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jueves, 27 de abril de 2023

La broma infinita


 

Hay películas que son una pena. Lo son porque están lejos de ser una mala película, pero aun así son incapaces de erigirse sobre su propia circunstancia, engrosando las dudosas líneas de la pedantería. Algo así le ocurre a INFINITY POOL, última propuesta de Brandon Cronenberg, que se vuelve peor cuanto menos reconoce su falta de originalidad, o cuanto más evidentes son sus referencias. En mi opinión, y por contraponer a dos cineastas complementarios pero muy diferentes, en esta sosísima historia de identidades perdidas, hedonismo refrenado y crítica social chusca, sobrevuelan el último Kubrick y los trazos más gruesos de Ruben Östlund. De nuevo estamos ante un lugar indefinido, lo que evita problemas de concreción pero también resta verosimilitud a un relato que ya huele a chamusquina desde el primer impacto, que además llega demasiado pronto. En resumen, vemos a una "pareja bonita" de vacaciones en una isla (adecuadamente) ficticia; allí conocen a otra pareja, hay un pequeño flirteo entre dos de ellos, se van de picnic y a la vuelta atropellan a un lugareño, lo que ya despierta mi mosqueo. Deciden ocultar el suceso, pero se topan con un sistema de justicia implacable, que les reserva un castigo tan curioso como irresistible, y que por supuesto me reservo contar aquí para no chafarles nada, aunque ya les digo que todo esto ocurre muy pronto. De repente, a Cronenberg sele olvida escribir, delinear, detallar, y se abandona a un puñado de imágenes impactantes, apoyado en la suculenta fotografía de Karim Hussain y las etéreas notas de Tim Hecker. Como una mezcla espídica de EYES WIDE SHOUT y FORCE MAJEURE, lo que el director canadiense quiere, tras su muy superior POSSESSOR, es sublimar a Kafka y Camus, pero sin el desconcierto del primero ni la demoledora elocuencia del segundo. Esta "piscina infinita" se queda a mitad de todo, de un terror más visual que sugerente, y de un discurso que personalmente me ha parecido básico e irrisorio, recordándome en sus peores momentos a un panfleto aleccionador y paternalista.
Evítenla si van con la idea de que van a ver algo muy original.
Saludos.

viernes, 13 de noviembre de 2020

Reforzar. Disolver


 

POSSESSOR debería ser un acontecimiento, pero me temo que no va a serlo. El nuevo trabajo de Brandon Cronenberg, con el que se alzó, entre otros premios, con el de mejor película en Sitges, le coloca directamente junto a los mejores trabajos de su padre, pero también, y más importante, lo distancia del mismo, marcando una personalidad propia que nos puede estar situando ante un cineasta con mucho que decir por sí mismo. Film repleto de equívocos, tantos como hallazgos, necesita de varios visionados para no perdernos su esencia, que contiene un mensaje inquietante y desarmante. No se habla aquí tan sólo de una supuesta tecnología mediante la que agentes especiales toman literalmente "posesión" de otras personas, a fin de obligarlos a que cometan asesinatos estratégicos, y finalmente suicidarse, borrando cualquier rastro. Cronenberg va mucho más allá, y refuerza su premisa mostrando cómo una consciencia se disuelve al ser colonizada por otra, en algunas imágenes de aterradora plasticidad. Y aún hay más, especialmente el trabajo de los dos protagonistas, la inquietante Andrea Riseborough y un superlativo Christopher Abbott, que borda un personaje de complejidad atormentada; ambos son prácticamente lo único que importa en esta pesadilla de colores vivos y sonidos que parecen emanar de un mundo muy lejano. Con su cuota bien distribuida de violencia y dialéctica, POSSESSOR debería estar destinado a ser un título de culto inmediato, pero no estoy plenamente seguro de que vivamos una época proclive al espectador reflexivo y aún con ansias de asombro. Veremos.
No tengo dudas, uno de los nombres del año
Saludos.

domingo, 15 de marzo de 2020

Rincón del freak #397: Enamorados de la infección



En 2012 (sí, aquel año en el que se acababa el mundo), un tal Brandon Cronenberg (el apellido habla por sí mismo) filmaba ANTIVIRAL, una indescifrable distopía acerca de virus y celebridades, que tímidamente aspiraba a poner al día el legado de su padre. No hacía falta, y además hubiese sido necesario un mayor despliegue de reflexión social, ya que lo que se cuenta tiene su miga. Y es que resulta que, en un mundo ya enfermo de insatisfacción, qué otra cosa queda para vender que las enfermedades. Como lo oyen, enfermedades de famosos, células de famosos convertidas en resecos filetes en carnicerías de la iconoclastia, o perfumes extraídos de los órganos enfermos de dichas estrellas. Puede que esto lo hubiese descrito mejor Burroughs en un libro, con algo más de sentido del humor y mala baba, pero al "hijo de David" le ha faltado empaque y seguridad, y no le ayuda tener como protagonista nada menos que a Caleb Landry Jones, aunque sea el actor que mejor escupe sangre y siempre parezca estar a punto de fallecer...
No es una bazofia, pero casi, porque no se entiende ni papa...
Saludos.
... ¿Y todo esto lo ha hecho usted solo?...
No, necesité estar rodeado de siete mil millones de personas...

¡Cuidao con mis primos!