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lunes, 23 de febrero de 2026

El santo culpable


 

Tender algún paralelismo desde PASCUAL DUARTE, de 1976, hasta la novela casi homónima de Cela es, además de una temeridad, un acto de desconocimiento o inconsciencia. Mientras el autor gallego desgranaba las miserias del entorno rural, con un mordaz e implacable uso de las correspondencias psicológicas y simbólicas entre sus personajes, el film de Ricardo Franco (aún sorprende que lo rodara con apenas 26 años) se despoja de cualquier discurso antropológico, para metamorfosear su crónica negra de la España inmediatamente anterior a la Guerra Civil en la foto fija de un psicópata insondable e incatalogable. Producto y despojo de aquella Extremadura seca y hostil, en apenas tres o cuatro ramalazos trazamos la infancia analfabeta de Duarte, hijo de un padre portugués y alcohólico y una mujer que nunca se fio mucho de su propio hijo, su juventud con alguna esperanza de ser feliz junto a su joven esposa, y la caída en los infiernos tras la fatídica muerte de ésta y el abandono de su única hermana para irse con el tipo que lo tiene atravesado. Lo que hace Franco es un film extraño para la época, que adelanta a cineastas posteriores como Rosales o Martín Cuenca, pero que igualmente dota de sentido el microcosmos que poco después desarrollaría Mario Camus en LOS SANTOS INOCENTES. Película injustamente olvidada, desde luego no para todos los paladares, pero que tenía, además de una excepcional fotografía del gran Luis Cuadrado, un ramillete de interpretaciones sostenidas, casi minimalistas, entre las que destacaba un intimidante José Luis Gómez (histórico su galardón en Cannes) y, en menor medida, Héctor Alterio, como el padre, borracho y abusador, que actúa como desencadenante de una mente enferma de violencia.
Saludos.

martes, 31 de marzo de 2009

Contar una historia

Hace ya algunos años de la prematura deesaparición de un cineasta de curiosa trayectoria y en el que, en un momento dado, justo al final de su repentinamente truncada obra, tuve algunas esperanzas de hallarme (al fin) ante ese Truffaut o Rivette o Garrel o Resnais patrio; un cineasta sin miedo a los sentimientos ni a los diálogos, dando el cien por cien en cada decisiva escena.
Aquel director era Ricardo Franco, y nunca le lloraremos lo suficiente. El film al que deseo referirme aquí fue el penúltimo de su corta, intensa e irregular carrera. LA BUENA ESTRELLA parte de un shock, el experimentado por Rafael al rescatar, literalmente, a Marina. Pero como ésta no es una película sobre héroes y heroicidades, nos toca tragarnos nuestras convicciones y asistir a una hermosa película acerca del dolor y la impotencia. El dolor representado por Marina, Maribel Verdú en su personaje más trabajado, una pobre chica que es como un gato al que le han dado demasiadas palizas, no se fía de nadie. La impotencia es la de Rafael, un Antonio Resines con importantes trazas de Léaud, un carnicero que ha perdido su virilidad en un accidente y con ella cualquier intento de ser feliz. Ambos se encuentran y emprenden una imposible historia, no de amor, sino de remansos, una huida en común del dolor y la soledad. Imposible por la presencia de Daniel, Jordi Mollá en un papel-tipo que suele dejar resultados bastante ridículos si no son abordados con la sinceridad y el carisma que Franco es capaz de extraer del actor catalán. A partir de ahí, la película mueve y conmueve; y en una asfixiante y teatral puesta en escena somos testigos de que hay sueños que son imposibles y personas destinadas a la tragedia. En una bella escena, casi sin palabras, un sutil gesto de Rafael nos indica que todo va a tomar un giro inexplicable, porque Rafael no es un héroe, los héroes no existen.
Fue una pena para nuestro cine, porque se intuían grandísimas cosas en LA BUENA ESTRELLA, luego corroboradas en LÁGRIMAS NEGRAS, trabajo en cuya realización encontraría la muerte Ricardo Franco.
Saludos impotentes.
... ¿Y todo esto lo ha hecho usted solo?...
No, necesité estar rodeado de siete mil millones de personas...

¡Cuidao con mis primos!