Del libro de relatos que publiqué en 2019 (La figura de cartón. Relatos de juventud, dolor y violencia) dejé fuera dos que, aun siendo de época similar, no me parecían adecuados, por tono y estilo, para ser parte de él. Uno de ellos, Una obra de arte en sí mismo, ha sido galardonado con el primer premio en el II Certamen de Relato Corto del Lope de Vega (instituto madrileño), cosa que me ha hecho mucho ilusión. Lo reproduzco a continuación.
UNA OBRA DE ARTE EN SÍ MISMO
—Documentación,
por favor —solicitó de nuevo.
El
policía nacional miraba a aquel individuo sin salir de su asombro, pero sin
poder llegar a indignarse.
—Le vuelvo a repetir que el señor
Martínez no viaja en calidad de ser humano, así que no tiene por qué mostrarle
documentación alguna. Yo soy su marchante y respondo por él —dijo el
acompañante.
—El señor Martínez tiene un billete
a su nombre, así que debe mostrar su documentación si quiere viajar. —El
policía trató de mantener la calma, aunque dejó clara su autoridad—: Las cosas
son así.
La multitud se apretujaba para pasar
el control, y ya se empezaban a escuchar las primeras quejas. «¿Qué pasa?», se
oía. «Uno que no quiere entregar la documentación.» «¿Por qué?» «Porque dice
que es una obra de arte.» «Un loco.» «Un enfermo.» «Sí, hombre. ¡Un jeta!»
El señor Martínez, mientras tanto,
no se inmutaba. Vestido completamente de blanco, la mirada perdida y los labios
sellados, su pelo corto y sus gafas de concha le daban un aspecto de Herman
Hesse aún más colgado. El policía recordaba una foto de una edición de Siddharta,
que había visto leer a su hermano al menos cuatro o cinco veces. O más. Su
hermano no había querido ser policía.
El marchante entregó un documento
que llevaba en la mano al miembro de las Fuerzas de Seguridad del Estado. Era
una solicitud de exportación temporal con el membrete del Ministerio de
Educación y Cultura encabezándola. El señor Martínez, «una obra de arte
fabricada con materias orgánicas vivas», debía ser trasladado temporalmente a
un país del norte de Europa para ser expuesto en algún museo. El documento
tenía el correspondiente sello del organismo oficial. El policía miró a su
alrededor preocupado, porque aquello no parecía una tomadura de pelo.
—Si es una obra de arte, el señor
Martínez debería viajar en la bodega —dijo perspicaz.
—No sería bueno para la conservación
de la obra.
—Cualquier pasajero con
billete debe mostrar su documentación. —Esta vez el policía se dejó arrastrar
por las convenciones al intentar dar la vuelta a su argumento. El marchante
guardó silencio unos segundos, hasta que extrajo un papel doblado de su
chaqueta.
—Mire —dijo—, quizá esto
le convenza.
El policía cogió lo que
el marchante le ofrecía. Era un recorte de un periódico en el que se veía al
señor Martínez, a la obra, en una foto —con la misma ropa alba— bajo la que un
titular rezaba: «Fuerte polémica en O.». Mutilado por la acción de unas
tijeras, arrancaba un texto que hablaba de la controversia creada por el artista
que a sí mismo se exhibía y lo que muchos consideraban una mera provocación. El
policía leía, aun a sabiendas de que no debía hacerlo. La masa, en el ínterin,
se había revolucionado y las quejas habían dado paso a los gritos. Las palabras
del marchante interrumpieron su lectura:
—Siendo éste como es un
caso excepcional, un radical experimento estético, entiendo sus dudas y
comprendo sus razones. Me pongo en su lugar, agente. ¿Un ser humano que al ser
obra de arte deja de ser, y nunca mejor dicho, humano? ¿Una obra de arte
demasiado humana para que merezca que se aplique en su persona la Declaración
Universal de Derechos Humanos, que infringiríamos, claro, si le dejamos viajar
en la bodega reduciéndole a mero objeto que no siente, que no piensa, que no
sabe? La vanguardia, bien sabe usted. ¿Dónde empieza la ficción?, ¿dónde acaba
la realidad? La vida imita al arte, el arte imita a la vida. Pero ¿qué es el
arte?, ¿qué es la vida? ¿Qué?
El policía asistía
atónito a aquel tour de force del marchante del señor Martínez, una obra de
arte autosuficiente. De repente vio que una pareja de la Guardia Civil se
acercaba e intentaba tranquilizar a los viajeros. La situación se le escapaba
de las manos.
—Pasen, pasen —dijo. No
tenía otro remedio.
El señor Martínez y su
marchante se alejaron. El rostro de la obra no se había alterado y se dirigía a
la zona de embarque como si nada hubiera sucedido.
—¿Qué sucede? Decían algo
de una obra de arte —preguntó uno de los guardias.
—Nada, unos del
Ministerio de Cultura que van a una exposición. Parecía que no tenían los
papeles en regla, pero ya está todo solucionado.
—Pues vaya jaleo que se
ha armado.
—Sí, voy a seguir con mi
trabajo. Me espera una buena cola.
Los guardias se alejaron.
El policía ojeó el pasaporte que le entregaban hasta que una voz con fuerte
acento extranjero le sacó de su abstracción:
—Perdone.
—¿Sí…? ¿Eh? Tome, tome.
Acababa de caer en la
cuenta de que el marchante del señor Martínez tampoco le había enseñado su
documentación.