Adaptación de una novela de Cormac McCarthy, no encontramos en No es país para viejos (2007), o la encontramos en menor medida, el tradicional distanciamiento irónico de los hermanos Coen. ¿Y qué tenemos entonces? Pues una magnífica película de cine negro que no tiene el sello característico de los autores de Muerte entre las flores (1990) o Fargo (1996) pero que conserva mucho de su personal puesta en escena y, sea como fuere, se desarrolla implacable y espléndida ante nuestros ojos. Y hago hincapié en lo de ojos, ya que amplios son los fragmentos sin diálogos o música, dejando que sea la imagen, en soberbia pantalla panorámica fotografiada por Roger Deakins, la que lleve el peso de la historia.
En Texas y en 1980 un veterano del Vietnam (Josh Brolin) que se dedica, al parecer, a la
El final no cierra círculo alguno, como si viniera a decir que la existencia es una línea recta que continúa mientras haya vida en el planeta, y las viejas generaciones se sintieran expulsadas por las jóvenes y pujantes, quitándoles el sitio (el país) al que hace referencia el título. Verdades quizá demasiado obvias que los finales que todo lo atan y concluyen parecieran ignorar o rehuir, aunque asirse a ellos sea más fácil, placentero y —seguramente— estúpido. No pensar cuando el último plano de la última escena —el policía explicando a su mujer lo que ha soñado— nos dice adiós.