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jueves, 5 de marzo de 2026

A Promise Is A Promise

El minucioso árbol genealógico de las distintas formaciones de los Lyres desde sus comienzos en 1979 hasta la grabación de su tercer disco (A Promise Is A Promise, 1988), realizado por Peter Frame e insertado en el interior de la carpeta del elepé (que ocupa de arriba abajo, incluyendo las alineaciones de DMZ, precedente del grupo norteamericano), nos habla de una banda alérgica a la estabilidad. Si comparamos la que graba su debut On Fyre con lo que registra A Promise…, solo Jeff Conolly —motor y líder de los autores de Lyres Lyres— queda en pie, pero ello no afecta a la calidad de un conjunto en el que, habitual en la casa, la versiones conviven con los originales de Conolly.

Con nada más y nada menos que Stiv Bators acompañando al cuarteto, el plástico arranca con la lectura del Here's A Heart de Dave Dee, Dozy, Beaky, Mick & Tich. No pierde en su actualización su alma beat antes de que el garage rock típico de los Lyres empiece a retumbar mediante On Fyre (I Don't Want You Back). Pero he aquí, ¡sorpresa!, que nos topamos con Every Man For Himself,  amalgama espléndida de funk y hip-hop que podría estar en el The Uplift Mofo Party Plan de los Red Hot Chili Peppers. Feel Good (About Yourself) es garage de barniz soul, especialmente por la voz de un Conolly entregado a la causa y a la autoestima. I'll Try You Anyway mantiene la línea sonora mientras que Worried About Nothing se decanta por el pop sentimental. La primera cara concluye en directo y en los Países Bajos con los Lyres recordando el Touch de los Outsiders en el escenario de la mano de Wally Tax, el cantante de la mítica banda neerlandesa.

Si en la primera mitad del elepé son, pues, cinco los temas de Jeff Conolly y dos los ajenos, en la segunda la proporción es inversa, adueñándose el material de otros —debidamente rebuscado— de los surcos del vinilo. Running Through The Night (Mystic Ride), She's Got Eyes That Tell Lies (Him & The Others), Jagged Time Lapse (John's Children), Sick And Tired (Chris Kenner) y Witch (Sonics), ésta en vivo en Francia, bucean en la década de 1960, la que amamanta a los Lyres (con la excepción de Kenner y la de 1950), si bien los de Boston saben hacerse con las canciones para que —plenas de energía— concurran con las suyas a la perfección. Las suyas que son Knock My Socks Off, spin-off stooge de T.V. Eye y Raw Power, y Trying Just To Please You, más garage rock que sumar a la ecuación.

La llamativa portada de A Promise Is A Promise lleva un dibujo impreso de Sonia Gómez, "breve, esquemático y expresivo resumen de su relación", según Alfred Crespo, con Jeff Conolly tras su paso por España. Nos servimos del dibujo, de la portada y de la, imagino, efímera relación para concluir este texto sobre un trabajo muy notable de un grupo que en los años ochenta del siglo pasado voló realmente alto.



lunes, 22 de febrero de 2021

On Fyre

Pocos discos tan aclamados por los fans del renacer del garage rock de los ochenta como la puesta de largo de los Lyres, On Fyre. Publicado en 1984, el elepé lo tiene todo para caer rendidos ante él, empezando por uno de los himnos definitivos del grupo y del movimiento: Don't Give It Up Now, que parte del Lucifer Sam de Syd Barrett y Pink Floyd para virar a otros terrenos y convertirse en una irresistible delicia pop liderada por la voz y el órgano de Jeff Conolly. Cuatro composiciones suyas más completan las cinco originales de la banda de Boston, que se codean sin problema alguno con las cinco versiones que contiene el plástico, mérito que aumenta el que dos sean de los Kinks (Love Me Till The Sun Shines y Tired Of Waiting For You, recortadas las dos últimas palabras del título aquí), influencia que se refleja asimismo en I'm Tellin' You Girl, breve pieza cuyo riff está fusilado del de You Really Got Me. Música, la de On Fyre, sencilla e inmediata pero cargada de un inmenso encanto, que, además de los instrumentos tocados por Conolly, cuenta con la guitarra de Danny McCormack, el bajo y los coros de Rick Coraccio y la batería de Paul Murphy. El soul, la psicodelia y el high energy enriquecerán la propuesta del segundo álbum de los Lyres, un Lyres Lyres que no abandona en ningún caso el garage, aunque su (relativa) expansión estilística lo convierta en mi favorito del grupo hoy por hoy, siempre muy cerca de este espléndido debut que hemos glosado.


 

lunes, 23 de enero de 2017

Lyres Lyres


Sin ovbiar o negar la importancia de su formidable y clásico debut —On Fyre—, piedra angular del revivir —Cynics, Creeps, Chesterfield Kings, Fuztztones, etc.— del garage rock en los ochenta, sí que afirmo de salida que el segundo elepé de los Lyres goza en mi opinión de similar esplendor acústico. La musicalidad de Lyres Lyres (1986) se expande gozosa y excitante a lo largo de todos los temas del plástico, bien sean propios, versiones o reescrituras de originales ya registrados. Es en este último caso donde alcanza el cuarteto de Jeff Conolly el cénit de su creatividad, al transformar su She Pays The Rent (grabado el año anterior como parte de un EP) en soberbio soul de cadencia lenta heredado de Otis Redding y Stax. El terreno de material ajeno que lideraban los Kinks en On Fyre es aquí ocupado por los Outsiders, banda holandesa de los sesenta de la cual los Lyres interpretan magníficamente I Love Her Still, I Always Will y Teach Me To Forget You, sendas delicias que basculan entre el garage, el soul y la psicodelia y que el grupo de Boston acopla a la perfección a su sonido. ¿Y las canciones que trae Conolly —compositor además de organista y cantante— al disco? Pues ya hablemos de la inicial Not Looking Back, la fantasmagórica The Only Thing (en la que caben ecos de los Byrds, la Velvet y los Stooges), la lisérgica y casi punk How Do You Know o de la prototípica (si de garage rock y de la década de 1980 nos ocupamos) You Won't Be Sad Anymore, estaremos refiriéndonos a excelentes ritmos y melodías que casan —por maneras y calidad— con exactitud con los traídos de fuera e injertados en el imaginario de los Lyres, completando un conjunto sobresaliente —Lyres Lyres— que en nada envidia a su predecesor. Aunque éste tenga más nombre, claro.