GODS AND MONSTERS es un trozo de realidad. Muy subjetivo y muy poético, pero atención al personaje que se nos describe y, sobre todo, en el momento que se nos describe. James Whale fue uno de los directores más geniales, imprevisibles, carismáticos y enigmáticos de aquel irrepetible tiempo de la Universal y su infatigable revisión de los clásicos de la literatura de terror. A estas alturas, deben ser muy pocos quienes no se hayan acercado de una manera u otra a este genio del cine; pero aún quedaba un pequeño e intenso fleco por desentrañar, e iba a ser Christopher Bram en forma de novela (prescindible) y Bill Condon con su apabullante adaptación posterior (10 añitos la contemplan ya) quienes tocaran por primera vez este asunto tan delicado. Y delicadísimo es el trato que Condon da al retrato de un hombre atrapado por su extrema sensibilidad, el rechazo de su homosexualidad (aunque no puede decirse que la escondiera) y su postrer retiro del mundo del celuloide (y del social) tras una carrera intachable y envidiada; magistral e inmortal. Al naftalínico mundo de Whale llega un fornido jardinero (Brendan Fraser en su mejor papel, no hay duda) y todo un mundo de sensaciones y recuerdos entrelazados se desatan súbitamente. Hasta aquí, GODS AND MONSTERS podría haberse quedado en un film ligeramente convencional y, al mismo tiempo, ligeramente audaz. Nada de eso, Condon parece imbuido del mismo espíritu de Whale y realiza una disección minuciosa de una personalidad terriblemente contradictoria; un genio orgulloso que se avergüenza de su pasado y que prácticamente reniega de gloria alguna. La magnética presencia de un Ian McKellen sublime, mimético, de oscar, dota aún más, si cabe, de un extraño halo lírico y onírico en el que nunca sabemos si Whale desea sexualmente a su jardinero o simplemente, tal y como él mismo puso en las imágenes de FRANKENSTEIN, toma prestada esa imagen de monstruo incomprendido en busca, no del reconocimiento de Dios, sino de la inaprensible calidez humana.
Aunque sólo fuera por el fastuoso trabajo de McKellen merecería la pena revisar este insólito drama interior que resulta tan difícil encontrar por tierras norteamericanas.
Saludos terrenales.