Mostrando entradas con la etiqueta Mike Figgis. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mike Figgis. Mostrar todas las entradas

domingo, 15 de diciembre de 2024

Rincón del freak #626: Voy al campo, abandonaré la ciudad


 

Uno ve en 2024 una cosa como COLD CREEK MANOR (jocosamente traducida aquí como LA CASA) y confirma varias cosas, como que Mike Figgis es un director que se fue quedando anticuado muy pronto, o que hay películas de género que se limitan a aprovechar los "recortes" de lo que parece no otra cosa que un manual de guiones, que podrías encontrar muy barato en un rastro cualquiera. Esta película tontísima, repleta de lugares comunes, nos habla a hipidos de una familia con menos química que un Quimicefa, con Dennis Quaid desorientado, Sharon Stone dando grititos por cualquier cosa y Kristen Stewart con la misma cara de insomne ya desde entonces. Se van de New York a una casa en mitad del campo porque sí, con una excusa incongruente, y encontrándose con Stephen Dorff en modo chulo piscinas, que casualmente acaba de salir de la cárcel y antes vivía allí. Todo muy casual y muy por los pelos. Para redondear, Juliette Lewis escanea sus contoneos y Christopher Plummer sale cinco minutos acostado en una cama. Es como EL CABO DEL MIEDO de Hacendado, y dura dos horas, y he empezado a desbloquear el recuerdo de alquilarla en DVD y no llegar al final, abrumado por tanto grito y tanto fotograma quemado y tanto cheque directo a las Bahamas, que hubiese sido un giro argumental más sorprendente, pero qué se le va a hacer...
Los noventa cuando ya se habían acabado los noventa...
Saludos.

jueves, 9 de mayo de 2024

Transgredir no es educado


 

Si para algo sirve ver hoy día ONE NIGHT STAND, de 1997, es para entender la enorme cantidad de trabajo que se ahorran las plataformas para poner en circulación su torrente de productos. Más allá del tono habitualmente apesadumbrado del cine de Mike Figgis, es llamativo encontrarse con una no-estructura, que no achaco tanto a una mala escritura de guion, sino a un incomprensible horror vacui, donde igual da abrir con una comedia urbana, para continuar con un drama romántico, un lienzo (ya por entonces) inclusivo-progresista, costumbrismo de sitcom y hasta experimentación formal a lo Altman. Todo eso cabe en una película de tono rarísimo y un casting más raro aún, con Wesley Snipes antes de evaporarse (creánselo: por esto ganó en Venecia), una Natassja Kinski a la que Figgis le resta exotismo y aporta abulia, o un Robert Downey Jr. que por entonces no disimulaba sus adicciones y construye un homosexual que ni siquiera lo parece. Lo que parece es una de vidas cruzadas, pero las casualidades son tan extremas que es imposible defenderlas, y su amplitud de miras esconde un sospechoso conservadurismo fiduciario de creernos dichas arbitrariedades. Eso sí, como episodio piloto del último lanzamiento de Netflix sería una maravilla, porque nos conformamos con poco y porque sólo recordamos lo que nos conviene...
Saludos.

miércoles, 28 de abril de 2021

Todos los caminos...


 

Una agencia de casting cinematográfico. Una pareja de actrices. La mujer del productor, pensándose su divorcio tras hacer terapia. El director en crisis creativa. Y el guardia de seguridad. Un tipo que hace masajes sin que se deje la actividad laboral... Todo ello podría caber en una sitcom, o en una película coral, pero a Mike Figgis (un director al que nunca se le ha dado bien inventar) se le ocurrió que podría filmar cuatro planos secuencia de 100 minutos, e ir ensayando una especie de "montaje a tiempo real", dividiendo la pantalla en cuatro y esperar, creo yo, que ocurra un milagro. En los títulos de crédito finales se nos aclara lo que intuíamos, que la mayor parte del tiempo los actores y actrices estaban improvisando, por lo que quedaba confirmado que un guion bastante flojito se subordinaba a la acción de la forma. TIMECODE fue rodada en el año 2000, en plena fiebre del digital y las steadycam, y podía haber sido un esxperimento curioso, pero lo que cuenta es aburrido y a veces sonrojante (¿por qué todas las mujeres acaban besándose?). De salvar algo, aparte del esfuerzo de tener que seguir cuatro imágenes diferentes, sería, si acaso, la crueldad de Figgis al abandonar a actores muy limitados a mantener una coherencia sin interrupciones (especialmente sangrante lo de Salma Hayek, Jeanne Tripplehorn, Saffron Burrows o Julian Sands). Por el contrario, uno aprecia el oficio de Stellan Skarsgard o Danny Huston, menos explorados que otros con menor interés. Un experimento fallido, olvidado, y por fortuna no repetido... que yo sepa.
Saludos.

martes, 5 de mayo de 2020

Jazz a las cinco



Ahora lo llamarían "noir pluscuamperfecto", "romanticismo decadente" o "rareza intemporal", pero en su momento, en 1987, STORMY MONDAY estuvo a punto de tirar por tierra lo que luego ha sido un recorrido como director, en mi opinión, más que aceptable. Mike Figgis debutó con este pequeño homenaje al cine negro más clásico, con un reparto demasiado bueno para un novato, y con un trasfondo jazzístico que se entremezclaba con la impenitente lluvia de Newcastle, para alumbrar un relatito de desencuentros y casualidades, un poco a lo G. Ulmer, con esos típicos hijos del desamparo, zarandeados mientras intentan buscar un hueco en algún sitio. Por allí estaba un joven Sean Bean, que ya apuntaba maneras de "buen chico malo", cayendo en las redes de Melanie Griffith, que trabaja como camarera y espera un "gesto de empatía" por parte de un mafioso americano (un tibio Tommy Lee Jones), que ha llegado para hacer negocios en tierras británicas, entre ellos comprar el mítico club de jazz que regenta Sting, ante la esquiva negativa de éste. Asuntos turbios, pasados que aparecen sólo a medias, y jazz, mucho jazz; un cóctel que debería funcionar maravillosamente si el guion está bien engrasado, pero que presenta multitud de lagunas argumentales, en un film que funciona más cuanto más artificioso e iconoclasta luce, pero que pierde empaque a la hora de narrar convencionalmente. Un título algo olvidado, puede que merecidamente, pero que habría que juzgar en el contexto de una ópera prima de cierta ambición, que no es poco para las naderías que se suelen ensalzar actualmente.
Saludos.

domingo, 8 de diciembre de 2019

Rincón del freak #383: Fracasar mejor



Poco o nada se sabe de qué diablos le pasó por la mente al bueno de Mike Figgis para perpetrar un engendro tan indescriptible como THE LOSS OF SEXUAL INNOCENCE. Como si de una mezcla aleatoria de Monty Python, Terrence Malick (o Iñárritu, lo mismo da) y Tinto Brass se tratara, podría parecer que estamos ante una especie de memoria sentimental del autor, finalmente luciendo como una baratija abandonada que nos quieren hacer pasar por trascendente. Es imposible filmar un guion peor, porque Figgis se lo toma en serio y quiere hacer cine de autor; ni tener un montaje tan terriblemente caótico; o que los actores estén tan perdidos que parecen improvisar constantemente (y por allí estaban Saffron Burrows, Julian Sands, Kelly MacDonald o una Rossy de Palma terrible); o que hasta el habitualmente gran fotógrafo Benoit Delhomme parezca usar filtros de noche americana... No sé, es todo muy bizarro y muy inexplicable. Perdida en los sótanos del fondo de armario de Sony Classics, se trata de personajes recordando la primera pajilla, los remordimientos y esas cosas... Y de golpe y porrazo... ¡Adán y Eva! Blanca ella y negro él, miccionando en un lago y provocando alguna carcajada de incredulidad. Una cosa extraña, en serio, y que hace que la frase de Beckett cobre más sentido si cabe, porque yo a Figgis lo respetaba un poco, pero no sabía que hace veinte años le dio por hacer esto... En fin.
Saludos.

domingo, 3 de agosto de 2008

Tolerancia cero

Mike Figgis es uno de esos directores que, probablemente, no pasarán a la historia del cine como otros, pese a atesorar más talento que muchos de estos dioses del celuloide. El cine de Figgis es duro, áspero, sin muchas concesiones para los actores, de temáticas oscuras pero palpables. Sin embargo, sus imágenes no son experimentales, ni utiliza extrañas elipsis narrativas para enmascarar la falta de ideas. Porque casi todos sus films, si tienen alguna cosa son las ideas muy claras.
En 1995 (Joder, cómo pasa el tiempo) dejó estupefactos a público y crítica con LEAVING LAS VEGAS. Durísima, nihilista, autodestructiva como su protagonista, supone (y de esto estoy más que seguro) el mejor trabajo, de lejos, del habitualmente pétreo Nicholas Cage. Un tipo que por ser sobrino de Coppola tuvo un montón de puertas abiertas sin saber actuar; que más tarde encontró "su" fórmula perfecta combinando la cara de Bogart, Mature y Stallone (vaya mix) y moviendo las manos cual aspa de molino para enfatizar su carga dramática.
Pero Cage se saca de la manga este poderoso personaje, que bien podía haber salido de la pluma de Bukowski o Carver, aunque fue el semidesconocido John O´Brien quien ideó esta apocalíptica historia de deseo, destrucción y alcohol, muchísimo alcohol. Porque constantemente vemos a Cage empinando desesperadamente el codo; y no hay nada festivo en ello, realmente asistimos a un sufrimiento verdadero, porque el tipo quiere morir, morir bebiendo. Da igual si las motivaciones son suficientemente verídicas, el caso es que Figgis logra esa inexplicable belleza de las imágenes mostrando una lenta destrucción. Una caída hacia el abismo que sólo se ve interrumpida por el estupendo papel de Elizabeth Shue, antigua teen-star y que, al igual que Cage, consigue cotas inimaginables de veracidad.
Es posible que Figgis, aunque de forma demasiado intermitente, haya logrado dotar a Hollywood de algunos momentos de intensidad europea (es británico), de ese timing especial que inauguró con la soberbia STORMY MONDAY y culminó con su tremenda aportación a LOS SOPRANO. Y en medio esta maravilla.
Saludos ebrios.
... ¿Y todo esto lo ha hecho usted solo?...
No, necesité estar rodeado de siete mil millones de personas...

¡Cuidao con mis primos!