Mostrando entradas con la etiqueta Neil Young. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Neil Young. Mostrar todas las entradas

lunes, 6 de abril de 2026

After The Gold Rush

La primera de las tormentas eléctricas desatadas junto con Crazy Horse (Everybody Knows This Is Nowhere) y el intimismo mayoritario de After The Gold Rush, segundo y tercer disco de Neil Young respectivamente, adelantan y resumen lo que será la carrera entera del canadiense, capaz de moverse entre el susurro folk y la devastación hard —diferentes moods, humores o estados de ánimo, que son origen de la consecuente opción estética y no al revés— sin necesitar explicaciones o adelantar coartadas.

Ese intimismo y ese susurro mandan en el tercer elepé de Young, publicado en 1970 y clásico absoluto de un catálogo pantagruélico en el que todavía caben novedades y rescates del pasado. Tell Me Why (guitarra acústica, voz y coros) y After The Gold Rush (piano, voz y fiscorno) abren desnudas y vulnerables (pocas veces un sonido tan delicado fue a su vez tan doloroso) antes de que Only Love Can Break Your Heart añada bajo y batería para extender la tristeza a ritmo de vals y sonido folk rock. Southern Man se va hasta los cinco minutos y medio dando forma a un colosal asalto rock de Young y (la mitad de) Crazy Horse (con Ralph Molina a la batería, Danny Whitten haciendo coros solamente, Greg Reeves al bajo en lugar de Billy Talbot y Nils Lofgren aportando su piano) que, junto con Alabama, tendrá la consabida respuesta de Lynyrd Skynyrd en defensa del sur de los Estados Unidos. En contraste radical, Till The Morming Comes se conforma como una miniatura intrascendente que cierra la primera cara.

La hermosa versión del Oh Lonesome Me de Don Gibson se adapta a la perfección al tono del álbum y hace arrancar la segunda mitad. El aparente canto contra la depresión de Don't Let It Bring You Down es recorrido de arriba abajo por una bellísima pero lóbrega musicalidad capaz de hundir en la miseria al más precavido. Birds retoma el tono general de las tres primeras canciones, voz, piano y coros que nos hablan del final del amor, ese sustantivo tan abstracto y tan inestable. When You Dance I Can Really Love es una suerte de continuación sonora y ordinal (colocada asimismo en el cuarto lugar de su cara) de Southern Man, el rock hendrixiano patentado por Neil Young y Crazy Horse, aquí sí con Talbot a las cuatro cuerdas y Whitten agregando las seis a sus coros. Folk rock de engañosa denominación si uno se fija en su letra, el de I Believe In You es el penúltimo corte de una función que concluye otra miniatura, Cripple Creek Ferry, de mayor fuste que Till The Morning Comes pero cuyo trayecto se antoja excesivamente breve para lo que podía haber dado de sí. El final de un trabajo que inicia una década prodigiosa en lo creativo —de After The Gold Rush a Rust Never Sleeps y Live Rust— e inestable en lo personal que consagrará a Neil Young como uno de los cuatro o cinco nombres definitivos del rock americano. Y también, para bien o para mal, uno de los más prolíficos.



lunes, 1 de julio de 2024

Harvest

En muchas ocasiones he afirmado que Ragged Glory, el disco de 1990 que da nombre a este blog, es el mejor disco de Neil Young. Sin embargo, he de reconocer que la obra del canadiense entre 1969 y 1979 está plagada de elepés que cuestionan seriamente este aforismo, más aun si ese elepé es Harvest (1972). Grabado en cuatro diferentes emplazamientos, compuesto por nueve temas en estudio y uno en directo, acompañado el autor de Zuma de banda (nombrados ad hoc los Stray Gators), orquesta o solo con su guitarra, el disco triunfa sin paliativos por hacer coherente la dispersión aparente gracias a unas composiciones extraordinarias de Young y toda una serie de arreglos que elevan la base escrita al máximo de los niveles.

Out On The Weekend, primero de los cuatros temas registrados en los Quadrofonic Sound Studios de Nashville, clava su lenta cadencia en el corazón del oyente; pocas veces una canción ha tenido un poder evocador tan grande, construido sobre la base rítmica de Tim Drummond y Kenny Buttrey, explicitado por la voz, la guitarra y la armónica de Young y enriquecido por la pedal steel de Ben Keith, cuyas notas sobrias y exactas iluminan el camino cada vez que suenan. El mismo estudio y la misma formación (súmese el piano de John Harris) alumbran Harvest, country rock canónico pero magnífico que contrasta extremadamente con A Man Needs A Maid, pues no solo Young cambia de continente sino que queda solo con su piano y la Orquesta Sinfónica de Londres para interpretar un tema de exacerbado dramatismo. Vuelta a Nashville y los Stray Gators con la soberbia Heart Of Gold, en la línea de Out On The Weekend pero con el añadido de la guitarra de Teddy Irwin y los coros de Linda Ronstadt y James Taylor. Nos movemos a un granero del rancho de Neil Young en California (Broken Arrow Studio #2) y escuchamos Are You Ready For The Country, de colores festivos country y honky tonk pintados por el piano y la voz del jefe, Drummond, Buttrey, Keith (en los papeles asignados desde el principio), Jack Nitzsche (lap steel) y los coros de David Crosby y Graham Nash.

La segunda mitad nos sitúa en Nashville por cuarta y última ocasión. Old Man es una pieza de folk rock intimista en la que Young canta y toca la guitarra, siguen dejando su extraordinario sello Drummond, Buttrey y Keith (la máxima de "menos es más" nunca ha tenido tanto sentido), James McMahon se encarga del piano, Linda Ronstadt y James Taylor hacen unos coros sublimes y el segundo aporta asimismo su banjo. El segundo corte en Londres mantiene las coordenadas del primero, siendo fácil e inevitable emparentar There's A World con A Man Needs A Maid. El rock and roll y la electricidad hacen su aparición en la colosal y crítica mirada al sur de los Estados Unidos Alabama, a la que, junto con Southern Man, contestaría Lynyrd Skynyrd en su mítica Sweet Home Alabama. En el rancho de Young, su voz y su guitarra, el bajo, batería y la pedal steel de, respectivamente, Drummond, Buttrey y Keith, el piano de Nitzsche y los coros de Crosby y Nash ponen en escena la canción más Crazy Horse del elepé además de la final y no menos apoteósica Words (Between The Lines Of Age), que incide en la querencia eléctrica made in Broken Arrow aunque sin Crosby y Nash a bordo. Entre ambas, una miniatura acústica que interpreta Young en directo solo con su guitarra en el Royce Hall de UCLA —The Needle And The Damage Done— aumenta la riqueza artística, musical e incluso tímbrica de un inconmensurable Harvest, a situar en el año de su "cosecha" a la altura de Exile On Main St., Ziggy Stardust o Talking Book. En el caso de que mis palabras anteriores no lo hubieran dejado claro.



lunes, 19 de febrero de 2024

Greendale

Publicado en 2003, Greendale significaba el retorno de la alianza de Neil Young y Crazy Horse en estudio, abandonada siete años atrás tras el muy notable Broken Arrow. Entremedias había habido álbumes en vivo (con y sin la banda) y discos de folk y soul; tocaba, pues, hacer retumbar el planeta con la crudeza eléctrica y visceral de los autores de Ragged Glory y un trabajo conceptual y político de casi ochenta minutos en el que está ausente la guitarra de Poncho Sampedro.

Funcionando como un trío, Young, Ralph Molina y Billy Talbot despachan diez canciones sobre la familia Green de Greendale —gentes y localidad creadas para la ocasión—, cada una de ellas acompañadas de un texto y un dibujo de James Mazzeo en el libreto marrón que acompaña al CD. El disco no está a la altura de las mejores grabaciones del canadiense con Crazy Horse, pero tiene momentos muy destacables que hacen imposible desdeñarlo. El rhythm and blues y el rock and roll ralentizados de Double E, por ejemplo; la extensa exploración de Carmichael, asimismo, en la que Young no canta hasta bien entrado el tema, habiéndose dedicado antes a unos punteos atmosféricos que no paran de volver durante todo el recorrido sobre el clásico colchón del bajo de Talbot y la batería de Molina; la bellísima balada Bandit, por supuesto, cuyo estribillo me atravesó la primera vez que lo escuché y nunca ha dejado de hacerlo: "Algún día encontrarás / todo lo que estás buscando"; los todavía más largos viajes indagatorios (trece y doce minutos respectivamente), claro que sí, de Grandpa's Interview y Sun Green; o, despidiendo la función, la emoción desatada en defensa del planeta y maneras rocanroleras de Be The Rainun nuevo Rockin' In The Free World salvando las distancias y disminuyendo la potencia. "Tenemos un trabajo que hacer / tenemos que salvar a la Madre Tierra", canta sin ambages y convenciéndonos un Young ecologista y esperanzado.

De Greendale saldrán además un largometraje y un cómic, el primero dirigido por el propio Neil Young y el segundo, viendo la luz años después, a manos de Joshua Dysart y Cliff Chiang. Pero lo que hoy tocaba era recordar la versión musical de la historia, que yo aquí he querido recomendar. Reflexión, ideología y reivindicación política y social revestidas de sonidos distorsionados del maestro y sus compañeros.

NOTA: Este texto fue publicado la semana pasada en el blog Neil Young noticias (o La playa de Neil) con motivo de su vigésimo aniversario.

jueves, 2 de marzo de 2023

On The Beach

Triste, chillona y surrealista: son los tres adjetivos que se me ocurren —indisociables— cuando observo la portada de On The Beach. Los colores amarillo y crema sobre el fondo azul del mar y el cielo nublado; las sillas, la sombrilla, la mesa, el coche hundido; Neil Young de espaldas, descalzo junto a la tumbona; el tiesto con la planta de un tamaño desproporcionado al otro lado, en la contraportada. Es todo raro, extraño, decididamente diferente. Se puede asociar al contenido del disco, sí, pero no es capaz de anticipar la riqueza musical y poética de una de las grandes obras maestras del músico canadiense, publicada, como es sabido de sobra, antes del elegíaco Tonight's The Night a pesar de que éste se había grabado primero. El elepé se registrará entre 1973 y 1974 y verá la luz el segundo año, tirando Young de diferentes intérpretes para dar con su tono claramente crepuscular que, por fortuna, no significará el final de nada, pues todavía le quedaba mucha (incluso demasiada) carrera por delante al autor de Rust Never Sleeps.

Con Neil Young a la guitarra, Ben Keith a la slide, Billy Talbot al bajo y Ralph Molina a la batería (o sea, unos sospechosos habituales), Walk On abre jugando al despiste, la pieza más corta del trabajo, la más roquera, con su pizca de country y sus reminiscencias funk. See The Sky About To Rain nos arrastra a la melancolía que se va a imponer en la segunda cara, una preciosa canción en la que Young toca el piano eléctrico (y la armónica en el último tramo), Keith la steel guitar, Tim Drummond el bajo y Levon Helm la batería. Girando en torno al repugnante Charles Manson, Revolution Blues endurece por segunda vez el sonido, fantástico y muy atmosférico rock en el que la guitarra solista es de Young, la rítmica de David Crosby, el piano eléctrico de Keith y la base rítmica corre a cargo de Helm y Rick Danko, haciendo mayor la presencia de The Band. Si decimos que Neil Young se hace con el banjo y Ben Keith con el dobro no será muy difícil que, sumado a que no suena otro instrumento aparte de las voces, For The Turnstiles pueda calificarse de bluegrass recogido o algo similar. Blues en pie de guerra contra las compañías petrolíferas, el de Vampire Blues lo escenifican Young (¡esa guitarra solista tan enorme y contenida!), Keith (órgano y percusión), George Whitshell (guitarra), Drummond (bajo y percusión) y Molina (batería).

La segunda mitad del álbum conjuga una mayor querencia folk, acústica en lo musical con la introspección melancólica de letras, acordes y ritmos. On The Beach, extraordinaria reflexión sobre las contradicciones de la fama, es cocinada al fuego lento de siete minutos en los que todavía queda la electricidad de la guitarra de Young y el piano de Graham Nash, además de Drummond, Molina y Keith en el lado rítmico. Pasándose a la guitarra acústica y la armónica, Neil Young confirma lo establecido al arrancar este párrafo en Motion Pictures, dedicada a la actriz Carrie Snodgress, a la sazón todavía pareja del responsable de Broken Arrow. Acompañándole, Rusty Kershaw (slide), Keith (bajo) y Molina (percusión). Sumando Young una pandereta, cambiando Kershaw la slide por el violín y manteniendo Keith y Molina los mismos instrumentos, Ambulance Blues sirve para que Neil Young se explaye durante nueve minutos, saque a relucir su yo más dylaniano, utilice por tercera vez (y no por casualidad) la palabra blues en un título y nos emocione aunque sea "difícil decir el significado de esta canción", como dice en uno de sus versos. El octavo y último corte de un sensacional On The Beach que, más allá del estado anímico del artista canadiense, es otro de los ejemplos de por qué en la década de los setenta del siglo pasado cuesta tanto esfuerzo encontrarle rival.


 

lunes, 10 de enero de 2022

Hawks & Doves

Sin "entrar en el episodio de dimes y diretes que se montó alrededor de la publicación de Hawks & Doves en torno a su mensaje y orientación política", como decía Jorge García, pues "aquello fue más una sarta de conjeturas hipotéticas de muy libre interpretación que otra cosa", sí que siento aprecio por el disco con el que el maestro canadiense abría la década de los ochenta, un periodo muy alejado, por desgracia, de los grandes logros del anterior decenio. Al igual que otras veces en la carrera del autor de After The Gold Rush, el elepé se alimenta de grabaciones previas, concentradas aquí en la primera cara.

Los dos primeros cortes de la misma provienen de 1974 e iban a formar parte de un álbum, Homegrown, que no verá la luz hasta 2020 (aunque incomprensiblemente sin el segundo de ellos). Y digo lo de incomprensiblemente porque si Little Wing es una buena miniatura acústica que comparte título con la mítica balada de Jimi Hendrix, The Old Homestead se trata de una emocionante epopeya folk de casi ocho minutos que se beneficia, además, de la batería de Levon Helm, el bajo de Tim Drummond y la misteriosa sierra de Tom Scribner. Lost In Space fue grabada en 1977 pero quedó fuera de Comes A Time al año siguiente a pesar de su evidente y luminosa calidad. La mitad folk la completa un Captain Kennedy de 1976 y Hitchhiker, trabajo finalmente publicado en 2017.

Las cinco canciones en solo trece minutos de la cara B, todas ya de 1980, se mueven entre el country rock y el bluegrass sin especial transcendencia, no están mal y entretienen, pero no pueden ser consideradas a la altura de su creador (piensen en la energía y la creatividad de los previos Rust Never Sleeps y Live Rust), y bajan la nota alta que sí merece el otro lado del vinilo. Desigual comienzo, pues, de una época asimismo desigual, el de Hawks & Doves, todo y sus inconvenientes, se disfruta lo suficiente como para haber sido glosado en este espacio.

jueves, 19 de agosto de 2021

Live Rust

Imposible cerrar mejor una década que contiene lo más interesante de la obra de Neil Young (a excepción de Everybody Knows This Is Nowhere, antes, y Ragged Glory y Weld, después) que con este glorioso doble elepé en vivo. Publicado a finales de 1979, Live Rust epitoma la música del canadiense ofreciendo su versión acústica y recogida y la épica y salvaje, electricidad aparatosa y desbocada que construye junto con Crazy Horse.

La cara uno es la de la calma y el individuo, la de Young cantando al oído de cada uno de los miles de espectadores. Guitarra y armónica le acompañan en Sugar Mountain, I Am Child, Comes A Time y My My, Hey Hey (Out Of The Blue), mientras que en After The Gold Rush el piano sustituye a las seis cuerdas. Frank Sampedro, Billy Talbot y Ralph Molina hacen su aparición en la segunda cara, y con ellos el punk y el acero. When You Dance I Can Really Love, The Loner y Sedan Delivery, además de ser canciones estupendas, allanan el terreno a la explosión del segundo disco, aunque entremedias se hayan colado The Needle And The Damage Done, de nuevo a solas el autor de On The Beach (y la emocionante sombra de Danny Whitten sobrevolando), y el country sentimental de Lotta Love.

Si diez canciones hemos escuchado en la primera mitad solo seis encontraremos en la segunda, dominada de arriba abajo —ahora sí— por la distorsión y el hacha de guerra rocker. Powderfinger establece las coordenadas de conmovedoras melodías, hermosas armonías vocales y pétreos ritmos bañados en ácido y saturados. Pero no es suficiente para adivinar el poder y la gloria de una impresionante lectura de Cortez The Killer, quizá el mejor tema escrito por Neil Young. Hernán Cortés y su incursión en Méjico y la ruptura del amor conviven en este alucinógeno relato sonoro que pone los pelos de punta y hace de Young & Crazy Horse una de las mejores bandas de todos los tiempos sobre las tablas… y fuera de ellas. Una durísima Cinnamon Girl, high energy a lo MC5, concluye la cara tres. La siguiente y última la abre la soberbia Like A Hurricane, donde los punteos de Neil Young llegan a grados de intensidad pocas veces igualados, enmarcados por los teclados de Sampedro, el bajo de Talbot y la batería de Molina. ¡Dios mío, qué nivel y qué personalidad! El reverso de My My, Hey Hey (Out Of The Blue) Hey Hey, My My (Into The Black)— es una salvajada hecha de noise y garage rock con las guitarras de Young y Sampedro taladrando el cerebro del oyente. La furia y el machete llegan a su fin a través de Tonight's The Night, los cuatro intérpretes dándolo todo y esparciendo sin piedad y amorosamente —oxímoron que la explica— su visión del rock and roll, única conexión posible entre jipis y punkis, establecida por quien ha conocido a ambos y de ninguno quiere renegar.

Meses antes había aparecido una película titulada Rust Never Sleeps (como el álbum que se acababa de publicar, sí) dirigida por Neil Young y un repertorio muy parecido al que hemos detallado, que recogía un concierto íntegro ofrecido en octubre de 1978 en el Cow Palace californiano dentro de la gira de la que también saldrá Live Rust; película a la que corresponden —corríjanme si me equivoco— las imágenes de la carpeta y las fundas de este vinilo doble que en su primera versión digital vio cómo Cortez The Killer era podada en minuto y medio, aberración que bien podría haber hecho al conquistador extremeño levantarse de su tumba y hundir su espada en el cuerpo del causante de semejante tropelía en forma de CD. Que ello no les impida gozar de esta fiesta artística en la cumbre creativa de una figura sin par y sus tres e imprescindibles compañeros.

miércoles, 2 de septiembre de 2020

Living With War


Recuperaba Neil Young la electricidad tras la introspección folk de Prairie Wind. Living With War (2006) es un disco que el canadiense utiliza para atacar sin concesiones a George W. Bush y toda la maquinaria de guerra de su administración federal que no dudó en crear pruebas falsas y servirse del ambiente de odio generado por los atentados contra las Torres Gemelas para invadir Irak y completar la obra del padre del presidente. Acompañado de Rick Rosas y Chad Cromwell en la base rítmica (y la trompeta puntual de Tommy Bray), Young fabrica un buen y crudo álbum de crítica política con el objetivo de derribar a la máxima autoridad estadounidense, tal y como Let's Impeach The President deja claro. El garage y el high energy rock no son enemigos de la capacidad melódica de las canciones, que, sin estar a la altura de las mejores del autor de On The Beach, se suman dignas a la causa antiimperialista. No esperen aquí, por supuesto, la distorsión poética, los meandros arrebatadores de Everybody Knows This Is Nowhere, Zuma o Ragged Glory, pues se llevarán un chasco. Ling With War es un arma de proyectiles sonoros pensada para denunciar la ignominia de Bush, Powell, Cheney y compañía antes que para crear la gran obra maestra de la música rock del siglo XXI. Y eso también es necesario.


lunes, 2 de marzo de 2020

Zuma


Seis años después de Everybody Knows This Is Nowhere recuperaba Neil Young su asociación con Crazy Horse en el estudio para grabar el espléndido Zuma (1975), cuyas virtudes superiores descansan sobre dos colosales piezas eléctricas, Danger Bird y Cortez The Killer, estremecedoras y extensas esculturas de sonido tenso y escarpado que suponen cima de la carrera del canadiense tanto como compositor como guitarra solista. La tormenta del amor horadado y la violencia desatada por el invasor —la épica del dolor— son los temas que justifican y alimentan sendas proclamas de rock hecho de distorsión amenazante y feedback. Frank Sampedro se encarga de las seis cuerdas antaño tocadas por Danny Whitten mientras que Billy Talbot y Ralph Molina ponen en pie esa base rítmica ruda y descarnada que hace único al trío que acompaña al autor de Harvest. Las siete canciones restantes quedan lejos de la magnificencia detallada e incluso en su brevedad relativa (ninguna llega a los cuatro minutos) parecen achicarse frente a las primeras de la clase, pero tienen suficiente enjundia como para disfrutarlas y reivindicarlas. El rock de origen country y rico en voltios brilla en Don't Cry No Tears, Looking For a Love, Barstool Blues, Stupid Girl y Drive Back, abandonando Crazy Horse a su líder en Pardon My Heart y Through My Sails, cuya belleza íntima y acústica se debe a Young y el bajo de Tim Drummond en la primera y a la resurrección de Crosby, Stills, Nash & Young en la segunda. Sería injusto olvidarlas o despreciarlas a pesar de la categoría extraordinaria de Danger Bird y Cortez The Killer, capaces por sí solas de alcanzar el sobresaliente para Zuma.

lunes, 21 de enero de 2019

Sleeps With Angels


Aparte de los dos álbumes que grabó en los años ochenta con Crazy Horse (Re-ac-tor y Life), Sleeps With Angels (1994) es el disco más olvidado de los diez u once que Neil Young ha publicado en estudio —a lo largo de cuatro décadas— con el grupo con el que ha alcanzado cotas de belleza eléctrica inigualables. Marcado por la muerte de Kurt Cobain, en cuya nota de suicidio citaba unas líneas del Hey Hey, My My (Into The Black) de Young, aunque estuviese muy avanzado cuando Cobain decidió bajarse del tren, el elepé no brilla como Ragged Glory o Broken Arrow, pero goza de momentos muy notables que demuestran injusto el que tan poco se hable de él.

Hasta que descarga la tormenta de quince minutos en Change Your Mind, sexto corte del trabajo, hay poca distorsión en el camino de folk, country y hermosas canciones que recorremos, a excepción —precisamente— del breve y abrupto recordatorio del cantante y guitarrista de Nirvana que da título al conjunto y de la que pueda llevar Prime Of Life. No es Change Your Mind una hazaña como las de Cortez The Killer o Love To Burn, pero su duración y sus voltios llevan el sello de autenticidad y guerra de los autores de Everybody Knows This Is Nowhere. Neil Young, Poncho Sampedro, Billy Talbot y Ralph Molina no saben de concesiones, y si una idea melódica ha de ser prolongada durante un cuarto de hora mediante improvisaciones y acoples que alteren su sentido básico, se hace: ése es el espíritu de Crazy Horse y su jefe. Blue Eden es un blues poderoso y desafiante cuya duración (por encima de los seis minutos) iguala Safeway Cart, si bien aquí el cuarteto fabrique sonidos progresivos en los que ecos de funk, techno y afterpunk dan con una atmósfera muy especial. Train Of Love retoma un tema de los cinco primeros (Western Hero) con letra diferente. El folk psicodélico de Trans Am choca con la certeza punk de Piece Of Crap, que contrasta igualmente con A Drean That Can Last, dominado por un piano  honky tonk que ya había abierto My Heart, inicio de un Sleeps With Angels que en su duodécima pieza llega a su fin. Aunque no le pongamos un sobresaliente, veinticinco años después de haber visto la luz sigue mereciendo la pena recomendarlo.

viernes, 2 de febrero de 2018

Freedom


Freedom (1989) cerraba una década polémica para Neil Young con un disco que, prácticamente, ponía de acuerdo a todos sus seguidores. Y no es que acarreando rock crudo con Crazy Horse, música electrónica, rockabilly, country o R&B Young lo hubiese hecho rematadamente mal, no, pero ni la constante mutación lo ponía fácil para los fans más acomodaticios o conservadores, ni los elepés presentados estaban a la altura de lo producido en los años setenta. Con los matices que ahora abordaremos, Freedom posee un cancionero superior al de sus antecesores y compañeros de década, que, sin llegar a la categoría de un Zuma o un Harvest, le pone en la senda cualitativa que dará, un año después, con la electricidad desbordante del magistral Ragged Glory.

Al igual que en Rust Never Sleeps, la versión acústica de una canción que cerrará eléctrica el álbum es la encargada de abrirlo. Y no cualquier canción. Rockin' In The Free World es el himno definitivo de Neil Young, su God Save The Queen (o su Blitzkrieg Bop) particular, explícita reivindicación política que suena a grito de guerra cuando el folk se hace hard y punk rock durante los últimos minutos del disco. Pero hay diez cortes más entre Rockin' y Rockin' que logran que el conjunto se merezca un notable alto. Crime In The City (Sixty To Zero Part I) es, en mi opinión, uno de los más destacados, cerca de nueve minutos de folk progresivo cocido a fuego lento. Don't Cry alterna calma (amenazante) con distorsión escuela Young, mientras que Hangin' On A Limb es una recogida balada cantada a dueto con Linda Ronstadt. Los sonidos fronterizos son la base de la estupenda Eldorado, castañuelas y guitarra acústica de Poncho Villa (el alias mexicano de Frank Sampedro) incluidas. El country de The Ways Of Love convive en su estribillo con el bolero, colaborando de nuevo Linda Ronstadt y sobresaliendo la pedal steel de Ben Keith. El diáfano y hermoso country pop de Someday antecede a la conversión del On Broadway que en los sesenta cantaran los Drifters; conversión porque lo que allí era doo-wop aquí se vuelve rock altanero (y noise en determinados fragmentos). Wrecking Ball es la segunda balada con la que nos encontramos, emocionante pieza en la que Neil Young aparca la guitarra y se sienta al piano. No More enlaza con la potencia de On Broadway para hablar sobre las drogas o sobre cualquier pérdida de control y la angustia existencial consecuente. Too Far Gone suma más country a la partida, country rock en concreto, al que no son ajenos la pedal steel de Keith y la mandolina de Poncho Sampedro. Y terminamos donde habíamos empezado, vibrando con la energía apabullante de Rockin' In The Free World, expresada en un momento en que el mundo se preparaba para una serie de cambios determinantes que ha supuesto casi tres décadas de pérdidas de derechos y libertades, incluso de dignidad. Pero no vamos a hablar ahora de neoliberalismo, socialismo y democracia, sino del anhelo de libertad que dio vida a un elepé titulado Freedom que recuperaba la mejor cara de uno de los artistas canadienses más universales.

jueves, 26 de octubre de 2017

Prairie Wind


Entre la electricidad conceptual y política, respectivamente, de Greendale y Living With War, Neil Young vivía otro retorno al folk, Prairie Wind (2005), con el antecedente de Silver & Gold cinco años atrás. Dedicado a su padre recientemente fallecido (un escueto "For daddy"), el disco dibuja variados paisajes líricos y sonoros paridos en Nashville que —meciéndonos al igual que el viento de la pradera que le da título mece la sábana de la portada— hacen de él un buen trabajo, emocionante en ocasiones, pero que no está a la altura a obras maestras pasadas del canadiense como After The Gold Rush, Harvest, On The Beach o Zuma. Por supuesto que Young canta y toca guitarras, piano y armónica con su característica autenticidad; por supuesto que es un placer sentir los dedos de Ben Keith haciendo vibrar dobro, pedal steel y slide; por supuesto que da gusto escuchar la voz de Emmylou Harris en los tres cortes en los que colabora; por supuesto que Karl Himmel y Chad Cromwell son estupendos bateristas; por supuesto que los vientos de Wayne Jackson y Thomas McGinley, las teclas de Spooner Oldham y el bajo de Rick Rosas son un lujo; por supuesto, ¿cómo no? (y que me perdonen el resto de músicos que aparecen en el álbum). Estando la calidad asegurada, el asunto es que las composiciones de Neil Young no son tan brillantes como las de antaño, si bien todas llevan su sello y de todas se disfruta. Dentro del folk rock que pauta el disco, hay en él además country susurrado (Falling Off The Face Of The Earth y la preciosa This Old Guitar), soul de querencia country (Far From Home y Prairie Wind), gospel ontológico (When God Made Me) y baladas (la soberbia It's A Dream, cumbre orquestada de las diez canciones que conforman el redondo). De los cuatro temas que no he nombrado, tengo que citar el homenaje a Elvis, He Was The King, pues nunca está de más una oda que recuerde la grandeza de quien fuera rey del rock, especialmente si viene de alguien que pudiera perfectamente ocupar su trono. Seguramente no por este Prairie Wind, tiene mejores elepés, lo acepto, pero sí por una obra conjunta a la que pertenece por derecho.

lunes, 24 de abril de 2017

Psychedelic Pill


Soy Neil Young, tengo sesenta y seis años, hago lo que me da la gana y estoy más vivo que nunca. Es lo que se me ocurre que pudiera haber pensado el maestro de Ontario tras registrar con sus compañeros de Crazy Horse los cerca de veintiocho minutos de Driftin' Back, la pieza extrema que abre Psychedelic Pill, su segundo en disco en 2012 después de haber publicado meses atrás —asimismo en compañía del trío eléctrico— Americana. El concepto improvisador de Young y Crazy Horse es alargado hasta el infinito —como si se hubieran tragado la pastilla psicodélica que da título al álbum—, reestructurando sónicamente el ideario hippie de los sesenta mediante la distorsión y el ruido patentados por la crudeza de las guitarras y la base rítmica de los autores de Zuma. Así las cosas, no es de extrañar que el trabajo al completo se acerque a la hora media y que de las ocho pistas restantes dos superen el cuarto de hora, duración en realidad enorme pero que parece nada en comparación con el primer corte.


Como si quisiera jugar al despiste, Driftin' Back comienza siendo una canción acústica para mutar en el monstruo de rock duro que acaba deviniendo. Evidentemente, no hay canon alguno que obligue a llevar a la media hora el tema. Neil Young, Poncho Sampedro, Billy Talbot y Ralph Molina siguen sus instintos ácidos sin cortapisas hasta completar lo más parecido a un viaje astral hecho de notas musicales. Psychedelic Pill —tremendo contraste— no pasa de los tres minutos y medio y hace honor a su nombre, pues es pura psicodelia lo que contiene. Ramada Inn, sin embargo, se va hasta casi los diecisiete y utiliza riffs y acordes de mucha emoción para vertebrar las diferentes jams que se suceden entre estrofa y estrofa cantada. Born In Ontario retoma la brevedad con el objetivo de reivindicar el origen canadiense de Young.


El segundo CD lo inicia la igualmente corta Twisted Road, cuyos dos primeros versos reviven una sensación por mí también experimentada:

"La primera vez que escuche Like A Rolling Stone
Sentí su magia y me la llevé para casa".

She's Always Dancing hubiese encajado —¡qué diáfanos, expresivos e incluso solemnes los solos de Young!— muy bien en el olvidado Sleeps With Angels o en el parido con Pearl Jam Mirror Ball. For The Love Of Man es una balada muy bonita que aparece aislada al contrastar con la descarga de vatios que le ha precedido y la que Walk Like A Giant va a continuar. En la línea de Ramada Inn o She's Always Dancing, el tema está hecho de la misma materia con la que se construyeron Cortez The Killer, Like A Huricane u Over And Over —sin volar tan exageradamente alto, pero tampoco quedando muy lejos—, y es el tercero en superar los quince minutos. Una remezcla de Psychedelic Pill culmina un disco muy notable de uno de los artistas más personales y prolíficos que la era del rock and roll —con su muerte, la de Dylan, la de Little Richard y la de los miembros vivos de Beatles y Stones habrá llegado a su fin— ha conocido. Valiente y heterodoxo también (a su puta bola, en román paladino), aunque eso se dé por descontado citando de nuevo Driftin' Back, la pieza extrema que abre…