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martes, 11 de marzo de 2025

Extremo centro


 

Me preguntaba, mientras me tomaba los habituales veinte segundos para pergeñar este pequeño glosario, qué diablos había visto yo antes de Jason Reitman, lo que no es buena señal, y menos al comprobar que no me habían gustado los dos títulos suyos visionados, a los que mantenía en un limbo sin aristas. Con SATURDAY NIGHT, Reitman confirma que es un tipo con ideas interesantes, incluso ambiciosas, que se topan con un realizador de freno de mano echado, lo que no deja de ser curioso en el motivo central de esta muy irregular panoplia, a mayor gloria de los caóticos preparativos del primer programa de Saturday Night Live. Lo es por el personaje interpretado por Willem Dafoe, típico productor ejecutivo, que no tiene un solo gramo de fe en ese aquelarre de drogadictos, neuróticos y desharrapados sin currículum, que, comandados por un desbordado Lorne Michaels, pretendían convencerlo de merecer el directo del sábado por la noche, desbancando al mismísimo Johnny Carson. Demasiadas cosas al mismo tiempo, y los milagros apenas ocurren una vez, como entonces; Reitman quiere parecerse al Donen de CANTANDO BAJO LA LLUVIA, invocar el genio de Robert Altman en unos planos secuencia tramposillos, para acabar endulzándolo todo, sustituyendo el stroke de cocaína por inofensivo azúcar glas. SATURDAY NIGHT es una colección de estampas amables, rendidas, con nula mirada crítica, que depende del grado de nostalgia (y conocimiento) de sus espectadores, que en el mejor de los casos sucumbirán bajo los efectos de su narcotizante trasiego. 
No es que pudiese ser mejor, es que, ya que se hace, estaba obligada a serlo.
Saludos.

lunes, 14 de marzo de 2022

Herramientas oxidadas


 

Hay cosas que deberían dejarse donde están, por el bien propio y ajeno, por no remover lo estanco, o simplemente por evitarse un baño de vergüenza ajena. Como esos trajes de baño que hace dos décadas que no nos están bien, como esa foto en la que no nos reconocemos, pero tememos que alguien sí lo haga, me pregunto para qué diablos sirve GHOSTBUSTERS: AFTERLIFE, o si no nos precipitamos al vilipendiar la otra, la del empoderamiento femenino. Ya no es que su ejercicio nostálgico no funcione, sino que es torpe, rutinario y previsible, un ejercicio de atrofia inventiva, apoyado en una puesta al día que, paradójicamente, luce viejísima y sin chispa. Una comedia que no tiene gracia, un intento de revitalizar lo ya muerto y enterrado, y una anécdota a pie de página, con un último recurso aún más bochornoso y algunas soluciones formales que no se merecía uno de los films más icónicos de los años ochenta. Porque lo que entonces era sorprendente, hoy no tiene más sentido que hacer caja como sea.
Saludos.

lunes, 4 de octubre de 2010

Los gilipollas también lloran



Hay varias cosas que me asquean después de ver UP IN THE AIR. Cinematográficamente, debo resaltar la incapacidad de su director, Jason Reitman, por unificar criterios con coherencia, si es que lo que se pretende (y así lo creo) es un relato coherente y de cierta enjundia. Después, nada de lo que ocurre en los primeros minutos tiene importancia alguna cuando Reitman logra su propósito una hora después, que no es otro que la salvación del alma de un tipo sin la menor importancia pero que jamás duda en enseñarte sus cien tarjetas VIP para que te recrees en su brillo; de hecho, su patética historia de amor comienza en un club privado con una señora que le rivaliza en posesión de tarjetas de este tipo. En mi trabajo veo a estos tipos a diario, sé de qué hablo, y por eso me fastidia. Sigamos. La premisa inicial de mostrar un soterrado exotismo en un personaje y su actividad, que consiste en despedir gente, tiene su gracia y supone un filón estupendo para un director imaginativo y reflexivo a los clichés; lo malo es que Reitman es un director desesperadamente torpe, y su forma de resolver un clímax ambiental es o con un chiste malo o con un encadenado hacia la próxima escena, algo que hace respirar al espectador biempensante, cuya conciencia no se vé agredida en ningún momento, pero que hemos visto cientos de veces en el cine yanqui. Por todo esto, UP IN THE AIR, pese a tener a un George Clooney en buena forma y que casi es el único actor posible para un papel tan liviano y pesado al mismo tiempo, es un film que se olvida fácilmente, contrariando su empeño de permanecer en las conciencias. Pero lo peor no es todo esto, sino su basura moral escupida a trompicones y que pretende hacernos ingresar en una especie de "asociación de ayuda al ejecutivo infeliz". Y si no, juzguen: Ryan Bingham se ha forrado a base de destrozarle la vida a la gente (sí, es él, porque así es su trabajo y ni siquiera lo cuestiona), viaja en primera clase y asiste a tenebrosas fiestas en barcos privados en las que tipos de camisa celeste y corbata semianudada se emborrachan, cantan en el karaoke y ligan con sus semejantes. Ni siquiera ve a su escueta y horrorosamente dibujada familia (otra excusa para la lagrimilla), pero todos sus egoístas ideales se vendrán abajo tras ver el disgusto de su hermana, a la que plantan en el altar. Francamente, hasta una porquería como "Los Serrano" es capaz de que no nos sintamos idiotas viendo tal cúmulo de despropósitos; el problema fundamental es que si quieres humanizar a un gilipollas integral nunca son suficientes 100 minutos de celuloide, también deben verse las vísceras tras las planchas de acero inoxidable.
Lo mejor: Clooney. Me lo imaginaba en el set, desesperado y discutiendo con el hijo del cazafantasmas.
Lo peor: diría que todo lo demás, pero hay una escena en un barco que te dan ganas de largarte y escribir en tu blog esto que estoy escribiendo ahora.
Saludos despedidos.
... ¿Y todo esto lo ha hecho usted solo?...
No, necesité estar rodeado de siete mil millones de personas...

¡Cuidao con mis primos!