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miércoles, 16 de diciembre de 2015

El hombre recluido



Shirley es una mujer a cuyos pensamientos prestamos atención durante cuatro décadas, desde los años treinta hasta los sesenta. No hay nada que la diferencie de cualquiera de nosotros, pero sus pensamientos luchan constantemente por rebelarse contra la rigidez de su sociedad, del rol que como mujer le ha tocado vivir, y que para ella son los verdaderos problemas de la humanidad, y no los grandes conflictos internacionales, que si han servido para algo es precisamente para que no atendamos a la esencia del ser humano. A Shirley la identificamos con esa mujer, casi difuminada en espacios semivacíos, que mira hacia fuera esperando ver algo que aclare su tormenta interior. No hay diferencia entre una persona y la decoración; un cuadro, una mesa, una ventana, tienen la misma textura, la misma materia que esa persona que habita (inhabita más bien) un absurdo espacio interior, que es una seguridad recluida al mismo tiempo que un confort frío. Shirley sueña con ser actriz profesional pero sólo puede mantenerse gracias a su trabajo como secretaria; pronto abandona este sueño (al menos de forma práctica) y es consciente de que su vida no estará al otro lado de los escenarios, sino en la confortable butaca del espectador. Cuando hemos identificado cada aspecto, cuando hemos descifrado mínimamente qué era exactamente lo que pensaba esa mujer absolutamente normal, normalizada, imbricada en su entorno y tipificada hasta hacerla desaparecer en el mismo, caemos en la cuenta de que todos estamos atrapados, de una manera u otra, en un cuadro de Hopper.
Saludos.

... ¿Y todo esto lo ha hecho usted solo?...
No, necesité estar rodeado de siete mil millones de personas...

¡Cuidao con mis primos!