La parodia del mundo del rock mediante el falso documental (This Is Spinal Tap, 1984); el cine adolescente y juvenil de iniciación (con resultados olvidables en Juegos de amor en la universidad, 1985, e inolvidables en Cuenta conmigo, 1986); el homenaje a las aventuras clásicas en clave de humor (La princesa prometida, 1987); y la comedia romántica (Cuando Harry encontró a Sally, 1989): no es de extrañar habiendo dirigido estas cinco películas, pues, que la afición por lo que se conoce como cine de género de Rob Reiner le llevara al thriller terrorífico adaptando de nuevo a Stephen King en su sexto largometraje, Misery (1990).
Si en Cuenta conmigo Reiner había partido de un relato de King llamado El cuerpo, en Misery es su novela del mismo título, guionizada por William Goldman (con quien el autor de Algunos hombres buenos, 1992, ya había trabajado en La princesa prometida), la que da lugar a un trabajo modélico en el que la cámara de Reiner y las interpretaciones de Kathy Bates y James Caan subliman la trama y los personajes contenidos en el papel. La locura de una y el miedo y la angustia del otro están perfectamente captados y proyectados por dos actores —uno ya consagrado y otra que lo va a estar desde este momento— aquí mayúsculos. Sus acciones son observadas mediante una planificación sobria que tiende a la invisibilidad pero que dosifica con mucha habilidad la tensión y cierra con precisión cada una de las escenas. El suspense es mantenido con unos elementos y escenarios mínimos, pendientes, a la manera de Alfred Hitchcock, de qué (y cómo) pasará y no de descubrir quién es el malo tras un absurdo giro de tuerca argumental.
Detrás de la trama y el comportamiento de Annie Wilkes y Paul Sheldon se esconde el tema auténtico del film: el fracaso y el éxito contrapuestos. La primera es una bestia hija de su amor/odio por lo que no puede lograr; el segundo es un escritor famoso que nunca será capaz de empatizar con ella, que en el fondo la desprecia más allá de las atrocidades a las que Wilkes le somete. Se dirá que ésta no tiene derecho a hacer lo que hace, por supuesto, si bien subyace constantemente, al menos para quien lo quiera ver, el enfrentamiento brutal e indomable entre ganadores y perdedores, la violencia sutil, sofisticada y sine die contra la violencia evidente, cruda y pasajera. Y para el que le apetezca solamente pasar un buen rato, el entretenimiento que ofrece la narración es continuo, lo habitual en el Rob Reiner —fresco y ameno— de sus primeros años como director.