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sábado, 18 de febrero de 2023
SÁBADO DE CARNAVAL
Retomamos el formato habitual del blog, es decir, las entradas en las que reseño más de una publicación.
Empiezo en EEUU en 2017, cuando el inolvidable maestro Richard Sala lanza una de sus últimas obras, The Bloody Cardinal. Se trata de una novela gráfica relativamente corta (menos de 100 páginas, de las cuales unas cuantas son ilustraciones supuestamente tomadas de un libro que tendrá mucho peso en la trama), en la que además la inmensa mayoría de las páginas tienen tres o cuatro viñetas, y ninguna tiene más de cinco. O sea que es una lectura ágil, no sé si calificarla de "liviana" porque el argumento es heavy, pero sí que permite ser consumida en un tiempo bastante más breve que el que requieren otras obras del ídolo que se nos fue en 2020.
The Bloody Cardinal es una de misterio hard boiled, en la que muere gente a rolete. Nunca me imaginé que Sala iba a matar a tantos personajes de los que presenta en estas páginas. La muerte y la violencia son protagonistas indiscutidas en esta trama de suspenso, que gira en torno al legado de un criminal implacable y sanguinario, que supuestamente está muerto pero dejó muchas pistas acerca de dónde están enterrados sus cuantiosos botines. Trini Toledo y Kowka Lubchik serán quienes lleguen más cerca de las respuestas que todos buscan, y esta última, junto con Odile Elias, serán las dos que reciban más atención y más "desarrollo" por parte del autor. Desarrollo entre comillas, porque la verdad que Sala no tiene mucho espacio para indagar a fondo en la psiquis y las motivaciones de ninguno de los personajes, primero porque son muchos, segundo Francia, tercero porque -como vimos- es una obra relativamente breve, y cuarto porque el vértigo que imponen la acción y la machaca hace casi inviable un espacio de introspección para los personajes. Aún así, la vuelta que le pega sobre el final a Odile es, no solo asombrosa, sino también genial.
Como suele suceder, cualquier magia que tire Sala en los guiones empalidece irremediablemente frente al placer inenarrable que transmiten su trazo, su coloreado y su caligrafía. Una vez más ajustado a una grilla recontra-clásica, el maestro propone un ritmo narrativo dinámico e hipnótico, capaz de sumergirnos en la historia y convertir en verosímil la más disparatada de las bizarreadas. No cuesta nada convencerse de que ese mundo hiper-estilizado que retrata Sala es, de hecho, el mundo real. Y la verdad que, a pesar de estar poblado de freaks y abominaciones varias, el mundo de Sala es infinitamente más bello que el nuestro, porque su dibujo irradia esa luz, ese encanto, esa elegancia, esa expresividad... todas esas cosas que lo hacen absolutamente único, y a la vez sumamente accesible incluso para el lector que no está muy curtido en las lides de la narrativa secuencial. O sea que, fuera de la "contra" de que la lectura dura poco, The Bloody Cardinal es un comic atrapante y por momentos brillante, difícil de olvidar por la calidad del dibujo y la arrolladora ola de violencia que recorre sus páginas como un tsunami, sin llevarse puesto al misterio que Sala pone en el centro de la trama. Muy recomendable.
Me vengo a Argentina, año 2022, cuando se edita Frágil, una historieta de Tomás Wortley y Franco Viglino (la dupla de El Principito y Peter Pan y Wendy) que fue realizada en sistema de lectura oriental para participar en un concurso internacional de manga. Se trata de un relato breve (menos de 50 páginas), que también se lee rápido, en este caso porque unas cuantas secuencias carecen totalmente de textos y están narradas a través de la acción y el dibujo.
Un dibujo realmente exquisito, donde Viglino se luce con un notable manejo del blanco y negro (más algunos grises aplicados en el photoshop) y donde da rienda suelta a su pasión por el manga más aventurero. Además de todas esas escenas de acción trepidante, muy bien narradas por los autores, Frágil tiene una arista más poética, más intimista, más humana. No es un comic de machaca, sino un comic de vínculos entre personas, con machaca. Por momentos me hizo acordar a Joe the Barbarian (la obra de Grant Morrison y Sean Murphy que vimos allá por el 25/02/14), pero mejor, porque aquella se me hizo interminable y esta no, esta se lee en dos pedos y se disfruta de punta a punta.
Frágil es un manga de autores argentinos que se le puede recomendar tranquilamente a los fans del shonen, a los fans del manga más adulto, o más sofisticado, y por supuesto a los fans de la buena historieta argentina. De nuevo, es cortito y dura poco, pero no tiene relleno ni pelotudeces de esas que a veces encontramos en los tomos de mangas en los que leemos 200 páginas y no nos cuentan prácticamente nada. Acá hay ternura, belleza, peleas de alto impacto y una mezcla entre una realidad opresiva y una fantasía descontrolada lograda con verdadera maestría. Y un personaje carismático y conmovedor (Francisco) que ojalá vuelva en una futura colaboración entre Tomás y Franco.
Nada más, por hoy. Ni bien tenga leídos un par de libritos más, nos reencontramos con nuevas reseñas acá en el blog.
Etiquetas:
Franco Viglino,
Richard Sala,
Tomás Wortley
jueves, 23 de febrero de 2017
JUEVES HOT
Está calentita la tarde, pero igual me animo a clavar el culo en la silla un rato para escribir un poco acerca de los dos libros que me bajé en estos días.
Arranco en EEUU, a fines de 2015, cuando Fantagraphics publicó Violenzia and other deadly amusements, un libro más en la ilustre trayectoria del único e inigualable Richard Sala. Es un libro un poquito ladri. En sus 144 páginas tenemos dos aventuras de Violenzia (una de 48 páginas y una de 34), una especie de cuento ilustrado que tiene algunas páginas divididas en viñetas como para que se parezca un poquito más a una historieta, y una galería de ilustraciones (casi todas majestuosas) que abarca 28 páginas más. Difícil protestar cuando el material de relleno son dibujos e ilustraciones de Richard Sala, pero bueno, la reseña la vamos a centrar en las historietas de Violenzia, que fueron el anzuelo que me enganchó y me hizo desembolsar los u$ 17 que vale el broli.
Básicamente las dos tramas son parecidas: arrancan por el lado del misterio y en un momento irrumpe la machaca y se convierten en orgías de tiros, peleas, explosiones y… violencia, como su nombre lo indica. Creo que son las escenas de pelea más largas (y sin duda las más intensas) en la carrera de Sala, y esto no le deja más opción que continuar la tendencia de sus obras más recientes, que es la de armar páginas con muy pocas viñetas. Esto le sale muy bien, potencia muchísimo el impacto del dibujo y (lógicamente) hace que la lectura dure poco, aunque Sala a veces mande globos de diálogo realmente profusos.
En ambos casos tenemos historias simples, lineales, muy potentes, que primero te envuelven con sus intrigas y sus climas ominosos y después te salpican con sangre. Poesía y misterio con olor a pólvora, plasmados gráficamente por un artista cuyo dominio del dibujo y el color no deja de sorprenderme ni de fascinarme jamás, a pesar de que lo sigo hace décadas. ¿Es el libro indicado para empezar a explorar el mundo sensual y grotesco de Richard Sala? Me parece que no, que yo recomendaría arrancar por otro lado. Pero si sos hardcore fan y querés todos los libros del ídolo, entrale con confianza que no te va a decepcionar.
Y me vengo a Argentina, año 2016, para recorrer A Tu Rojo Ruta, la ópera prima como autor integral de Mariano Taibo, al que teníamos ubicado como un entintador que la rompía en los títulos de Marvel por los que desfilaba Carlos Pacheco. Hasta que un día Taibo sintió ganas de hacer otra cosa, más personal, y mandó a la mierda a Marvel para internarse en esta historia sórdida y desgarradora de violencia, corrupción y muerte.
Me pasó algo parecido que cuando leí Guro: sentí que la trama de A Tu Rojo Ruta me sonaba de unas cuantas historias previas, pero aún así me resultaba atrapante por la apuesta formal de Taibo, por los yeites, los firuletes narrativos, incluso los caprichos. Una obra que podría haberse sujetado firme al “más de lo mismo”, eligió el camino más difícil, el de una narrativa no lineal, el de una puesta en página extraña, muy condicionada por el formato de la tira, con la decisión extrema de no contar con líneas ni manchas negras, sino acotar TODA la faz visual (hasta las letras) al magenta y el azul. Lo de “acotar” es un término inexacto, porque la verdad es que visualmente a este trabajo no se le puede reprochar nada. Taibo dibuja muy, muy bien y tiene un imponente manejo de la mancha, de las líneas cinéticas, de los tramados, y por ahí no tanto de los fondos, pero como casi toda la historia transcurre en un desierto, no molesta para nada.
Más allá de los riesgos gráficos y narrativos que asume Taibo, A Tu Rojo Ruta tiene un gran trabajo de construcción de personajes, muy buenos diálogos y la habilidad para golpear donde duele, para meterse con realidades muy jodidas de la Argentina profunda, en la que se mezclan religión, política, ignorancia, pobreza, trata de personas, narcotráfico y tragedia. Me re-imagino a esta historia convertida en un largometraje, aunque también pienso que perdería muchísima de la magia que tiene así, en esta versión. Si no te asusta un thriller áspero, agreste, con mucha mala leche, torturas y crímenes de todo tipo, te recomiendo A Tu Rojo Ruta.
Espero con ansias el próximo trabajo de Mariano Taibo y prometo nuevas reseñas para dentro de unos días. ¡Gracias y hasta entonces!
Arranco en EEUU, a fines de 2015, cuando Fantagraphics publicó Violenzia and other deadly amusements, un libro más en la ilustre trayectoria del único e inigualable Richard Sala. Es un libro un poquito ladri. En sus 144 páginas tenemos dos aventuras de Violenzia (una de 48 páginas y una de 34), una especie de cuento ilustrado que tiene algunas páginas divididas en viñetas como para que se parezca un poquito más a una historieta, y una galería de ilustraciones (casi todas majestuosas) que abarca 28 páginas más. Difícil protestar cuando el material de relleno son dibujos e ilustraciones de Richard Sala, pero bueno, la reseña la vamos a centrar en las historietas de Violenzia, que fueron el anzuelo que me enganchó y me hizo desembolsar los u$ 17 que vale el broli.
Básicamente las dos tramas son parecidas: arrancan por el lado del misterio y en un momento irrumpe la machaca y se convierten en orgías de tiros, peleas, explosiones y… violencia, como su nombre lo indica. Creo que son las escenas de pelea más largas (y sin duda las más intensas) en la carrera de Sala, y esto no le deja más opción que continuar la tendencia de sus obras más recientes, que es la de armar páginas con muy pocas viñetas. Esto le sale muy bien, potencia muchísimo el impacto del dibujo y (lógicamente) hace que la lectura dure poco, aunque Sala a veces mande globos de diálogo realmente profusos.
En ambos casos tenemos historias simples, lineales, muy potentes, que primero te envuelven con sus intrigas y sus climas ominosos y después te salpican con sangre. Poesía y misterio con olor a pólvora, plasmados gráficamente por un artista cuyo dominio del dibujo y el color no deja de sorprenderme ni de fascinarme jamás, a pesar de que lo sigo hace décadas. ¿Es el libro indicado para empezar a explorar el mundo sensual y grotesco de Richard Sala? Me parece que no, que yo recomendaría arrancar por otro lado. Pero si sos hardcore fan y querés todos los libros del ídolo, entrale con confianza que no te va a decepcionar.
Y me vengo a Argentina, año 2016, para recorrer A Tu Rojo Ruta, la ópera prima como autor integral de Mariano Taibo, al que teníamos ubicado como un entintador que la rompía en los títulos de Marvel por los que desfilaba Carlos Pacheco. Hasta que un día Taibo sintió ganas de hacer otra cosa, más personal, y mandó a la mierda a Marvel para internarse en esta historia sórdida y desgarradora de violencia, corrupción y muerte.
Me pasó algo parecido que cuando leí Guro: sentí que la trama de A Tu Rojo Ruta me sonaba de unas cuantas historias previas, pero aún así me resultaba atrapante por la apuesta formal de Taibo, por los yeites, los firuletes narrativos, incluso los caprichos. Una obra que podría haberse sujetado firme al “más de lo mismo”, eligió el camino más difícil, el de una narrativa no lineal, el de una puesta en página extraña, muy condicionada por el formato de la tira, con la decisión extrema de no contar con líneas ni manchas negras, sino acotar TODA la faz visual (hasta las letras) al magenta y el azul. Lo de “acotar” es un término inexacto, porque la verdad es que visualmente a este trabajo no se le puede reprochar nada. Taibo dibuja muy, muy bien y tiene un imponente manejo de la mancha, de las líneas cinéticas, de los tramados, y por ahí no tanto de los fondos, pero como casi toda la historia transcurre en un desierto, no molesta para nada.
Más allá de los riesgos gráficos y narrativos que asume Taibo, A Tu Rojo Ruta tiene un gran trabajo de construcción de personajes, muy buenos diálogos y la habilidad para golpear donde duele, para meterse con realidades muy jodidas de la Argentina profunda, en la que se mezclan religión, política, ignorancia, pobreza, trata de personas, narcotráfico y tragedia. Me re-imagino a esta historia convertida en un largometraje, aunque también pienso que perdería muchísima de la magia que tiene así, en esta versión. Si no te asusta un thriller áspero, agreste, con mucha mala leche, torturas y crímenes de todo tipo, te recomiendo A Tu Rojo Ruta.
Espero con ansias el próximo trabajo de Mariano Taibo y prometo nuevas reseñas para dentro de unos días. ¡Gracias y hasta entonces!
lunes, 3 de marzo de 2014
03/ 03: MAD NIGHT
Richard Sala lo hizo de nuevo. Esta vez en glorioso blanco y negro, me hipnotizó de principio a fin y me enroscó en una trama laberíntica que se desarrolla a lo largo de casi 200 páginas. Sala tardó muchísimo en terminar esta historieta, que se serializó en 12 episodios entre 1998 y 2005, en la revista Evil Eye. Por supuesto, fue hecha en paralelo con otros proyectos del ídolo, algunos de los cuales también se vieron en las páginas de Evil Eye.
Antes de llegar a la página 60 de Mad Night, Sala ya había presentado a tantos personajes y los había enredado tanto en esta trama de misterio, que uno podía convencerse sin esfuerzo de que jamás se podría llegar a un final coherente, que explicara todo sin cabos sueltos y que le diera un cierre lógico a cada uno de los integrantes de este elenco ecléctico y bizarro. Y ese es el mayor mérito de Mad Night: al final, Sala cierra todo, todo lo que sucede se explora y se explica en detalle, y lo que al principio parecía una madeja medio enkilombada, al final resulta ser un mecanismo de relojería preciso e infalible, aunque repleto de alma, huevos y emoción.
Para lograr esta proeza, el autor activa bastante temprano un truculento proceso de depuración del abultado elenco y así es como más de uno que pintaba para personaje importante muere (generalmente de modos muy cruentos, muy shockenates) antes de llegar a la mitad del libro. Y en la segunda mitad morirán muchos más, por supuesto, ya sea estrangulados, apuñalados, decapitados, morfados por un pulpo o por ratas famélicas. A medida que se acumulan los fiambres, se hace más y más claro que la verdadera protagonista, la que eventualmente va a llegar a la instancia crucial en la que los misterios se develan, es Judy Drood. Lo cual es muy justo, porque es el personaje más rico, mejor trabajado por Sala. La hermosa Judy es valiente, inteligente, combativa, sagaz y muy temperamental, siempre propensa a estallar en un tsunami de puteadas que ruborizarían al mismísimo Cazador. Lo mejor que tiene Judy es que no arruga frente a nadie: piratas, verdugos, monstruos, o profesores universitarios y policías, ningún oponente logra frenar a este torbellino llamado Judy, que lleva la aventura en la sangre y a la que –obviamente- quiero volver a ver en otra historieta del maestro Sala.
Como siempre digo, Sala es uno de esos autores a los que hay que comprarles los libros por los dibujos, y si el guión está bueno, difsrutarlo como un plus. Esta vez el guión es realmente excelente... y por supuesto el dibujo no se queda atrás. Una vez más este prócer del pincel y el plumín nos regala un festival dark de indescriptible belleza, siempre con esa atmósfera crepuscular, ominosa, y su trazo preciso, con cero margen para la improvisación, que le da vida tanto a chicas hermosísimas como a freaks, esperpentos y adefesios, cada vez más grotescos y perturbadores. Me encantó su homenaje a Sheldon Mayer y me llamó mucho la atención el tratamiento gráfico de Kasper Keene, el co-protagonista; un personaje al que, si le sacás las rayitas típicas de Sala, lo vas a ver actuar y moverse como un típico héroe de comic francobelga, de línea clara y reminiscencias tintinescas. La narrativa es cristalina de punta a punta, sin saltos al vacío, con grillas clásicas excepto en la primera página de cada capítulo (donde Sala arriesga un poco más) y excelentes secuencias mudas. Y a la hora de los diálogos (y las onomatopeyas, que son muchas y alucinantes) brilla el particularísimo rotulado del autor, tan identificable como su grafismo.
Mad Night es una historieta de entretenimiento, sin grandes pretensiones, pero con una calidad superlativa. Te va a divertir, a impactar, a atrapar, a revolver las tripas en las escenas más truculentas, y capaz que hasta te arranca alguna carcajada, porque Sala se esfuerza para que nunca te tomes demasiado en serio las atrocidades que te está mostrando. Si sos fan de este genio del Noveno Arte, supongo que ya la tenés. Y si nunca leíste nada de Richard Sala, Mad Night es un gran punto de partida porque acá están TODOS los elementos que definen el estilo del ídolo, combinados a la perfección en una trama de asombrosa solidez. Papa pesadillescamente fina.
Antes de llegar a la página 60 de Mad Night, Sala ya había presentado a tantos personajes y los había enredado tanto en esta trama de misterio, que uno podía convencerse sin esfuerzo de que jamás se podría llegar a un final coherente, que explicara todo sin cabos sueltos y que le diera un cierre lógico a cada uno de los integrantes de este elenco ecléctico y bizarro. Y ese es el mayor mérito de Mad Night: al final, Sala cierra todo, todo lo que sucede se explora y se explica en detalle, y lo que al principio parecía una madeja medio enkilombada, al final resulta ser un mecanismo de relojería preciso e infalible, aunque repleto de alma, huevos y emoción.
Para lograr esta proeza, el autor activa bastante temprano un truculento proceso de depuración del abultado elenco y así es como más de uno que pintaba para personaje importante muere (generalmente de modos muy cruentos, muy shockenates) antes de llegar a la mitad del libro. Y en la segunda mitad morirán muchos más, por supuesto, ya sea estrangulados, apuñalados, decapitados, morfados por un pulpo o por ratas famélicas. A medida que se acumulan los fiambres, se hace más y más claro que la verdadera protagonista, la que eventualmente va a llegar a la instancia crucial en la que los misterios se develan, es Judy Drood. Lo cual es muy justo, porque es el personaje más rico, mejor trabajado por Sala. La hermosa Judy es valiente, inteligente, combativa, sagaz y muy temperamental, siempre propensa a estallar en un tsunami de puteadas que ruborizarían al mismísimo Cazador. Lo mejor que tiene Judy es que no arruga frente a nadie: piratas, verdugos, monstruos, o profesores universitarios y policías, ningún oponente logra frenar a este torbellino llamado Judy, que lleva la aventura en la sangre y a la que –obviamente- quiero volver a ver en otra historieta del maestro Sala.
Como siempre digo, Sala es uno de esos autores a los que hay que comprarles los libros por los dibujos, y si el guión está bueno, difsrutarlo como un plus. Esta vez el guión es realmente excelente... y por supuesto el dibujo no se queda atrás. Una vez más este prócer del pincel y el plumín nos regala un festival dark de indescriptible belleza, siempre con esa atmósfera crepuscular, ominosa, y su trazo preciso, con cero margen para la improvisación, que le da vida tanto a chicas hermosísimas como a freaks, esperpentos y adefesios, cada vez más grotescos y perturbadores. Me encantó su homenaje a Sheldon Mayer y me llamó mucho la atención el tratamiento gráfico de Kasper Keene, el co-protagonista; un personaje al que, si le sacás las rayitas típicas de Sala, lo vas a ver actuar y moverse como un típico héroe de comic francobelga, de línea clara y reminiscencias tintinescas. La narrativa es cristalina de punta a punta, sin saltos al vacío, con grillas clásicas excepto en la primera página de cada capítulo (donde Sala arriesga un poco más) y excelentes secuencias mudas. Y a la hora de los diálogos (y las onomatopeyas, que son muchas y alucinantes) brilla el particularísimo rotulado del autor, tan identificable como su grafismo.
Mad Night es una historieta de entretenimiento, sin grandes pretensiones, pero con una calidad superlativa. Te va a divertir, a impactar, a atrapar, a revolver las tripas en las escenas más truculentas, y capaz que hasta te arranca alguna carcajada, porque Sala se esfuerza para que nunca te tomes demasiado en serio las atrocidades que te está mostrando. Si sos fan de este genio del Noveno Arte, supongo que ya la tenés. Y si nunca leíste nada de Richard Sala, Mad Night es un gran punto de partida porque acá están TODOS los elementos que definen el estilo del ídolo, combinados a la perfección en una trama de asombrosa solidez. Papa pesadillescamente fina.
martes, 10 de diciembre de 2013
10/ 12: DELPHINE
Vuelvo a visitar al maestro Richard Sala y me encuentro con una obra increíble, que se postula para ser el mejor trabajo de la carrera de este genio (no tan reconocido como debiera) del Noveno Arte.
Delphine recrea muchos de los tópicos de los cuentos de hadas: la bella joven dormida a la que sólo el príncipe que la ama puede despertar, la madrastra turra, el bosque prohibido en el que habitan horrores indecibles, espejos extraños, personajes crepusculares y misteriosos... La gracia es que Sala cuenta su historia en el presente, como una especie de transplante a nuestra era del mito de Blancanieves o La Bella Durmiente. Por supuesto a Sala le interesa llevar al límite el lado oscuro de este tipo de relatos, de enfatizar la onda sombría, tétrica, por sobre la onda mágica, idílica y limpita que asociamos (Disney mediante) con estas historias.
El personaje protagónico, al que nunca nadie llama por su nombre, ocupa el lugar que en los cuentos ocupa el Príncipe. Pero claro, al Príncipe en los cuentos se lo ve poco, se ahonda poco en sus motivaciones. Y en Delphine, en cambio, la gran mayoría de la novela gráfica pasa por las peripecias que vive este muchacho en la búsqueda de su amada. Con eso y con varios flashbacks al pasado, a cuando Delphine y su novio compartían la adolescencia, Sala llena las primeras 100 páginas de la obra. Y a primera vista, o en realidad a primera lectura, todo ese tramo no difiere mucho de las típicas historietas de este autor. En general son chicas las que se pierden en bosques siniestros, entran a casas embrujadas o interactúan con freaks deformes y contrahechos, y esta vez es un varón. Pero la onda es esa, la del típico comic de Richard Sala, entrelazado con los clásicos relatos en los que el Príncipe llega al rescate de una chica víctima de un hechizo heavy metal. El giro del final es sencillamente brillante y termina de confirmarnos que Sala, además de ser un monstruo insuperable en el dibujo, el rotulado, la narrativa y la ilustración, es también un gran guionista.
Y ya que menciono las virtudes gráficas del maestro, dejame decirte que la faz visual de este libro es increíblemente bella. Sala detona todo su arsenal, no deja “salismo” sin poner en juego, y logra un resultado majestuoso. De modo 100% intencional, se ajusta por un lado a una grilla clásica de seis viñetas (a veces cinco, cuando hay una doble), y por el otro a una paleta limitada a distintas tonalidades de ocre, a la que el maestro les saca un jugo virtualmente ilimitado, al combinarla con su descomunal manejo de la línea, la mancha, las aguadas y las texturas. En las ilustraciones que separan a los capítulos (es decir, las portadas de las cuatro revistas en las que se pre-publicó Delphine) nos recuerdan que si a Sala lo dejás jugar con TODO el espectro cromático, te pinta la cara, mal. Esas imágenes son de una belleza inusual y muestran con tanta fuerza la impronta del autor que cualquiera que intentara siquiera lograr esas mismas tonalidades, esos mismos efectos, enseguida quedaría expuesto como un vil imitador de Sala.
Con las puteadas, la violencia y un grado de bizarreada jodida y malalechística que rara vez vas a encontrar en un cuento de hadas clásico, Richard Sala urdió una historieta exquisita. Delphine te cautiva en la primera página, te hace dar vueltas como un infeliz por un laberinto extraño y perturbador digno de esos cuentos de Lovecraft en los que el protagonista desciende hacia las fosas sépticas de la demencia, y te suelta de a poquito a medida que se acerca el final y todo se empieza a explicar un poco más. ¿Hay un final de esos en los que todos comen perdices y viven felices para siempre? No te lo puedo contar. Simplemente te cuento que Delphine es una historieta hermosa y fascinante y que todo esfuerzo que hagas por conseguirla va a ser más que remunerado por un rato (no muy largo) de inmejorable lectura. La edición de Fantagraphics en tapa dura está demasiado buena para ser real y ni siquiera es cara. El año que viene habrá más Richard Sala acá en el blog.
Delphine recrea muchos de los tópicos de los cuentos de hadas: la bella joven dormida a la que sólo el príncipe que la ama puede despertar, la madrastra turra, el bosque prohibido en el que habitan horrores indecibles, espejos extraños, personajes crepusculares y misteriosos... La gracia es que Sala cuenta su historia en el presente, como una especie de transplante a nuestra era del mito de Blancanieves o La Bella Durmiente. Por supuesto a Sala le interesa llevar al límite el lado oscuro de este tipo de relatos, de enfatizar la onda sombría, tétrica, por sobre la onda mágica, idílica y limpita que asociamos (Disney mediante) con estas historias.
El personaje protagónico, al que nunca nadie llama por su nombre, ocupa el lugar que en los cuentos ocupa el Príncipe. Pero claro, al Príncipe en los cuentos se lo ve poco, se ahonda poco en sus motivaciones. Y en Delphine, en cambio, la gran mayoría de la novela gráfica pasa por las peripecias que vive este muchacho en la búsqueda de su amada. Con eso y con varios flashbacks al pasado, a cuando Delphine y su novio compartían la adolescencia, Sala llena las primeras 100 páginas de la obra. Y a primera vista, o en realidad a primera lectura, todo ese tramo no difiere mucho de las típicas historietas de este autor. En general son chicas las que se pierden en bosques siniestros, entran a casas embrujadas o interactúan con freaks deformes y contrahechos, y esta vez es un varón. Pero la onda es esa, la del típico comic de Richard Sala, entrelazado con los clásicos relatos en los que el Príncipe llega al rescate de una chica víctima de un hechizo heavy metal. El giro del final es sencillamente brillante y termina de confirmarnos que Sala, además de ser un monstruo insuperable en el dibujo, el rotulado, la narrativa y la ilustración, es también un gran guionista.
Y ya que menciono las virtudes gráficas del maestro, dejame decirte que la faz visual de este libro es increíblemente bella. Sala detona todo su arsenal, no deja “salismo” sin poner en juego, y logra un resultado majestuoso. De modo 100% intencional, se ajusta por un lado a una grilla clásica de seis viñetas (a veces cinco, cuando hay una doble), y por el otro a una paleta limitada a distintas tonalidades de ocre, a la que el maestro les saca un jugo virtualmente ilimitado, al combinarla con su descomunal manejo de la línea, la mancha, las aguadas y las texturas. En las ilustraciones que separan a los capítulos (es decir, las portadas de las cuatro revistas en las que se pre-publicó Delphine) nos recuerdan que si a Sala lo dejás jugar con TODO el espectro cromático, te pinta la cara, mal. Esas imágenes son de una belleza inusual y muestran con tanta fuerza la impronta del autor que cualquiera que intentara siquiera lograr esas mismas tonalidades, esos mismos efectos, enseguida quedaría expuesto como un vil imitador de Sala.
Con las puteadas, la violencia y un grado de bizarreada jodida y malalechística que rara vez vas a encontrar en un cuento de hadas clásico, Richard Sala urdió una historieta exquisita. Delphine te cautiva en la primera página, te hace dar vueltas como un infeliz por un laberinto extraño y perturbador digno de esos cuentos de Lovecraft en los que el protagonista desciende hacia las fosas sépticas de la demencia, y te suelta de a poquito a medida que se acerca el final y todo se empieza a explicar un poco más. ¿Hay un final de esos en los que todos comen perdices y viven felices para siempre? No te lo puedo contar. Simplemente te cuento que Delphine es una historieta hermosa y fascinante y que todo esfuerzo que hagas por conseguirla va a ser más que remunerado por un rato (no muy largo) de inmejorable lectura. La edición de Fantagraphics en tapa dura está demasiado buena para ser real y ni siquiera es cara. El año que viene habrá más Richard Sala acá en el blog.
domingo, 26 de mayo de 2013
26/ 05: PECULIA
Antes de convertirla en la heroína de una novela gráfica (The Groon Grove Vampires), el maestro Richard Sala presentó a Peculia en una serie de historias cortas, publicadas en la antología Evil Eye. Este libro recopila todas ellas, las nueve en blanco y negro y la realizada a todo color. Y no, no es un libro que te cambie la vida, pero se disfruta enormemente, desde la portada hasta la contratapa, por muchos motivos.
En primer lugar, obviamente, el dibujo de Sala. Estamos ante uno de los dibujantes más virtuosos, más hipnóticos, más personales que tiene el Noveno Arte. Por supuesto, heredero en algún punto de la estética de Edward Gorey, y aún así increíblemente fresco, irreductiblemente único. En este trabajo Sala opta por una puesta en página tradicional, cristalina, con una cantidad de viñetas por página que fluctúa entre las cuatro y las nueve, siempre en grillas clásicas. Recién en la última historieta (la que incorpora el color) se le anima a las páginas de menos viñetas, obviamente más grandes. Para complementar su excelente manejo del blanco y negro, Sala recurre acá a las líneas finitas de su pluma, puestas con maestría y elegancia, pero no a sus habituales crosshatchings zarpados. El balance está tan logrado, que estas páginas no se ven más despojadas que las que de otras obras, en las que Sala le juega muchísimas fichas a técnicas más sobrecargadas, más barrocas.
El fuerte de Sala es siempre el mismo: la adictiva expresividad de sus personajes y su alucinante manejo de los climas, siempre virados a una oscuridad que nos remite al género del terror, aunque las historias muchas veces incluyan también elementos de otros géneros. La atmósfera de freakeada dark se impone a lo largo de todo el libro, y a la vez le impone las reglas a los relatos que plantea Sala.
A lo largo de estas historias, Peculia (a la que le encanta salir sola de noche, a merodear por lugares más peligrosos e inverosímiles que los programas de Chiche Gelblung) será perseguida y a menudo capturada por todo tipo de criaturas aberrantes: gigantes tuertos, brujas, ocultistas, zombies, un doctor diabólico y su clásica enemiga, Justine, una especie de superheroína bastante perversa, a las órdenes del enigmático Obscurus, que parece no ser ni bueno ni malo. No es el único elemento ambiguo en las tramas: la relación entre Peculia y Justine también está teñida de una tensión extraña que roza lo sexual.
A Sala le alcanzarán poquitas páginas (nunca más de diez) para plantear, desarrollar y rematar estas historias, en las que uno siente que pasan muchas más cosas que en la típica historieta de ocho o diez páginas. Por supuesto son historias sencillas, de palo y a la bolsa, en las que no se propone indagar en las causas y consecuencias de las bizarreadas que se suceden, sino más bien generar intriga, emoción e impacto en los lectores. Ya habrá tiempo para una historia más compleja, con más profundidad y explicaciones más coherentes. En las historias cortas de Pecullia se imponen los cheap thrills y los géneros trillados, con tetas, violencia y sangre, con una pizca de humor, y con el vuelo y la sofisticación que sólo un genio como Sala te puede garantizar.
Qué lindo debe ser comprarse una antología de historietas (mensual o no, no calienta) y encontrarse en cada número una nueva aventura de Peculia redondita, sin demasiadas pretensiones, con su final, con su desarrollo de un plot a largo plazo, con su vértigo, su misterio, sus personajes estrambóticos y esos dibujos de Richard Sala de imposible belleza, más allá de cualquier descripción. Posta, esto es placer en estado puro.
En primer lugar, obviamente, el dibujo de Sala. Estamos ante uno de los dibujantes más virtuosos, más hipnóticos, más personales que tiene el Noveno Arte. Por supuesto, heredero en algún punto de la estética de Edward Gorey, y aún así increíblemente fresco, irreductiblemente único. En este trabajo Sala opta por una puesta en página tradicional, cristalina, con una cantidad de viñetas por página que fluctúa entre las cuatro y las nueve, siempre en grillas clásicas. Recién en la última historieta (la que incorpora el color) se le anima a las páginas de menos viñetas, obviamente más grandes. Para complementar su excelente manejo del blanco y negro, Sala recurre acá a las líneas finitas de su pluma, puestas con maestría y elegancia, pero no a sus habituales crosshatchings zarpados. El balance está tan logrado, que estas páginas no se ven más despojadas que las que de otras obras, en las que Sala le juega muchísimas fichas a técnicas más sobrecargadas, más barrocas.
El fuerte de Sala es siempre el mismo: la adictiva expresividad de sus personajes y su alucinante manejo de los climas, siempre virados a una oscuridad que nos remite al género del terror, aunque las historias muchas veces incluyan también elementos de otros géneros. La atmósfera de freakeada dark se impone a lo largo de todo el libro, y a la vez le impone las reglas a los relatos que plantea Sala.
A lo largo de estas historias, Peculia (a la que le encanta salir sola de noche, a merodear por lugares más peligrosos e inverosímiles que los programas de Chiche Gelblung) será perseguida y a menudo capturada por todo tipo de criaturas aberrantes: gigantes tuertos, brujas, ocultistas, zombies, un doctor diabólico y su clásica enemiga, Justine, una especie de superheroína bastante perversa, a las órdenes del enigmático Obscurus, que parece no ser ni bueno ni malo. No es el único elemento ambiguo en las tramas: la relación entre Peculia y Justine también está teñida de una tensión extraña que roza lo sexual.
A Sala le alcanzarán poquitas páginas (nunca más de diez) para plantear, desarrollar y rematar estas historias, en las que uno siente que pasan muchas más cosas que en la típica historieta de ocho o diez páginas. Por supuesto son historias sencillas, de palo y a la bolsa, en las que no se propone indagar en las causas y consecuencias de las bizarreadas que se suceden, sino más bien generar intriga, emoción e impacto en los lectores. Ya habrá tiempo para una historia más compleja, con más profundidad y explicaciones más coherentes. En las historias cortas de Pecullia se imponen los cheap thrills y los géneros trillados, con tetas, violencia y sangre, con una pizca de humor, y con el vuelo y la sofisticación que sólo un genio como Sala te puede garantizar.
Qué lindo debe ser comprarse una antología de historietas (mensual o no, no calienta) y encontrarse en cada número una nueva aventura de Peculia redondita, sin demasiadas pretensiones, con su final, con su desarrollo de un plot a largo plazo, con su vértigo, su misterio, sus personajes estrambóticos y esos dibujos de Richard Sala de imposible belleza, más allá de cualquier descripción. Posta, esto es placer en estado puro.
sábado, 18 de febrero de 2012
18/ 02: THE HIDDEN
Tener un blog de reseñas hace más de dos años y no haber comentado nunca un comic de Richard Sala me hace merecedor de los más ignominiosos tormentos. Como mínimo, clavos abajo de las uñas y de ahí para arriba, hasta llegar a la discografía completa de los Pibes Chorros. A mí favor debo decir que no edita comics nuevos todos los meses, ni mucho menos. De hecho, desde 2009 no lanzaba nuevas obras. Pero bueno, la Historia me absolverá, dijo Fidel Castro.
The Hidden, como libro, es medio un choreo. Está editado como la San Puta, en hermosas tapas duras, y trae 130 maravillosas páginas de historieta. Pero, ¿dónde está el curro? Es un libro de 21 x 21, cuadradito, un toque menos ancho y mucho más bajo que el típico TPB americano, y muchísimo más chico que un típico álbum europeo. Sala tiene muy claro el formato en el que se va a editar el comic y por eso muchísimas de sus 130 páginas tienen una sóla viñeta y ninguna tiene más de cuatro. Andá a saber cuál es la gracia de laburar en este formato... Me queda muy claro que esta misma historieta, publicada en un tamaño más coherente, ocuparía 90-95 páginas en vez de 130, saldría más barata y sería mucho más fácil de guardar.
De todos modos, esas quejas mariconas son nimias y baladíes (mirá qué léxico). Una vez que te metés en The Hidden, la magia de Sala te captura, te hipnotiza y ya no te importa un carajo cuántas viñetas tienen cada página ni dónde mierda vas a guardar el librito. Una vez más, Sala logra muchísimo con poco. Las cosas más grossas que pasan en The Hidden no tienen mayor explicación, el autor no ahonda en detalles ni se cuelga en el armado del contexto que va a servir de escenario para la aventura. Lo importante para él es la aventura en sí, y una vez que esta arranca, no hay como pararla.
The Hidden empieza como una especie de road movie post-apocalíptica, pero apenas pasadita la mitad se va para el lado del thriller, con una bizarra y siempre efectiva mezcla entre elementos clásicos de la ciencia-ficción y el terror. Clones, zombies y criaturas tipo Frankenstein le pondrán peligro, emociones y hasta dilemas morales espesos a esa segunda parte, en la que se respira el clima de película clase B con el que tantos lectores identifican a Sala.
En el medio hay algo muy raro: dos personajes cuyos roles en la saga terminan por ser muy menores narran a lo largo de 20 magníficas páginas una historia-dentro-de-la-historia alucinante, escalofriante y muy bien escrita, que uno espera que conecte más adelante con la trama central, pero eso nunca sucede.
Tampoco calienta demasiado, porque en esas 20 páginas es donde mejor dibuja Sala y –no jodamos- todos nos compramos sus historietas por los dibujos. Si además los guiones están buenos, mucho mejor. Pero el fan de Sala lo que ama, por encima de todo, es el dibujo del ídolo. Y acá no defrauda ni al fan más exigente. A nivel visual, probablemente este sea el mejor trabajo en la extensa carrera del Sala yanki (también están el Sala argento y el Sala francés, David Sala, un capo poco conocido en estas pampas). ¿Ubicás a Liniers? Bueno, casi todo lo que Liniers hace bien, Richard Sala lo hace mejor. El tipo tiene ese estilo bonito, simple, muy expresivo, pero amistoso, con colores puestos con sutileza y criterio, y de pronto, con ese estilo, se va al carajo dibujando freaks, monstruos, masacres y orgías de sangre, canibalismo y destrucción. Sala se hace cargo de que meter una o dos viñetas por página puede oler a choreo, por eso a cada viñeta le pone la vida y mucho más. Se mata en los fondos y si no hay fondos se luce en el color y agrega cross-hatchings limados alrededor de los personajes. A veces los fondos no entran porque los globos son grandes y con mucho texto y ese es otro deleite: nadie en el mundo rotula como Sala. Su tipografía es única, irrepetible y espectacular.
En síntesis, The Hidden es una historieta atrapante, con climas muy bien elaborados, escenas muy impactantes (y muy escabrosas), un guión que cierra a pesar de no explicar todo lo que sucede y un dibujo indescriptiblemente bello, que lo pone a Sala aún más alto de lo que ya estaba en el Olimpo de los dibujantes fundamentales, a los que hay que comprarles hasta la última poronga que editen.
The Hidden, como libro, es medio un choreo. Está editado como la San Puta, en hermosas tapas duras, y trae 130 maravillosas páginas de historieta. Pero, ¿dónde está el curro? Es un libro de 21 x 21, cuadradito, un toque menos ancho y mucho más bajo que el típico TPB americano, y muchísimo más chico que un típico álbum europeo. Sala tiene muy claro el formato en el que se va a editar el comic y por eso muchísimas de sus 130 páginas tienen una sóla viñeta y ninguna tiene más de cuatro. Andá a saber cuál es la gracia de laburar en este formato... Me queda muy claro que esta misma historieta, publicada en un tamaño más coherente, ocuparía 90-95 páginas en vez de 130, saldría más barata y sería mucho más fácil de guardar.
De todos modos, esas quejas mariconas son nimias y baladíes (mirá qué léxico). Una vez que te metés en The Hidden, la magia de Sala te captura, te hipnotiza y ya no te importa un carajo cuántas viñetas tienen cada página ni dónde mierda vas a guardar el librito. Una vez más, Sala logra muchísimo con poco. Las cosas más grossas que pasan en The Hidden no tienen mayor explicación, el autor no ahonda en detalles ni se cuelga en el armado del contexto que va a servir de escenario para la aventura. Lo importante para él es la aventura en sí, y una vez que esta arranca, no hay como pararla.
The Hidden empieza como una especie de road movie post-apocalíptica, pero apenas pasadita la mitad se va para el lado del thriller, con una bizarra y siempre efectiva mezcla entre elementos clásicos de la ciencia-ficción y el terror. Clones, zombies y criaturas tipo Frankenstein le pondrán peligro, emociones y hasta dilemas morales espesos a esa segunda parte, en la que se respira el clima de película clase B con el que tantos lectores identifican a Sala.
En el medio hay algo muy raro: dos personajes cuyos roles en la saga terminan por ser muy menores narran a lo largo de 20 magníficas páginas una historia-dentro-de-la-historia alucinante, escalofriante y muy bien escrita, que uno espera que conecte más adelante con la trama central, pero eso nunca sucede.
Tampoco calienta demasiado, porque en esas 20 páginas es donde mejor dibuja Sala y –no jodamos- todos nos compramos sus historietas por los dibujos. Si además los guiones están buenos, mucho mejor. Pero el fan de Sala lo que ama, por encima de todo, es el dibujo del ídolo. Y acá no defrauda ni al fan más exigente. A nivel visual, probablemente este sea el mejor trabajo en la extensa carrera del Sala yanki (también están el Sala argento y el Sala francés, David Sala, un capo poco conocido en estas pampas). ¿Ubicás a Liniers? Bueno, casi todo lo que Liniers hace bien, Richard Sala lo hace mejor. El tipo tiene ese estilo bonito, simple, muy expresivo, pero amistoso, con colores puestos con sutileza y criterio, y de pronto, con ese estilo, se va al carajo dibujando freaks, monstruos, masacres y orgías de sangre, canibalismo y destrucción. Sala se hace cargo de que meter una o dos viñetas por página puede oler a choreo, por eso a cada viñeta le pone la vida y mucho más. Se mata en los fondos y si no hay fondos se luce en el color y agrega cross-hatchings limados alrededor de los personajes. A veces los fondos no entran porque los globos son grandes y con mucho texto y ese es otro deleite: nadie en el mundo rotula como Sala. Su tipografía es única, irrepetible y espectacular.
En síntesis, The Hidden es una historieta atrapante, con climas muy bien elaborados, escenas muy impactantes (y muy escabrosas), un guión que cierra a pesar de no explicar todo lo que sucede y un dibujo indescriptiblemente bello, que lo pone a Sala aún más alto de lo que ya estaba en el Olimpo de los dibujantes fundamentales, a los que hay que comprarles hasta la última poronga que editen.
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