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lunes, 11 de mayo de 2020

Cosas (violentas) que pasan en Texas en 1980


Adaptación de una novela de Cormac McCarthy, no encontramos en No es país para viejos (2007), o la encontramos en menor medida, el tradicional distanciamiento irónico de los hermanos Coen. ¿Y qué tenemos entonces? Pues una magnífica película de cine negro que no tiene el sello característico de los autores de Muerte entre las flores (1990) o Fargo (1996) pero que conserva mucho de su personal puesta en escena y, sea como fuere, se desarrolla implacable y espléndida ante nuestros ojos. Y hago hincapié en lo de ojos, ya que amplios son los fragmentos sin diálogos o música, dejando que sea la imagen, en soberbia pantalla panorámica fotografiada por Roger Deakins, la que lleve el peso de la historia.


En Texas y en 1980 un veterano del Vietnam (Josh Brolin) que se dedica, al parecer, a la
caza furtiva roba un maletín con dos millones de dólares tras descubrir a varios hombres muertos por un asunto de drogas en una zona desértica. Un sádico asesino que le persigue (Javier Bardem), un policía que investiga el caso con desgana (Tommy Lee Jones) y otros personajes secundarios completan el cuadro de desolación y violencia que Joel y Ethan Coen pintan como un western sin caballos (o casi) en el que las acciones van siempre por delante del pensamiento y la reflexión. La narración es límpida y potente al mismo tiempo, excelentemente planificada e interpretada y capaz de mantener la tensión en todo momento. Los movimientos de cámara son escasos, en la tradición del cine independiente norteamericano a la que se adscriben los creadores de El gran Lebowski (1998), y la desdramatización que tan bien manejan no ha desaparecido, pero hay en No es país para viejos una manera de contar más tradicional (que no convencional) que en nada perjudica a una cinta muy superior a la floja Crueldad intolerable (2003) y por encima de la divertida adaptación de El quinteto de la muerte (Alexander Mackendrick, 1955), The Ladykillers (2004), trabajos previos de los Coen al largometraje que hoy nos ocupa.


El final no cierra círculo alguno, como si viniera a decir que la existencia es una línea recta que continúa mientras haya vida en el planeta, y las viejas generaciones se sintieran expulsadas por las jóvenes y pujantes, quitándoles el sitio (el país) al que hace referencia el título. Verdades quizá demasiado obvias que los finales que todo lo atan y concluyen parecieran ignorar o rehuir, aunque asirse a ellos sea más fácil, placentero y —seguramente— estúpido. No pensar cuando el último plano de la última escena —el policía explicando a su mujer lo que ha soñado— nos dice adiós.