Oculto en los anales del rock, Prosody (1999) fue el único álbum que publicó The Yes-Men en vida de su fundador Sean Greenway. Al lado de quien fuera miembro de GOD, y tocando la otra guitarra, se encontraba Stewart Cunningham —Leadfinger—, músico soberbio y explosivo capaz de dotar a su instrumento de una expresividad feroz y poética al mismo tiempo, como quienes han escuchado a Asteroid B-612 o Brother Brick saben de sobra. El resultado de tal conjunción es uno de los discos de high energy más tremendos y oscuros que dieron los años noventa, una erupción de negatividad que se servía del rock and roll para formalizarla poniéndola en escena con la mayor de las contundencias. Sacadas de las entrañas de Greenway, las canciones de Prosody no se significan lírica o melódicamente por su alegría, y sus letras y sus acordes están llenos de dramatismo, común a infinidad de bandas australianas, Radio Birdman y New Christs entre ellas. Entra dicho universo deprimente en contradicción con el aparente carácter festivo de la música del diablo, contradicción que parece burlarse del concepto diversión con los mismos ingredientes que otros utilizan para lograrlo o potenciarlo. El auto de fe de Greenway se enreda y amplifica en la extraordinaria maraña eléctrica construida por sus seis cuerdas y las de Leadfinger, que toca el cielo con sus notas solistas; la base rítmica potencia las sensaciones narradas; el ocasional saxofón se suma al encarnizamiento general… Y cuando todo ha acabado nos queda la impresión de estar ante un trabajo personalísimo que se retuerce en pos del miedo existencial y del hastío vital. La muerte de Sean Greenway a principios de 2001 por una sobredosis vendría a confirmarlo si es que aquí nos gustara hacer banales e improductivas relaciones causa-efecto. No. No hay que ver en Prosody premonición o advertencia algunas, sino la declaración de las angustias de una persona que se valió de guitarras, bajo y batería para articularlas lo más salvaje y visceralmente posible y dejar grabado un elepé que se come a la mayoría con los que convivió. Aunque muy pocos hayan oído hablar de él.
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jueves, 12 de enero de 2017
Prosody
Oculto en los anales del rock, Prosody (1999) fue el único álbum que publicó The Yes-Men en vida de su fundador Sean Greenway. Al lado de quien fuera miembro de GOD, y tocando la otra guitarra, se encontraba Stewart Cunningham —Leadfinger—, músico soberbio y explosivo capaz de dotar a su instrumento de una expresividad feroz y poética al mismo tiempo, como quienes han escuchado a Asteroid B-612 o Brother Brick saben de sobra. El resultado de tal conjunción es uno de los discos de high energy más tremendos y oscuros que dieron los años noventa, una erupción de negatividad que se servía del rock and roll para formalizarla poniéndola en escena con la mayor de las contundencias. Sacadas de las entrañas de Greenway, las canciones de Prosody no se significan lírica o melódicamente por su alegría, y sus letras y sus acordes están llenos de dramatismo, común a infinidad de bandas australianas, Radio Birdman y New Christs entre ellas. Entra dicho universo deprimente en contradicción con el aparente carácter festivo de la música del diablo, contradicción que parece burlarse del concepto diversión con los mismos ingredientes que otros utilizan para lograrlo o potenciarlo. El auto de fe de Greenway se enreda y amplifica en la extraordinaria maraña eléctrica construida por sus seis cuerdas y las de Leadfinger, que toca el cielo con sus notas solistas; la base rítmica potencia las sensaciones narradas; el ocasional saxofón se suma al encarnizamiento general… Y cuando todo ha acabado nos queda la impresión de estar ante un trabajo personalísimo que se retuerce en pos del miedo existencial y del hastío vital. La muerte de Sean Greenway a principios de 2001 por una sobredosis vendría a confirmarlo si es que aquí nos gustara hacer banales e improductivas relaciones causa-efecto. No. No hay que ver en Prosody premonición o advertencia algunas, sino la declaración de las angustias de una persona que se valió de guitarras, bajo y batería para articularlas lo más salvaje y visceralmente posible y dejar grabado un elepé que se come a la mayoría con los que convivió. Aunque muy pocos hayan oído hablar de él.
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