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martes, 26 de noviembre de 2019
La clase de Lubitsch #42
Y, bueno, queridos indéfilos, llegamos al final de este extenso monográfico que ha abarcado la totalidad de la filmografía de Ernst Lubitsch, o al menos lo que se conserva, ya que hay obras suyas que posiblemente ya nunca veremos. Personalmente ha sido un privilegio retomar cada semana un rinconcito de este maestro de maestros, sobre todo para disfrutar de nuevo con su genial y libérrimo sentido del humor... y de la vida. Pero también para establecer sorprendentes concomitancias con artefactos que aparentemente veríamos como opuestos. Hay mucho de Lubitsch, por ejemplo, en Woody Allen, pero también en propuestas como esa última comedia americana abanderada por Judd Apatow o la irreverente escena mumblecore. Porque si tuviéramos que definir a Lubitsch siempre nos quedaríamos cortos, lejos de la profundidad y naturalidad con la que él entendía las relaciones humanas, cómo nos necesitamos en la misma medida que nos repudiamos.
Es cierto que THAT LADY IN ERMINE casi no podría considerarse estrictamente un film de Lubitsch, que murió a los ocho días de comenzar el rodaje, pero fue el propio Otto Preminger quien dijo que si la película la hubiese hecho él no sería igual, y que el espíritu de Lubitsch aún revoloteaba por el estudio. Sin ser una maravilla, la película es un divertido sainete en torno a la figura de una joven condesa recién casada, cuyo castillo es invadido por los húngaros en la misma noche de bodas, teniendo que invocar el espíritu de su tatarabuela, que luce en un enorme cuadro y cuya leyenda reza que expulsó al enemigo... "de una manera especial". Lo más curioso probablemente sea el reparto, compuesto por Betty Grable (aquella inolvidable pin-up que miraba hacia atrás), un desubicado Douglas Fairbanks Jr. y César Romero, que es lo mejor con apenas un par de apariciones.
En fin, termina el monográfico, pero otros vendrán. La vida sigue, pero nunca igual, que debería haber dicho el estribillo...
Saludos.
martes, 12 de noviembre de 2019
La clase de Lubitsch #40
En 1945, la salud de Ernst Lubitsch no era la mejor, por lo que tuvo que abandonar la dirección de A ROYAL SCANDAL y dejarla en manos de Otto Preminger, aunque se mantuvo acreditado como productor y de hecho siguió el rodaje muy de cerca. Tanto, que parece imposible no ver la mano del maestro, sobre todo en las escenas más agudas de esta ¿dramedia? situada en la corte de la Zarina Catalina de Rusia. Y vuela alto el film en ese sentido, ya que el enredo es tal que fluctúa, casi sin esfuerzo, del planteamiento político al romance desenfadado. Hace falta un guion muy bien hilado para instrumentar los temores de traición y revolución en la corte, y seguidamente imbricar el discurso político en una típica discusión de pareja. La Zarina se encapricha del mensajero que le trae una noticia que luego resulta no ser cierta, aunque él está comprometido con una condesa, íntima amiga de la Emperatriz. Es decir, celos, prepotencia, manipulación y traición, actos que se pueden atribuir tanto al ámbito de la política como al de los sentimientos... como hemos comprobado recientemente. Un excepcional ejemplo de guion y un puñado de magníficas interpretaciones, destacando a esa gran olvidada que siempre será Tallulah Bankhead, puede que lo más cercano que Hollywood tuvo a Bette Davis o Joan Crawford.
Aún le quedarían fuerzas a Lubitsch para volverse a poner tras las cámaras, pero eso es algo que les contaremos próximamente...
Saludos.
domingo, 9 de junio de 2013
Rincón del freak #111: Pequeñas meteduras de pata sin importancia
En El Indéfilo pareciese que quisiéramos ensañarnos cada Domingo con algunos grandes clásicos, desenterrando esos títulos de los que nunca se sintieron muy orgullosos; nada más lejos, la intención real es, y siempre ha sido, acercar el cine clásico desmitificándolo y demostrando no sólo que cualquier tiempo pasado no tuvo por qué ser mejor, sino que todo el mundo, incluso los grandes maestros, tiene que comer.
Otto Preminger, por ejemplo, es un valor seguro para cualquier buen cinéfilo; poseedor de una filmografía tan ecléctica como poderosa, Preminger es uno de los nombres clave para entender cómo un artista con inquietudes podía infiltrarse en la gran Industria, triunfar en ella y perdurar para siempre. Sin embargo, el cine de propaganda norteamericano no perdonaba tibiezas, y suponía una imparable máquina de recaudar al tiempo que efectuaba un implacable desarrollo concienciatorio en una sociedad necesitada de referentes preclaros ¿Hablemos de nazismo? ¿otra vez? Hablemos de nazismo, de unos nazis de andar por casa, del propio Preminger, con su habitual sorna austríaca, con monóculo y frac. Nazi pero bon vivant, hombre de dios. Pongamos Joan Bennett... vale, de acuerdo. Y tampoco hace falta que vendamos nuestra alma al diablo, porque esto es propaganda como un castillo de grande. Ahora bien, los nazis muy malos, los americanos muy buenos... pero de ahí a meter con calzador al inefable Milton Berle hay ya mucha tragadera, la verdad. Que sería como si Berlanga hubiese perdido el juicio y le hubiese dado por rodar "El Súper Guardia Civil contra los comunistas diabólicos del infierno" y le hubiese dado el papel principal a Paco Martínez Soria... Sí, Berle fue precursor de Jerry Lewis o, más recientemente, de Jim Carrey; y su "humor" casposo y reaccionario tenía muy poca gracia, pero ensalzaba los valores tradicionales americanos, y eso vende mucho y muy bien. Así que tenemos al policía heroico a la par que chuleta y truhán con las señoras, que no sólo hará chistes del cretácico, sino que encima desmontará los planes del malvado nazi, al que le gusta ir a la ópera y fumar puros... Una bazofia intragable que se llamó MARGIN FOR ERROR y que a uno le cuesta admitir que fuese dirigida por la misma mano que sólo un año después fabricó una obra maestra de todos los tiempos titulada LAURA... Increíble pero cierto.
Saludos al margen.
domingo, 31 de enero de 2010
Al borde
Hablar de Jean Simmons sería dar un soberano repaso a ese Hollywood a través de algunas de sus mejores películas... y probablemente nos quedaríamos cortos. Me es imposible quedarme con un solo título suyo, una sola interpretación; amo a Jean Simmons y a esa extraña mezcla de dulzura y fiereza, como si Audrey Hepburn, Joan Crawford y Lauren Bacall se hubiesen fusionado en la actriz total, capaz de bailar con Brando, de apiadarse de Douglas o de machacar nada menos que a Mitchum. No, no hay nada parecido ahora mismo, ni de lejos.
Bueno, y me he acordado de ANGEL FACE porque me encanta la película de Otto Preminger, tan transgresor, tan poco acomodaticio, tan diabólicamente inteligente que zarandea al espectador a su antojo durante su tortuoso metraje; porque tortuosa es la historia de Robert Mitchum, que borda un personaje que en otras manos no podría ser otra cosa que ridículo, un enfermero que acude a una llamada de supuesto intento de suicidio en una mansión y cae de cabeza en las maquinaciones de ese "ángel" interpretado por la Simmons. El film es un prodigio de concisión y dominio de las temperaturas cinematográficas, un conjunto perfectamente engarzado por el maestro Preminger hasta un final simplemente asombroso, inesperado y muy adelantado, por polémico, a su tiempo. Una joya imprescindible del cine negro más atípico.
Sirva esta reseña como pequeño recordatorio a una actriz inolvidable, una de las grandes.
Saludos angelicales.
jueves, 2 de abril de 2009
Sobre el terreno
Pero existe una obra de principios del siglo pasado que quiso ir más allá en el dibujo de tan controvertida figura, restándole gran parte de su misticismo y dándole una apariencia más mundana, casi näif. La obra era SAINT JOAN y la firmó un agnóstico tan destacado como George Bernard Shaw. En 1957, un atormentadamente católico Graham Greene adaptó la obra de Shaw y el gran Otto Preminger la puso en imágenes. La película supuso el debut de una muchachita de aspecto varonil y un inusual desparpajo para su inexperiencia; era Jean Seberg, la mítica actriz que, como todos saben, luego pareció no poder desprenderse del propio malditismo irradiado por la dama de Orleans.
La película mantiene un extraño tono burlesco que no terminó de calar en aquel tiempo; los cinéfilos seguían teniendo presente la estremecedora interpretación de Renée Falconetti y una gran devoción por la rotunda visión de Dreyer. No es de extrañar, la cinta danesa sigue siendo una cima; pero yo la separaría inevitablemente de la de Preminger. Primero por los ingeniosos diálogos (algo teatrales, eso sí) ideados por Greene, que funden lo medieval y lo contemporáneo, y colocando a la "santa" Juana de Arco en un ámbito insólito, el de la crítica moral a través de la descalificación sistemática de los poderes fácticos (iglesia, monarquía...), aquéllos que la condenaron a la hoguera por herejía. No hay resentimiento esta vez, sólo un magnífico deseo de recapacitación que sólo podía ser alcanzado dejando de lado todo rastro de religiosidad, lo que revaloriza aún más el estupendo trabajo de Graham Greene, erigido aquí casi en el auténtico autor del film.
Ardientes saludos.
viernes, 12 de diciembre de 2008
La verdad tiene mil caras
En ANATOMY OF A MURDER, Otto Preminger no necesita hablarnos de personajes ni situaciones fuera de lo cotidiano; antes al contrario, lo primero que vemos es al gran Jimmy Stewart como un abogado de perfil medio, enclaustrado en una pequeña ciudad y dedicado casi en exclusiva a pescar y emborracharse con su peculiar ayudante. Seguidamente se nos presenta una retahíla de personajes-piezas con las que ir completando poco a poco el deslavazado puzzle de un asesinato con un fondo de podedumbre moral que actualmente nos debe sonar bastante. Preminger traza magistralmente cada detalle de cada personaje y con ello el film crece a lo largo de sus casi tres horas sin permitir que decaiga el vertiginoso ritmo narrativo. Así vemos a la masoquista y embaucadora Lee Remick, prototipo de la mujer objeto manoseada por los hombres y carente de todo glamour fílmico, rasgo éste no muy frecuente de ver en este tipo de cine. Mientras, Ben Gazzara es un resentido y violento soldado del que intuímos a través de su feroz mirada cómo se las debe gastar con su gatita cuando nadie está mirando. El incesante cruce de formas y motivos entre todos estos personajes, digamos "en busca de la moral perdida", nos lleva irremediablemente hasta un juicio en el que nada termina siendo como podríamos haber pensado y donde nos damos cuenta (Stewart se da cuenta) de que todo el mundo tiene lo que se merece y pudiera ser que un juicio no siempre esclarezca nada, sino que sólo sea la cara oficial de las iniquidades y desmanes del ser humano... ¿quién sabe?
Saludos anatómicos.
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... ¿Y todo esto lo ha hecho usted solo?...
No, necesité estar rodeado de siete mil millones de personas...
¡Cuidao con mis primos!