Autor de un cine comercial que garantizaba la diversión y la calidad, John Sturges realizó a lo largo de treinta años de trayectoria películas tan conocidas y gozosas (peores las últimas que las primeras) como Duelo de titanes (1957), El último tren de Gun Hill (1959), Los siete magníficos (1960), La gran evasión (1963) o Ha llegado el águila (1976). Sin embargo, su mejor largometraje en mi opinión ya lo había rodado en 1955, al ponerse detrás de la cámara en la inquietante Conspiración de silencio, brillante y conciso cruce de western y cine negro.
Recién terminada la Segunda Guerra Mundial, un hombre que ha participado en la contienda y encarna Spencer Tracy llega a un remoto villorrio llamado Black Rock en busca de un granjero japonés. La desmedida hostilidad con la que se encuentra —ambiente malsano de tintes kafkianos— es retratada por Sturges mediante un personal uso del cinemascope, fundamentado en la colocación de los personajes en la pantalla rectangular. La rareza que consigue transmitir se apoya, por supuesto, en la escalada de tensión prevista en el guion de Millard Kaufman y las sólidas interpretaciones de Tracy, Robert Ryan, Lee Marvin, Walter Brennan y el resto del reparto, pero es justo reconocer que su puesta en escena deviene esencial a la hora de dilucidar y sostener el tono del film.
Es obvio que la xenofobia (en este caso antinipona) es el tema central de la película, si bien dicha anomalía intelectual (o ignorancia cobarde) está profundamente vinculada al miedo cerval que se acumula en las comunidades pequeñas. El refrán "más vale malo conocido que bueno por conocer" bien pudiera ser el lema de estos grupos endogámicos que viven con sus miserias (sociales, culturales o criminales) y no quieren que nadie, ni siquiera un compatriota como el que interpreta Tracy, que ha defendido a su país con las armas, venga a hurgar en sus trapos sucios: ya se encargan ellos de lavarlos. El irrespirable clima de mezquindad e inmundicia, frente al que se alza el ciudadano honrado, queda perfectamente ilustrado por John Sturges, aunque su discurso no pueda evitar cierto prurito de superioridad de la urbe (cosmopolita y democrática) en comparación con el campo (conservador y rancio), superioridad que, así tal cual, podría ser tachada de demagógica y simplista. Reflexión a vuelapluma esta mía que merecería ratificación o refutación antropológica que supera mis conocimientos y en nada afecta a las muchas virtudes de esta Conspiración de silencio. O Un mal día en Black Rock, en traducción directa de su título inglés.