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viernes, 21 de febrero de 2025

Películas para desengancharse #132


 

Se me hace complicado imaginar un film como MISSING hoy día. El debut de Costa-Gavras en Hollywood sonó como un mazazo, seco e inesperado, en las mismas entrañas de una industria sumida en los dulces laureles de la recién inaugurada "era de la evasión" de la administración Reagan. El director francés aprovechó con creces la posibilidad de explotar los recursos de una major, para crear una obra única del cine de denuncia, que señalaba con el dedo a una dictadura, la de Pinochet, pero cuyo discurso podría ampliarse a cualquier régimen de terror. El extraordinario guion (ganador del oscar), adaptaba la novela de Thomas Hauser, y su deliberada estructura nos sume en el mismo infierno (los nueve círculos se quedan cortos) que sus protagonistas, unos desconsolados esposa y padre, que remueven cielo y tierra para buscar el marido e hijo, desaparecido justo cuando intentaba salir del país. MISSING se debe por entero a la portentosa interpretación de dos colosos, Jack Lemmon y Sissy Spacek, que forman un tándem deslumbrante, y la humanidad va aflorando entre ambos desde las reticencias iniciales, mientras la sombra de la tragedia cobra forma en un ambiente insoportable, mezcla de desidia y corrupción, en el que el padre, un empresario de ideas más bien conservadoras, abre los ojos de la forma más cruenta posible. Olvidada y apenas rescatada por algún cinéfilo nostálgico, se trata de una película "europea en el corazón alquilado de América", y cuyo discurso nunca elude las esquinas más inhóspitas del asunto que trata, y que culmina con un final desolador, pero del que germina un extraño brote de esperanza, a lo que contribuye también la partitura de Vangelis, en su punto más alto de creatividad. 
Por todo ello y por la cátedra de Lemmon, se hace inestimable en días de desenganche de compromisos vitales.
Saludos.

jueves, 14 de noviembre de 2019

Películas para desengancharse #75



Ustedes, sí, a ustedes, que no saben lo que significa la democracia ni les importa lo más mínimo. A ustedes, que les dan los votos a los nostálgicos del régimen que represalió a sus padres y abuelos. Ustedes, y nadie más, son culpables de lo que luego van a llorar por las esquinas. Lo tienen en su mano y lo desprecian, se abrazan a las fórmulas mágicas de quienes luego se sientan en los banquillos, acusados de robarle su dinero. Sí, su dinero. Quizá, si la política dejara a un lado las ideologías y se basara en la frialdad de los números, se podría soñar con que los políticos sólo pudieran servir a sus jefes, los ciudadanos. O quizá no. A ustedes, esta película. Para que la vean y se les caiga la cara de vergüenza cuando exigen, cubata en mano, que vaya la legión a Cataluña. A ustedes, garrulos de Vox, que exigen respeto desde el escupitajo moral. A ustedes, les diría Costa-Gavras que son un residuo que se regenera desde su propia infección moral. Sin moral se vive mejor, con absoluciones divinas también. Z es la película más intemporal que existe, su discurso va más allá de las siglas, las convicciones, ideologías o las filias y fobias. Es un film sobre la justicia, la manipulación, la verdad y la mentira. Es un film, sobre todo, sobre los responsables y las responsabilidades. Ustedes son los responsables de que la extrema derecha se envalentone desde los restos momificados de un dictador. Por lo tanto, de ustedes es la responsabilidad. Esta película la deberían poner en los colegios una vez cada curso, pero siempre habrá algún "intelectual" que hable de adoctrinamiento, palabra que no se usa para el resto de medios...
Me sirve para cerrar (de momento) este monográfico de adicciones, monos y chutes en vena, porque su discurso cobra plena actualidad, porque tiene uno de los finales más desgarradores de la historia del cine usando apenas fotografías y una voz neutra, y porque todo acaba siempre en la Z... menos para los griegos...
Saludos.

sábado, 21 de noviembre de 2009

Rotulador fluorescente

Constantin Costa-Gavras es un director incómodo por diversos motivos. Diversos y variados, que diría otro. No me refiero tanto a su manera de filmar, que es bastante convencional, sino a lo que filma, que suelen ser algunos de los temas más escabrosos de lo que se da en llamar "Historia Oficial". En su larga trayectoria se suceden las denuncias de injusticias o el apoyo al débil, al indefenso; siempre con un marcado tono didáctico que para muchos acaba por incordiar más que por su denuncia por la sensación de que Costa-Gavras debe pensar que todo el mundo es imbécil.
AMEN fue su propuesta para recordarnos que nadie está libre de pecado, ni siquiera la iglesia católica. Y, sí, es cierto, se trata de un asunto delicado y lleno de matices, nada menos que el silencio de la iglesia católica ante la barbarie nazi; un silencio que aquí queda reflejado en el intento desesperado de un oficial nazi, químico de profesión, que era encargado de la producción del letal gas Ziklon B, sin sospechar cuál era su verdadero destino hasta que es testigo de la terrible verdad; una verdad que se ve impotente a la hora de denunciar sin que él mismo llegue a correr peligro. Costa-Gavras, autor del guión, introduce entonces el personaje de Mathieu Kassovitz, un joven jesuita que está dispuesto a llegar a donde sea para ayudar al oficial.
Resulta francamente interesante esta curiosa dualidad, que permite un amplio abanico de posibilidades, como los lúgubres retratos de la indiferencia, la conveniencia del silencio o la resignación que mantiene a salvo un a moral bastante dudosa. Sin embargo, AMEN nunca llegará a ser una gran película porque cae víctima de su falta de ensimismamiento y termina siendo un documental dramatizado, donde los buenos nunca abandonan su posición y los malos quedan remarcados por ese fastidioso rotulador fluorescente que, pensábamos, hace tiempo que debería haber dejado de existir; a veces es bueno confiar en la materia gris.
Benditos saludos.
... ¿Y todo esto lo ha hecho usted solo?...
No, necesité estar rodeado de siete mil millones de personas...

¡Cuidao con mis primos!