El cine que hace bandera de la observación minuciosa, detenida y dilatada —el cine lento— siempre me ha fascinado y emocionado. Antonioni, Dreyer, Tarkovski, Angelopoulos, Hou Hsiao-Hsien, Erice o Guerin son directores absolutamente favoritos para un servidor, creadores de un celuloide donde el ruido de una pelota, un rayo de sol, la quietud del sueño o un leve movimiento tienen un peso sensorial extraordinario. Imagen y sonido se funden para ser tiempo y huir de las convenciones narrativas y la concepción del séptimo arte como una industria de fugaz entretenimiento.
Si el conjunto es de una coherencia estilística sobresaliente, hay dos escenas que se han mantenido prominentemente en mi recuerdo. Una es un plano fijo durante la proyección de una película en el cine donde Cleo dice a Fermín que está embarazada; la otra, el trávelin de ida y vuelta que ejerce de vector en los movimientos de Cleo para, sin saber nadar, salvar a dos de los niños de ahogarse en el mar. Emocionalmente fortísima, la escena sirve como explosión de todas las tensiones vividas justo antes del final, cuando hay que asumir la ausencia del padre para instalarse en una nueva normalidad y seguir adelante.
Trasunto en la pantalla de Liboria Rodríguez, niñera de Alfonso Cuarón a la que se dedica Roma, Yalitza Aparicio interpreta magistralmente a Cleo a pesar de no tener experiencia previa alguna en la materia o precisamente por ello, pues ya se sabe de tanto actor consagrado que lleva al cine su bagaje teatral y se carga mediante sobreactuación la credibilidad del personaje al que da vida. Si a ello añadimos que el resto del plantel también borda sus papeles, las mencionadas puesta en escena y fotografía en blanco y negro y la ausencia de música, tenemos un trabajo excelente de principio a fin, sin altibajos o exabruptos que lo empañen o manchen su tono contenido. Aunque lo distribuya Netflix y el visionado televisivo se imponga desde un principio al de la gran pantalla.