivo. Por momentos parece Johnny Hart dibujando a mano alzada, directo en tinta, sin bocetos previos y a los santos pedos. Por momentos parece un Edika más civilizado, menos bestial. La verdad es que el recordado autor francés hace milagros con su línea despareja, desenfadada y super expresiva. Además lo ayudan muchísimo el color plano y la puesta en página cristalina, tradicional y absolutamente funcional al timing de la comedia.
Acá me encontré con tres historietas muy logradas, una de las cuales está tranquilamente al nivel glorioso de L´Enquète Corse. Así que tranquilamente El Caso de la Top Model puede funcionar como una excelente puerta de entrada para quienes quieran conocer a René Pétillon y su personaje más popular. Ni bien vea otro libro de Jack Palmer, me tiro de cabeza, sea en castellano o en francés.
Nada más, por hoy. A l@s amig@s de Cördoba, les cuento que el miércoles 20 a las 19 hs vamos a estar presentando ¿Quién quiere ser superhéroe? en el Centro Cultural España Córdoba, junto al colega y amigo Iván Lomsacov. Ojalá puedan venir. Y con el resto, nos reencontramos pronto a una pantalla de distancia, acá en el blog.
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Juan Zanotto,
René Petillon
domingo, 13 de febrero de 2022
UN PAR DE LIBRITOS MÁS
Ya me traje a mi nuevo departamento prácticamente todos los libros que tenía sin leer, y la verdad es que son muchos. Probablemente podría no comprar más comics hasta Septiembre u Octubre sin que falte material para las reseñas. Obviamente voy a seguir comprando, así que la única opción para que la pila de los pendientes no se vaya al carajo es meterle pata a las lecturas. Hoy voy con dos obras bastante recientes.
Punisher: The Platoon es una obra de 2017 en la que (al igual que en Born, reseñada un lejano 08/01/11) Garth Ennis toma la figura de Frank Castle como disparador para contarnos una historia 100% bélica, ambientada en 1968, en la guerra de Vietnam. Como además es una publicación con el sello de Marvel Max, no hay problema en blanquear que en el presente Castle tiene casi 75 años. El hecho de que años más tarde ese joven teniente vaya a adoptar la identidad del Punisher tiene un cierto peso en la trama, pero no es en absoluto lo que la conduce.
Además de su habitual rigor para contar historias de guerra, y además de lo grato que me resulta leer a ese Ennis que no trata de hacerse el gracioso a través de personajes payasescos, acá lo que más me sorprendió son dos cosas. Primero, lo poco que el irlandés cuestiona la lógica con la que opera Castle. Nos lo presenta como un tipo íntegro, enfocado, muy capo, de inquebrantable moral y de enorme solidaridad para con sus compañeros y subordinados. Sin dudas lo más parecido a un héroe que nos puede llegar a ofrecer un conflicto tan turbio como la guerra de Vietnam. Y por el otro, me impactó lo bien trabajadas que están las personalidades y los diálogos de los otros personajes, tanto de los ex camaradas de Castle (que recuerdan lo sucedido en Vietnam en una magnífica secuencia ambientada en 2017) como de los propios vietnamitas, sobre todo el coronel Giap.
La acción, lo que efectivamente sucede, es poco para seis episodios y está predeciblemente estirado. Pero Ennis hace un truco interesante: generar la expectativa de que quizás nunca veamos la escena que cualquier lector quiere ver desde la página 18 en adelante: la confrontación entre Frank Castle y un personaje alucinante, al que el guionista desarrolla sobre todo a través del silencio y la contemplación. Antes del final ese choque va a llegar y Ennis va a tener el notable acierto de dejar apenas sugerido lo que pasa, para que vos elijas el grado de impacto que te va a generar.
Todo esto está dibujado como los dioses por un habitual cómplice de Ennis, el glorioso croata Goran Parlov y coloreado por la infalible Jordie Bellaire, así que además de los hallazgos en la trama, la ambientación y la caracteización, The Platoon nos ofrece un tratamiento visual brillante, con un uso ajustado y siempre funcional al relato de la ya famosa viñeta widescreen. No le puedo recomendar esta obra a los fans de Punisher, pero sí a los fans del buen comic bélico, y a los seguidores de Garth Ennis y de Goran Parlov, dos bestias que acá pusieron el alma en cada página.
En 2019 se publicó en Italia la primera colaboración entre dos destacados autores argentinos: el guionista Emilio Balcarce y el dibujante Horacio Lalia. El proyecto se tituló Timeland, y en 2021 se dio a conocer en nuestro idioma a través de una edición argentina. Me llamó la atención ver a Lalia embarcado en una obra que no tenía nada que ver con el género del terror (con el que generalmente se lo identifica) y al leer Timeland, me encontré con una historieta ágil, sin mayores pretensiones que las de entretener un rato al lector.
El argumento que propone Balcarce abre infinitas puertas para generar peripecias gancheras. Así es como en menos de 50 páginas mezcla a William Wallace, Adolf Hitler, Napoleón o Albert Einstein con dinosaurios, alienígenas, zombies, indios, romanos, cavernícolas y transatlánticos que se la ponen contra un iceberg. La consigna habilita que pase de todo y de hecho en 46 páginas pasan un montón de cosas, hasta llegar a una página que ofrece un moñito lindo e impredecible para vincular a los protagonistas de un modo novedoso. ¿Qué le falta al guion? Un poco de profundidad para el personaje principal, que está apenas esbozado. ¿Y qué le sobra? Por un lado, todos esos guiños a las películas de Hollywood, que no le aportan nada a la trama. Por el otro, bajar un poco esa excesiva carga de información. Cada vez que Balcarce mete en el contexto de la aventura un hecho o un personaje histórico, lo explica con abundante data de fechas, nombres y lugares. Eso no está exactamente mal, porque me imagino que puede estimular el interés por la Historia en los lectores más jóvenes. Pero está hecho de tal modo que le resta fluidez al relato y por momentos se siente como una intromisión de los contenidos didácticos en un producto que supuestamente es una epopeya de acción y diversión.
El dibujo de Lalia tiene algunos momentos de zozobra (esa estación orbital parece hecha con alambres, pelotas de ping-pong y cajitas de medicamentos), pero en general es sólido y cumple con las casi desmesuradas exigencias de un guion que le pide una cantidad de referencias históricas a las que pocos dibujantes se animarían. Por suerte alguien (no sé si el propio Horacio) acomodó los diálogos de tal manera que sea fácil darse cuenta en qué orden hay que leer las viñetas, algo que a Lalia a veces se le descontrola cuando opta por romper la grilla más clásica y jugar con los tamaños y la disposición de los cuadros. En general, Timeland es una lectura llevadera, como para divertirse un rato. El concepto que ideó Balcarce (el terremoto cronal) da para seguirlo hasta el infinito, aunque no sé si me coparía leer secuelas de esta obra, sobre todo por lo redondo del final.
Ah, un consejo a las editoriales argentinas que recopilan material del que producen nuestros autores para las antologías italianas: encarguen portadas como la gente, ilustraciones nuevas, gancheras, que representen lo más llamativo del contenido de la obra. No armen más esos cahivaches con pedazos de viñetas sacadas del comic y coloreadas, que no se lucen para nada.
Tengo leído algo más, pero me quedé sin tiempo para escribir. Vuelvo a postear pronto, acá en el blog. Gracias por tanto.
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viernes, 3 de enero de 2020
PRIMER VIERNES DEL AÑO
Y sí,
está buenísimo para salir a atorrantear por ahí. Pero antes, unas reseñas.
Arranco
en EEUU, en 2003, cuando en pleno auge de la historieta autobiográfica, Dark
Horse produce una antología con 16 historias cortas en las que distintos
autores reviven anécdotas de sus vidas reales que los marcaron, o reflexionan
“en voz alta” acerca de temas que les resultan importantes. Autobiographix es
un libro que hay que tener sí o sí, simplemente como reconocimiento a la
coordinadora Diana Schutz por el esfuerzo que le debed haber exigido reunir a
semejante elenco de autores. Después, si de las 16 historietas hay 5 ó 6
buenas, está todo pago. Y es probable que las haya, eh? Vamos a repasarlas.
La de
Frank Miller es apenas graciosa y está dibujada a los santos pedos, pero ponele
que zafa. La de Sergio Aragonés es gloriosa, de punta a punta. La de Will
Eisner (uno de los precursores del género autobiográfico) es muy cortita, pero
muy emotiva y está dibujada con todas las pilas. La de Jason Lutes es un
no-relato, es él bajando línea, con unos dibujos fastuosos. Después vienen tres
excelentes al hilo: la de Paul Chadwick, la de William Stout y la de Bill
Morrison, que se cae apenitas al final. La de Linda Medley está recontra bien
dibujada pero se me hizo un toque larga. La de Schutz y Arnold Pander es más
clima que relato, y el dibujo es demasiado bueno para ser real.
Matt
Wagner sorprende porque en vez de una historia nos trae… una receta de cocina,
para hacer pechugas de pollo a la parmesana. Con narrativa 100% de comic y con
excelentes dibujos, eh? La de Eddie Campbell no me enganchó para nada, no
llegué al final de la segunda página. La de los gemelos Fábio Moon y Gabriel Bá
está buenísima, me puso muy nervioso. La de Stan Sakai es linda, aunque me
resultó un poquito mezquino que entregara los lápices sin entintar. La de
Metaphrog no es genial, pero está bien. Una de las más lindas del tomo es la
que escribe un tal Richard Doutt y dibuja el alucinante Farel Darlymple. Y
cierra Paul Hornschemeier, con un intento de meta-comic pretencioso y
aburridísimo.
Obviamente
recomiendo Autobiographix a los fans de las historietas autobiográficas y a los
que quieran ver cómo se desempeñan en espacios cortos autores a los que
generalmente asociamos con novelas gráficas, sagas infinitas o historietas más
extensas, en general.
Me vengo
a Argentina, año 2019, cuando el sello Comic.ar recopila Asteroides, la serie
de historias muy cortas que Emilio Balcarce y Marcelo Pérez realizaban para la
Fierro clásica allá por 1985-87. Una edición preciosa, cuidadísima, en la que
las historietas se ven muchísimo mejor que en las viejas y ya amarillentas
revistas de los ´80. Y no porque mágicamente el dibujo de Pérez haya mejorado.
Las falencias que se ven son las mismas que tenía el rosarino en los ´80, pero
con la tecnología actual hay cosas que Pérez hacía y que no quedaban bien
plasmadas en la página y ahora sí, se disfrutan mucho más, porque la calidad de
la impresión está a la altura de lo que imaginó el dibujante.
Balcarce
tiene acá la difícil tarea de plantear, desarrollar y resolver ideas en tres o
cuatro páginas, y la verdad que le sale bastante bien. Hay varias bastante
ingeniosas, con buenos giros sobre el final, con acción, buenos diálogos y una
bajada de línea interesante. De las cortitas, la que más me gustó fue
Escarbadientes. Y el tomo cierra con dos historias más extensas (ocho páginas)
que no recordaba haber visto a todo color y probablemente hayan sido coloreadas
para esta edición, o cuando se publicaron en Italia. Esas dos historias (Una
Nueva Vida y QEPD) no tienen la magia del color directo que desplegaba Pérez en
las historias más breves (con esos efectos y esos engamados heredados del
genial Juan Giménez) pero tienen los mejores guiones de la serie.
Al contar
con más páginas para desarrollar las tramas, Balcarce logra dotar de mayor
profundidad a los personajes, sumarle espesor a los conflictos y no jugarle
tantas fichas a la resolución en la última viñeta. De hecho Una Nueva Vida está
totalmente jugada al impacto de la última viñeta, pero para cuando llega, ya
tuvimos casi 8 páginas muy intensas, con desarrollo de personajes, machaca
futurista, dilemas éticos y hasta un toque de romance. Así es como la
historieta se disfruta más allá de que ese giro final de cause mucha, poca o
ninguna gracia.
Si sos
fan de la ciencia-ficción ochentosa (y no tenés este material ni en Fierro ni
en Zona 84), sospecho que este librito te va a hacer bastante feliz. Yo le
hubiese metido cuatro páginas más de historieta en vez de esos textos en los
que los autores hablan de bueyes perdidos, pero en una de esas no había más
material. Por suerte lo que hay es interesante y por momentos impactante, a
pesar de las décadas transcurridas y de que el dibujante nunca estuvo entre mis
favoritos.
Por hoy,
nada más. Disfruten el finde y nos reencontramos pronto, con nuevas reseñas acá
en el blog.
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antología,
autobiografía,
Emilio Balcarce,
Marcelo Pérez
lunes, 15 de abril de 2019
LUNES DE CIENCIA-FICCION
Arranco esta entrada del
blog con una reseña de Valerian: Los Rayos de Hipsis, la historia que va justo
entre el álbum reseñado el 28/01/13 y el reseñado el 27/02/15. Se trata de un
episodio rarísimo en la legendaria saga creada por los maestros Pierre Christin
y Jean-Claude Mézieres, que me hizo comer todos los amagues. Después de un tomo
anterior en el que se planteaba de modo tenue la amenaza de Hipsis y 40 páginas
de este tomo en el que la cosa se pone más espesa, el peligro es más palpable y
tenemos (por fin) algo de acción, todo hacía suponer que el final iba a ser a
pura machaca cósmica, sobre todo porque (al haber leído los tomos posteriores)
uno sabía que las consecuencias que dejaba Los rayos de Hipsis eran jodidas de
verdad. Bueno, al climax que alcanza esta historia en el segundo y el tercer
cuarto, le siguen ocho páginas finales en las que Christin pega un volantazo
imposible, reformula totalmente a la amenaza para convertirla en algo
absolutamente impredecible, no exenta de onda, pero a años luz de lo que uno
espera en el contexto de una saga de aventuras y ciencia-ficción. No quiero
contar con qué se encuentran Valerian, Laureline y sus aliados al final de este
tomo, porque lo escribo y no lo puedo creer. Alcanza con decir que si llegaste
a este álbum (el duodécimo) y no creías que Valerian fuera una serie en la que
podía pasar cualquier cosa, seguramente el final de Los Rayos de Hipsis te va a
hacer cambiar de opinión.
El dibujo de Mezíéres
alcanza en esta época (mediados de los ´80) el cénit, el estado de gracia. La
puesta en página es entre dinámica y mágica, las expresiones faciales son
brillantes, las naves son gloriosas, los paisajes son hermosos, las escenas de
acción son vibrantes, y las otras, todas esas páginas en las que Christin nos
bombardea con una grotesca cantidad de texto, el dibujante las pilotea sin
mayor dificultad, incluso cuando lo único que vemos son gente (o algo así) que
habla, rosquea o trata de deducir el enigma de Hipsis.
Hasta acá Valerian era la
serie copada, que a través de aventuras repletas de acción, misterio, romance y
certeras pinceladas de un humor bastante ácido nos entretenía y a la vez nos
bajaba una cierta línea ideológica progre, o directamente zurda. A partir del
díptico compuesto por este álbum y su antecesor inmediato, ya entramos en el
terreno en el que todo es posible, incluso algunos altibajos bastante
pronunciados, tanto en los guiones como en los dibujos.
Me vengo a Argentina, a
2017, cuando se edita Lovechip, una historieta de ciencia-ficción de Emilio
Balcarce y Guillermo Donés originalmente producida para el mercado italiano. El
guión de Balcarce, sin ser una genialidad, es entretenido, tiene varias ideas
interesantes y por lo menos dos giros argumentales que no me vi venir ni a
palos. Los diálogos (a menudo el talón de Aquiles del guionista salteño) están
bastante bien, nunca faltan las excusas (casi todas válidas) para meter escenas
impactantes en las que vemos explosiones, masacres y gente que se caga a tiros,
y si no te molesta esa impronta ochentosa de la aventura para adolescentes con
tetas y drogas, seguramente la trama de Lovechip te va a atrapar.
El tema del sexo está
bastante enfatizado, pero la verdad es que las (no pocas) escenas de cierto
voltaje erótico no son las que hacen avanzar la trama. Por el contrario,
Balcarce subraya todo el tiempo que Lovechip (como la mitad de su título lo
indica) es una historia de amor. O sea que se habla mucho de coger y de hecho
se coge bastante, pero en el global de la obra, el sexo es apenas anecdótico.
El dibujo de Donés me dejó
muchísimas dudas. Esto está muy lejos de aquellas historietas que el crédito de
Salto publicaba en la Skorpio a fines de los ´80 y principios de los ´90. No sé
si el paso de color a blanco y negro le jugó una mala pasada o qué, pero
visualmente esto así no se luce para nada. Las naves, máquinas, armaduras y
locaciones futuristas están buenas, dentro de una estética que remite de
inmediato a Juan Giménez. Pero los seres humanos… ma-mita. Las caras parecen
desfiguradas, la anatomía tiene fallas (sobre todo cuando vemos cuerpos en
movimiento), no se entiende bien si Donés buscaba un estilo más sintético o si estaba
apurado y entregó algunas viñetas apenas bocetadas, para que el colorista tratara
de darles un poco más de forma, o de fuerza… Una lástima, realmente, porque hacía
mucho que no veía trabajos de Donés y mi expectativa era mucho más alta.
Y nada más, por hoy. Ni
bien tenga más libritos leídos, comparto las reseñas acá en el blog.
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Valérian
martes, 28 de marzo de 2017
DOS DE MARTES
Ya estoy de vuelta con nuevas lecturas.
Arranco en 2013, en Nueva Zelanda, donde el sello Beyond Reality Media recopila en libro los cuatro episodios de The Time Travelling Tourist, una saga escrita por Will Geradts (también coordinador de BRM) y Richard Fairgray, junto al dibujante chileno Gonzalo Martínez, a quien ya nos cruzamos varias veces acá en el blog.
La trama gira entorno a Beethoven Jones, un pibe que cuenta con un gadget que le permite viajar a gusto y piaccere por el tiempo. Su hobby, su diversión, su pasión, es esa: aparecer en momentos cruciales de la Historia, sacarse una selfie y mandarle una postal a los padres, onda “Acá estoy, en pleno hundimiento del Titanic/ asesinato de Abraham Lincoln/ ataque a las Torres Gemelas/ llegada del hombre a la Luna/ incendio de Roma, o lo que sea”. En sus viajes descubre que hay UN día de 1993 en que un tipo que tiene un local de donuts de New York horneó las mejores donuts de la historia. Entonces, entre viaje temporal y viaje temporal, pasa por el local a comprar unas cuantas de estas facturas redondas que comen los yankis. Claro, Beethoven va una vez por día, pero para los que lo atienden, va cada 10 ó 20 minutos (siempre durante el mismo día) y se empiezan a preguntar qué hace este pibe con todas esas donuts. Eventualmente, Beethoven pegará onda con Rebecca, la hija del dueño del local, y los guionistas sumarán una trama de comedia romántica a ese argumento gracioso, pero que ni a palos alcanza para casi 100 páginas de historieta.
Ese es el punto débil de TTTT: la premisa es atractiva, pero no para la extensión de la obra, sino para algo mucho más breve. Dentro de todo, el desarrollo se hace llevadero, sobre todo cuando Geradts y Fairgray le empiezan a dar más bola a la relación entre Beethhoven y Rebecca. Por suerte no llegué al final pidiendo la hora porque no me los aguantaba más. El final pega un giro raro en las dos últimas páginas, creo que porque empalma con otra historia en la que Beethhoven también tiene un papel, pero que parece ir para otro lado, más de ficción post-apocalíptica.
El dibujo de Gonzalo Martínez apuntala con solvencia dos aspectos fundamentales del guión: para las escenas de comedia se luce en las expresiones faciales, y para las escenas que recrean momentos históricos deja la vida en la documentación. El resto está bien, es correcto sin descollar. Cuando los personajes aparecen de cuerpo entero y en movimiento, el dibujo adolesce de un cierto estatismo, lejos de la plasticidad que adquieren los rostros en los primeros planos, pero nada que haga demasiado ruido. El colorista Juan Moraga también hace un aporte muy bienvenido a la faz gráfica de TTTT, una historieta extraña en algunos aspectos, pero que puede ser una buena puerta de entrada para explorar el interesantísimo panorama del comic neozelandés.
Tenía pendiente una revancha con Emilio Balcarce y Jok, después de aquel Knightmare que no me había terminado de cerrar. Por suerte en 2016 la dupla editó también Valkiria, una saga muy superior a Knightmare en todos los rubros, cuyo único defecto es que dura apenas 46 páginas y te deja con las ganas de leer mucho más.
Esta vez, Balcarce propone una aventura intensa y muy ganchera, en la que nos invita a revisitar la mitología nórdica, los relatos épicos de Odin, Loki y demás dioses de Asgard, con un giro muy atractivo: estos muchachos no son dioses posta, sino visitantes que llegaron de otro planeta, con una tecnología mucho más avanzada que la que poseían los humanos en ese entonces. En paralelo a la trama de intriga palaciega y machaca a todo o nada que (como no puede ser de otra manera) derivará en un inevitable Ragnarok, Balcarce nos hace partícipes del crecimiento de un personaje central, Freyja, quien para el final del tomito será una heróina con toda la chapa, a la que queremos ver protagonizar muchas historias más. Valkiria tiene muy buen ritmo, escenas de alto impacto, muchas referencias a la mitología nórdica y sobre todo un gran trabajo en la construcción de la protagonista.
También muy por encima de su desempeño en Knightmare lo tenemos a Jok, que acá tiene la posibilidad de dibujar viñetas más grandes, menos abigarradas, en las que su dibujo se luce mucho más. Hay menos mancha y más detalles, más sutilezas. Como en casi todos los trabajos de Jok, se cuela por algún lado la influencia de su mentor, Rubén Meriggi, y esta vez también vi cositas que me hicieron acordar al maestro Enrique Breccia. El trabajo de grises es excelente, creo yo que fruto de un muy logrado traspaso a blanco y negro de una historieta que en Europa se publicó a todo color. Como decía, es una pena que haya sólo 46 páginas de esto, pero bueno, por suerte tengo otra obra de Jok en el pilón de la merca sin leer.
Volvemos pronto con nuevas reseñas.
Arranco en 2013, en Nueva Zelanda, donde el sello Beyond Reality Media recopila en libro los cuatro episodios de The Time Travelling Tourist, una saga escrita por Will Geradts (también coordinador de BRM) y Richard Fairgray, junto al dibujante chileno Gonzalo Martínez, a quien ya nos cruzamos varias veces acá en el blog.
La trama gira entorno a Beethoven Jones, un pibe que cuenta con un gadget que le permite viajar a gusto y piaccere por el tiempo. Su hobby, su diversión, su pasión, es esa: aparecer en momentos cruciales de la Historia, sacarse una selfie y mandarle una postal a los padres, onda “Acá estoy, en pleno hundimiento del Titanic/ asesinato de Abraham Lincoln/ ataque a las Torres Gemelas/ llegada del hombre a la Luna/ incendio de Roma, o lo que sea”. En sus viajes descubre que hay UN día de 1993 en que un tipo que tiene un local de donuts de New York horneó las mejores donuts de la historia. Entonces, entre viaje temporal y viaje temporal, pasa por el local a comprar unas cuantas de estas facturas redondas que comen los yankis. Claro, Beethoven va una vez por día, pero para los que lo atienden, va cada 10 ó 20 minutos (siempre durante el mismo día) y se empiezan a preguntar qué hace este pibe con todas esas donuts. Eventualmente, Beethoven pegará onda con Rebecca, la hija del dueño del local, y los guionistas sumarán una trama de comedia romántica a ese argumento gracioso, pero que ni a palos alcanza para casi 100 páginas de historieta.
Ese es el punto débil de TTTT: la premisa es atractiva, pero no para la extensión de la obra, sino para algo mucho más breve. Dentro de todo, el desarrollo se hace llevadero, sobre todo cuando Geradts y Fairgray le empiezan a dar más bola a la relación entre Beethhoven y Rebecca. Por suerte no llegué al final pidiendo la hora porque no me los aguantaba más. El final pega un giro raro en las dos últimas páginas, creo que porque empalma con otra historia en la que Beethhoven también tiene un papel, pero que parece ir para otro lado, más de ficción post-apocalíptica.
El dibujo de Gonzalo Martínez apuntala con solvencia dos aspectos fundamentales del guión: para las escenas de comedia se luce en las expresiones faciales, y para las escenas que recrean momentos históricos deja la vida en la documentación. El resto está bien, es correcto sin descollar. Cuando los personajes aparecen de cuerpo entero y en movimiento, el dibujo adolesce de un cierto estatismo, lejos de la plasticidad que adquieren los rostros en los primeros planos, pero nada que haga demasiado ruido. El colorista Juan Moraga también hace un aporte muy bienvenido a la faz gráfica de TTTT, una historieta extraña en algunos aspectos, pero que puede ser una buena puerta de entrada para explorar el interesantísimo panorama del comic neozelandés.
Tenía pendiente una revancha con Emilio Balcarce y Jok, después de aquel Knightmare que no me había terminado de cerrar. Por suerte en 2016 la dupla editó también Valkiria, una saga muy superior a Knightmare en todos los rubros, cuyo único defecto es que dura apenas 46 páginas y te deja con las ganas de leer mucho más.
Esta vez, Balcarce propone una aventura intensa y muy ganchera, en la que nos invita a revisitar la mitología nórdica, los relatos épicos de Odin, Loki y demás dioses de Asgard, con un giro muy atractivo: estos muchachos no son dioses posta, sino visitantes que llegaron de otro planeta, con una tecnología mucho más avanzada que la que poseían los humanos en ese entonces. En paralelo a la trama de intriga palaciega y machaca a todo o nada que (como no puede ser de otra manera) derivará en un inevitable Ragnarok, Balcarce nos hace partícipes del crecimiento de un personaje central, Freyja, quien para el final del tomito será una heróina con toda la chapa, a la que queremos ver protagonizar muchas historias más. Valkiria tiene muy buen ritmo, escenas de alto impacto, muchas referencias a la mitología nórdica y sobre todo un gran trabajo en la construcción de la protagonista.
También muy por encima de su desempeño en Knightmare lo tenemos a Jok, que acá tiene la posibilidad de dibujar viñetas más grandes, menos abigarradas, en las que su dibujo se luce mucho más. Hay menos mancha y más detalles, más sutilezas. Como en casi todos los trabajos de Jok, se cuela por algún lado la influencia de su mentor, Rubén Meriggi, y esta vez también vi cositas que me hicieron acordar al maestro Enrique Breccia. El trabajo de grises es excelente, creo yo que fruto de un muy logrado traspaso a blanco y negro de una historieta que en Europa se publicó a todo color. Como decía, es una pena que haya sólo 46 páginas de esto, pero bueno, por suerte tengo otra obra de Jok en el pilón de la merca sin leer.
Volvemos pronto con nuevas reseñas.
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Richard Fairgray,
Will Geradts
jueves, 16 de marzo de 2017
ULTIMAS LECTURAS DE VERANO
Después de algunos días sin leer comics, volví al vicio con El Supergrupo en Acción, el Vol.14 de Superlópez, que el maestro Jan dibujara allá por 1979-80, cuando los guiones de la serie estaban a cargo de Efepé (Francisco Pérez Navarro).
Como casi todos los álbumes de Superlópez de esta época, El Supergrupo en Acción es un rejunte de varias historias de 7 u 8 páginas, puestas una atrás de otra. En este caso con bastante buen criterio, porque hay un villano que aparece en varios de los episodios, al que vemos trazar un plan, fracasar, recalcular, intentar con otra variante, volver a fracasar, cada tanto rascar un empate y al final jurar que va a volver para derrotar definitivamente a Superlópez y sus compañeros. Todo esto, por supuesto, en plan de joda. El villano es malo y a la vez torpe, y los héroes son burdas parodias del Capitán Trueno, Marvel Girl, Dr. Strange, iron Man y The Thing. La dinámica entre ellos acentúa conflictos y rivalidades pelotudas, cosa que por ahí se mostraba poco en los comics (y especialmente en los dibujos animados) de esta época, y de ahí Efepé y Jan sacan un montón de situaciones graciosas. No tan limadas ni tan extremas como las de Mortadelo y Filemón, pero muy efectivas, sobre todo si el lector es fan de los comics de superhéroes y maneja los códigos del género.
El dibujo de Jan es maravilloso, repleto de dinamismo y expresividad, y se luce especialmente cada vez que rompe la grilla de las cuatro tiras por página para meter viñetas más grandes, que le permiten hacer cosas más jugadas tanto en el dibujo como en la narrativa. Los dos episodios que transcurren adentro del banco de los superhéroes (gran idea, explorada hasta las últimas consecuencias) son los que están mejor dibujados, con más gags visuales, más acción, más onomatopeyas bizarras y más ritmo. Si sos fan de Superlópez, seguro ya sabés que en las aventuras donde aparece el Supergrupo los autores dejan la vida y casi siempre se terminan por colar entre las mejores historias de esta longeva serie que arrancó en 1973 y sigue vigente aún hoy.
Me vengo a Argentina, al 2016, cuando el sello Fog of War recuperó Knightmare, una historieta realizada por Emilio Balcarce y Jok para el mercado italiano.
Knightmare arranca fuerte, con una trama bastante remanida, pero ambientada en un mundo muy atractivo, en el que se mezclan elementos medievales con tecnología de avanzada. Una especie de versión mugrienta y grim ´n gritty del universo de He-Man, con el clásico héroe que viene bien de abajo y le gana a villanos inmensamente poderosos. Nada que no hayamos visto mil veces, pero entretenido. Cuando faltaban 12 páginas para el final, me empezó a parecer que a Balcarce le quedaba muy poco espacio para cerrar satisfactoriamente la trama. ¿Con qué me sorprendió el guionista? Con un giro argumental que convierte a Knightmare en un clon de Crónicas del Tiempo Medio, el clásico de Balcarce y Juan Zanotto que vimos acá el 18/03/16. Como aquella vez, acá los buenos deciden aliarse a uno de los dos malos e ir en contra del otro, a disputar la batalla final. Cambian los personajes, cambia la ambientación, pero la historia se repite, y eso definitivamente no está bueno.
El dibujo de Jok está muy bien. Me gustó sobre todo cuando se descontrola y manda esos personajes grotescos, desmesurados, granguiñolescos, colosos de carne, metal y furia que le hubiese gustado diseñar a Jack Kirby. A tono con la impronta épica y la abundante machaca del argumento, Jok se acerca más que nunca a la estética de Mike Mignola y Frank Miller, sin renunciar a su propia identidad gráfica. Como siempre, el claroscuro es la herramienta visual preferida por Jok y el contraste entre masas negras y espacios blancos será por momentos tan bestial como las batallas entre Bolkar y sus enemigos. La idea ingeniosa de Balcarce de ambientar la historia en una Inglaterra post-apocalíptica cobra relieve y gana impacto de la mano de la tinta espesa y puntillosa de Jok que, cuando se pone las pilas, pela unos fondos que no tienen nada que envidiarle a los que dibujaba Zanotto en Crónicas…
Y bueno, no me animo a recomendar muy enfáticamente Knightmare porque me pareció divertida, pero le falta originalidad, tanto al planteo como a la resolución. Tengo otro libro de Balcarce y Jok en la pila de los pendientes, así que pronto habrá revancha.
Como casi todos los álbumes de Superlópez de esta época, El Supergrupo en Acción es un rejunte de varias historias de 7 u 8 páginas, puestas una atrás de otra. En este caso con bastante buen criterio, porque hay un villano que aparece en varios de los episodios, al que vemos trazar un plan, fracasar, recalcular, intentar con otra variante, volver a fracasar, cada tanto rascar un empate y al final jurar que va a volver para derrotar definitivamente a Superlópez y sus compañeros. Todo esto, por supuesto, en plan de joda. El villano es malo y a la vez torpe, y los héroes son burdas parodias del Capitán Trueno, Marvel Girl, Dr. Strange, iron Man y The Thing. La dinámica entre ellos acentúa conflictos y rivalidades pelotudas, cosa que por ahí se mostraba poco en los comics (y especialmente en los dibujos animados) de esta época, y de ahí Efepé y Jan sacan un montón de situaciones graciosas. No tan limadas ni tan extremas como las de Mortadelo y Filemón, pero muy efectivas, sobre todo si el lector es fan de los comics de superhéroes y maneja los códigos del género.
El dibujo de Jan es maravilloso, repleto de dinamismo y expresividad, y se luce especialmente cada vez que rompe la grilla de las cuatro tiras por página para meter viñetas más grandes, que le permiten hacer cosas más jugadas tanto en el dibujo como en la narrativa. Los dos episodios que transcurren adentro del banco de los superhéroes (gran idea, explorada hasta las últimas consecuencias) son los que están mejor dibujados, con más gags visuales, más acción, más onomatopeyas bizarras y más ritmo. Si sos fan de Superlópez, seguro ya sabés que en las aventuras donde aparece el Supergrupo los autores dejan la vida y casi siempre se terminan por colar entre las mejores historias de esta longeva serie que arrancó en 1973 y sigue vigente aún hoy.
Me vengo a Argentina, al 2016, cuando el sello Fog of War recuperó Knightmare, una historieta realizada por Emilio Balcarce y Jok para el mercado italiano.
Knightmare arranca fuerte, con una trama bastante remanida, pero ambientada en un mundo muy atractivo, en el que se mezclan elementos medievales con tecnología de avanzada. Una especie de versión mugrienta y grim ´n gritty del universo de He-Man, con el clásico héroe que viene bien de abajo y le gana a villanos inmensamente poderosos. Nada que no hayamos visto mil veces, pero entretenido. Cuando faltaban 12 páginas para el final, me empezó a parecer que a Balcarce le quedaba muy poco espacio para cerrar satisfactoriamente la trama. ¿Con qué me sorprendió el guionista? Con un giro argumental que convierte a Knightmare en un clon de Crónicas del Tiempo Medio, el clásico de Balcarce y Juan Zanotto que vimos acá el 18/03/16. Como aquella vez, acá los buenos deciden aliarse a uno de los dos malos e ir en contra del otro, a disputar la batalla final. Cambian los personajes, cambia la ambientación, pero la historia se repite, y eso definitivamente no está bueno.
El dibujo de Jok está muy bien. Me gustó sobre todo cuando se descontrola y manda esos personajes grotescos, desmesurados, granguiñolescos, colosos de carne, metal y furia que le hubiese gustado diseñar a Jack Kirby. A tono con la impronta épica y la abundante machaca del argumento, Jok se acerca más que nunca a la estética de Mike Mignola y Frank Miller, sin renunciar a su propia identidad gráfica. Como siempre, el claroscuro es la herramienta visual preferida por Jok y el contraste entre masas negras y espacios blancos será por momentos tan bestial como las batallas entre Bolkar y sus enemigos. La idea ingeniosa de Balcarce de ambientar la historia en una Inglaterra post-apocalíptica cobra relieve y gana impacto de la mano de la tinta espesa y puntillosa de Jok que, cuando se pone las pilas, pela unos fondos que no tienen nada que envidiarle a los que dibujaba Zanotto en Crónicas…
Y bueno, no me animo a recomendar muy enfáticamente Knightmare porque me pareció divertida, pero le falta originalidad, tanto al planteo como a la resolución. Tengo otro libro de Balcarce y Jok en la pila de los pendientes, así que pronto habrá revancha.
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sábado, 9 de julio de 2011
09/ 07: FUNERAL
Hoy, una reseña un poco más breve de lo habitual, como para dejar constancia de que
a)Funeral marcó el regreso a la historieta del mítico guionista Emilio Balcarce, alejado del medio durante 20 años.
b)Muchos de los conceptos de esta obra fueron co-creados por Balcarce y el dramaturgo Horacio Ceferino López, quien falleció mientras la obra se serializaba en Italia, mercado para el que se originó.
c)El guión parte de una premisa absolutamente ganchera y atractiva: una cápsula llega a la Tierra desde el espacio exterior y contiene algo que parece ser el cadáver de Dios. Sin embargo, el desarrollo es lento, reiterativo, sin una estructura adecuada para llegar eventualmente a un buen final. Como si todo pasara por la premisa. Sobran viñetas, diálogos y secuencias enteras, que no ayudan a que la trama avance, no agregan espesor al conflicto y apenas le otorgan un toquecito de complejidad al personaje protagónico, Agustín Feder. Recién cuando faltan 18 páginas para el final pasa algo más, aparte de las disquisiciones teóricas y los experimentos científicos para determinar si el cadáver es o no el de Dios. Y encima lo que pasa es… casi vulgar, a años luz de lo que hacía atractivo al planteo inicial de la saga.
d)El dibujo de Jok está realmente bueno, y sortea con éxito el escollo de las páginas de muchísimas viñetas. Como siempre, en Jok vas a ver más solidez narrativa que virtuosismo en el trazo o en la anatomía. Pero esta vez lo ayuda muchísimo el color, que lo potencia y lo hace más vibrante, más impactante y más dramático.
Si sos fan de Jok, no te pierdas el que hasta ahora es su mejor trabajo editado en Argentina. Si sos fan de Balcarce, releé sus clásicos de los ´80 un tiempito más, hasta que el maestro salteño recupere la dinámica, la onda y la magia de los trabajos que lo consagraron de la mano de grossos como Juan Giménez, Juan Zanotto, Lucho Olivera o Leo Manco. Funeral parece una de esas breves historietas de dos páginas que hacía junto a Marcelo Pérez en las contratapas de Fierro, pero contada en cuarenta y pico de páginas en vez de dos.
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