Introduciendo las pretensiones (y las técnicas) didácticas del documental en la ficción, manteniendo la austeridad narrativa —nacida de la anorexia financiera— a pesar del presupuesto y los medios puestos a su disposición y dotando a la cinta de un ritmo perfecto en la sala de montaje, Roger Corman realizaba en 1967 y para 20th Century Fox La matanza del día de San Valentín, icónica película del cine de gánsters y, para muchos, obra maestra del santo y seña de la serie B. Alejado, pues, de su medio natural, el autor de El intruso (1962) relata conciso e implacable la famosa masacre del 14 de febrero de 1929 en Chicago —antecedentes, hechos y consecuencias—, y retrata certero la inhumana brutalidad que rodeaba la mítica figura de Al Capone y el mundo del crimen organizado.
Superior en mi opinión a la serie de adaptaciones de Edgar Allan Poe que Roger Corman llevó a cabo, y en la que descansa mayormente su merecido prestigio, La matanza del día de San Valentín es referencia ineludible para todo aquél que se haya acercado con posterioridad al hampa en el cine. No hay sino que revisar la obras maestras del género dirigidas por sus alumnos privilegiados (Francis Ford Coppola y Martin Scorsese) o visionar la mirada lanzada a Al Capone por Brian de Palma en Los intocables de Eliot Ness (1987): la influencia está ahí. Solo por ello habría que aplaudir la película de Corman, pero son muchas más sus virtudes, y son ellas las que le hacen seguir mereciendo nuestros elogios casi cinco décadas después de su estreno.