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sábado, 3 de febrero de 2024

La imagen y la muerte


 

Es curioso el caso de Laurent Achard, la escasa y deficiente difusión que han obtenido sus films (incluso en Francia), cuando hablamos de un director que posee una visión distintiva, que le lleva a ser uno de los grandes renovadores del cine de género, al que siempre se acerca desde unos márgenes que le permiten hibridar varios de ellos, a la búsqueda de una mirada personal e intransferible. Cierto que no ayuda la morosidad de Achard (tres largos en 25 años lo atestiguan), cuyo último film es nada menos que de 2011. DERNIÈRE SÉANCE, más que un film de horror, es un acercamiento a este género a través de la fascinación e influencia que puede llegar a ejercer el cine sobre psiques distorsionadas. En este caso, seguimos a Sylvain, un tímido y solitario joven que se encarga de todas las funciones de un pequeño cine de arte y ensayo. El inminente cierre lo cierne en una extraña incertidumbre, pues Sylvain literalmente "vive" dentro del cine; sin embargo, su secreto es otro muy diferente, y tiene que ver con un intrincado fetichismo, que lo lleva a matar a jóvenes y cercenarles una oreja, siempre con un pendiente, y que guardará como trofeo. Pese a su corta duración, el ritmo de Achard es sumamente pausado, incidiendo en los motivos de este asesino en serie, que nunca demuestra odio o ensañamiento, sino que parece buscar infructuosamente reconstruir escenas que pertenecen al pasado, y que se confunden con los fotogramas de viejas películas. Un film inquietante, gélido en sus formas, de una violencia triste y aposentada en un puñado de imágenes en las que el pasado y el presente se mezclan como los haces de luz de un proyector.
Cuesta entrar en ella, pero merece la pena encontrar un cineasta tan personal e insobornable.
Saludos.

martes, 20 de mayo de 2014

El diablo tras cada esquina



LE DERNIER DES FOUS pertenece a esa indefinible categoría de películas que, cual seta salvaje fuera de temporada, aparece cada mucho tiempo sólo para ser descubierta por casualidad o empecinamiento cinéfilo. De apariencia naturalista, con una bella fotografía, interpretaciones encomiables y un maravilloso sentido de la "localización" (la enorme granja en la que se desarrolla íntegramente se convierte en un universo en sí misma), resulta difícil tanto encasillarla dentro de un solo género como aventurarse a descifrar sus misteriosas imágenes con la errónea intención de adivinarla. Lo que el director Laurent Achard (ojo a este nombre) propone es algo que en cine suele conllevar un inevitable fracaso: entrar en la psique de un niño, dejar que sea ésta la que conduzca nuestra percepción adulta y mostrar la vida tal y como la sentiría este niño, como hace mucho tiempo también la sentíamos nosotros. Ahora bien, es cierto que se trata de un cuento de horror, fuera de cualquier tópico, pero con un trasfondo terrible. Ese "último de los locos" observa a su familia derrumbarse entre estertores decadentes, evocando un esplendor pretérito que comenzó a difuminarse con la locura de la madre, que jamás sale de su habitación, y el adueñamiento en la sombra de una oscura administradora que sólo pretende ocupar su lugar; el padre no es más que un monigote sin voluntad y el hijo mayor esconde su vagancia y su homosexualidad tras una fachada de supuesto escritor alcoholizado. Sólo la criada, personaje bondadoso y que se ocupa de absolutamente todo, pone un poco de sentido común y establece un lazo de empatía con el pequeño Martin, que apenas entiende el porqué de tantas acciones inútiles a su alrededor. El final, crudo, imprevisible, nos deja un gran interrogante (como deben hacer las buenas obras), porque no sabemos si la falta de amor puede conducir al mal o precisamente es al revés. Excepcional película en todo caso.
Saludos.

... ¿Y todo esto lo ha hecho usted solo?...
No, necesité estar rodeado de siete mil millones de personas...

¡Cuidao con mis primos!