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domingo, 4 de julio de 2021

Rincón del freak #463: Ayuso y la teoría de la heuresis mística


 

Si no existiera Ayuso habría que inventarla. A Ken Russell también. Que llamemos "normal" o "convencional" a una película como ALTERED STATES es, como mínimo, patológico; que no se haya denunciado desde ese consejo de momias, que es la RAE, esta enésima patochada, que no hace más que insistir sobre la prostitución del lenguaje, también. La cosa es que, si se ha visto el resto de la filmografía del británico, no es de extrañar que la cinta de hoy pase por normal; lo que ya es indefendible es el engendro de la "Oficina de Defensa del Español"... ¿?... Y su director, claro... el de la oficina, digo... Anyway. El caso es que, "normalizada" o no, esta película contiene algunos momentos de bizarrada supina, aunque justificados por el guion de Paddy Chayefsky, que se atrevió a adaptar su propia novela. Si ustedes pensaban que no se podía hacer un film sobre tanques de aislamiento, es que no lo han pensado lo suficiente, y aquí tenemos a William Hurt (en uno de sus primeros papeles importantes) en la piel de un científico colgadete, que se somete a prolongadas sesiones en dicho tanque, a fin de demostrar que se puede traspasar la barrera de lo sensorial. La cosa sale regular, pero el tipo no ceja y viaja hasta un remoto poblado mexicano, donde amplía su investigación a base de hongos y otras cosas aún más extrañas. Por no extendernos demasiado, la gracia del film reside en hacernos testigos de los cambios sufridos por este señor, que van desde el adelanto varios años del "hombre primate" de THE SQUARE, hasta una psicodélica regresión a un estado primigenio, que recordaba en cierta manera el expansivo final del 2001 de Kubrick. Algo de todo eso hay, mas algunas prótesis imposibles, un inquietante uso de las lentes como "ojo de pez", o unas interpretaciones que quizá no pasarían el corte de un análisis fisiológico... Aunque pueden olvidarse de todo lo demás. De hecho, creo que el único fotograma realmente importante en esta película es el último... Sí, el último. Con un par de narices, Mr. Russell...
Saludos.

lunes, 18 de mayo de 2020

Hartos de todo



Me viene al pelo una olvidada película de Ken Russell (concretamente de 1971) para ilustrar (aproximadamente, porque es bastante chocante) la surrealista "protesta", a base de palos de golf y paseos en descapotable, del barrio de Salamanca, que ahora pretenden imitar en otras partes de España, pero con peor suerte, porque el caché es algo que "se tiene o no se tiene"... Anyway, porque más allá de lo mal que están llevando algunos que el dinero público se emplee para rescatar a gente que de verdad lo necesita, hay un tufo como a diabólico en todo esto, una especie de malsana improcedencia por parte de los defensores de "lo privado", como si este virus se parara a pensar si hay "merecedores" de su fatal consecuencia vírica. Buñuel lo habría puesto en imágenes con mayor elocuencia y acidez, pero también es verdad que esta ridícula "revuelta de los Pocholos" me trajo a la mente la famosa novela de Aldus Huxley "Los Demonios de Loudun", que posteriormente fue llevada al teatro por John Whiting, y que Russell recreó en una explosiva y desquiciada película, protagonizada por Oliver Reed y Vanessa Redgrave, que daban vida al libertino clérigo Grandier y la atormentada y ultraortodoxa Madre Juana, que regenta una orden con mano dura, mientras se restriega en soledad con la imagen mental de Grandier. Russell nunca ha sido de medias tintas, o se le ama o se le odia, pero nunca te dejará indiferente; y tras su carnaval de atrocidades, uno siempre vislumbra varias ideas poderosas y fundamentales, como la defensa de la libertad o el fustigamiento hacia las instituciones castradoras. Más que sobre un exorcismo (que es de lo que se supone que va la historia), esta irreverente película nos habla de la mala praxis en el imposible equilibrio entre virtud y placer, o de cómo sólo la perfección es la más imperfecta de las abyecciones. La película fue vapuleada, cortada, prohibida, y ahora se ve con una mezcla de anacrónico estupor y hasta una extraña ternura. Yo sólo espero que lo del señor golpeando señales de tráfico con un Hierro 3 sea una especie de broma de mal gusto, si no creo que me he perdido algo por el camino...
Saludos.

martes, 29 de noviembre de 2011

El gran iconoclasta



Me entero de que Ken Russell ha muerto, y me preguntan por aquí: "¿Y quién diablos era Ken Russell?". Un director de cine, desde luego; pero también un metomentodo maravilloso, un diletante, un imperfecto necesario y un aperturista convencido, capaz de que las mayores tomaduras de pelo puedan ser hasta entretenidas. Russell tiene muchas películas, la mayoría semidesconocidas, pero, pese a que ya contaba con un importante bagaje como documentalista de lujo en la BBC de principios de los sesenta (fue el gran precursor de la ficcionalización del mismo), su puesta de largo como director de cine la hizo en 1967 con un extravagante film, el tercero que narraba las aventuras del escurridizo Harry Palmer y que atendía al sugestivo título de BILLION DOLLAR BRAIN. En realidad, yo no miraría aquí a 007 y sus estilizados métodos de lucha contra el mal, sino al camino abierto por Godard en ALPHAVILLE, donde el mal es mucho más ambiguo y la figura del héroe no está tan clara como pudiese parecer. Russell pervierte el material original y zarandea a un Michael Caine de mirada lánguida y gafas imposibles desde un modesto despacho londinense hasta Helsinki e incluso Texas; una fulgurante llamada telefónica le pone en órbita para entregar un misterioso termo de café, que en realidad contiene unos huevos con un potente virus. Palmer se encuentra con un viejo amigo (Karl Malden) y su atractiva y misteriosa pareja (Francoise Dorleac), para posteriormente acabar nada menos que con un reputado espía ruso (Oskar Homolka), y de allí a los dominios de un megalómano general tejano, de modos e ínfulas nazis, que pretende acabar con el comunismo empezando por Letonia y ayudado por el potente superordenador que da nombre a este fascinante film. Un film, eso sí, en el que uno debe dejarse ir sin hacer demasiadas preguntas; un divertimento de lujo que creo que no ha trascendido más por el poco respeto que le tiene al hermético género de espías. Sin embargo, y teniendo en cuenta la de veces que se le ha ido la olla a Ken Russell (con peores resultados), la revisión de BILLION DOLLAR BRAIN puede ser tan refrescante como reveladora; la obra de un inconformista, quizá no con tanto talento como a veces se le presupuso, pero sí poseedora de una visión propia que, además, esboza algunos dilemas a los que hemos llegado de cabeza cuarenta y cinco años después. Si pueden, rescátenla.
Saludos hipercomputerizados.
... ¿Y todo esto lo ha hecho usted solo?...
No, necesité estar rodeado de siete mil millones de personas...

¡Cuidao con mis primos!