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domingo, 27 de abril de 2014

Rincón del freak #152: ... si Ventura Pons fuera Dios...



Imagino una vida en la que las consecuencias son dirigidas por uno mismo (y Hegel, por tanto, en la trituradora). Una vida en la que dar tumbos sea como elegir entre un Alka-Seltzer o un Almax (y Kierkegaard, horrorizado). Una vida curvilínea en la que cada día es como un archivador cerrado a cal y canto (así que olvidemos a Spinoza). Me imagino esta vida que fluctúa entre dos opciones instantáneas: ser solidario o soplar hiel (el ideal de Hume, supongo). Aunque lo mejor es que el Todopoderoso que domina nuestros designios en esa vida tan chula tiene la apariencia de un señor catalán que lleva haciendo la misma película toda la vida y todavía parece que no ha aprendido lo que Sartre decía, que era más o menos que vivir soñando es vivir un poco, pero vivir soñando es no existir.
Si quieren saber más sobre las vidas posibles, lean a Walter Benjamin; si por el contrario son esféricos en su teología adoctrinada, vean, por ejemplo, A LA DERIVA... aunque me temo que les podría servir cualquier película de Ventura Pons...
Saludos.

domingo, 4 de abril de 2010

Los desvaídos intentos del rotulador por ser pluma

En España (Cataluña, si quieren), el extenso y variopinto cine de Ventura Pons supone un interesante interludio entre la imposibilidad de copiar el modelo europeo y el deseo, a menudo frustrado, de salir del anquilosado panorama estatal. Más reseñable por lo que quiere ser que por lo que al final es, sus retratos de supuesta transgresión generacional acaban por impregnarse excesivamente, preocupantemente, de la deliberada sujección a la que el cineasta catalán somete las situaciones que previamente ha desatado de cualquier corrección o empeño formal. Esta insólita inconcreción le ha pasado factura no pocas veces, tanto en el reconocimiento del público como a la hora de enfrentarse a la crítica; y un buen ejemplo fue su film de 2008 FORASTEROS, agridulce retrato familiar y generacional alrededor de un arraigado inmueble barcelonés, motivo suficiente para Pons (y quizá sólo para él) para desplegar personajes y situaciones que se engranan por pura acumulación, curiosamente casi sin llegar a tocarse. Por el piso y su raigambre se pasean los típicos clichés de su reconocible filmografía; desde la madre postrada que viendo cercana la muerte se muestra despóticamente insoportable, el padre pusilánime, incapaz de hacer algo por sí mismo, el hijo incomprendido que descubre su homosexualidad reprimida o la hija que sólo puede rebelarse desde la pataleta adolescente. Y como es un retrato generacional, todo esto es trasladado sin ningún respeto por la sutileza temporal hasta nuestros días, donde se añaden los inefables inmigrantes árabes, vecinos contiguos que tocan música donde cuarenta años antes cantaban sonrojante flamenco los andaluces recién llegados y cuya "sensibilidad" (porque así debe ser) embelesan intelectualmente a la progenitora y carnalmente a la díscola hija. Un compendio demasiado grueso, remarcado, sobado y engrasado (de clara grasa animal), como para disfrutar sus buenas intenciones, que son muchas, o ser indulgentes con un cineasta de tan amplio como irregular recorrido, un Ventura Pons al que curiosamente no le suele costar excesivo esfuerzo ser subvencionado, incluso para algo como lo que hoy nos ha ocupado.
Saludos migratorios.
... ¿Y todo esto lo ha hecho usted solo?...
No, necesité estar rodeado de siete mil millones de personas...

¡Cuidao con mis primos!