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lunes, 13 de septiembre de 2021

El desaparecedor


 

KOCHEGAR (EL CALDERERO), de 2010, es un relato minimalista hasta lo imposible, una especie de bola de cristal para agitar y ver cómo todo lo que contiene se tambalea. Es la historia de un hombre solitario, que pasa los días manteniendo una caldera, mientras teclea lentamente una eterna y enigmática novela. Pero también es el trazado de un microcosmos que se va desarrollando en torno a dicha caldera, donde incesantemente vienen hombres cargados de hombres muertos, para hacerlos desaparecer entre las implacables llamas. El calderero pertenece a la etnia yakuta, y fue oficial en la guerra, y tiene una hija que viene periódicamente a pedirle dinero, y que sueña con pescar a un hombre y casarse con él, aunque ese hombre es uno de los sicarios del gran capo, que asimismo también tiene una hija que quiere quedarse con ese mismo hombre. El sicario es un tipo taciturno y lacónico, sin sentimientos aparentes, llega y lanza los cuerpos a la caldera. El resto es un prodigio de concisión, uno de esos guiones de economía máxima, al estilo de la serie B de los cincuenta, con una resolución tan lógica como sorprendente, y que sólo se ve lastrada por dos aspectos. Uno, que no queda claro si el tono general es más trágico que cómico, y a esto contribuye decisivamente una banda sonora incomprensible, de un guitarrista bielorruso muy recomendable por su particular recomposición del flamenco, pero que termina por hacerse sencillamente insufrible.
Muy curiosa para paladares exigentes.
Saludos.

lunes, 6 de septiembre de 2021

Los desdichados


 

En MORFIY, de 2008, Aleksei Balabanov ponía en imágenes la dura crónica que el escritor Mikhail Bulgákov hizo de su periplo como médico rural, justo antes del estallido de la revolución, y en el que vivió una severa adicción a la morfina, que a punto estuvo de costarle la vida. Bulgákov usó esta droga para paliar una herida recibida mientras era médico de Cruz Roja en la WWI, pero su relato es trasladado por Sergei Bodrov Jr. obviando este dato, y centrándose en la sibilina decadencia del joven doctor Polyakov, de gran talento pero frágil personalidad, y que se verá absorbido por multitud de circunstancias tras su llegada a una pequeña clínica que atiende fundamentalmente a pobres aldeanos. El guion, excepcional, registra la inseguridad inicial de Polyakov (son constantes sus consultas a libros de medicina, siempre a escondidas), aunque logre salir airoso de casos de extrema gravedad (algunos verdaderamente gráficos). Tras tomar un remedio contra los nervios, sufre una reacción alérgica y comienza a usar la morfina como antídoto, pero en breve tiempo ya no puede prescindir de ella, llegando incluso a escamotearla del dispensario, inyectándoles placebos a los pacientes. Se entiende perfectamente el día a día, opresivo y desesperanzador, de este joven doctor, abocado a soportar casos de negligencia por parte de unos pacientes que sólo acuden a él como último recurso, y que le obliga a actuar casi siempre al límite de sus posibilidades. Balabanov, fiel a su estilo, tan seco en lo semántico como virtuoso en lo técnico, hace colisionar con precisión una adicción ya irreversible con los profundos cambios de paradigma por la revolución; esto desemboca en un tramo final agónico, y que podría haber firmado perfectamente un Abel Ferrara, con la fantasmal figura del yonqui deambulando entre soldados que podrían detenerle en cualquier momento, pero con la única preocupación del próximo chute. El último, terrible, abrocha en un final de los que no hacen prisioneros, de los que te dejan un rato pensando...
Saludos.

lunes, 30 de agosto de 2021

Los torcidos


 

Es un cine, el de Aleksei Balabanov, en constante tensión entre la extrema sensibilidad formal y el caos de su discurso. El director ruso, que dejó un buen puñado de títulos antes de fallecer prematuramente en 2013, sigue siendo objeto de estudio y análisis, y sus composiciones, aun inscritas en cierta tradición del cine soviético, pugna por derribar fronteras y crearse sus propias reglas. PRO URODOV I LYUDEY (DE MONSTRUOS Y HOMBRES), de 1998, nos sumergía en una historia repleta de hipocresía y amoralidad. Por un lado, se nos presenta a dos familias burguesas, aparentemente normales, pero en las que se infiltrarán sigilosamente tres individuos con intenciones no del todo claras. Una está formada por una joven infelizmente casada con un hombre mucho mayor; la otra, por un médico, su esposa (una profesora de piano ciega) y sus hijos siameses, que se presumen adoptados. Sea mediante la seducción o el puro chantaje, dos de estos personajes colonizan la mente de ambas mujeres, hasta el punto de utilizarlas en sesiones fotográficas desnudas, y posteriormente para que el tercero (un joven estudiante del recién nacido cine) las filme en siniestros cortometrajes cercanos a una especie de soft BDSM, con el fin de proyectarlos a grupos reducidos de hombres. Balabanov demuestra una poesía visual apabullante, con imágenes que parecen extraídas directamente de un tiempo pretérito, con una espectacular fotografía en sepia, obra de Sergei Astakhov, y un montaje con intertítulos que remite directamente al cine mudo. Una película, sin embargo, y sin ser nada larga, con un ritmo exasperante y no para todos los paladares.
Saludos.

... ¿Y todo esto lo ha hecho usted solo?...
No, necesité estar rodeado de siete mil millones de personas...

¡Cuidao con mis primos!