el blog de reseñas de Andrés Accorsi
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sábado, 29 de octubre de 2022

SÁBADO DE SUPER CIENCIA FICCIÓN

Para hoy se me juntaron dos obras de un mismo género, la ciencia ficción. Y las dos me gustaron mucho. Empiezo en la bisagra entre los ´70 y los ´80, con Ricardo Barreiro y Juan Giménez en plena aventura europea. A veces coincidían en el mismo país, a veces no, pero durante unos cuantos años trabajaron juntos en historias cortas de ciencia ficción (o "machine fiction", como le gustaba decir a Juan) que finalmente aparecen todas recopiladas en un único libro, War III, al que realmente no le falta nada. Creo que lo más impactante de War III es cómo nos invita a redescubrir y revalorizar los trabajos de Giménez en blanco y negro. Tanto acá como en Ciudad (ver reseña del 03/12/15) queda muy claro que el maestro mendocino no solo era un capo a nivel mundial cuando le ponía color a sus historietas, sino que también cuando trabajaba en blanco y negro hacía gala de un trazo exquisito y de una cantidad de recursos expresivos francamente pasmosa. En algunas historietas se vuelca a las rayitas de rotring típicas de Moebius de los ´70, pero en general, en esta época de Giménez vemos a un autor versátil, sólido, que no solo deja la vida en cada máquina y en cada nave espacial, sino que además le sabe poner a los personajes unas expresiones faciales que poco tienen para envidiarles a las del mejor Solano López. Además, el armado de las secuencias siempre funciona, no hay tropiezos sino aciertos en la elección de los ángulos, las escenas mudas son apoteóticas y las páginas en las que Barreiro se excede un toque con la cantidad de texto también se ven bien. Este libro se puede comprar tranquilamente para flashear con los dibujos de Giménez, aunque los guiones no te interesen en lo más mínimo. ¿Y qué onda los guiones? Desparejos, como en cualquier compilado. La última aventura, por ejemplo (la extensa Puesto Avanzado), se toma 30 páginas para llegar a un remate irónico que se parece mucho a un chiste malo. El argumento es una excusa para que Giménez dibuje muchas páginas de batalla entre naves espaciales, y no mucho más. En cambio, en Adiós, Soldado y Nosotros los Héroes, tenemos al Loco Barreiro mucho más inspirado, con relatos muy eficaces, que además de la inevitable dosis de violencia, explosiones, armas y drogas, tienen una bajada de línea dura, desoladora, por momentos conmovedora, acerca del tema de la guerra. Y después hay tres historias que no son ni gemas ni choreo: guiones cortos, correctos, que cumplen sus dos funciones primarias: 1) llenar un puñado de páginas en una antología donde aparecían 10 ó 12 historietas distintas; y 2) permitir el lucimiento del dibujo de Juan Giménez. Me da la sensación de que en ninguno de estos trabajos Barreiro buscó crear una obra maestra, ni establecer un hito en su carrera como guionista. Por el contrario, me lo imagino muy distendido, dispuesto a pasarla bien junto a su amigo "el Pelado" que se cebaba tanto como él con el tema de las guerras ambientadas en el futuro. Siempre el mejor de los recuerdos para ambos.
Salto a Estados Unidos, año 2019, cuando la ignota editorial TKO publica Sentient, una saga de ciencia ficción originalmente serializada en seis comic books, con guion del maestro Jeff Lemire y dibujos de Gabriel Hernández Walta. Sentient tiene la complejidad suficiente como para que te la puedan vender de dos formas totalmente distintas. Por un lado, te la puedo recomendar como una obra que transmite unos valores lindísimos de solidaridad, de coraje, de responsabilidad, de jugarse todo para proteger a los seres queridos. Desde ese lado, vas a encontrar una obra muy emotiva, en la que Lemire logra que nos encariñemos con una inteligencia artificial tanto como si fuera un ser humano, lo cual no es poco. El hecho de que casi todos los protagonistas sean niños también refuerza esa mirada familiera, tierna, de "caricia al alma". Pero también podemos hacer énfasis en la otra faceta de Sentient, una obra con un nivel de violencia tremendo, en la que los niños terminan más de una vez salpicados de sangre, envueltos en una runfla política de la que no entienden nada, pero que hace aflorar en los adultos una mala leche atroz. La obra hace equilibrio todo el tiempo entre esos dos polos opuestos. Para hacerla apta para todo público o "family-friendly" habría que limpiarle toda esa faceta más extrema y más sangrienta, y para profundizar un poco más en la faceta más oscura y ominosa los protagonistas tendrían que tener 10 o 15 años más. Lo realmente notable es que, así como está, apoyada en esa ambigüedad que la convierte en un bicho rarísimo dentro del comic yanki reciente, Sentient funciona perfecto. Está apenitas estirada (seguramente con 20-30 páginas menos pegaría más fuerte) pero logra sorprender incluso al lector más curtido, porque nunca te ves venir las guachadas que Lemire tiene bajo la manga para sacudir a la tripulación (humana y no tanto) del U.S.S. Montgomery. La lectura de este comic me retrotrajo a la semana pasada, cuando el maestro Gipi me hizo emocionar con esos adolescentes desamparados, librados a su suerte en un mundo devastado, precario y extremo. Sentient va medio por ese lado, es un poco un El Último Recreo en el espacio, pero con un personaje que modifica de lleno la ecuación como es Valarie. Un guion muy fuerte, muy impactante, donde Jeff Lemire demuestra una vez más que, sin salir de los géneros más transitados, es una usina inagotable de ideas novedosas y arriesgadas. El dibujo de Gabriel Hernández Walta es excelente, bien expresivo, dinámico, con gran atención por los climas opresivos, de altísima tensión, que se viven a bordo de la nave, y perfectamente realzado por un trabajo sublime en el color. De aca en más, cada vez que vea una historieta de Walta donde no lo dejan colorearse a sí mismo, voy a putear en no menos de 15 idiomas. Tengo sin leer otro libro (sí, ese libro) dibujado por este gran autor nacido en Melilla, así que no falta demasiado para que se venga una reseña por acá. El ensamblaje entre Walta y Lemire en estas páginas es tan potente que ojalá se reúnan pronto para una nueva colaboración. Si sos fan de cualquiera de ellos, o de la ciencia ficción, o del buen comic en general, no tengo dudas de que Sentient te va a encantar. Y hasta acá llegamos, por hoy. En una de esas hay nuevas reseñas el lunes, y si no, nos reencontramos el mes que viene, acá en el blog.

lunes, 27 de agosto de 2018

HOY, TODO ARGENTINO

Justo se dio la casualidad de que en mi pilón de “álbumes europeos” el de arriba de todo es una obra de un autor que vive en España hace mil años, pero que no se puede sacar del DNI el “nacido en Mendoza, República Argentina”.
Me refiero al maestro Juan Giménez, autor de la trilogía Yo, Dragón, cuyo tercer y último tomo me leí en una terminal de micros el otro día. El Vol.2 de esta saga lo leí el 29/04/14, con lo cual me acordaba bastante poco de la trama. Así es como la primera mitad de este álbum me resultó un poco ardua, un poco confusa. Influye también el criterio de Giménez para clavar los flashbacks (ninguno demasiado importante) en momento que no sé si eran los ideales, y por supuesto me complicó la vida el hecho de que este tramo final entrelazara los destinos de tantos personajes. Ya en la reseña del Vol.2 me habían hecho ruido los flashbacks y la forma en la que el elenco se expandía más allá de los requerimientos de la trama y en este tramo final eso se sufre un poco más.
De nuevo (como en el Vol.2), la segunda mitad del álbum se me hizo mucho más llevadera, y me pude conectar mejor con los personajes. De todos modos, siento que con un elenco más acotado, Giménez podría haberles dado más profundidad, más sustancia a cada protagonista. El tema de que haya un par de mujeres con el poder de transformarse en dragones no está del todo aprovechado, al igual que el personaje de Monseñor Fabián, que pintaba para villano grosso y termina por cumplir un rol bastante prescindible.
Entre toda esta madeja de venganzas, premoniciones, filiaciones sorprendentes, intrigas palaciegas y viejas facturas vencidas que se cobran con cuantiosos intereses, brilla con fulgor incandescente el dibujo de Juan Giménez. Bello, potente, elaborado, funcional al relato, con un color glorioso y un trabajo brutal en fondos y vestimenta, todo lo que surge del lápiz y los pinceles del maestro mendocino está pensado para cautivar al lector y premiarlo con unas maravillas gráficas que muy pocos historietistas le pueden ofrecer. Yo, Dragón no califica para obra maestra por esos altibajos en el guión, pero a nivel visual es un testimonio más que elocuente de la vigencia sempiterna de este genio del dibujo y la ilustración llamado Juan Giménez.
Otra obra de autores argentinos publicada en 2017 que me había quedado en el tintero es Alud, una novela gráfica de Cristian Blasco y Pablo Burman, los autores de Infestado, aquel librito de historias cortas reseñado el 11/12/16. A lo largo de 58 páginas, el guionista cordobés y el dibujante porteño abordan dos tópicos muy frecuentes en la historieta de aventuras: una sociedad distópica (tema que está muy de moda, por cierto) y un pibe común, que no tiene idea de nada, y un día descubre que su padre fue un muuuuy grosso… algo, y se convence de seguir sus pasos e incluso de llevar más allá la cruzada de su padre en pos de… algo. El famoso viaje iniciático tomará la forma de una quijotada épica en la que Charlie, como Chiquito Romero contra Holanda, se va a convertir en héroe.
Contado así, el argumento parece adolecer de una cierta falta de originalidad, pero a) no es tan así y b) Blasco ya demostró que incluso partiendo de premisas ya bastante transitadas puede llegar a resultados atractivos y sorprendentes. Me parece que el logro más notable de Alud es cuándo y cómo elige Blasco revelarnos la verdadera historia del padre de Charlie. El desarrollo en sí, el devenir de la aventura, es atrapante, convincente, pero el vuelo, la estocada de genialidad está (para mi gusto) en ese pase mágico con el que el guionista revela todo ese pasado oculto, que persiste en la memoria de pocos pero que le puede cambiar el futuro a muchos.
Y el dibujo de Burman… me sigue pareciendo muy raro. Impactante, muy original, y a la vez muy retorcido, muy idiosincrático, sin la voluntad de hacer ningún tipo de concesión para con el lector que quiere que le cuenten la historia de un modo cristalino, fácil de decodificar. Es una estética muy elaborada, muy sobrecargada, con una mezcla de técnicas de entintado de la que pocos dibujantes salen bien parados, y a la vez con mucha atención por los climas, por apuntalar desde lo visual las sensaciones que transmite el guión. Los personajes rara vez conservan los mismos rasgos faciales de una secuencia a otra, y la corrección anatómica no es ni a palos una prioridad para el dibujante. Me imagino esta historia en manos de otro dibujante y creo que podría haber funcionado mucho mejor con otra estética, con un dibujante que -por ejemplo- trace líneas rectas cuando aparecen carteles electrónicos en la ciudad futurista… Pero por otro lado creo que los excesos gráficos de Burman constituyen un ejercicio de sana libertad, de ganas de hacer las cosas distinto, de no ceñirse a modelos preexistentes, y además no llegan nunca a convertirse en un obstáculo para el disfrute de la trama. Si los saltos al vacío de este virtuoso pero extraño dibujante no te ahuyentan, estoy seguro de que Alud te va a resultar una muy rica lectura.
Gracias a todos los que se acercaron a saludarme en la Pergamino Comicon, y nos reencontramos pronto con nuevas reseñas, acá en el blog.

jueves, 3 de diciembre de 2015

03/12: CIUDAD

El clásico de Ricardo Barreiro y Juan Giménez por fin tiene una edición nacional presentable, bien impresa, en un buen tamaño y hasta con las pocas páginas que Giménez llegó a colorear cuando imaginó un proyecto de “versión a todo color” que obviamente no prosperó. Yo tengo la edición de Toutain en dos tomos (excelente, la amo con el alma y no sé si me voy a desprender de ella ahora que tengo la argentina), y me acordaba bastante de la trama, a pesar de haberla leído hace mil años.
No revelo ningún spoiler grosso si cuento que Ciudad está bastante emparentada con Parque Chas. En ambos casos, “el Loco” Barreiro encuentra un mecanismo que le permite contar en cada episodio historias bastante distintas entre sí, incluso abordar distintos géneros. Ciudad tiene esa estructura: episodios en los que las tramas abren, se desarrollan y cierran, mientras por atrás avanza la trama central, que es “¿cómo carajo se sale de esta ciudad?”. Durante esta incansable búsqueda de la salida, Jean y Karen van a vivir aventuras más de “acción, tiros, persecuciones y explosiones”, otras más de “sobreviviendo al post-holocausto”, otras con un tinte más sobrenatural, otras más cercanas a la ciencia-ficción y otras con una arista más política.
¿Y están buenas las aventuras? Algunas envejecieron demasiado (sobre todo “En la oscuridad de las cloacas”) y otras tienen ideas que seguramente funcionaron bien a fines de los ´70 y siguen siendo efectivas aún hoy: la del subte que viaja en el tiempo, por ejemplo, tiene un vuelo y un impacto asombrosos. “El jardín de las delicias” parte de una idea más trillada, pero el desarrollo está tan bien, el clima te atrapa tanto, que se disfruta a pleno. Y destaco también a “Barrio-Castillo” donde –a través de un dilema ético para los protagonistas- Barreiro se anima a bajar una línea más jugada en términos políticos.
La historia más rara es la última, “La salida final”, donde Barreiro introduce a un nuevo personaje que rápidamente se gana el protagonismo del episodio. Todo lo que vemos en las páginas finales es lo que narra o lo que hace este náufrago de la eternidad, este hombre que perdió todo lo que amaba a manos de una invasión extraterrestre y que dice llamarse Juan Salvo. Si no fuera porque esta aparición eclipsa mucho a Jean y Karen y le resta mucho impacto al hecho de que estamos ante el final de la saga de Ciudad, estaríamos hablando del mejor homenaje a El Eternauta jamás planteado por uno de los que se dicen discípulos de H.G. Oesterheld. Y no es el único homenaje. El Loco Barreiro se las ingenia para poblar la serie de muchísimas referencias a películas y sobre todo a íconos de la literatura fantástica, desde H.P. Lovecraft hasta Jorge Luis Borges, pasando por Philp K. Dick e Isaac Asimov.
Este trabajo, además, marca la despedida de Juan Giménez del blanco y negro, al que prácticamente no volverá nunca desde aquel entonces. Y es una despedida incandescente, como cuando dos amantes se echan el último polvo antes de separarse para siempre. Me encanta lo que hace Giménez cuando se planta “en el medio”, pero lo que realmente me emocionó fue verlo jugar en los extremos. En una punta, acá tenemos esas viñetas recontra-sobrecargadas, repletas de detalles, con iluminaciones increíbles, logradas con texturas, rayitas y cross-hatchings enfermizos, que avergonzarían a Moebius y Bilal. Y de golpe, el mago mendocino se va al otro extremo y resuelve viñetas sólo con la línea, un trazo finito, como de rotring, muy prolijo, sin sombras ni manchas. La verdad que todo se ve espectacular, desde los fondos (donde Giménez deja la vida) hasta los detalles en ropa, armas y vehículos. Lo único mínimamente criticable es que le cuesta dibujar a Karen siempre con la misma cara, y a veces se notan las “mutaciones” de una viñeta a la otra. Pero son caras siempre expresivas, que transmiten toda la emoción que requiere este guión de Barreiro.
Si nunca habías leído Ciudad (o habías leído episodios sueltos) aprovechá que existe esta edición y tirate de cabeza. Y si ya la conocías, sabés que se trata de una obra de una polenta impresionante, con mucha pasión, mucha experimentación y además grandes ideas y secuencias memorables.

lunes, 22 de diciembre de 2014

22/12: SEGMENTOS Vol.1

Esta es una serie que en Francia ya va por el tercer tomo. No sé qué onda en España, porque la empezó a editar Glénat, que ya no existe. En una de esas la serie quedó trunca y para completarla me voy a tener que conseguir los tomos restantes en francés. Lo cierto es que Segmentos marca la primera colaboración entre el guionista francés Richard Malka y el maestro mendocino Juan Giménez, que en su momento colgó Yo, Dragón para dedicarse a esta serie. Que además marcó su regreso a la ciencia-ficción, el género con el que más lo identifica la hinchada, después de haber coqueteado con la fantasía épica.
Segmentos tiene un planteo interesante, ideal para dar pie a múltiples aventuras, para sacarle buen jugo al formato de serie de álbumes de 46 páginas que –aún hoy- manda en el mercado francés. Los dos personajes protagónicos están bien construídos, el universo en el que van a vivir las distintas peripecias es atractivo, los diálogos están muy bien, los personajes secundarios no tienen mayor desarrollo (en 46 páginas no se puede hacer milagros) pero sí se vislumbra una puntita para darle más motivación y más tridimensionalidad a uno de los villanos. No me quiero extender en el análisis del argumento porque está bueno ir descubriendo qué corno pasa durante la lectura. De hecho, leí el texto de la contratapa antes de empezar el álbum y me spoileó un montón de cosas que prefería descubrir por mí mismo, a medida que Malka iba hacendo avanzar la trama.
Lo cierto es que el guionista hizo bien su trabajo. Las explicaciones cuasi-científicas no se hacen densas, las escenas con mucho diálogo tampoco, las peripecias resultan entretenidas, hay chistes, chispazos de humor, hay una bajada de línea muy clara, que le da a la historieta una cierta lectura “sociológica” si se quiere… Con lo cual si uno suspende el descreímiento un rato y se deja llevar por esta aventura, la pasa bien seguro. Falta (por ahora) una impronta más ambiciosa, más épica. En este primer tomo, los conflictos todavía son chiquitos, a una escala casi barrial. Está el potencial para que exploten, no te digo a niveles de La Casta de los Metabarones, pero a un nivel Star Wars, ponele. Ah, y otro potencial que el Vol.1 no explota es la vertiente erótica: Jezréel, la chica protagonista, está buenísima y son varios los personajes que lo señalan. De hecho, el chico protagonista, Loth, no para un minuto de tirarle los galgos. Y por ahora, no hay indicios de que se pueda producir lo que el lector quiere ver desde la página 14, que es una revolcada hiper-porno entre los dos protagonistas. Veremos si se da más adelante.
¿Y qué onda el dibujo? Muy grosso. Pasan los años, las décadas y el maestro Juan Giménez no hace más que acrecentar su leyenda. Acá nos ofrece una narrativa parecida a la de sus trabajos con guión propio, tipo Leo Roa o El Cuarto Poder. Esto es, muchos planos cortos, y no tanta abundancia de esas tomas panorámicas tan típicas del comic franco-belga. Sin embargo, cuando aparecen estas tomas, Giménez nos deslumbra con su talento e imaginación infinitas a la hora de crear edificios, naves y maquinaria futurista. Sólido en la acción, infalible en los primeros planos, dúctil a la hora de matarse en los fondos u omitirlos por completo (según lo que pida el ritmo de la secuencia), Giménez vuelve a sorprender a propios y extraños. Y claro, como ya es costumbre, lo que más fuerte pega es el tratamiento del color, a esta altura un sello de fábrica del mendocino: esas páginas engamadas en azules, la irrupción cada tanto de los rojos y naranjas, la inexistencia casi absoluta del amarillo y el verde, las texturas metálicas en fondos y armas… todas esas maravillas brotan del pincel de Giménez cuando colorea sus historietas y terminan de redondear una faceta gráfica realmente impactante.
La verdad, no te puedo decir que Segmentos sea una joya, ni una obra imprescindible. Es un entretenimiento muy ganchero, muy logrado, con un potencial enorme para desarrollar en los futuros tomos y que, como además está dibujado de puta madre por un ídolo al que le compro cualquier cosa que publique, la quiero seguir hasta donde llegue.

martes, 29 de abril de 2014

29/ 04: YO, DRAGON Vol.2

Segunda parte de esta serie cuyo primer tomo comentamos allá por el 27/03/12 y cuyo tercer y último tomo muy probablemente no salga nunca, porque Juan Giménez tuvo un conflicto con la editorial y abandonó este proyecto para dedicarse a otros. Ese dato no es menor, porque hoy en día, para gastarse la guita que valen estos álbumes, lo menos que uno puede pedir es que terminen las historias que empiezan. Comprar Yo, Dragón sabiendo que quedará inconclusa es un acto de militancia extrema, sólo para talibanes de Juan Giménez movidos por el afán cuasi-fetichista de tener TODAS las obras del maestro mendocino. Pero bueno, quién te dice que un día de estos se apaciguan las aguas y Giménez termina el tercer tomo, si no en la editorial donde empezó la serie, en otra.
El guión me gustó un poco menos que el de la primera parte, que me había resultado muy ganchero. Las primeras 24 páginas están plagadas de flashbacks, sobran los flashbacks, como si a Giménez se le hubiese ocurrido que –de pronto- saber todo sobre el pasado de los personajes era fundamental para poder entender la trama. Es cierto: ya desde el título, el autor sugiere que tendrá mucho peso el “libro de hierro” y, si bien no recuerdo que en el primer tomo lo nombraran, este libro tuvo un rol importante en secuencias del pasado que conviene graficar. Pero, ¿todas juntas, una atrás de otra? ¿Hacía falta? ¿No se podía dosificar esa misma información de otra manera? Por supuesto, tampoco facilita las cosas el hecho de que haya tantos personajes. Me parece que en el primer tomo estaba más claro quiénes eran los protagonistas, quiénes los secundarios, y a quiénes Giménez planeaba hacer crecer en protagonismo a lo largo de la serie. Ahora está todo más mezclado y pareciera haber siete u ocho protagonistas, mientras que ninguno de los “tapados” del Vol.1 parece crecer o aspirar a roles más destacados. ¿No se podía simplificar un poco el elenco, suprimir algunos personajes que no aportan prácticamente nada? Me parece que sí, y que eso le hubiese sumado claridad y dinamismo a este segundo tomo.
Pero claro, pasada la página 24, Giménez hace exactamente eso: la historia cobra un cauce más claro, los conflictos centrales concentran toda nuestra atención, se termina de explicitar quiénes son los malos, quiénes son los buenos, de qué juegan los dragones, y en el último tercio se viene la eliminación (inteligente, con sorpresas, sin obviedades) de varios personajes. O sea que, superado ese bajón inicial, nos esperan 32 páginas en las que la epopeya, la intriga palaciega y la acción bélica se despliegan con la fuerza que uno espera de este tipo de relatos. Para el final, uno ya se olvidó de lo mucho que le costó arrancar a este tomo y ya está de nuevo enganchadísimo, viendo a quién carajo rezarle para que alguna vez salga el Vol.3.
El dibujo de Giménez brilla con el fulgor de siempre, ahora potenciado por el hecho de que los dragones entran en acción y protagonizan secuencias espectaculares, de enorme impacto visual. La narrativa es muy sólida y resiste sin inconvenientes los embates de las doble splash-pages por un lado y de las páginas con muchísimo texto por el otro. Giménez sabe que hay mucho para explicar y que la rosca y el chamuyo tienen mucho peso en la trama, por eso opta siempre por grillas de ocho viñetas o menos, que le permiten meter en cada una de estas un montón de diálogos y bloques de texto, sin comprometer las composiciones y sin eclipsar al dibujo, que es (en esencia) lo que uno viene a buscar cuando se compra un libro del ídolo.
Mi consejo es que estés alerta: si alguna vez sale el Vol.3 de Yo, Dragón, hay que comprarlo, de una. Y completar la trilogía. Si no, si queda inconclusa, entrale a esta serie sólo si delirás MAL con Juan Giménez y necesitás una dosis periódica de los majestuosos dibujos del mendocino devenido catalán.

martes, 27 de marzo de 2012

27/ 03: YO, DRAGON Vol.1

Más de 800 días escribiendo un blog sobre comics y nunca había reseñado nada de Juan Giménez. Cuando alguno me vea por ahí, cágueme a latigazos, por favor...
La verdad es que el maestro mendocino no tenía un gran promedio en materia de obras en las que además de dibujar, escribió los guiones. Me acuerdo de Leo Roa, El Cuarto Poder, Elige tu Juego... todas historietas hermosas para mirar pero flojitas para leer. Acá, felizmente, pegó el salto. Este primer tomo de Yo, Dragón tiene todo lo necesario para seducir al lector exigente y dejarlo dispuesto a dar la vida por los dos tomos que faltan.
Lo que más me gustó es la ambientación medieval. Por ahí podrido de ser encasillado como “un maestro de la ciencia-ficción”, Giménez se tiró sin paracaídas a la epopeya medieval, con castillos, caballeros y –hasta ahora- un único elemento fantástico, que son (obvio) los dragones. El resto es todo muy real: señores feudales poderosos, caballeros valientes, cortesanos intrigantes, curas medio pasados de rosca, conspiraciones, destierros, enfermedades espantosas de esas que hoy reemplazamos con atrocidades similares tipo Radio 10, duelos, banquetes, sitios... No falta nada.
El primer tomo se toma el trabajo (bastante exhaustivo, por cierto) de presentar todo este entorno, y a un elenco protagónico compuesto por unos 9 ó 10 personajes, de los cuales tres no llegan enteros (lo cual no quiere decir que mueran) al final del tomo. Acá están casi todos los hallazgos de Giménez: en la construcción de los personajes (fuertes, bien definidos) y en la creación de situaciones que permitan la interacción entre ellos de modo razonable y creíble. Todavía no está 100% claro si algunos de los protagonistas son “buenos” o “malos” y tampoco qué rol jugarán los dragones, que hasta ahora aparecen poco y tienen poco peso en la trama. Se supone que en una saga llamada “Yo, Dragón”, su participación va a ser por lo menos relevante.
Además de presentar tooodos estos elementos, el ídolo mendocino hace avanzar un par de tramas: una tiene que ver con una pariente descastada del rey Fernando de Belmonth que quiere tomar el control del imponente castillo de Rosentall, y la otra va para el lado de un romance entre Silvia, la princesa del castillo, y el caballero Rob Bonn Magister, del cual hasta ahora sabemos bastante poco. No me extrañaría que este muchacho ocultara algún secreto heavy metal. Por supuesto hay más puntas a desarrollar, más cositas menores que pasan, o que uno intuye que están por pasar y todo está muy prolijo, muy claro, muy bien orquestado para crear un efecto dramático que capture la atención del lector.
Como sucede de vez en cuando, si Yo, Dragón en vez de un guión atractivo tuviera un mamarracho irredimible, escrito por un subnormal invertebrado que dejó su última neurona en una partida de Dungeons & Dragons allá por 1993, también habría que comprarlo. Hace más de 30 años que el dibujo de Juan Giménez justifica cualquier cosa y hace llevadero cualquier garrón que te tengas que comer a nivel guión. Acá “el Pelado” no baja ni medio cambio respecto de su trabajo más aucinante, la infinitamente grossa Casta de los Metabarones. La ambientación es otra, pero siguen ahí el laburo inhumano en espadas, armaduras, ejércitos, fondos, cuerpos y hasta vemos unas figuras humanas en acción con un dinamismo poco frecuente en las páginas de Giménez. Como siempre, el golpe letal, la fatality, nos la hace con su alucinante manejo del color, con esos engamados en los que predominan los colores fríos u opacos (marrón, gris, celeste, blanco) y cada tanto irrumpe un rojo furibundo o un amarillo descontrolado y explota la viñeta al carajo y más allá.
Hablando de viñetas, si bien este es el típico álbum francés (le pongo la etiqueta de “Argentina” de puro caradura) , no abundan las páginas de 183.000 viñetas microscópicas. Hay una de 10 viñetas y, fuera de eso, muy rara vez Giménez mete más de 7 cuadros por página. ¿Cómo hace para que en 54 páginas de no tantas viñetas pasen tantas cosas? Lo vas a tener que comprobar por vos mismo.
Yo me limito a ponerle una vela a San Jorge para que el Vol.3 salga pronto en Francia (parece que un conflicto entre la editorial y el autor lo está demorando) y para conseguir el Vol.2 (ya sea en castellano o en francés) a un precio razonable. Y a recomendar a pleno el Vol.1, obviamente.