Un grupo de valientes científicos inventa un cohete con el que pueden ser lanzados desde la Tierra hasta la Luna y, cuando concluyen el artefacto, lo montan y salen catapultados hacia el misterioso satélite. Allí descubren un mundo maravilloso nunca antes visto por nadie. Sin embargo, este mundo también es terriblemente hostil... Los aguerridos científicos serán atacados de repente por una salvaje y primitiva tribu de selenitas y tendrán que luchar contra ella para escapar y volver sanos y salvos al planeta azul.
En 1902, el cineasta y empresario francés Georges Méliès inventaba la ciencia ficción en el cine (y prácticamente todo el arte narrativo cinematográfico clásico) con esta maravillosa película de 14 minutos y 12 segundos que es "Viaje a la Luna", película basada parcialemente en la novela "De la Tierra a la Luna" de Jules Verne y en la obra de H.G. Wells "Los primeros hombres en la Luna". Ocurría esto antes de que creadores como David W. Griffith u Orson Welles revolucionaran la forma cinematográfica de contar historias para siempre: como los hermanos Lumière y como Thomas A. Edison, Méliès rodaba sus filmes apostando, simplemente, su cámara estática frente a un único escenario en el que transcurría toda la acción. De formación teatral e influenciado por las artes de los magos y los prestidigitadores y por el teatro de marionetas, este genial creador ideó un universo propio en los más de 500 cortometrajes que dirigió a lo largo de su vida. En ellos, haciendo uso de los primarios pero impresionantes efectos especiales de la época, hacía desaparecer cuerpos, cercenaba cabezas, transformaba a sus actores (y a él mismo, que también actuaba en sus obras como intérprete) y metamorfoseaba sus escenarios por completo en un abrir y cerrar de ojos. Eran las suyas películas de muy pocos minutos, sencillas y con argumentos extremadamente simples, a veces incluso sin argumento, pero cargadas de encanto, de buen hacer y decisivamente innovadoras en su momento. De "Viaje a la Luna" sorprendió especialmente, en 1902 y en los años inmediatamente posteriores, la secuencia en la que la bala-cohete es disparada y clavada en el ojo de la famosísima Luna-tarta con cara humana de la foto que ha sido tantas veces imitada o referenciada en obras de toda clase, secuencia que supuso un paso de gigante en el tratamiento de la continuidad cinematográfica y que hoy en día es un icono de la ciencia ficción e incluso un icono pop.
El francés Georges Méliès, cineasta, actor y empresario, sentó las bases del cine espectáculo, del cine de ciencia ficción y de aventuras y en definitiva del cine comercial actual. Por desgracia, en demasiadas ocasiones sus películas resultaban caras de producir (carísimas incluso) y él se fue endeudando progresivamente por culpa de su gran pasión, que era vista a principios del siglo XX como una simple curiosidad sin futuro artístico o comercial y que por ello no le devolvía todo el dinero que invertía en ella. Tras aurrinarse parcialmente, abandonó el cine y malvendió muchas de sus propiedades para vivir el resto de su vida regentando un quiosco de juguetes y caramelos en la estación de Montparnasse. Injustamente, fue olvidado hasta 1925, cuando empezó a llamar la atención de los surrealistas. Años después de su muerte (acaecida en 1938), Georges Méliès fue revalorizado prácticamente como el visionario "inventor del séptimo arte". Los hermanos Louis y Auguste Lumière no vieron en el invento que ellos mismos desarrollaron un arte con futuro comercial (realmente ni siquiera vieron en el cinematógrafo un arte). Méliès si, y su ambición le costó su salud y su dinero. Por suerte, hoy ocupa el lugar que se merece entre los grandes de su disciplina.
En 1902, el cineasta y empresario francés Georges Méliès inventaba la ciencia ficción en el cine (y prácticamente todo el arte narrativo cinematográfico clásico) con esta maravillosa película de 14 minutos y 12 segundos que es "Viaje a la Luna", película basada parcialemente en la novela "De la Tierra a la Luna" de Jules Verne y en la obra de H.G. Wells "Los primeros hombres en la Luna". Ocurría esto antes de que creadores como David W. Griffith u Orson Welles revolucionaran la forma cinematográfica de contar historias para siempre: como los hermanos Lumière y como Thomas A. Edison, Méliès rodaba sus filmes apostando, simplemente, su cámara estática frente a un único escenario en el que transcurría toda la acción. De formación teatral e influenciado por las artes de los magos y los prestidigitadores y por el teatro de marionetas, este genial creador ideó un universo propio en los más de 500 cortometrajes que dirigió a lo largo de su vida. En ellos, haciendo uso de los primarios pero impresionantes efectos especiales de la época, hacía desaparecer cuerpos, cercenaba cabezas, transformaba a sus actores (y a él mismo, que también actuaba en sus obras como intérprete) y metamorfoseaba sus escenarios por completo en un abrir y cerrar de ojos. Eran las suyas películas de muy pocos minutos, sencillas y con argumentos extremadamente simples, a veces incluso sin argumento, pero cargadas de encanto, de buen hacer y decisivamente innovadoras en su momento. De "Viaje a la Luna" sorprendió especialmente, en 1902 y en los años inmediatamente posteriores, la secuencia en la que la bala-cohete es disparada y clavada en el ojo de la famosísima Luna-tarta con cara humana de la foto que ha sido tantas veces imitada o referenciada en obras de toda clase, secuencia que supuso un paso de gigante en el tratamiento de la continuidad cinematográfica y que hoy en día es un icono de la ciencia ficción e incluso un icono pop.
El francés Georges Méliès, cineasta, actor y empresario, sentó las bases del cine espectáculo, del cine de ciencia ficción y de aventuras y en definitiva del cine comercial actual. Por desgracia, en demasiadas ocasiones sus películas resultaban caras de producir (carísimas incluso) y él se fue endeudando progresivamente por culpa de su gran pasión, que era vista a principios del siglo XX como una simple curiosidad sin futuro artístico o comercial y que por ello no le devolvía todo el dinero que invertía en ella. Tras aurrinarse parcialmente, abandonó el cine y malvendió muchas de sus propiedades para vivir el resto de su vida regentando un quiosco de juguetes y caramelos en la estación de Montparnasse. Injustamente, fue olvidado hasta 1925, cuando empezó a llamar la atención de los surrealistas. Años después de su muerte (acaecida en 1938), Georges Méliès fue revalorizado prácticamente como el visionario "inventor del séptimo arte". Los hermanos Louis y Auguste Lumière no vieron en el invento que ellos mismos desarrollaron un arte con futuro comercial (realmente ni siquiera vieron en el cinematógrafo un arte). Méliès si, y su ambición le costó su salud y su dinero. Por suerte, hoy ocupa el lugar que se merece entre los grandes de su disciplina.