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lunes, 3 de abril de 2023

La consagración de la primavera

Si la comedia es la suma de la tragedia y el tiempo que la relativiza o neutraliza o anula, como diría Woody Allen, la maestría comúnmente reconocida es la adición de tiempo al talento innovador. No quiere eso decir que más de un siglo después de su polémico y escandaloso estreno en París todo el mundo guste del ballet en dos actos de Igor Stravinski coreografiado por Vaslav Niyinski y ejemplo palmario de los afirmado; sí que nadie en su sano juicio reaccionará airadamente durante la representación de La consagración de la primavera y sus Cuadros de la Rusia pagana en dos partes. Quien en 1913 demostrase su admiración por tan extraordinaria composición podría ser tachado de extravagante; quien la denueste en 2023 (nadie se lo prohíbe) lo podrá ser de hereje, insensible o ignorante. El reloj ha hecho su trabajo en favor de la calidad, al igual que lo hace en contra de la mediocridad. Mucha gente seguirá ajena o se disgustará al escuchar la partitura o al ver danzar a los bailarines, por supuesto, pero más difícil será sostener que hay burla o indolencia en la propuesta de Stravinski: hay rupturismo, vanguardia y desafío, cosas de las que el oyente adocenado poco quiere saber. En palabras de Martín Llade, "ese concepto romántico de lo bello se rompe y ya no hay lugar para lo sentimental ni lo agradable. Lo que se pretende, el objeto sonoro, es lo destacable. Stravinski estaba de acuerdo con la idea de que la convención era un obstáculo para reconocer lo auténtico y, por tanto, tuvo claro que había que romper los antiguos esquemas musicales y deformarlos para crear otros nuevos que supusieran una visión auténtica de las cosas".

Desde el fagot que abre reptante y exótico La adoración de la tierra hasta la orquesta completa —cuerdas, vientos de metal y madera y percusión— que concluye salvaje y ominosa El sacrificio, asistimos a una reinvención del sonido y a una estructuración libre que, diferente a la atonalidad y el posterior dodecafonismo de Shönberg, aborda todos los conceptos musicales (melodía, armonía, ritmo, timbre, orquestación) fabricando una suerte de disonancia policromática que tiene ecos de Mahler y Strauss y concomitancias con Ravel y Debussy, pero que resulta tremendamente genuina. La poderosa aparición de la percusión cuando así lo decide el autor de El pájaro de fuego, la ausencia de la tradicional división en movimientos de la música orquestal, la preponderancia de los vientos sobre las cuerdas, el rechazo a la tonalidad clásica, la mirada a Oriente que comparte con sus predecesores rusos del XIX y la importancia crucial que Stravinski da al sonido de los instrumentos dentro de la partitura hacen de La consagración de la primavera un salto hacia adelante similar a los dados por Picasso en su disciplina, salto que es lógico interesara tanto a quienes en el mundo del jazz hicieron lo propio mediante el bebop. Confrontación y revolución estética que marcará el resto del siglo y que hace que la obra hoy glosada siga pareciendo moderna ciento diez años después de su doloroso parto. De seguir vivo, Alejo Carpentier nos daría toda la razón.