el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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jueves, 5 de enero de 2023

TARDE DE JUEVES

Estoy arrancando dos nuevos proyectos, y como típico ansioso/ culo inquieto, hasta que empiecen a avanzar a la velocidad que uno desearía, estoy medio que camino por las paredes. ¿Con qué me relajo? Leyendo comics. Así que ya tengo otros dos libritos para comentar. Empezamos en 2017, cuando sale en Estados Unidos el Vol.3 de Paper Girls, la famosa serie de Brian K. Vaughan y Cliff Chiang. Lo primero que tengo para decir es ¡qué barbaridad el dibujo de Chiang!. El tipo encontró una síntesis, se despojó de un montón de detalles que metía en su época de "quiero ser Arthur Adams pero no me da el cuero" y ese aprender a dibujar menos potenció muchísimo su trazo, lo hizo más lindo, más expresivo y más funcional al rol narrativo del dibujo. Las páginas son equilibradas, transmiten una sensación de "está todo bajo control", hay una buena variedad de planos, la acción fluye de modo absolutamente natural, la puesta en página es clásica pero no aburrida, y por supuesto el color de Matt Wilson apuntala muchísimo la labor de Chiang. Por ahí sin ser tan flashera como la de Saga, la faz visual de Paper Girls tiene todo para seducir al lector que compra comics por los dibujos. En la lectura del tomo, me pasa lo mismo que con Saga: no sé si lo que me está contando Vaughan va para algún lado o si es relleno. Me divierto, por momentos me emociono, me interesa lo que le pasa a los personajes, me copan los diálogos, logro vibrar al ritmo de las peripecias que movilizan la trama... pero desconfío un toque. ¿Todo esto tendrá un peso real en el contexto mayor de la obra? ¿O son simplemente ideas que se le ocurren al guionista para tener a las protagonistas en constante peligro, episodio tras episodio, sin más sentido que el de llenar un par de TPBs más y estirar la saga? Ya nos pasó con Y, The Last Man, donde hay arcos argumentales enteros que no aportan nada a la trama global de la obra, por eso uno duerme con un ojo abierto. Pero lo importante es que, como decía recién, la lectura es ágil y ganchera y los personajes tienen un carisma innegable. Entonces, aunque nada de todo esto conduzca a ningún punto cercano a la resolución de los conflictos centrales, se disfruta un montón. Ya veremos, cuando llegue al final, cuánto de todo este tramo "del medio" era relleno y cuánto era un sembradío de elementos dramáticos que van a resultar importantes para darle un cierre a Paper Girls. Por ahora la onda es relajarse y gozar de las locas aventuras de Mac, KJ, Tiffany y Erin, verlas crecer, tomar decisiones jodidas, sufrir, ganar, perder y buscarle la vuelta a este extraño laberinto espacio-temporal en el que están atrapadas. Me falta leer toda la segunda mitad de la obra, así que tranqui, hay Paper Girls para rato y en los tres TPBs que se vienen me esperan otros 15 episodios dibujados como los dioses por Cliff Chiang. El único detalle es que no tengo los tres libros que me faltan y no sé cuándo los voy a comprar, pero eventualmente llegarán...
Me voy a Chile, al año 2018, cuando se publica 1959, la esperada secuela de 1899. Francisco Ortega y Nelson Dániel regresan al universo que imaginaron para aquella impactante novela gráfica (ver reseña del 19/12/12) y sí, con el correr de las páginas me di cuenta de que convenía tener fresca esa "primera parte" que yo había leído más de 10 años atrás... y de la que obviamente me acordaba muy poco. De todos modos, 1959 explica bastante el contexto en el que transcurre la aventura, e incluso termina con un glosario en el que Ortega brinda muchísima información acerca de cada uno de los personajes y conceptos que aparecen en la obra. Al igual que 1899, esta secuela juega con personas que existieron en nuestra realidad, y les da nuevos roles en este universo imaginario. Esta vez los protagonistas son el Che Guevara, Salvador Allende y Augusto Pinochet, y en los roles secundarios tenemos a John F. Kennedy y a Eva Perón. Pero como esto no le alcanza, Ortega nutre a la trama con personajes y conceptos tomados de ficciones de Edgar Rice Burroughs, H.P. Lovecraft, H. Rider Haggard, e incluso de sus propias ficciones, porque tenemos varias citas a Mocha Dick (la famosa novela gráfica de Ortega y Gonzalo Martínez) y a Disfrazados, una de las tantas obras 100% literarias del autor. El relato logra inquitar con su clima de permanente conspiración, donde nunca sabés quién dice la verdad y quién miente, donde todos pueden ser traidores o impostores, y eso, sumado a lo ambicioso de los conceptios fantacientíficos que pone en juego Ortega, hace que la tensión se mantenga hasta el final. Esta vez veo muy poco probable que se venga un tercer arco argumental ambientado en el "universo metahulla", porque el final de 1959 es bastante más definitivo que el de 1899. Pero cuando tenemos enfrente a un autor con la imaginación y la erudición de Ortega, es difícil descartar cualquie hipótesis. El dibujo de Nelson Dániel, sin ser demasiado original, está muy bien. El guion le exige proezas inverosímiles, decorados, criaturas, armas, naves, razas enteras, páginas bastante cargadas de texto, y Dániel sale muy bien parado de cada uno de estos desafíos. La narrativa es clara (solo se enreda cuando arma esa doble página repleta de cuadritos en la que muere Evita), la aplicación de los grises es magnífica, la acción y las expresiones faciales están bien retratadas, los monstruos y los villanos logran meter miedo y la resemblanza con las personas reales está muy bien lograda en todos los casos salvo el de Kennedy, que podría ser tranquilamente... Mel Gibson. O Sam Neill. Recomiendo esta novela gráfica sobre todo a los que la pasaron bomba con 1899, pero también a quienes se interesen por una ucronía compleja y ambiciosa, narrada en clave de aventura extrema por dos autores chilenos de primera línea. Nada más, por hoy. Muchas gracias a los que descargaron la nueva Comiqueando Digital en https://comiqueandoshop.blogspot.com/ y a quienes todavía no lo hicieron, les pido que se copen, porque con menos de lo que vale una docena de facturas, nos ayudan un montón y se llevan 212 páginas de material 100% inédito, y excelentes contenidos audiovisuales que no son los que están al alcance de todos en el sitio web o el canal de YouTube de Comiqueando. Será hasta muy pronto (creo).

miércoles, 19 de diciembre de 2012

19/ 12: 1899

Mi habitual recorrido por la historieta latinoamericana reciente me lleva esta vez a Chile, donde el guionista Francisco Ortega y el dibujante Nelson Daniel lograron un resonante éxito con la vieja e insumergible fórmula de la ucronía. Esta historia explora las consecuencias de un suceso trascendental, ocurrido en plena Guerra del Pacífico, aquella que enfrentó a Chile con Bolivia y Perú. En esta versión, la guerra duró poco: en el medio de la batalla naval de Iquique, cuando los buques chilenos del Almirante Arturo Prat enfrentaban a la armada peruana liderada por el Capitán Miguel Grau, nuestros vecinos pelaron buques voladores, armados hasta la chota y propulsados por una maravilla científica: la metahulla, un mineral parecido al carbón, pero azul y brillante, que se encontró en enormes cantidades bajo el suelo chileno.
Los de Prat ganan la guerra y, para hacerla completa, el propio almirante detona una mega-bomba de metahulla sobre la ciudad de Lima, que es completamente devastada. Este atroz genocidio marca el inicio de la hegemonía de Chile en Sudamérica y su ascenso hacia la elite de las naciones más poderosas del planeta. También marca el fin de la paz para Luis Uribe, un militar al que le toca sobrevolar Lima en la nave que la destruirá. Desde entonces, tendrá sueños cada vez más raros y dejará la milicia para trabajar como agente de los servicios de inteligencia.
La historia nos sitúa 20 años después de la guerra. Chile vive una etapa de esplendor científico, con trenes voladores y policías robóticos, pero social y éticamente las cosas están tan ásperas como siempre. Uribe debe investigar una seguidilla de misteriosas explosiones de metahulla, que lo llevarán a confrontar cara a cara con el héroe, el prócer ,el intachable Arturo Prat. Un epílogo nos llevará además a 1934 a Empire City (ex Nueva York) de la mano de un Uribe ya anciano. Y un segundo epílogo hará honor a la tradición steampunk para vincular a esta saga con la del amigo Vlad Tepes. Parece mentira, pero no. Ortega cuenta LA MISMA historia que vimos en 40 Cajones, la de la goleta Demeter, que acá llega con su capitán atado al timón, cajones con tierra y un perro/ lobo de aspecto satánico... a un puerto chileno.
Lo más raro de 1899 es que no banca la ucronía hasta las últimas consecuencias. 25 páginas antes del final, los personajes más importantes ya se hacen cargo de estar viviendo en una continuidad paralela, en una realidad que no es la única y que no es la correcta. Y sí, hay una forma de pasar de una realidad a otra, cosa que han hecho –entre otros- Aleister Crowley y Erich Weiss (más conocido como Harry Houdini). Esto ayuda a Ortega a llegar hacia un final bastante redondo y aún así no restarle espesor a los misterios que se seguirán desarrollando en un segundo tomo.
El dibujo de Daniel está muy bien. Es una especie de Phil Hester del Nacional B, apoyado en una narrativa muy sólida y un gran trabajo con las tramas mecánicas. Sin las tramas, esto se vería definitivamente chato, poco imaginativo, del montón. Con las tramas, se ve mil veces más atractivo.
De todos modos, lo interesante de 1899 es lo que propone el guión. Sobre todo la forma en que Ortega no cae en el patriotismo exacerbado y facilista de decir “ahora sí, los chilenos somos los más poronga y al que no le guste lo exterminamos”. El guionista le cobra caro a Prat haber detonado la mega-bomba sobre Lima y no confunde el avance científico con la felicidad de los chilenos. La sociedad post-metahulla también tiene injusticias, dilemas y conflictos y Ortega se hace cargo y nos los muestra a través de los ojos de Uribe. Un acierto, sin dudas, que se suma al hecho de que 1899 –sin ser demasiado original- es un comic muy bien escrito, con buenas ideas, buenos textos, buen desarrollo de personajes y muchísimos guiños a los conocedores de la ficción de fines del Siglo XIX. Le falta hectolitros de sopa para acercarse a The League of Extraordinary Gentlemen, pero la senda trazada por Ortega y Daniel es la correcta, a pesar de que generó bastante polémica, sobre todo en Perú, donde los putearon duro y parejo por el tratamiento que le dan al Capitán Grau.