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jueves, 9 de febrero de 2023

The Universe Inside

Los retornos no suelen ser buenos consejeros en el mundo del rock, y casos tan dolorosos para mí como el de los Stooges sirven de ejemplo tajante. Sin embargo, existen excepciones que valen por todas las segundas partes decepcionantes, fallidas o inútiles que se imaginen. Dream Syndicate es claramente una de esas excepciones, con The Universe Inside (2020) a la cabeza de la razones para reivindicar una vuelta al estudio y a los escenarios que no merece sino cientos de aplausos. Y no quiero con esta afirmación negar el resto de producción desde 2017 —año en que los autores de Medicine Show retomaban su carrera discográfica con el espléndido How Did I Find Myself Here?—, sino valorar el radical riesgo tomado en un disco de casi una hora y solo cinco canciones.

Que dicho riesgo no sorprenda sabiendo de las influencias de Steve Wynn y compañía, capaces de grabar para su segundo elepé los cerca de nueve minutos del John Coltrane Stereo Blues, no quiere decir que no valoremos en su justa medida los veinte que, llamados The Regulator, abren sin concesiones ni miramientos el álbum. El subversivo jazz eléctrico de Miles Davis y principios de los setenta (el de Jack Johnson, Live-Evil y On The Corner en concreto), el krautrock de Can, el Battiato de Pollution, la psicodelia expansiva de Grateful Dead en directo y similares músicas enemigas de la facilidad anidan en esta pieza bellísima que se alarga sin piedad con el oyente corriente. Wynn, Jason Victor, Chris Cacavas, Mark Walton y Dennis Duck, con la ayuda del saxo de Marcus Tenney, se mofan de las convenciones conectando con el espíritu pasado de los artistas citados (que todavía perdura en grupos como Acid Mothers Temple o Kim Salmon & The Surrealists) en un movimiento de inclinación lo-fi que es búsqueda y hallazgo simultáneamente.

Cierto que un comienzo así de extremo hace peligrar todo lo que le vaya a seguir, si bien ese peligro lo capea la banda manteniendo la intransigencia estética. The Longing, o el corte menos extenso de todos, flota sobre una atmósfera lánguida que tiene puntos en común con el helador y testamentario Lazarus de David Bowie y, ya en su final, con Sonic Youth, además de ecos abstractos del Riders On The Storm de los Doors. Apropos Of Nothing empieza siguiendo una línea parecida pero sufre una transformación en su segunda mitad que la envenena y, tras un tramo puramente lisérgico liderado por los teclados de Chris Cacavas, pasa a revolcarse en el motorik made in Neu! Para cuando suena Dusting Off The Rust y se impone el modo instrumental en una maravillosa declaración musical hecha de funk, de jazz y de lounge ya queda claro que Dream Syndicate ha hecho la más especial de sus grabaciones, abriéndose camino hacia lo desconocido sin miedo o limitaciones. Y si no que se lo digan a The Slowest Rendition, último tema que lleva en su interior a Roxy Music, Eno, la Cinematic Orchestra y, nuevamente, Bowie en su aleación de electrónica, pop, jazz y rock progresivo.

El diseño de la carpeta (portada, contraportada y resto de imágenes) está íntimamente ligado a la experiencia que The Universe Inside supone y entronca con muchas de las referencias de las que me he ayudado para describir las características del álbum, en ningún momento para negar su originalidad, pues Dream Syndicate suena aquí a una nueva versión de sí mismo que, bebiendo de fuentes pretéritas (¿qué otras, si no?), plasma sus inquietudes creativas. Nada suena rancio o antiguo en esta obra sobresaliente; suena nuevo, genuino, puro. Y, sobre todo, fascinante. En mi opinión, uno de los mejores discos de lo que va de siglo. En palabras del propio Steve Wynn entrevistado por Juanjo Mestre, su "disco favorito de Dream Syndicate, y casi mi disco favorito de todos los que he realizado", con la intención de "ofrecer constantemente sorpresas en el camino". Una sorpresa a la que algunos estaremos siempre agradecidos.


 

martes, 1 de agosto de 2017

Medicine Show


No hay en el conjunto de Medicine Show (1984) una perfección como la del anterior, primer y magistral álbum de Dream Syndicate, The Days Of Wine And Roses. Sin embargo, conforme avanza, el disco va recuperando todas las virtudes del grupo hasta dar con una segunda cara sobresaliente que ya anticipa el último corte de la primera: Bullet With My Name On It. Es entonces cuando los temas se alargan para no bajar en ningún momento de los seis minutos y dejar que las guitarras martilleen una electricidad digna de Neil Young y Lou Reed y punzante como el sonido del autor de Ascension, homenajeado durante cerca de nueve minutos en la que quizá sea la mejor canción del cuarteto: John Coltrane Stereo Blues.

Y no es que el material con el que se ha abierto Medicine Show sea de segunda división, no me malentiendan. Daddy's Girl o Burn son temas muy notables, de los que servidor disfruta como un niño, pero la exuberancia y las maneras de The Medicine Show, el mencionado recuerdo al inigualable John Coltrane y Merrittville —balada eterna que invade el territorio de Crazy Horse para marcarlo con la huella de Steve Wynn y Karl Precoda— se elevan por encima del resto del elepé, plasmando y corroborando la clase de un cuarteto que pocos rivales tiene a la sazón en el mundo del rock and roll.

La ausencia de Kendra Smith —sustituida por Dave Provost—, el paso a A&M y la producción de Sandy Pearlman traen un sonido diferente al plástico (más de la época, por así decirlo), pero no dañan significativamente el discurso de Dream Syndicate, en especial en los cuatro temas ya mencionados, allí donde la banda copula larga y extáticamente con la distorsión y convierte en poesía las notas que toca. La poesía de un grupo que supo alargar la vida de la música ideada por Chuck Berry sirviéndose de nociones y planteamientos personales cuando ya parecía que todo estaba dicho. Mayor mérito que cuando —unos lustros atrás— el terreno todavía era virgen para inventar. Aunque si suena "algo de John Coltrane en el estéreo, nena", las cosas siempre serán más fáciles.

jueves, 20 de octubre de 2011

The Days Of Wine And Roses


Escribía Fernando Navarro en el diario El País en abril de este mismo año que "el nuevo rock americano fue el movimiento que se creó en Estados Unidos a la sombra de la gran fachada de los ochenta, cuando las baterías eran terroríficas, el sintetizador era el rey del estudio y las tecnologías y MTV parecían que iban a salvar la música". Lo hacía en su reseña del libro de Carlos Rego Nuevo rock americano. Luces y sombras de un espejismo. Y añadía que Rego "cuenta cómo el movimiento, que se concentró en apenas cuatro años aunque su onda expansiva llega hasta nuestros días, surgió como respuesta al ambiente musical de la época, donde todavía pervivían dinosaurios del rock sinfónico, algún trasnochado hippy y, sobre todo, se ensalzaba a lo moderno que acaparaba portadas y espacios televisivos. En esos años, lo genuino estaba arrinconado y las guitarras, piedra angular de la música popular, en desuso". ¿Las guitarras eléctricas en desuso? Triste panorama, ¿no?

Como toda generalización, puede pecar de reduccionista —hay cientos de discos grabados en la primera mitad de los años ochenta en los que las guitarras eléctricas son protagonistas—, pero bien cierto es que en aquellos momentos la MTV comienza a convertir la música popular en algo ridículo, electrónica y synth pop, en su versión más comercial y vacua, arrasan entre una nueva generación de adolescentes y las seis cuerdas amplificadas parecen reservadas para el heavy metal y (con permiso) el hard rock. Es en este entorno agresivo para el rock (ése que cualquiera reconoce si cito, verbigracia, a Sonics, Stones, MC5, Patti Smith o los Dictators) donde se rebelan una serie de bandas de las que sólo alcanzará el éxito másivo R.E.M.

No llegará a él, por supuesto, Dream Syndicate, pero bien podría ser su primer elepé, The Days Of Wine And Roses (1982), la obra maestra de un movimiento, el del nuevo rock americano, del que nadie dirá haber formado parte, al no haber existido nexo u objetivo comunes, aunque todos confluyeran en el rechazo al mainstream que las ondas de la televisión estaban creando. Siendo una denominación acuñada por y para Europa, no será de extrañar que lo que, al fin y al cabo, contenga el disco del grupo de Steve Wynn sea rock americano de la mejor cepa y tradición, nuevo en cuanto lo que pueda aportar desde su singular enfoque de esa cultura, al igual que Stray Cats, Cramps o Circle Jerks —sirva como ejemplo lato y aleatorio— hacen por aquellos años.

No hay que ser demasiado avezado en la materia para, con sólo escuchar un par de temas, comprobar el influjo de la Velvet Underground y Lou Reed. Salta a la vista y no se esconde.  Pero ahí están también los Byrds, Dylan, Neil Young, la Creedence, Joy Division y las secuelas del punk… ¿seguimos? Clara es la estela que estimula a Dream Syndicate, pero, al igual que nadie niega el valor de Never Mind The Bollocks porque existan New York Dolls o The Stooges, sus (asumidos) antecedentes no ocultan un discurso propio, articulado y pasional, que tiene como eje las benditas guitarras de Wynn y Karl Precoda. Compone el primero casi todas las canciones de The Days Of Wine And Roses, pero es curiosamente la única escrita por Precoda —la famosa Ley de Murphy, aunque en este caso no haya nada malo en ello— quizá la mejor de ellas: Halloween. Los ardientes siete minutos largos del tema que da título y culmina tan espléndido disco discuten la anterior afirmación, pero, en realidad, nada sobra y nada falta —incluida la hermosa portada minimalista— en el debut de Dream Syndicate. Cualquiera de sus nueve cortes —más aún si se escuchan de una tacada— así lo atestigua. Uno de los mejores trabajos que darán los años ochenta, e influencia necesaria de todo el rock alternativo, indie, underground (o como se quiera llamar) que vendrá después.