Bebiendo, fumando y jugando al petaco: así nos presenta Sidney Lumet al abogado que protagoniza Veredicto final (1982). De perfil y en la penumbra, el letrado que encarna Paul Newman es un hombre derrotado. Un solo plano es suficiente para expresarlo. Un solo plano, nada más. Esta pulcritud y austeridad de la puesta en escena y la magnífica interpretación de Newman se mantendrán a lo largo de una película que se inscribe en la tradición de films judiciales, tan socorrida en el cine norteamericano y dignificada por narraciones clásicas como Anatomía de un asesinato (Otto Preminger, 1959), Matar a un ruiseñor (Robert Mulligan, 1962) o el propio debut de Lumet, Doce hombres sin piedad (1957). Sin embargo, la importancia que en éste tiene el jurado es cedida en el caso que nos ocupa a quienes se encargan de acusar o defender.
Capaz de conectar profundamente con la idea del director y expandir implementándola su fuerza motriz, el espléndido plantel de secundarios —James Mason, Charlotte Rampling y Jack Warden, principalmente— remata la labor de Sidney Lumet, que consigue con Veredicto final una de sus obras más logradas y personales, pues la maestría en la dirección, que la hay, se asienta en la experiencia adquirida y la calma a la hora de dosificarla. Solo en Un lugar en ninguna parte (1988) y Antes de que el diablo sepa que has muerto (2007) volverá a brotar sobresaliente dicha maestría durante el resto de la carrera de Lumet, lo que no nos impide reconocer la debilidad que en Ragged Glory sentimos por ella. Sea.