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lunes, 6 de julio de 2020
Los hombres sin nombre
Ennio Morricone daría, por sí solo, para hablar largo y tendido; tanto como de un director o de un actor, tal es su impagable legado. Con un pie en la vanguardia y otro en la tradición de raíz, el compositor romano es uno de los nombres clave para entender los últimos 50 o 60 años de cine, y su muerte nos deja un poco más huérfanos, pero también supone la oportunidad de efectuar un breve repaso por una carrera para la que necesitaríamos meses. Y una de sus obras más paradigmáticas, no tengo ninguna duda, es PER UN PUGNO DI DOLLARI, primer spaghetti western de Sergio Leone, y en el que Morricone prácticamente reinventa la noción de banda sonora, con una partitura expresionista, formada por una incesante guitarra eléctrica (muy Shadows) y un silbido fantasmal, que brota desde algún lugar tras los rostros hieráticos de Clint Eastwood, Lee Van Cleef o Gian Maria Volonté. El primero es un cazarrecompensas, un hombre "sin nombre" con el único propósito de ir tras el botín más suculento. El segundo es un ex militar, que aparentemente tiene el mismo dudoso oficio, pero que en realidad va tras el tercero en discordia, "El Indio", un asaltabancos desquiciado y escurridizo, que planea un gran golpe desde hace tiempo. Leone las hizo mejores después, es cierto, pero no lo es menos que aquí empezó a gestarse toda una forma de entender el cine, insoportable para unos, fascinante para otros. Eran los años sesenta, estábamos en Almería y los astros comenzaban a conjuntarse de una manera un tanto extraña. Mañana continuaremos...
Saludos.
viernes, 19 de abril de 2013
El que juega a los dados
En la creación literaria (o al menos se pone de manifiesto más claramente) parece como si importase menos la utilización de la libertad (y en su sentido más [¡atención!] estricto) para conformar una obra finalmente más personal, menos acomodaticia; aunque terminaríamos antes con ese gran atajo que, curiosamente, en el cine sí sirve como indicativo: "La autoría" ¿Qué hace, por ejemplo, que un western, sin salirse de las constantes más puras de su "género", sea considerado unánimemente como una obra "de autor"? ¿Es que no lo es, asimismo, una novela de Raymond Chandler? ¿O es que ha de obrarse una operación de (auto)desmembramiento retórico/formal definitivo? A mí no se me ocurre un mejor ejemplo para suscitar debate (no controversia, no inacción, no polémica; jamás pecado de rancio purista) que esa obra inasible, polisémica y dislocada (sé que uso mucho este engendro de adjetivo, pero hoy es irrenunciable) que es C'ERA UNA VOLTA IL WEST. Más que un western, un vistazo al maelstrom cinegético, intelectualmente animal, de cómo se subvierte todo un universo previamente concebido sublimando cada rasgo diferenciador y arrastrándolo, incluso a la fuerza, hacia una aridez definitoria que sólo desde hace muy poco tiempo un cinéfilo medio es capaz de rastrear en "autores" (ja!) de cualquier otra forma ajenos al género en sí mismo (véase, por ejemplo, el intento de explicación por mi parte en MEEK'S CUTOFF, de Kelly Reichardt). Ahora bien, una vez superados los escollos estilísticos, semánticos y hasta morales, lo que queda es un apabullante relato de venganzas en su mayoría consumadas; un retrato de la maldad que no busca al héroe si no es estrictamente necesario, y sólo una vez han quedado atados los interminables cabos sueltos de un diabólico guion firmado por Dario Argento, Bernardo Bertolucci y el propio Leone. Una película inolvidable e infaltable si es que se quiere comprender por qué un director de cine se complicaría la vida hasta lo exasperante con tal de dar la vuelta por completo a un género que apenas permite concesiones de cara a la galería. Su construcción de personajes, partiendo de una introspección cuasisilente, ha sido después infinitas veces imitada; pero sigue llamándome poderosamente la atención la calculada azarosidad de sus tiempos, cómo Leone es capaz de "encajar" milimétricamente a personajes que a primera vista casi no deberían estar ni en ese lugar ni en ese momento. Sí, su arranque es espectacular, pero no es más que un aviso jugosamente extemporáneo acerca de la avalancha de sensaciones que están por venir en sus intensas doshorasymucho. Henry Fonda queda inmortalizado como lo más cercano que el western ha rozado como el mal absoluto, mientras, paralelamente, se narra la misteriosa, fantasmal presencia de Charles Bronson y esa demoníaca armónica; o se desarrollan los perfiles mucho más terrenales de Jason Robards y, sobre todo, Claudia Cardinale, que redimensiona por completo la chocante marginalidad sufrida por los personajes femeninos en este tipo de historias. Hablamos de un grandioso western (casi me da urticaria emplear lo de spaghetti), un fresco de proporciones poco menos que bíblicas, además de un tratado (como avisábamos al principio) acerca de las proporciones adecuadas para que la insumisión creativa no acabe devorando al "autor" como sujeto. Enorme película, amigos...
Saludos.
P.D. < ¿He mencionado algo sobre un tal Ennio Morricone?...
martes, 1 de julio de 2008
El amigo italiano
Un italiano, claro. Y no han sido pocos los que han dejado caer, con desigual fortuna, su particular visión sobre uno de los temas más apasionantes de cuantos se han visto plasmados en la gran pantalla.
Tenemos, por ejemplo, el detallismo incontrolado que Mario Puzo puso a disposición de un Coppola en estado de gracia en los tres GODFATHERS (especialmente en la segunda parte). El enorme Scorsese da toda una lección sobre mafia y, sobre todo, mafiosos en GOODFELLAS. Pero también, más o menos de soslayo, en MEAN STREETS (la pequeña mafia), CASINO (la alta mafia), RAGING BULL (los tentáculos de la mafia) o la fallida GANGS OF NEW YORK (improbable retrato paleontológico). Mención aparte merece la bellísima y melancólica visión del irregular Brian dePalma en CARLITO´S WAY, donde Al Pacino realiza el papel de su vida.
Hecho este brevísimo y, por supuesto, incompleto repaso a la cinefilia más mafiosa, vayamos con la auténtica obra cumbre de dicho subgénero. Una película que contiene todas las claves para entender el porqué de los títulos anteriores y que abarca, en un ejercicio inigualable de ambición artística, toda la epopeya de un grupo de mafiosos, desde su establecimiento hasta su posterior decadencia.
Hablamos de una de las películas más grandes jamás filmadas: ONCE UPON A TIME IN AMERICA, del gran maestro Sergio Leone.
Podríamos estar días enteros ensalzando las infinitas virtudes de este gigantesco fresco sobre mafia, mafiosos, familias, códigos, corrupción, política y... bueno, imaginen. Podríamos hablar sobre la cuidadísima ambientación a principios de siglo, donde casi podemos sentir la palpitación de LA CALLE, con sus recónditas posibilidades. Podríamos hablar de la magistral interpretación de Robert deNiro y de James Woods, que llevan prácticamente todo el peso del film. Podríamos hablar de la inovidable partitura (una más) de Ennio Morricone. Y podríamos hablar de su potentísimo arranque, que Tarantino debe haber visto miles de veces; o de su enigmático final, un primer plano del rostro de deNiro que sonríe irónicamente, envuelto en volutas de opio.
Sobre todo ello se podría hablar (y se debe) largo y tendido para poder llegar al corazón de una obra inmensa en todos los sentidos, cuyos 225 minutos nunca se hacen tediosos, porque el ritmo y eficacia narrativos son simplemente ejemplares.
¿Lograríamos atrapar la esencia de este auténtico puzzle de sensaciones? Creo que no. Sergio Leone dota de un misterioso aura todo el metraje y nos enseña muchas cosas, sí, pero todo está modificado según el capricho de un director que manejó como nadie el TIEMPO (real o ficticio) en sus películas.
Leone nos dejó este brillante testamento fílmico para que lo disfrutáramos una y otra vez, pero sobre todo creo que lo legó a todos los profesionales que tantos equívocos y excesos han cometido al intentar reflejar el complejísimo mundo y circunstancia de ese microcosmos encerrado en sí mismo que es la mafia.
Molti saluti, indefili...
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... ¿Y todo esto lo ha hecho usted solo?...
No, necesité estar rodeado de siete mil millones de personas...
¡Cuidao con mis primos!